
El conejo es un animalito buena onda, ideal para los pibes porque es como un peluche pero con vida propia. Un peluche que se mueve, come, caga y le cae bien a todo el mundo.
Hace unos tres meses, la flaca cumplió ocho y su padrino le regaló un ejemplar de esta raza que, según dice mi vieja, está condenada a las muertes inesperadas y casi siempre trágicas. Mi vieja lo dice por experiencia, por haber sido testigo de tristes desenlaces. Como aquella vez en que el pobre bicho quedó cuadripléjico después de recibir un golpe certero de alguno de los indígenas que mi progenitora tenía como hermanitos. Evidentemente no tenían muy en claro que los conejos tienen huesos y articulaciones. Hubo que sacrificarlo. También le tocó vivir otros dramas, más comunes, que dan fe de lo trágica que puede resultar la convivencia entre perros y conejos.
Lo dice wikipedia: sólo uno de cada quinientos mil conejos muere de viejo.
La flaca quedó flasheada con el regalo. Le puso Coqui. Vino con una jaula XS, ideal para que pudiera practicar el pique corto en espacios reducidos. Muy reducidos. La jaula era un simpático monoambiente, todo lo que un conejo soltero como Coqui podía necesitar.
El resto de la tropa también se encariñó y el bicho rápidamente pasó a ser el centro de atención. Los pibes se olvidaron de Pipo, un border collie que supimos tener y que mandamos "de vacaciones" a Zárate hace como cuatro años porque era amigo de romper todo lo que se le cruzaba. Cuatro años de vacaciones, podría haber sido empleado del Poder Judicial.
El comienzo de la relación con Coqui fue de manual: comida finoli en horarios fijos, agua en abundancia para evitar deshidratación, limpieza de jaula casi diaria, y largos ratos fuera del monoambiente para que no se le diera por la claustrofobia.
Pero los pibes son así. El entusiasmo les duró menos que el gusto de los Beldent que te venden en el tren. Y la mascota, devaluada, al poco tiempo ya comía de rebote, cuando pintaba, lo que sobraba. Su monoambiente pasó a ser casi el único lugar donde el conejo se movía. Bueno, lo de que se movía es una forma de decir.
Igual, yo al conejo lo veía en su salsa, a pleno, qué querés que te diga. Nada hacía pensar que el pobre andaba más cerca del arpa que de la guitarra.
Cuando la flaca nos dijo que lo veía a Coqui un poco decaído, todo lo que le respondimos fue que era por el calor, que andábamos todos en las mismas. Insistió y entonces fuimos a verlo. Mierda que estaba decaído. Tirado en su jaula, el tipo no había tocado ni el agua ni la comida de ese día. Lo sacamos de la jaula y lo pusimos en el pasto bien mullidito pero no había caso, seguía echado con las gambas para el costado y como peleado con el mundo. No sirvió de mucho que entre la patrona y yo intentáramos reanimarlo haciendo todo tipo de estupideces. Aplaudíamos y gritábamos su nombre alegremente como si el tipo fuera a pararse de un salto para hacernos un número de circo. Nada, che, no pasaba nada.
Lo dejamos así, fresquito a la sombra, a ver si la naturaleza hacía lo suyo para devolverle al pobre animal ese cacho de vida que lo había dejado en banda.
La flaca, que se había quedado al pie del cañón, se nos apareció con la criatura en brazos. El bicho estaba duro como drapie. No recuerdo bien qué le dijimos en ese momento pero, quedó claro, no fueron palabras del todo acertadas porque la piba estalló en un llanto de telenovela.
Se murió de embole. No hace falta ser veterinario para poder asegurarlo.
Con algunas expresiones de aliento, de a poco pudimos ir levantándole el ánimo a la flaca que era un mar de lágrimas. Pero el Malevo, mi hijo de cinco, le asestó un golpe mortal a cualquier intento por consolarla. Así, muy sueltito de cuerpo, cuando nos disponíamos a preparar las cosas para darle una cristiana sepultura, el pibe preguntó que por qué mejor no lo usábamos como relleno de empanadas. Escándalo. Ya no hubo manera de levantar el muerto.
El entierro fue dominado por escenas de dramatismo y consternación, sobre todo cuando la tropa vio que lo metíamos a casi dos metros de profundidad. Lo hicimos para evitar que algún día se nos aparezca Little J arrastrando los restos putrefactos del occiso, porque ya nos adelantó que es hora de despertarlo. Y, también, para que si alguna vez nos cae un pet detective no vayamos en cana por homicidio culposo.
Coqui: que el Barbas te tenga en la gloria. O, por lo menos, en una jaula un toque más grande.
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Hace unos tres meses, la flaca cumplió ocho y su padrino le regaló un ejemplar de esta raza que, según dice mi vieja, está condenada a las muertes inesperadas y casi siempre trágicas. Mi vieja lo dice por experiencia, por haber sido testigo de tristes desenlaces. Como aquella vez en que el pobre bicho quedó cuadripléjico después de recibir un golpe certero de alguno de los indígenas que mi progenitora tenía como hermanitos. Evidentemente no tenían muy en claro que los conejos tienen huesos y articulaciones. Hubo que sacrificarlo. También le tocó vivir otros dramas, más comunes, que dan fe de lo trágica que puede resultar la convivencia entre perros y conejos.
Lo dice wikipedia: sólo uno de cada quinientos mil conejos muere de viejo.
La flaca quedó flasheada con el regalo. Le puso Coqui. Vino con una jaula XS, ideal para que pudiera practicar el pique corto en espacios reducidos. Muy reducidos. La jaula era un simpático monoambiente, todo lo que un conejo soltero como Coqui podía necesitar.
El resto de la tropa también se encariñó y el bicho rápidamente pasó a ser el centro de atención. Los pibes se olvidaron de Pipo, un border collie que supimos tener y que mandamos "de vacaciones" a Zárate hace como cuatro años porque era amigo de romper todo lo que se le cruzaba. Cuatro años de vacaciones, podría haber sido empleado del Poder Judicial.
El comienzo de la relación con Coqui fue de manual: comida finoli en horarios fijos, agua en abundancia para evitar deshidratación, limpieza de jaula casi diaria, y largos ratos fuera del monoambiente para que no se le diera por la claustrofobia.
Pero los pibes son así. El entusiasmo les duró menos que el gusto de los Beldent que te venden en el tren. Y la mascota, devaluada, al poco tiempo ya comía de rebote, cuando pintaba, lo que sobraba. Su monoambiente pasó a ser casi el único lugar donde el conejo se movía. Bueno, lo de que se movía es una forma de decir.
Igual, yo al conejo lo veía en su salsa, a pleno, qué querés que te diga. Nada hacía pensar que el pobre andaba más cerca del arpa que de la guitarra.
Cuando la flaca nos dijo que lo veía a Coqui un poco decaído, todo lo que le respondimos fue que era por el calor, que andábamos todos en las mismas. Insistió y entonces fuimos a verlo. Mierda que estaba decaído. Tirado en su jaula, el tipo no había tocado ni el agua ni la comida de ese día. Lo sacamos de la jaula y lo pusimos en el pasto bien mullidito pero no había caso, seguía echado con las gambas para el costado y como peleado con el mundo. No sirvió de mucho que entre la patrona y yo intentáramos reanimarlo haciendo todo tipo de estupideces. Aplaudíamos y gritábamos su nombre alegremente como si el tipo fuera a pararse de un salto para hacernos un número de circo. Nada, che, no pasaba nada.
Lo dejamos así, fresquito a la sombra, a ver si la naturaleza hacía lo suyo para devolverle al pobre animal ese cacho de vida que lo había dejado en banda.
La flaca, que se había quedado al pie del cañón, se nos apareció con la criatura en brazos. El bicho estaba duro como drapie. No recuerdo bien qué le dijimos en ese momento pero, quedó claro, no fueron palabras del todo acertadas porque la piba estalló en un llanto de telenovela.
Se murió de embole. No hace falta ser veterinario para poder asegurarlo.
Con algunas expresiones de aliento, de a poco pudimos ir levantándole el ánimo a la flaca que era un mar de lágrimas. Pero el Malevo, mi hijo de cinco, le asestó un golpe mortal a cualquier intento por consolarla. Así, muy sueltito de cuerpo, cuando nos disponíamos a preparar las cosas para darle una cristiana sepultura, el pibe preguntó que por qué mejor no lo usábamos como relleno de empanadas. Escándalo. Ya no hubo manera de levantar el muerto.
El entierro fue dominado por escenas de dramatismo y consternación, sobre todo cuando la tropa vio que lo metíamos a casi dos metros de profundidad. Lo hicimos para evitar que algún día se nos aparezca Little J arrastrando los restos putrefactos del occiso, porque ya nos adelantó que es hora de despertarlo. Y, también, para que si alguna vez nos cae un pet detective no vayamos en cana por homicidio culposo.
Coqui: que el Barbas te tenga en la gloria. O, por lo menos, en una jaula un toque más grande.
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ay jajaja pobre Coqui
ResponderEliminarCada vez que leo tus posts me da pena que terminen tan pronto.
Rocio
¿Para relleno de empanadas???? Ese pibe lleva tu sangre JPp... jajajaa
ResponderEliminarPobre flaca! no seas miserable y ahora comprale la wii porque tiene razon tu vieja los conejos siempre terminan en las paginas policiales!
ResponderEliminarUna acotación. Cuando le dijimos a la flaca si quería que lo enterremos dijo que no, que quería guardarlo de recuerdo!!!!!
ResponderEliminarIgual lo recordamos constantemente, cada vez que tiene ganas de llorar se acuerda que extraña a Coqui...
Pluma estás en el horno! primero publicas el caso y encima tildas de vagos a los jueces!!! No te salva nadie, jajaaja!
ResponderEliminarNoooooo, no podeeeeeessss (comprarte Beldent en el tren) juajuauu!
ResponderEliminarMi pesame para Coqui
No daba embalsamarlo?
Te compro la jaula.. es para mi mujer (por algun lado se empieza).
ResponderEliminarY dale con eso de insistir con que el conejo es un animal doméstico, ¡no es doméstico, es frágil el pobre bicho! Y más con los chicos. Ni la más pálida idea de dónde deberían vivir larga vida pero, en una casa de familia seguro que no...
ResponderEliminarFinal cantado de entrada! que se le va a hacer!
ResponderEliminarJuanita le tenía mucho cariño también, y le daba los mimos que te da Mike Tison a su contrincante.
Saludos,
José.
Pluma gay, buenísimo el cuento!!! JAJAJA
ResponderEliminarPichi
Cuando te compras un conejo ya sabes que la cosa termina mal porque los pendejos se encariñan y después se muere y hay duelo por unos cuantos dias... yo iria por la wii como dice el anoinmo demas arriba, jajaJa!
ResponderEliminar"se murió de embole" jaja q hijo de p!
ResponderEliminarPobre bicho pero es tal cual lo q dice Pilar y al conejo nadie la pregunto si queria ser domesticado! ah!! impresionante el tacto del Malevo!! jaja!
El conejo y los niños son incompatibles, eso no va a cambiar nunca!
ResponderEliminarbuen cuento JPP!
jajajaja muy bueno, pero pobre Coqui! pobre los conejos, como dice Pilar, el conejo es para vivir en libertad, por eso 1 de cada 500.000 (wikipedia dixit) llega a viejo! Igual, le pregunto a Tutti si alguien le preguntó a los perros si querían ser domestiados, o a los gatos, caballos, vacas, etc. jajajaja
ResponderEliminary aguante los 4 años de vacaciones de los empleados del poder judicial!
Muy entretenido el cuento JPP! e Idem lo que dice Rocío! hasta el jueves prósssssimo!
Coqui siempre viviras en nuestros corazones!
ResponderEliminarJpp, el final del cuento de la vieja es todavia mas tragico! AL pobre conejo lo dejaron cuadriplejico con el golpe certero, pero no lo sacrificaron, eso hubiera sido el cielo para el bicho. Siguieron cuidandolo con esmero y dedicacion, le daban de comer y cada dia lo sacaban un rato al pasto y al sol. El final le llego el dia que lo dejaron olvidado afuera y se lo comio un gato....Snif
ResponderEliminarsi no fuera la vieja la del cuento, no lo creo....