
Jürgen alguna vez fue mi mejor amigo.
Los fines de semana andábamos como culo y calzón por el barrio y siempre encontrábamos alguna cagada que superara en emoción a la anterior.Jürgen iba a un colegio alemán, como toda su familia, y yo me lo imaginaba marchando con sus compañeritos todos juntos, sincronizados, prolijos y con el brazo derecho extendido mientras saludaban a la autoridad.
El colegio alemán era famoso en el barrio porque se había mandado un complejo deportivo de la hostia, pero con una pista de atletismo que en lugar de los cuatrocientos metros reglamentarios tenía trescientos sesenta. Los miserables no querían tener una pista oficial para no tener que prestarla.
Jürgen me enseñaba puteadas en alemán. No le copaba mucho pero yo le insistía, y al final le arrancaba una de sus cuatro sonrisas anuales cuando me hacía una galleta en la lengua tratando de repetirlas.
Como íbamos a colegios distintos, exprimíamos al mango ese rato que nos quedaba libre después de tomar el té. Porque antes se podía jugar los días de semana. Antes había formas mucho más espontáneas de desarrollar la creatividad. Antes no hacía falta llegar del colegio con la lengua afuera, tomar el té a los pedos y ponerse a estudiar como un marciano hasta la hora de pegarnos el baño, comer tempranito y pedir pista para terminar en el sobre mucho antes del horario de protección al menor. Antes se llegaba del colegio y se revoleaba la mochila apenas se atravesaba la puerta. Era revolear la mochila, picar algo y desaparecer hasta la noche sin que nuestros viejos se preocuparan.
Mi barrio no era nada de otro mundo. Calles de tierra -o asfaltadas medio pelo-, mucha bicicleta y una calma chicha que la mayoría de las veces nos obligaba a explorar extramuros para ver qué onda.
En mi barrio cada dos casas tenias un baldío, que era nuestro lugar. Ahí improvisábamos las pistas de bici-cross, nos bajábamos las galletitas choreadas de alguna despensa o simplemente nos escondíamos. En general nos escondíamos después de hacerle alguna cagada al viejo amargo de la otra cuadra, como una forma de devolverle esa cara de culo que siempre nos ponía por las dudas.
Jürgen era de carácter más bien jodido. Era el típico alemán, cara de perro malo. Alguna que otra vez nos agarramos a piñas porque yo le decía que todos los alemanes eran nazis y que su viejo era igualito a Goebbels. Una animalada. Parece que la joda le llegó al viejo porque una vez me mandó a decir por mi hermana que no tenía ni idea lo que estaba diciendo. No tenía.
Jürgen fue mi mejor amigo hasta que un día dejó de ser mi mejor amigo.
Se levantó mi viejo y cuando abrió la puerta fue como si hubieran puesto de golpe una grabación del mismísimo Führer arengando a la tropa. Desde la mesa no se veía la puerta pero los gritos se escuchaban clarito.
Volvió mi viejo y le hizo un gesto a mi vieja para que lo acompañara a la puerta. De vuelta los alaridos del Führer, que duraron un par de minutos mas y se apagaron de golpe.
Parece que a Jürgen le había desaparecido un jueguito electrónico, y la Gestapo local decidió ponerme a la cabeza de la lista de sospechosos. Me acuerdo perfecto del jueguito, era el mítico western bar, y me acuerdo también que yo se lo envidiaba como loco. Por eso la sospecha.
Esa noche mis viejos le bajaron un poco los humos al falso Goebbels pero igual me metieron en el escritorio, puerta cerrada, y arrancaron con el interrogatorio. Detector de mentiras no había, pero en realidad no me querían hacer confesar sino más bien que les tirara una pista que le pudiera servir al Führer en su aventura de jugar a hacer inteligencia.
Jürgen tenía dos hermanos bastante mas grandes que él. Y si mi amigo daba el perfil de chico malo, los hermanos directamente te hacían mear en los pantalones. Ni a ellos ni al viejo los veía seguido, ni siquiera cuando estaba en su casa. Eran como fantasmas porque siempre se las ingeniaban para perderse en algún cuarto o en el tercer piso de esa casa que yo veía gigante y llena de misterios.
Una sola vez yo había subido al tercer piso y me encontré a toda la familia manipulando unos frascos de plástico transparentes con un líquido medio amarillento. Fue la segunda vez que le escuché al viejo decirme algo distinto a hola o chau. La otra había sido cuando le colgué un trapo de Argentina después de la final del mundial de México.
Claramente había sido una mala idea mandarme al tercer piso. Aunque después mi vieja me contó que los tipos tenían un negocio familiar de productos para los piojos, a mí siempre me quedó la idea de que andaban en algo raro.
A partir de la desaparición del jueguito electrónico, el viejo y los hermanos de Jürgen se embarcaron en una cruzada de acoso psicológico hacia el que te dije. Los tipos me querían hacer confesar a como dé lugar.
Uno de los hermanos una vez me acompañó las cuatro cuadras que yo hacía siempre hasta la parada del bondi, medio metro atrás mío, y me susurraba que iba a ir en cana, que el cura de la parroquia no me iba a perdonar nunca y que era un hipócrita porque llevaba colgada una cruz como si fuera una buena persona. Yo me tomé el bondi y él se volvió a su casa.
Si el objetivo era hacerme sentir culpable, la estrategia estaba funcionando. Llegó un momento que estuve a punto de mandarles una carta confesando el crimen con tal de que la cortaran con ese mecanismo perverso de desgaste psicológico.
Durante casi seis meses, toda mi logística giraba alrededor de un único objetivo: que la Gestapo no se cruzara en mi camino. Salía de mi casa en horarios siempre distintos, daba vueltas de más y procuraba siempre estar acompañado. Si no me quedaba otra que pasar frente a
La cosa se ponía cada vez mas densa hasta que un día la hostilidad se cortó de golpe. No hubo más presión psicológica de los hermanos y la imagen del viejo se borró de la ventana. Hasta la vieja de Jürgen, que tenía menos sonrisa que Biasatti, se animó a dedicarme un saludo con movimiento de cabeza.
No entendía un carajo, algo me había perdido. El desconcierto fue total. Hasta que la hermana de Jürgen, que se llevaba con mis hermanas, vino con el cuento de que habían descubierto que la señora que limpiaba su casa era amiga de lo ajeno. Y que entre zapatos, ropa y guita, le habían descubierto el jueguito electrónico.
La Gestapo, fiel a un estilo, nunca lo reconoció públicamente. Más de una vez me lo crucé a Jürgen pero el que miraba para otro lado era él. Más de una vez me los crucé a los hermanos y ni la hora.
No pierdo la esperanza de que algún día Jürgen afloje y me cuente. La intriga me mata. De verdad necesito saber qué carajo metían en esos frasquitos.

Muy pero muy bueno Pluma!! es de lo mejor que te leí ultimamente un abrazo!
ResponderEliminarYo te averiguo, no te preocupes. Me llevo de 10 con la mamá de Jürgen que me deja estacionar el auto en su garage. Jürgen está en Inglaterra ¿sabías? igual que su hermana. Antes pasó por Alemania pero no fue bien recibido. De los mas grandes después te cuento porque es complicado. Pero en realidad no sabía de los frascquitos: hasta donde yo sé tenían un equipo de radio en el tercer piso y hablaban con el Reich, por eso me intriga y le voy a preguntar.
ResponderEliminarSe me pianto un lagrimon de volver a ver un western bar!!!! El relato es una pincelada... bien Pluma bien!
ResponderEliminarmuy bueno! me encantó el nuevo Pluma!
ResponderEliminarAH! otra cosa. No lo puedo creer! EXISTE UNO CON MENOS SONRISAS! ahora entiendo xq eran tan amigos...
ResponderEliminarExcelente post JPP!!!! da gusto leerte!!
ResponderEliminarJP, Los alemanes no son los único que hicieron eso para no prestar la pista. EN el JC la pileta mide 49m en lugar de 50 por el mismo motivo. Abrazo
ResponderEliminarJajaja! Lo mejor es el segundo comentario de Tishei sobre las sonrisas!!!!
ResponderEliminarFue un golpe bajo lo del Western Bar!!! Cuantos recuerdos papá!! Tanto que me puse a buscar y encontre esto: http://www.youtube.com/watch?v=hNZEhDgi8VU
ResponderEliminarMuy bueno el post JPP!!
Lindos vecinos tenias vos eh!! jaja! Me mató la del hermano haciendote marca personal hasta la parada del colectivo, jajajaja!!
ResponderEliminarExcelente!!
ResponderEliminarCuando lo sepas contalo!! jajaa!!! gestapo no será mucho??? jaja, muy buen relato!!
ResponderEliminarte estoy robando protagonismo, eh!
ResponderEliminarY, queda claro que los alemanes no bajan la cabeza. Así les fue, perdieron en la guerra (no como porque esto es literal). Muy buen cuento JPP
ResponderEliminarSaludos,
Anónimo Pizarro Noveno Hijo, músico y algo mas!