
Local de comidas rápidas. Así le dicen los periodistas que se las dan de importantes y no quieren nombrar la marca.
El lugar estaba atestado de gente porque viernes a las dos de la tarde siempre es hora pico en... el local de comidas rápidas.
En época de mundial de fútbol es obligación que todo gire alrededor del mundial. Por eso el local de comidas rápidas sorteaba premios afines.
Podías tener mucha suerte y pegar una tele gigante o conformarte con unas camisetas de cuarta, onda las que venden en Carupá pero con el logo de una bebida gaseosa en lugar de algo parecido al escudo de la selección.
Cuando me dieron el combo no le di bola a la raspadita porque me estaba peleando con una cajera piloto automático. Salsa de barbacoa por favor. Disculpe, este combo no lleva salsa de barbacoa. Pero a mí me gusta la salsa de barbacoa con este combo. Disculpe, este combo no lleva salsa de barbacoa. Te compro la salsa de barbacoa, cuánto sale. Disculpe, este combo no lleva salsa de barbacoa.
Algo me hacía pensar que la discusión no iba a ningún lado. O contaba hasta veinte o la mataba. Dudé pero hice lo primero.
Hacéme el favor y llamáme a un camisa celeste. Camisa celeste había presenciado el diálogo y me trajo más o menos veintisiete sobrecitos de salsa de barbacoa.
Después de pasear la bandeja por el inmenso local durante un rato largo, tuve que ganarle la posición a una corpulenta que intentó primerearme el único lugar disponible: banqueta sin respaldo y mirando a la pared que había a medio metro.
Comí a los pedos porque estaba apurado y porque el morfi ya estaba frío. Además, en una casa de comidas rápidas hay que comer rápido. Me fui.
En la oficina me acordé de la raspadita. Me costó encontrarla en el bolsillo porque estaba perdida en medio de boletos de tren, tarjetas personales de gente que nunca pensaba llamar y una estampita del gauchito gil que me habían dado en el tren y que no había tirado porque en el dorso decía que algo terrible me pasaría si me deshacía de ella.
Cuando raspé, lo primero que asomó fue el número 29. TV y pulgadas aparecieron enseguida. También la marca, que no puedo nombrar. Guardé la raspadita y me puse a laburar.
El plan era simple. Ni una palabra a nadie hasta que tuviera la caja boba en mi casa. Difícil volver del papelón de decir que gané algo y resulta que no porque la raspadita era trucha o porque la letra chica decía que el documento del ganador tenía que terminar en un número con raíz cuadrada múltiplo del primer dígito de su fecha de nacimiento.
Me mordí la lengua y esperé al día siguiente. Cuando entré al boliche, sábado a las diez de la matina, había a lo sumo ocho personas que no tenían quién les hiciera el café con leche en su casa.
Me presenté al encargado y le mostré la raspadita dispuesto a encadenarme a la freidora de papas si no me daban el premio.
La cara de orto del flaco del local sólo era comparable ponéle con la que puede pelar un vendedor después de que le hiciste bajar del depósito dieciocho pares de zapatos y no le compraste ninguno.
Es que la idea del encargado era anunciar el premio con el local hasta la manija. Por eso no fue casual que la raspadita ganadora haya salido un viernes a las dos de la tarde.
El flaco hizo un esfuerzo y ensayó una sonrisa tan falsa como la de don Carlos anunciando que blanqueó a todos sus empleados. Invitó a los ocho trasnochados a que me dedicaran un aplauso pero no le dieron ni la hora.
Si pusiera que ahí nomás aparecieron Capusotto y Alberti seguro que nueve de cada diez me creerían. Todo muy loco.
Cargué la tele en el auto y desaparecí.
El lugar estaba atestado de gente porque viernes a las dos de la tarde siempre es hora pico en... el local de comidas rápidas.
En época de mundial de fútbol es obligación que todo gire alrededor del mundial. Por eso el local de comidas rápidas sorteaba premios afines.
Podías tener mucha suerte y pegar una tele gigante o conformarte con unas camisetas de cuarta, onda las que venden en Carupá pero con el logo de una bebida gaseosa en lugar de algo parecido al escudo de la selección.
Cuando me dieron el combo no le di bola a la raspadita porque me estaba peleando con una cajera piloto automático. Salsa de barbacoa por favor. Disculpe, este combo no lleva salsa de barbacoa. Pero a mí me gusta la salsa de barbacoa con este combo. Disculpe, este combo no lleva salsa de barbacoa. Te compro la salsa de barbacoa, cuánto sale. Disculpe, este combo no lleva salsa de barbacoa.
Algo me hacía pensar que la discusión no iba a ningún lado. O contaba hasta veinte o la mataba. Dudé pero hice lo primero.
Hacéme el favor y llamáme a un camisa celeste. Camisa celeste había presenciado el diálogo y me trajo más o menos veintisiete sobrecitos de salsa de barbacoa.
Después de pasear la bandeja por el inmenso local durante un rato largo, tuve que ganarle la posición a una corpulenta que intentó primerearme el único lugar disponible: banqueta sin respaldo y mirando a la pared que había a medio metro.
Comí a los pedos porque estaba apurado y porque el morfi ya estaba frío. Además, en una casa de comidas rápidas hay que comer rápido. Me fui.
En la oficina me acordé de la raspadita. Me costó encontrarla en el bolsillo porque estaba perdida en medio de boletos de tren, tarjetas personales de gente que nunca pensaba llamar y una estampita del gauchito gil que me habían dado en el tren y que no había tirado porque en el dorso decía que algo terrible me pasaría si me deshacía de ella.
Cuando raspé, lo primero que asomó fue el número 29. TV y pulgadas aparecieron enseguida. También la marca, que no puedo nombrar. Guardé la raspadita y me puse a laburar.
El plan era simple. Ni una palabra a nadie hasta que tuviera la caja boba en mi casa. Difícil volver del papelón de decir que gané algo y resulta que no porque la raspadita era trucha o porque la letra chica decía que el documento del ganador tenía que terminar en un número con raíz cuadrada múltiplo del primer dígito de su fecha de nacimiento.
Me mordí la lengua y esperé al día siguiente. Cuando entré al boliche, sábado a las diez de la matina, había a lo sumo ocho personas que no tenían quién les hiciera el café con leche en su casa.
Me presenté al encargado y le mostré la raspadita dispuesto a encadenarme a la freidora de papas si no me daban el premio.
La cara de orto del flaco del local sólo era comparable ponéle con la que puede pelar un vendedor después de que le hiciste bajar del depósito dieciocho pares de zapatos y no le compraste ninguno.
Es que la idea del encargado era anunciar el premio con el local hasta la manija. Por eso no fue casual que la raspadita ganadora haya salido un viernes a las dos de la tarde.
El flaco hizo un esfuerzo y ensayó una sonrisa tan falsa como la de don Carlos anunciando que blanqueó a todos sus empleados. Invitó a los ocho trasnochados a que me dedicaran un aplauso pero no le dieron ni la hora.
Si pusiera que ahí nomás aparecieron Capusotto y Alberti seguro que nueve de cada diez me creerían. Todo muy loco.
Cargué la tele en el auto y desaparecí.





