Un acto de verdadero patriotismo

(Mi columna en Tigris de mayo)



Arranca mayo y en casa no se habla de otra cosa. Todos a full con el disfraz, el maquillaje y con lograr que el gurí se aprenda el guión, que no tiene más de una línea porque hay que meter a cuarenta personajes en una hora. Cuando dura una hora.

El día del evento, nos caemos una horita antes porque el pibito tiene que prepararse. No sé cuánto se tiene que preparar alguien que ya sale lookeado desde su casa, pero ahí estamos igual para seguir la consigna.

Llegamos temprano pero la patrona, nerviosa porque nos pasamos cuatro minutos de la hora previa, se baja con el carro casi en movimiento y me hace una seña clarita: “ocupáte de bajar al resto de la tropa, la cámara de fotos, la cartera, el bolso con la muda de ropa y el paraguas, porque me parece que se larga”.

En la puerta del salón, una simpática señorita me ofrece el programa del acto. Le hago una media sonrisa mientras con la mirada le señalo al pibe que a duras penas tengo aferrado con la mano derecha, al otro pibe que tengo agarrado con la izquierda, y el bolso más la cartera más la cámara más el paraguas. Abro la boca, pero la señorita decide no entregar el programa en un lugar tan poco convencional.

Las primeras filas están semivacías, pero los asientos están llenos de carteras, programas y prendas de vestir desplegadas estratégicamente.

- Está todo reservado, disculpame.

Admirable la impavidez de la señora para echarme flit de esa manera. No da pelearme, porque es una de esas caras que te cruzás en el colegio día por medio, así que me alejo masticando bronca y me ubico con los borregos un par de filas más atrás, justo cuando aparece la patrona.

Mientras apuro al reloj para que el tiempo pase más rápido, me llama la atención la discusión acalorada entre una madre y la maestra. Al lado de ellas, desconsolada, llora una chiquita empilchada como si fuera una heredera de la dinastía Ming, con kimono, abanico oriental y esa especie de sombrero redondo y chato. La maestra trata de explicarle a la madre que en la época colonial, a las gauchas criollas se las llamaba “chinas”, y que cuando pusieron en el cuaderno que la disfrazasen de china, se referían justamente a eso. La vieja está en llamas: horas dedicadas a armar un trajecito de los más sofisticado, y ahora tiene que ver a su hija haciendo reverencias con brazos entrelazados mientras el resto vende empanadas.

Media hora esperando hasta que aparece el grupo de mi hijo. Cuando pelo cámara para dispararle al montón -porque no hay forma de identificar al hijo propio, debajo de tanto disfraz- de golpe veo que los dos flacos que tengo adelante levantan algo con ambos brazos y me tapan toda la visual. Entre tanta oscuridad, llego a ver que lo que levantan son dos iPad cero km. Y los flacos están filmando con los iPad. Fil-mando! Los mato.

Mi mujer me adivina el pensamiento y me tira el segundo mensaje telepático de la tarde: “habilitaron el segundo piso, fijáte si desde ahí se puede sacar alguna foto y filmar”.

Me mando para arriba atropellando gente y llego justo. Justo cuando mi hijo acaba de terminar su numerito de tres segundos. Ni fotos ni filmación. Nada. Y desde arriba veo a los cachafaces del iPad que ahora lo están usando para chequear mails. Los mato.

El fin de la movida me agarra con el piberío pidiéndome pancho y gaseosa a los gritos, que de tan agudos consiguen tapar el emotivo canto con el que se despide a la bandera de ceremonia.

Con la caída del telón, se consuma una nueva gesta patriótica. Todo sea por la historia. Todo sea por los hijos.

Lo del espejito no fue tratando de estacionar


Mis viejos se están enterando ahora. Nunca una palabra, ni a ellos ni a nadie. Por las dudas aviso que pasaron más de veinte años, ya prescribió.

Para la época en que yo cursaba cuarto año del colegio, en casa paraba un primo, el Mono, que la vieja casi que había adoptado porque era su ahijado y su familia vivía en Tres Arroyos.

El Mono es un tipo callado pero gamba de los bien gamba, siempre listo para dar una mano. De más pendejos andábamos siempre en yunta y no dejábamos cagada por hacer. Pero ahora el Mono paraba en casa porque iba a la facultad y le había pintado una onda mas seria.

Antes de eso, el Mono había vivido casi siempre en el campo y aprendió a manejar autos antes de subirse a una bici. El pibe todavía no había cambiado la voz y sus viejos ya lo mandaban al pueblo a hacer las compras. El Mono le chantaba un par de almohadones al asiento de la renoleta y era el tipo más feliz del mundo.

Con tantas horas de vuelo, para esos tiempos en que estaba en casa el Mono era un capo del volante. Y para devolver gentilezas por el techo y la comida, le hacia de chofer a la vieja. Hacía las compras, llevaba, buscaba, traía, dejaba. Todo, en una Combi Volkswagen blanca que teníamos esos años y que rajaba la tierra, un fierrazo.

Yo lo acompañaba bastante y la verdad que me rompía los huevos no saber manejar, así que un día le pedí que me enseñara. Yo andaba por los 16 y todavía me faltaba un año para poder sacar el registro.

Al principio el Mono me sacó cagando porque no era su auto, pero lo convencí.

Nos fuimos a la pista de tierra que hay al costado de la Panamericana, a la altura del puente Uruguay, y me tiró la posta sobre lo básico.

A la semana ya más o menos me defendía y la verdad que a la tercera vueltita a la pista de tierra quería ponerle un poco más de pimienta a la cosa.

De ahí saltamos a las calles tranquis de Beccar, que en esa época eran diez veces más tranquis que ahora. Todo al pelo.

Cuando vi que ya estaba para un poco más, un día me mandé por Diego Palma, que no era el quilombo que es ahora pero ya tenía un tránsito importante.

Las primeras cuatro cuadras las hice a veinte, atrás de un camioncito que repartía verduras. Hasta que me hinché los huevos, hice rebaja y me mandé a pasarlo.

Del otro lado venía un sierra pero estaba lejos. Lo que yo no sabía era que adelante del camioncito iba un súper Europa que también parecía no entrarle la tercera. No me quedó otra que pasarlo también.

"Lo paso fácil" me acuerdo que pensé justo antes de que el Mono me puteara bien fuerte para decirme que hay que terminar de pasar el auto antes de volver al carril.

El súper Europa tuvo que subirse un toque a la banquina y pegó tres saltitos antes de volver a acomodarse.

No había sido para tanto así que seguimos como si nada. Hasta que sentimos un golpe en el techo y vimos pasar al Súper Europa con el acompañante asomado por la ventana hasta la cintura y con el dedo en la sien, puteándonos en cinco idiomas.

Frente al espectáculo, no tuve mejor idea que bajar cuatro falanges y dejar la del medio bien arriba. Error.

Los muchachos empezaron a frenarme el auto a escasos centímetros de la trompa de la Combi, sin saber, pobres, que la inexperiencia al volante del que-te-dije podía terminar en un desastre.

- Doblá a la derecha en la que viene y corréte.

Fue todo lo que me dijo el Mono, que a esa altura quería pasarme por la maquina de picar carne.

Se hizo cargo del volante y salimos levantando polvo por todas esas calles de tierra que se conocía de memoria.

Hicimos unas quince cuadras dando vueltas hasta sentirnos seguros de que los flacos no vendrían a buscar la vendetta.

En eso estábamos cuando de la nada el Súper Europa nos cruzó por atrás con una destreza admirable. Ya no había nada más que hacer así que nos quedamos piola en el auto, pensando cómo carajo íbamos a pedir disculpas.

El que manejaba se vino, sacado, hasta donde yo estaba y le chantó una trompada el espejito, que voló en mil pedazos.

El otro tipo se fue hasta donde estaba el Mono, pero antes se ocupó de levantarse la camisa y mostrar el fierro que le brillaba como si lo hubiera lustrado dos horas seguidas.

A todo esto, en el asiento trasero del Súper Europa venían las mujeres de los flacos con tres o cuatro pendejos que miraban casi sonrientes y divertidos, como si sus viejos se dedicaran a apretar gente todos los días de su vida. Capaz que era así.

Con la mano ensangrentada, el tipo me arrancó del auto y me puso cara contra el vidrio haciéndome una especia de doble Nelson que me dejó inmovilizado. Se me prendió a un mechón de la nuca y, sin dejar de putearme, me sacudía la cabeza contra el vidrio, que por suerte resistió el embate de semejante elemento contundente.

Pensé que la quedábamos ahí y me preocupaba sobre todo la imagen que los viejos podían guardar de nosotros. Por eso rogaba el cielo que mi vieja no encontrara los cinco paquetes vacíos de jamón que me había choreado ese día. Bueno, otra confesión.

A través de la ventanilla lo veía al Mono, que no le quedaba ni un solo pigmento en la piel. Después supe que había sentido el frío del fierro apoyado en la espalda.

Cuando los tipos nos vieron al borde del colapso, decidieron que ya nos habían apretado lo suficiente y se fueron sin decir nada más.

Tardamos unos veinte minutos en volver a subirnos a la Combi. Parecíamos Michael Jackson y John Travolta de lo que nos temblaban las piernas. Nos volvimos a casa y acá no ha pasado nada.

Vieja, ya sabés: lo del espejito no fue intentando estacionar.


La ventana fue de papá



El pibe estaba instaladísimo y totalmente convencido de que nadie lo movía de ahí.

Calzaba unos auriculares gigantes conectados al celular y un justin beeber al mango en cualquier momento le perforaba los tímpanos.

El pibe había agarrado la revista del avión y simulaba una lectura atenta y de lo más concentrada. El pibe no tenía ni diez años.

Me paré en seco en el pasillo y me convertí en una especie de dique para esa marea de gente que avanzaba desesperada buscando su asiento. Algo me putearon porque les hice perder esos segundos clave que te ponen en riesgo de no conseguir lugar para el bolso de mano. Es que hoy cuesta conseguir un hueco porque la gente se zarpa con los bultos que lleva arriba. Les da una paja tremenda el tramite de buscar el equipaje cuando llegan al aeropuerto y entonces mandan todo arriba.

Miré al pendejo, miré a la madre. Ninguno de los dos se dio por aludido y no me quedó otra que ser un poco más explícito.

- El pibe está en mi asiento.

La madre se apuró en decirle que se corra y que cómo se había sentado en un lugar que no era el de él. Como si hubiera sido toda idea del pendejo, cachafaz.

El pibito dudó un toque pero se animó. Y le mandó a la vieja que no se iba a levantar porque había llegado antes que el señor.

Fue como si un torrente de ácido sulfúrico me subiera hasta la cabeza en menos de cinco segundos, mientras el pendejo se daba vuelta como dándole un corte al asunto y la madre me decía con un gesto que el niño se había pronunciado.

¿Señor? ¿Señor??? El pendejo de mierda me dijo señor. Olvidate.

- La ventana es mía, así que por favor movete en este instante.

El pendejo amagó hacerla difícil pero imagino que se habrá dado cuenta de que sólo faltaba una chispa para que dos mil kilos de trinitotolueno volaran por el aire.

Ya sintiéndose derrotado, el pendejo peló una cara de orto que no le vi ni al Malevo en sus peores momentos.

La señora tardó en levantarse para liberarme el paso, como queriendo estirar el trámite para que esos segundos me resultaran incómodos por estar dejando al pibe sin el sueño del pibe. No se me movió un músculo de la cara.

Se terminó de levantar la señora y el pibe se desabrochó el cinturón echando putas y golpeando el zapato contra el piso para hacer bien visible su calentura, como si quedaran dudas.

Los que no podían avanzar por el pasillo también mostraban su descontento chistando lo más ruidoso que les salía. Un poquito de paciencia por favor.

Me senté en mi asiento y al toque me puse a mirar por la ventana.

Se sentía como un rayo en la nuca la mirada que me estaba clavando el pendejo, que se había quedado en el asiento del medio. Hacía lo imposible para que yo lo mirara pero yo seguía mirando por la ventana. Rojo de furia estaba el pendejo.

Tanta calentura tenía que no quería volver a abrocharse el cinturón. La madre le decía que se lo pusiera y el pendejo le hacia vacío mientras me miraba a mí, como desafiante, como si yo me fuera a tomar el laburo de rogarle que se lo pusiera.

El pendejo seguía haciendo el rebelde y entonces yo me desabroché el mío. Momento de desconcierto. Terminó abrochándoselo mientras yo le sonreía de reojo.

De haber sabido lo que iba a romper las pelotas durante el vuelo le habría dado el asiento ventana envuelto y con moño. Pero una vez en el baile no podía permitirme semejante derrota, así que me la banqué como un duque.

Al final le regalé el alfajor y terminamos mas o menos en buenos términos.

Pero la ventana fue de papá, de punta a punta. Vamo lo pibe.




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Fiambre en las vías es accidente personal



Cuando TBA dice accidente personal casi siempre significa que un flaco peleado con la vida se tiró abajo del tren.

Un flaco que está tan en las malas que no le da el mango para comprarse un frasco de pastillas y pegarse el raje en un acto más privado.

Un flaco que nadie conoce pero que quiere dejar huella y entonces decide joderle la vuelta a todos los que nos movemos en tren.

Llegar sobre la chicharra y encontrar un lugar vacío no es cosa de todos los días. Pero así como me senté se prendieron los altoparlantes y el botón de turno dijo que había accidente personal en San Isidro. Y que el tren no salía. Y que sorry las molestias.

Una hora sentado en un tren parado no es grave. Es igual al viaje que hago todos los días pero sin ruidos ni sacudones ni movimiento del paisaje.

No es tan grave. De última te ponés a boludear con el teléfono y podés compartir el garrón con todos los que están conectados o ponerte a garabatear un post, como ahora.

Cuando ya algunos músculos empezaban a ponerse tensos, el botón se puso de nuevo al micrófono y tuvo sus deliciosos treinta segundos de tener agarrados de las bolas a miles de pasajeros, y dijo siete veces seguidas que la formación sólo hacía la mitad del recorrido.

Festejé la noticia con puño apretado con el único objetivo de contrarrestar las puteadas de los pelotudos de siempre que salen a la calle convencidos de que hay un complot universal en su contra.

Frente al escenario de riesgo de quedarte a mitad de camino, tenés dos opciones: o te buscás de entrada otra forma de viajar o te encadenás al asiento y que sea lo que Dios quiera.

Me decidí por lo segundo y me salió como el culo.

En la primera estación se subieron las ochocientas cuarenta y siete personas que acumularon bronca durante hora y media chupando frío en el andén. Se mandaron al vagón con un nivel de desesperación como si algún ser extraño los estuviese corriendo para obligarlos a ver un partido de la selección del checho.

Como no podía ser de otra manera, en el malón había embarazadas, abuelos que no sabés si llegan vivos a la siguiente estación, pendejos que necesitan sentarse y alguno que otro arrastrando una gamba. Todos los que podían aplicar para ligar mi asiento estaban en ese vagón.

La más embarazada de todas se paró justo al lado mío. No tuve necesidad de pispear de costado para notar su presencia. Fue suficiente que una panza que parecía llevar a toda una salita de jardín me tapara de golpe toda la visión.

Le cedí amablemente el asiento mientras comentaba en voz alta que capaz estaría bueno tener a una partera cerca. No le hizo gracia.


Con la densidad humana que tenía ese metro cuadrado del vagón, no fue fácil el trámite de hacer que la señora Riganti llegara al asiento sin pasarme por encima. Tuve que hacer un movimiento de contorsión y cerrar con un saltito que me hizo perder dentro de una masa de albañiles alérgicos al jabón.

El tren iba lento. Cuando pasa algo, el tren siempre va despacio. Por las dudas, vio.

En Olivos se frenó para no volver a arrancar. Esta vez no hubo puño apretado. No daba. Todavía me quedaba patear unas quince cuadras y enganchar un bondi.

Frente a la boletería se parapetó un señor ejecutivo que llevaba sobretodo Perramus con cuello levantado, bufanda al tono, tragedia primera marca y unos pepés Guido que rajaban la tierra.

Al tipo le salió redondita la movida de dejar el bólido en casa y tomarse el tren para evitarse el estrés de manejar en el centro.

El señor arremetió a los golpes contra la persiana de una boletería que hacía rato estaba totalmente sellada. A grito pelado, el señor exigía que se le consiguiera un remis.

Desde atrás de la persiana todo lo que se escuchó fue una carcajada que se lanzó con poco disimulo.

- Y queres que te preparemos un fernét por si se demora el remis?

Más carcajadas, también de la gente que iba saliendo de la estación.

- Manga de fracasados, por algo están donde están.

Más carcajadas.

Con el numerito del señor que no daba para más, me sumé a la marea de gente que inundaban las calles laterales a la estación.

La masa caminaba mirando el suelo y echando putas como si estuviera abandonando el estadio donde su club de toda la vida acababa de descender.

En la avenida las paradas de bondi estaban imposibles. Tres o cuatro bondis nos dejaron de garpe y recién pude subirme a los veinte minutos de divertirme mirando las piruetas que hacían mis compañeros de parada para frenar alguno.

Pero me faltaban veinte guitas. Se me agujereaban los bolsillos de la cantidad de monedas que tenía, pero me faltaban veinte guitas. No hubo forma de arreglar con el fercho y me tuve que bajar a las quince cuadras.

Cincuenta y ocho mangos me salió el remis.

Los fujimoris te acribillan



Al viejito se le va la poca vida que le queda tratando de subir la valija en el maletero. Pero no la puede ni mover. Me acerco canchero y le ofrezco una mano.

Hago un movimiento brusco y casi la quedo ahí. Lo que pesa, dejate de joder. Por un momento me imagino que el viejo está llevando de contrabando los restos de su mujer todavía sin cremar y me da un cacho de idea.

Pesa como la gran puta pero ya estoy a medio camino, no puedo volver a mi asiento. Mi orgullo no resistiría un embate de esta naturaleza. Porque además del viejo hay dos minas que miran con cara de ternura al joven buena onda, yo, que se compadece del anciano y lo ayuda. A un anciano que de pedo puede dar cuatro pasos seguidos sin tambalearse pero que igual se manda a volar con un bulto que debe andar por los ochenta kilos.

Hago un segundo intento y siento que dos vértebras se me ponen de culo y me piden a gritos que largue esa valija.

No señor, hay que subirla a como dé lugar. Aprieto los dientes y a la mierda. La valija suena contra el fondo del maletero y el viejo sonríe. Las minas también, pero con un toque de sorna, como sabiendo que casi sacrifico mi movilidad para no hacer un papelón.

Medio encorvado hacia adelante, me arrastro hasta mi lugar y me tiro sobre el asiento. Viejo de mierda.

Levanto la cabeza y el geronte me sigue sonriendo. Cree que de alguna manera tiene que retribuir mi gesto y yo trato de hacer telepatía para pasarle el mensaje de que no necesito charla.
El asiento al lado mío está vacío y me preparo para desparramarme de una manera guaranga cuando el anciano se levanta y se me sienta al lado. Lo que me faltaba.

Arranca preguntando si ya conozco Peru y yo como un boludo le digo que es la primera vez que voy. Para qué.

El viejo se pone el cassette de guía turístico y me quema la cabeza hablando sin parar durante quince minutos. Y el avión todavía no sale.

No me queda otra que hacerme el dormido, pero a los cinco minutos los párpados se me empiezan a acalambrar de tanto hacer fuerza. Vuelvo a abrir los ojos y el viejo pone el lado B.

De golpe el viejo considera que es hora de volver a su asiento y pide que lo disculpe. Disculpado.

Con el viejo de vuelta en su asiento, me levanto un toque para una ultima estirada de piernas antes de despegar.

Cruzando el pasillo hay un gordo que mira nervioso a todos los que enfilan para su lugar. El tipo sufre de que le toque alguien al lado porque no hay lugar ni para un valdivieso.

Se cierran las puertas y el gordo respira aliviado. Nadie al lado. O tuvo ojete, o el otro vio de lejos cómo venia la mano y prefirió hacerse el boludo y buscar otro lugar.

Pero al gordo la sonrisa se le borra en un segundo. La azafata, la muy hija de puta, avanza por el pasillo como si fuera la princesa de Monaco, con los brazos abiertos mientras muestra a quien lo quiera ver un cinturón de seguridad XL.

La mina va directo al gordo, que enseguida se da cuenta de qué se trata, y se lo da sin disimular ni un poquito, para mandarlo bien al frente.

La mato. Me lo hace a mí y te juro que la mato, a esta forra que se pasa la mitad de su vida explicando a los pasajeros lo que tienen que hacer si por ejemplo el avión se cae al mar. Tomátelas.

Antes de volver a mi asiento miro un poco el perfil del pasaje y veo que está lleno de ponjas. Hay fujimoris por todos lados, y todos tienen su camarita en posición de disparar a cualquier cosa que se mueva.

Me siento y arrancamos. Uno de los fujimoris, el que está justo adelante mío, pela su réflex digital y, trac-trac-trac-trac, saca sin parar. El dedito queda bien firme sobre el shut y es una foto atrás de la otra.

Miro por la ventana y trato de entender para qué mierda el tipo se gasta una memoria de cuatro gigas sólo en el despegue. En fin.

El vuelo tranquilo. La llegada es otra historia.

Domingo en el puerto es para matar a alguien


Little J venía pidiendo un poco de exclusividad y por eso encaramos para el puerto de frutos un domingo. Hace años que no iba un domingo y van a pasar otros cuantos antes de que vuelva.

La excusa era ver qué onda un placard para el cuarto de los pibes, porque estamos tratando de darle alguna lógica a un reducto que parece Kosovo.

Nos fuimos a gamba porque la última vez estuve a dos minutos de cargarme a un trapito que me pedía cinco mangos atrás de una pechera que decía "Coordinador de tránsito". Sólo por calzar esa pechera se merecía dos martillazos en la cabeza.

Enfilamos para el boliche de muebles. Me atendió un denso y durante los primeros quince minutos me la pasé tirándole centros para que se avivara de que yo no era un turista de esos que se piensan que por comprar en el puerto están comprando barato. No quería ser víctima de estos inescrupulosos que te empoman con productos autóctonos que si mirás bien les encontrás la inscripción de made in China.

Por eso le hablé de dos fabricantes de Carupá que son clientes de mi suegro y que me habían recomendado ese boliche. Le hablé también de Chelo, el único que vende fruta en el puerto de frutos y de quien soy gran amigo porque más de una vez me hizo un flete. Vi colgado un banderín de Tigre y entonces le dije que aguante el matador que nos quedamos en primera.

Después de esos quince minutos en los que Little J me tiraba de la manga porque estaba hinchado las bolas se las huevadas que yo decía, el flaco me dijo que no conocía a nadie porque era de Mar del Plata y había empezado a laburar diez días antes.

Encontré finalmente el placard que a Tishei le había gustado y le pedí al flaco que me presentara al dueño del boliche, así le hacía el laburo fino para sacarle algún descuento.

El dueño era un crack. Un tipo divertido que desparramaba onda de la mejor y que conocía a mi suegro y que conocía al Chelo y que era hincha de Tigre. Bingo.

Otros quince minutos de chamullo para terminar llevándome el placard a precio turista y lrpmqlp.

Pasamos a saludar a Chelo porque lo conozco posta y Little J me miraba fulero como diciendo todo bien con Chelo pero dejémonos de joder que tengo hambre.

Había un señor que vendía empanadas que llevaba en una mega bandeja, medio haciendo equilibrio y asegurando que estaban calentitas recién saliditas del horno. No se veía ningún horno cerca porque el chabón estaba en el medio de la calle entre negocios de antigüedades, pero había que creerle. Las empanadas tenían buena pinta pero Little J no quiso saber nada.

Nos mandamos entonces a un puestito de panchos y nos atendió un flaco con la jeta que no le quedaba un solo espacio para un grano nuevo. Mirá que yo de pendejo tuve granos pero a éste parecían crecerle pornocos adentro de otros pornocos.

Little J no podía sacarle la mirada de encima y yo no sabia cómo carajo distraerlo. Al final lo conseguí acompañando el pancho con unas fritas, una coca, otro pancho y un push-pop, que vendría a ser un chupetín, de mierda pero con marketing, que roza los diez mangos. Me cago en Discovery Kids.

Little J ya parecía satisfecho pero guardaba en la manga un último reclamo, la manzana acaramelada con pochoclos.

Me vino entonces a la cabeza el simpático recuerdo de cuando fuimos de pendejos a un circo, en La Cumbre. Circo de señoras exhibiendo su celulitis atrapadas dentro de unas bikinis XS, y de leones que se alimentaban a base de perros que la pendejada llevaba a cambio de una gaseosa.

Me acordé del pibito que se paseaba por abajo de los asientos levantando los palitos que tiraban los que ya le habían entrado a la manzana acaramelada. El pibito se los llevaba al señor puestero que así como llegaban volvía a insertarlos en otra manzana. Un amor el reciclaje.

Me acordé de todo eso con un poco de idea pero se la compré lo mismo. Crea anticuerpos, diría mi cuñada Sofi.

Con el borrego bien pipón emprendí la retirada. El pibe que apareció en ese momento me hizo acordar enseguida al gordito malcriado que entró con Willy Wonka a la fábrica de chocolate. Andaría por los cinco o seis o pirulos, no más.

El pendejo quería un chocolate gigante y los papis le decían que si sumaba un golosina mas iba a dolerle la pancita.

El escándalo que armó el gordito era para darle mínimo dos días de calabozo.

No había forma de calmarlo. Estaba como poseído y gritaba como si se hubiera agarrado un huevo con el cierre.

Hasta que de golpe se calmó y cambió la estrategia en el aire.

- Les prometo que si me lo compran no les rompo más las pelotas.

Lo agarré a Little J del brazo y me rajé rápido para no sacudirle al gordito un coscorrón que habría terminado en bochorno.

El gordito me sacó casi más que las dos horas entre tanto turista. Y el desquite lo sufrió el pobre señor de las empanadas, que seguía asegurando que las empanadas estaban calentitas. Las mismas empanadas de hacía dos horas.

Le compré una sólo para demostrarle que no estaba ni calentita ni recién salidita del horno. Y se la devolví. Y medio que me puteó. Y medio que le puse cara de orto. Y medio que Little J me miró con gesto de no cazar un fulbo.

Congelé la cara de culo hasta cruzarnos con el coordinador de tránsito. Después todo bien y nos volvimos.





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Los gitanos se dejaron la Pepsi



El guardia de seguridad tiene una gorra que es un par de talles menos. Las orejas no le entran y la cabeza parece el trofeo de la champions.

El guardia es un rehén cibernético y está meta mensajear con su Nokia ultimo modelo. No levanta nunca la cabeza pero tiene radar de vigilante y me engancha llevando comida en una bolsa.

Me señala la bolsa y me hace que no con la cabeza. No saca la vista del celular.

Le digo que es para mi vieja que está famélica porque la máquina expendedora de la salita sólo vende Pepsi. Me hace puchero y dice que okey, pero que sea la última.

El botón tuvo sus cinco segundos de poder y se decidió por el indulto.

La máquina expendedora sólo vende Pepsi porque los gitanos hicieron estragos.

Los gitanos son un grano en el orto para la clínica, que ya no sabe qué hacer con estos tipos que se chorean todo lo que tienen a mano.

El modus operandi, diría el impresentable que cubre policiales en TN, es que una gitana se hace internar y la viene a visitar toda la parentela, en su mayoría señoras obesas que se esconden bajo la ropa vajilla, sábanas, almohada, toallas y si me apurás hasta el secador de pelo.

Para vaciar la máquina expendedora lo que hacen es llenar la salita de propia tropa y hacer un quilombo de novela mientras dos de ellos montan una obra de ingeniería para inclinar la máquina, meter los garfios y llevarse hasta las barritas de chocolate con pasas.

Subo dos pisos por escalera y llego a la salita donde me espera mi vieja. No hay nadie más, sacando al señor barbudo que está echado en uno de los sillones y ronca que no tiene nombre.

Está por arrancar en sony la serie que no me pierdo nunca y me dispongo a verla mientras disfruto el chegusan que le acabo de comprar a un quiosquero que se ofendió porque le pregunté si el producto es fresco. Es.

Como si estuviera sonámbulo, el señor barbudo se incorpora de golpe, camina hasta la tele que no es plasma y la pone muda.

Listo, quedamos así.

El señor barbudo vuelve a su sillón, abre una especie de bibliorato y se pone a recitar en hebreo, con los ojos medio cerrados. Le importa un carajo que mi vieja lo mire de reojo y que yo le clave una mirada magnum media medida de desconcierto y la otra media de admiración.

El señor barbudo se sienta bien derechito y se calza el sombrero que parece choreado a uno de los personajes de un cuadro de cacería. Mata la onda de las trenzas que le caen por cada lado de la cabeza y que le hacen juego con la barba XL.

Un capo el señor barbudo. Me sacaría el sombrero si tuviera. Y si tuviera sombrero querría uno igual al del señor barbudo. Las trenzas paso.

La vieja no se prende a la serie muda y yo le hago la segunda. Apagamos la tele y nos ponemos a hablar sobre cómo vamos a hacer para que el viejo baje dos cambios mientras se esté recuperando de la operación. No se nos ocurre nada.

El señor barbudo se cansa de recitar y vuelve a su posición horizontal. Tarda unos veinte segundos en activar esa máquina de ronquidos que nos obliga a subir un par de decibeles el volumen de la conversación.

Se abre la puerta del ascensor y un pibe tipo cuarenta, visiblemente impaciente, cruza la salita a los pedos y se manda directo a la puerta que comunica a terapia. Viene con envión y se da el palo porque pensaba que estaba abierta pero no.

El muchacho impaciente pregunta por un paciente a través del portero eléctrico. Terapia a esta hora ya cerró la puerta y cualquiera que quiere entrar o salir tiene que anunciarse y esperar que alguna enfermera interrumpa el solitario y lo deje pasar.

El impaciente está nervioso porque están operando a su mujer y pregunta si no hay una forma más práctica de comunicarse que no sea ese portero de mierda.

Del otro lado le responden que no se escucha bien, que por favor repita más fuerte. El tipo repite más fuerte. De vuelta que no se escucha. Al tipo le da vergüenza y no insiste. Cancheras las enfermeras.

La puerta se abre al toque y el tipo se abalanza. Pero la enfermera nos busca a nosotros. Que el viejo salió diez puntos de la operación. Y que necesita descansar. Y que ella entiende que el viejo tenga hambre después de doce horas sin meterse bocado, pero que el pebete de crudo y rúcula no es lo recomendable para un postoperatorio.

Saludamos al viejo y nos picamos el champión.
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Atravesamos la sala y dejamos atrás al señor barbudo que sigue roncando y ahora también se babea. Y al muchacho impaciente que le da a la singer como loco y acumula bronca para cuando conozca a la persona dueña de esa vocecita que lo bardeó por el portero.

Se abre la puerta del ascensor y nos cruzamos con una banda de gitanos.

Vienen por la Pepsi.

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