
Mi post sobre Ushuaia no tenía ni quince minutos colgado en el éter y ya era dato la campaña de firmas para meterme presión e intimarme a una segunda entrega.
La catarata de ganchos llegó a seis, incluyendo el mío, el de señor Caverna que todavía está en deuda y hace cualquier cosa para darle largas al asunto, el de mi mujer que es incondicional y el del quiosquero que teme perderme de cliente porque en frente le abrieron otro bolichito que vende los sugus confitados a veinte guitas menos. Las otras dos firmas son de dos trasnochados que entendieron que podían ganarse un viaje a Ushuaia.
Cuestión que me sentí contra las cuerdas y acá estoy, completando la saga. Una suerte de trilogía pero de dos.
Lo mejor de Ushuaia es todo lo que rodea a Ushuaia. Es un espectáculo cuando te ponés las gafas de ver de lejos y mirás todo desde la ciudad. Garpa cuando mirás hacia el canal Beagle o cuando das media vuelta y enfocás la cordillera que se levanta imponente tipo muralla.
Digo todo lo que la rodea porque Ushuaia ciudad, entre nos, es medio pelo para abajo. Es una ciudad que se hizo a los ponchazos cuando entró a caer gente de todos lados -pocos arquitectos por lo visto-, atraídos por aquello de los beneficios impositivos. Empezaron a edificar a lo pavote, sin seguir ni media línea de urbanización y entonces hoy ves construcciones que cubren todo el espectro entre lo que es mal gusto y lo que directamente es un tres dedos de sobre pique a las pupilas. Y encima tenés de todos los colores, parece el caminito de la Boca pero sin olor ni bosteros dando vueltas. Igual, posta, todo se compensa con la vista que tenés desde casi todos los puntos de la ciudad.
Sobre la gente de Ushuaia, poco y nada. Si acá en Buenos Aires casi no conozco a mis vecinos después de cinco años de vivir cerco de por medio, no es mucho lo que puedo opinar después de tres semanas de no darle bola a nadie.
Cuando mi mujer terminó de leer el post anterior, enseguida me preguntó qué onda la visita a la estancia Harberton. Me la había morfado. Y eso que resultó casi de lo mejor que hicimos en esas tres semanas. Vale esta segunda parte.
Salimos en banda, en tres autos, y recorrimos unos cien kilómetros mitad ruta mitad ripio. El paisaje no te daba respiro, una cosa de locos. Bosques y más bosques mechando ejemplares gigantes con árboles secos que por momentos le daban un toque más bucólico a la cosa, arroyos, torrentes de agua de deshielo bajando violentos desde la montaña, quebradas rocosas y, como frutilla, el canal Beagle a todo trapo, que a esa altura casi empalma con el Atlántico.
Por momentos quise ser Neshtor, para poder enfocar un ojo en el camino y el otro a pleno en todo lo tremendo que nos regalaba la naturaleza. Aunque mejor no, porque el pingüino y su hembra van derechito a chocar, derrapar y volcar.
La idea era hacer un tirón y almorzar en la estancia, pero la rebelión de una pendejada famélica estaba a la vuelta de la esquina, así que paramos al costado de uno de los tantos ríos que atraviesan el valle y mueren en el canal. Otra vez un poco de potrero para prender el fogón porque el viento helado calaba los huesos y, como para hacerla completa, nos sorprendió una nevisca. Una nevisca que los enanos aplaudían eufóricos mientras nosotros veíamos cómo carajo hacer para que no se mojara todo. A unos pocos metros, un grupete de cordobeses miraba el espectáculo a las risas mientras se guardaban en una obscena carpa tres ambientes a esperar que la cosa se calmara.
Creo que uno de los encantos de Harberton es que ni en pedo parece abierta al público. Llegás y nadie te recibe, no sabés para dónde tenés que ir, como si la estuvieras viendo en un documental. La estancia tiene construcciones blancas con techos rojos -estilo Malvinas según dicen-, corrales cercados con madera rústica y alambrados, enormes extensiones de un pasto verdísimo salpicado de flores amarillas y una vista soberbia hacia el canal. Tiene un museo, con cero marketing, que decidimos no visitar porque la borregada atravesaba un estado de ebullición tal que no habría dejado títere con cabeza ahí adentro. Terminamos en una especie de casa de té, donde un buen chocolate caliente nos permitió recuperar una temperatura lógica.
Más allá de esa especie de encanto que provoca mirar para cualquiera de los cuatro costados, lo grosso de esta estancia es el cacho de historia que guarda en el buche. Fue fundada por los primeros blancos que ocuparon Tierra del Fuego, la familia Bridges, hace más de cien años. Y la estancia se mantuvo casi igual en todo este tiempo y hoy sigue produciendo. Un descendiente de los Bridges, que deambula onda anfitrión en la casa de té, fue quien nos contó un poco cómo arrancó todo.
Parece que Bridges de chiquito había sido abandonado en un puente, en un pueblo perdido de Inglaterra, y por eso el cura que lo encontró le batió Bridges, porque no tenía idea de cómo se llamaba. El tipo se crió en la congregación religiosa de ese cura, se hizo reverendo y de grande, ya casado, se mandó para Tierra del Fuego en plan misionero. Flasheó con el lugar y por eso se llevó también a su mujer, se instalaron en donde aún hoy está la estancia y tuvieron vagón de hijos. Harberton era el pueblo donde había nacido la señora Bridges, y desde ahí se trajeron la casa desarmada en el barco y la volvieron a levantar en la estancia. El señor tuvo que vérselas con los indios del lugar, los yámanas, pero terminó aprendiendo su lengua y sus costumbres. Estos indios sí que eran unos lanzados, dejáte de joder: veinte grados bajo cero promedio en invierno y los tipos andaban de taparrabos gentil y a lo sumo con un cacho de piel de nutria colgada al hombro. Se untaban el cuerpo con grasa de lobo marino para que la cosa no fuera tan jodida y vivían básicamente de la pesca, nunca se alejaban de la costa. Hasta acá la clase de historia, básica. Si algún seguidor de Pigna -o el mismísimo historiador vedette- disiente con algo de este último párrafo que lo charle con el descendiente barra anfitrión.
En la estancia no estuvimos más de media hora porque no daba para mucho más. En vez de volver al toque agarramos para el otro lado y ahí el camino se puso todavía mejor. Pero a esta altura ya no tengo adjetivos para describirlo, la cosa claramente escapa a mi diccionario de las cien palabras. Hay que estar.
¿Si hay más de Ushuaia? Toneladas, pero lo dejamos acá. No va a haber tercera parte porque si las segundas en general son malas, las terceras son un fracaso total.
La catarata de ganchos llegó a seis, incluyendo el mío, el de señor Caverna que todavía está en deuda y hace cualquier cosa para darle largas al asunto, el de mi mujer que es incondicional y el del quiosquero que teme perderme de cliente porque en frente le abrieron otro bolichito que vende los sugus confitados a veinte guitas menos. Las otras dos firmas son de dos trasnochados que entendieron que podían ganarse un viaje a Ushuaia.
Cuestión que me sentí contra las cuerdas y acá estoy, completando la saga. Una suerte de trilogía pero de dos.
Lo mejor de Ushuaia es todo lo que rodea a Ushuaia. Es un espectáculo cuando te ponés las gafas de ver de lejos y mirás todo desde la ciudad. Garpa cuando mirás hacia el canal Beagle o cuando das media vuelta y enfocás la cordillera que se levanta imponente tipo muralla.
Digo todo lo que la rodea porque Ushuaia ciudad, entre nos, es medio pelo para abajo. Es una ciudad que se hizo a los ponchazos cuando entró a caer gente de todos lados -pocos arquitectos por lo visto-, atraídos por aquello de los beneficios impositivos. Empezaron a edificar a lo pavote, sin seguir ni media línea de urbanización y entonces hoy ves construcciones que cubren todo el espectro entre lo que es mal gusto y lo que directamente es un tres dedos de sobre pique a las pupilas. Y encima tenés de todos los colores, parece el caminito de la Boca pero sin olor ni bosteros dando vueltas. Igual, posta, todo se compensa con la vista que tenés desde casi todos los puntos de la ciudad.
Sobre la gente de Ushuaia, poco y nada. Si acá en Buenos Aires casi no conozco a mis vecinos después de cinco años de vivir cerco de por medio, no es mucho lo que puedo opinar después de tres semanas de no darle bola a nadie.
Cuando mi mujer terminó de leer el post anterior, enseguida me preguntó qué onda la visita a la estancia Harberton. Me la había morfado. Y eso que resultó casi de lo mejor que hicimos en esas tres semanas. Vale esta segunda parte.
Salimos en banda, en tres autos, y recorrimos unos cien kilómetros mitad ruta mitad ripio. El paisaje no te daba respiro, una cosa de locos. Bosques y más bosques mechando ejemplares gigantes con árboles secos que por momentos le daban un toque más bucólico a la cosa, arroyos, torrentes de agua de deshielo bajando violentos desde la montaña, quebradas rocosas y, como frutilla, el canal Beagle a todo trapo, que a esa altura casi empalma con el Atlántico.
Por momentos quise ser Neshtor, para poder enfocar un ojo en el camino y el otro a pleno en todo lo tremendo que nos regalaba la naturaleza. Aunque mejor no, porque el pingüino y su hembra van derechito a chocar, derrapar y volcar.
La idea era hacer un tirón y almorzar en la estancia, pero la rebelión de una pendejada famélica estaba a la vuelta de la esquina, así que paramos al costado de uno de los tantos ríos que atraviesan el valle y mueren en el canal. Otra vez un poco de potrero para prender el fogón porque el viento helado calaba los huesos y, como para hacerla completa, nos sorprendió una nevisca. Una nevisca que los enanos aplaudían eufóricos mientras nosotros veíamos cómo carajo hacer para que no se mojara todo. A unos pocos metros, un grupete de cordobeses miraba el espectáculo a las risas mientras se guardaban en una obscena carpa tres ambientes a esperar que la cosa se calmara.
Creo que uno de los encantos de Harberton es que ni en pedo parece abierta al público. Llegás y nadie te recibe, no sabés para dónde tenés que ir, como si la estuvieras viendo en un documental. La estancia tiene construcciones blancas con techos rojos -estilo Malvinas según dicen-, corrales cercados con madera rústica y alambrados, enormes extensiones de un pasto verdísimo salpicado de flores amarillas y una vista soberbia hacia el canal. Tiene un museo, con cero marketing, que decidimos no visitar porque la borregada atravesaba un estado de ebullición tal que no habría dejado títere con cabeza ahí adentro. Terminamos en una especie de casa de té, donde un buen chocolate caliente nos permitió recuperar una temperatura lógica.
Más allá de esa especie de encanto que provoca mirar para cualquiera de los cuatro costados, lo grosso de esta estancia es el cacho de historia que guarda en el buche. Fue fundada por los primeros blancos que ocuparon Tierra del Fuego, la familia Bridges, hace más de cien años. Y la estancia se mantuvo casi igual en todo este tiempo y hoy sigue produciendo. Un descendiente de los Bridges, que deambula onda anfitrión en la casa de té, fue quien nos contó un poco cómo arrancó todo.
Parece que Bridges de chiquito había sido abandonado en un puente, en un pueblo perdido de Inglaterra, y por eso el cura que lo encontró le batió Bridges, porque no tenía idea de cómo se llamaba. El tipo se crió en la congregación religiosa de ese cura, se hizo reverendo y de grande, ya casado, se mandó para Tierra del Fuego en plan misionero. Flasheó con el lugar y por eso se llevó también a su mujer, se instalaron en donde aún hoy está la estancia y tuvieron vagón de hijos. Harberton era el pueblo donde había nacido la señora Bridges, y desde ahí se trajeron la casa desarmada en el barco y la volvieron a levantar en la estancia. El señor tuvo que vérselas con los indios del lugar, los yámanas, pero terminó aprendiendo su lengua y sus costumbres. Estos indios sí que eran unos lanzados, dejáte de joder: veinte grados bajo cero promedio en invierno y los tipos andaban de taparrabos gentil y a lo sumo con un cacho de piel de nutria colgada al hombro. Se untaban el cuerpo con grasa de lobo marino para que la cosa no fuera tan jodida y vivían básicamente de la pesca, nunca se alejaban de la costa. Hasta acá la clase de historia, básica. Si algún seguidor de Pigna -o el mismísimo historiador vedette- disiente con algo de este último párrafo que lo charle con el descendiente barra anfitrión.
En la estancia no estuvimos más de media hora porque no daba para mucho más. En vez de volver al toque agarramos para el otro lado y ahí el camino se puso todavía mejor. Pero a esta altura ya no tengo adjetivos para describirlo, la cosa claramente escapa a mi diccionario de las cien palabras. Hay que estar.
¿Si hay más de Ushuaia? Toneladas, pero lo dejamos acá. No va a haber tercera parte porque si las segundas en general son malas, las terceras son un fracaso total.
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Nesssstor hace rato que está dando vueltas con el auto y no sabe como mierda parar... bien JPP, buena pintura de Ushuaia.
ResponderEliminarIncreible! Mejor descripción no puede haber ...
ResponderEliminarjajaj como me haces reir!!! muy bueno! queda demostrado que las segundas partes pueden ser tan buenas como las primeras.. aguardo una tercera y una cuarta tambien! muy bueno.
ResponderEliminarRocio
Che JPP, para tus vecinos no hay ni un "hola cómo va"? Creo que es hora de intercambiar algunas palabras! jaja
ResponderEliminarbUen relato, grosso.
Mortal lo del historiador vedette... vos sos el que no dejás títere con cabeza, pedazo de hdp, jajajajaja!
ResponderEliminarJPP: la mitad mas 1 copa todos lados, hasta el fin del mundo eh, sabelo! Lastima que Ushuaia sea tan lejos no da para una escapadita. Bien por el relato, me gustó.
ResponderEliminarTremendo Ushuaia JPP! leí los dos posts juntos y me llevo una muy buena descripcion, coincido en lo que comentó alguien en la otra, que Ushuiaia tiene poca propagnada en comparacion con otros lugares. Muy buenos los dos!
ResponderEliminarJPP, me preguntó por vos el director de urbanismo de Ushuaia, dice que tiene algunas cosas para comentarte de onda.
ResponderEliminarTambién te buscan un par de amigos de los K, no me quisieron adelantar lo que querian.
qué pasa con los comentaristas de este blog???????????? acaso nacieron todos de un repollo? diría el escribano, o no quieren dar la cara x miedo a las represalias de pluma?
ResponderEliminarqué ganas de volver!!! Hasta los chicos sueñan con Ushuaia! muy bueno JPP!
ResponderEliminarBuenisimo! Impecable la descripcion. Ushuaia es todo esto que dice JPP y mas, asique.... vengan a visitarnos!!!!!
ResponderEliminarCoincido con Rocio que la segunda es tan buena como la primera.
Como me rei con "quisieras ser neshtor"