Ir al fin del mundo no es el fin del mundo



Volar por línea de bandera nacional es una lotería. Con el pasaje en la mano tenés que esperar qué bolilla te sale: cancelado, demorado, sobrevendido, huelga de maleteros, choreo de valijas o piquete del gremio de los camioneros que quieren sumar a los pilotos porque avión suena parecido a camión.

Volar por línea de bandera nacional, o en realidad por cualquier aerolínea, es doblemente estresante si llevás tropa propia que garantiza una importante cuota de bardo a bordo.

No soy de los que arrancan mirando el menú por la columna de los precios -no siempre, al menos- pero cuando hice cuentas para sacar seis pasajes fui directo a los más tobaras, de una. Incluso pregunté si había descuento por mandar a alguno de los más chicos en jaulita de perro en el depósito. Quedaron en averiguarme pero nunca me respondieron.

Por haber sacado esos pasajes, ahora me tengo que bancar volar demasiado muy temprano. El vuelo es a las cinco aeme y eso significa estar a las cuatro y salir de casa a las tres. Copamos dos remises porque somos banda y puro bártulo. Los remiseros son dos viejos -en autos ídem- que nos piden ocupar el asiento del acompañante y despedirlos al grito de "chau tío, gracias por traernos", así no les hacen quilombo en el aeropuerto pidiendo tantos papeles.

En la fila del check in la gente se sorprende de ver tanto piberío. Justo atrás de nosotros hay una pareja de alemanes que miran azorados. Balbucean algo en un castellano malísimo y yo les respondo que soy el responsable del jardín de infantes Platero y que me estoy llevando a los pibes de viaje de egresados. Me sonríen. Les sonrío. Ni yo entendí la pregunta ni ellos la respuesta.

La fila empieza a crecer y la mayoría pone cara de orto cuando ve que habrá purretes a bordo. Ponen cara de orto bien visible porque les interesa especialmente que yo los vea. Y yo no hago nada para calmar a la tropa, que a esta altura se cansó de esperar y empieza a armar quilombo. Los viajantes siguen con cara de orto y yo les devuelvo una de "esto es sólo un adelanto, esperen a que estemos arriba del avión".

En el mostrador de la línea de bandera nacional llama la atención la buena onda que le pone la señorita que nos atiende. Trabaja para el estado pero igual le pone onda, bien ahí. Nos sugiere hacer un par de cambios en el contenido de las valijas para que ninguna se pase del peso máximo. Buena onda la mina, mala onda los que vienen atrás porque ven avanzar todas las filas menos la nuestra. Como para responder al resoplar insoportable de los impacientes, me tomo un rato para revisar todos los pasajes y preguntarle a la mina hasta por el clima en Ushuaia.

La novedad es que el avión sale en horario. Lo dice la tele donde aparecen los horarios. La verdad que las pizarras que había antes le daban un poco más de emoción a la cosa con sus chapitas y su tac-tac-tac-tac que iba anunciando llegadas y partidas.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Sí, están todos. Enfilamos entonces para la sala de embarque y el hombre que chequea los pasajes antes de ingresar mira los míos como demasiado concentrado y pensativo. Cantado: si el avión sale en horario entonces la nota de mala suerte viene por el lado de que algún dato está mal o algo así. El tipo se saca la gorra y se rasca los catorce pelos.

- Cinco gambas cada pasaje, pagan seis... mierda que te van a salir caras las vacaciones.

Tan ridícula la situación, tan desubicado el comentario, que me limito a sonreírle un toque y darle la mano. Qué cachafaz, pordió.

Mandamos los bártulos por los rayos y vamos pasando uno a uno por el arco alcahuete. Pasamos todos menos Little J, que se manda por el único hueco que queda entre la mesa de rayos y el arco.

- El pibe tiene que pasar por acá.

No, el pibe se empacó y no hay forma de hacerlo razonar. El hombre tiene cara de malo, se pone firme e insiste, casi que se enoja y lo mira feo. Pero mi mujer lo frena en seco y le dice que si hace calentar al borrego lo manda directo a la cabina y que se lo banquen los pilotos. Little J se sale con la suya.

No hay manga, así que nos tenemos que subir al bondi que va hasta el avión. La tropa se desilusiona con el chiste fácil de que el avión se rompió y entonces tenemos que hacer tres mil quinientos kilómetros en ese bondi. La señora paqueta al lado nuestro se ríe de la situación. Se ríe más por mostrarse simpática que otra cosa.

Cumplimos la ceremonia de pasar por primera para llegar hasta nuestros asientos. Los seis tipos que ya están ubicados en sus lugares traen colgado el cartel de funcionarios públicos. La línea de bandera nacional los premia con pasajes gratis para contrarrestar lo terrible que es para ellos el desarraigo, estar lejos de los suyos y trabajar de sol a sol por el bien de todos los argentinos. No pueden menos que merecer un final de año junto a los familiares que no ven durante todo el año (pocos, porque el resto trabaja con ellos). Casi que me dan pena, mirá lo que te digo.

Nuestros seis asientos no están todos juntos. Hay uno que nos tocó separado, pero el pobre pibe que quedó en medio de la marea purretera no tarda ni quince segundos en aceptar un cambio de lugar. Resigna ventanilla y dispara que no le dan las gambas.

Tres horas de viaje, tres horas de tranquilidad casi milagrosa. Al pedo habernos sugestionado tanto. Ivana Trump habría viajado sin problemas junto a nosotros.
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La inocencia vale oro



La lógica dice que -además de ser breve para que puedan dedicarle tiempo a lo verdaderamente importante y no a estar leyendo un blog de cuarta- en una fecha tan grossa como hoy tengo que mechar algo alusivo.

Voy a forzar un poco la cosa y la voy a agarrar por el lado del nacimiento, en honor al Nacimiento por definición.

Los borregos te dejan pensando. Te hacen una pregunta y se te quedan ahí, mirando interrogadores y esperando una respuesta más o menos lógica. Lo mejor que te puede pasar es ver venir la pregunta incómoda y entrarle a un bocado, de lo que sea, lo suficientemente grande como para masticar un rato. Masticar el bocado y también la respuesta.

Le pasó a mi viejo cuando mi hermano, con apenas tres años, le preguntó por dónde salen los bebés. Estaban en el sanatorio visitando a un primito recién nacido. Mi viejo era capaz de comprarle un cucurucho bañado y una bolsa de consorcio llena de golosinas con tal de no meterse en ese quilombo, pero justo apareció mi vieja para tirarle una soga. Ninguno de los dos entendía cómo un chico podía sentir tanta angustia por un tema que no debería ni plantearse a esa edad. Primero se jugaron con un operativo distracción básico pero no dio resultado. Ensayaron entonces una respuesta que les venía saliendo bastante bien hasta que el borrego les aclaró un poco de dónde venía su inquietud.

Medio trepado a la baranda que da a la nursery (esa especie de sala donde metían a los bebes para que las visitas pudieran verlos a través de un vidrio), mi hermano les insistió:

- Ese cualto no tiene puelta, ¿pol donde salen los bebes...?

Esa inocencia vale un palo verde. La misma inocencia que tuvo mi hijo cuando me puso contra la pared cantándome las cuarenta porque a él le hacían regalos sus padrinos, le hacían regalos sus abuelos y hasta le traía regalo un tipo con barba vestido con los colores de River. Todos le hacían regalos menos nosotros. El gesto era de ¿qué onda ustedes?

Ojalá costara un poco más perder la inocencia en un mundo tan embarullado como el que nos tocó en gracia.

Les mando un abrazo grande y que pasen una linda Navidad.
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Encuentro cercano del tercer tipo



Si estás apurado, te pasa. Si estás de mal humor, te pasa. Si sos tan jodido como alguien que conozco, te pasa también.

Los encuentros cercanos del tercer tipo son una de las pocas razones por las cuales creo que hasta dejaría de caminar por la calle en hora pico, mirá lo que te digo.

Primer tipo son gente buena onda que da hasta para meterse en un bar e invitarlo una birra para ponerse al día, se disfruta. Segundo tipo son conocidos hasta ahí o amigos no tan amigos, y alcanza con bajar la cabeza y ensayar un todo-bien-sí-todo-bien casi sin necesidad de sacarse los auriculares.

Tercer tipo son los moplos totales con los que hace mucho no nos vemos y queremos que siga siendo así.

Bueno, el flaco que se acerca en sentido contrario es abanderado indiscutido de este último grupo. Lo conocí cuando coincidimos en unas vacaciones pero nunca pegamos onda.

Lo veo venir y hago todo lo posible para hacerme bien el boludo, cosa que no me cuesta tanto. Tengo gafas oscuras así que en una de esas zafo como que no lo veo. Vengo con el emepetrés al mango, eso también me juega a favor.

Pero no hay caso, no hay forma de dibujarla. El tipo se frena en seco y grita mi nombre lo suficientemente fuerte como para que se lo escuche a una cuadra. Además, dejate de joder, la emoción que le pone es una cosa que no se entiende.

Me freno yo también y tengo que hacer un esfuerzo importante para que no me lleve puesto esa especie de torrente violento de gente que va toda para el mismo lado y que, además, putea porque le robás segundo y medio en la maniobra de frenado y esquive.

Kia-sé, che! Me costó reconocerte.

Ojalá te hubiera costado un poco más.

Eso es lo primero que pienso casi en voz alta mientras me pregunto si le habrá costado gracias a mi operativo despiste o porque me ve muy cambiado después de casi diez años sin vernos. Por las dudas fuera esto último, le devuelvo la gentileza y le respondo que si él no me paraba yo nunca lo habría reconocido, así, con tantos centímetros cúbicos menos de pelo.

Son momentos en los que la sangre materna se me sube a la cabeza. Lo banco a muerte a mi tío que una vez estaba en el tren leyendo el diario mientras el tipo que tenía sentado en frente lo miraba fijo y él levantaba el diario para cortar cualquier contacto visual. Hasta que el flaco lo llamó por su apellido y mi tío le respondió que lo estaba confundiendo con otra persona. Un capo.

El tipo me pregunta a mí qué onda mis cosas pero el que arranca a hablar como loco es él. Por suerte nos paramos justo al lado de un quiosco de diarios. Como todavía tengo las gafas puestas, apunto con la cabeza hacia mi amigo entrañable pero con la vista pispeo algunas revistas. Tan interesante es todo lo que me cuenta sobre un viaje al exterior que hizo hace un tiempo, tan apasionante, que mientras lo escucho onda radio de fondo termino devorándome la tapa de la última entrega de un curso de crochet.

Miro el reloj dos o tres veces pero el pibe no acusa recibo. Estoy a punto de decirle que acá a la vuelta hay una casa de cotillón donde se puede comprar un par de orejas de goma, para colgarlas en algún lado y hablarles sin parar de todo lo que se le ocurra. Pero capaz que no le cae del todo bien, así que nada.

Me empiezo a poner nervioso. Mi amigo del alma no tiene pausa, no me da ni veinte centímetros para meter un bueno-che-qué-copado-haberte-encontrado-a-ver-cuándo-hacemos-algo. No, sigue. Capaz que en su agenda tiene un apartado de seis o siete temas para sacar cuando se encuentra con alguien porque, posta, si yo fuera él no te paso del clima.

Casi como último recurso, arranco con un sutil pasito para atrás, como para que perciba que ya estoy en retirada. Pero me sigue, parece que todavía no terminó. Me acompaña unos metros mientras yo empiezo a acalambrarme los músculos de la cara por mantener firme una sonrisa que es casi tan espontanea y auténtica como las peleas en showmatch.

En la boletería del tren hay como veinte personas en la fila y mi super amigo dice que me banca la espera. Mis auriculares siguen colgando del cuello y amago llevarlos de vuelta a las orejas. Ni así se da por aludido. Me cuenta que por quince días está parando en lo de un amigo por mis pagos y que justo hoy no se toma el mismo tren que yo porque tiene cosas para hacer. Le respondo que una pena porque hubiéramos tenido más tiempo para charlar.

Estoy pensando que por un par de semanas voy a probar subte más bondi más media hora menos en casa. Como para variar un poco, nada mas.
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Tres de purretes



Los borregos eran dos fieles exponentes de la escuela de no dejar para mañana las cagadas que podés hacer hoy.

De los que no dejan títere con cabeza, porque hacen o dicen cosas que logran romper la paciencia de ajenos y provoca que sus padres quieran que se los trague la tierra (a ellos o a los pendejos, lo que convenga en el momento).

Cuando su madre los estaba bajando del auto para entrar en el supermercado, vio que se acercaban dos enanos, pero enanos posta, de circo. Por el gesto de los pibitos -ojos como platos, inquisidores- enseguida se dio cuenta de que el final de la película no le iba a gustar ni medio.

En una especie de carrera contra ese changüí de segundos que tenía, les explicó que por alguna razón el Barbas había decidido darles a esas dos personas un aspecto físico especial. Que no había que decirles nada ni mirarlos fijo porque podrían ofenderse. Y un par de advertencias más que las dos criaturitas nunca iban a entender.

En eso estaba cuando los dos enanos pasaron cerca del auto. Demasiado cerca como para no escuchar el comentario inocente que les dio de lleno en su metro quince:

Mami, ¿los podemos tocar?

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Hace cuarenta años las cosas eran bien distintas, ni hablar.

Señor Yiel, que vivía en zona norte, había llevado a un sobrino de Capital a dormir a su casa para distraer a su hijo que andaba de malas.

Hoy el viaje ése se hace en un toque, pero en aquella época casi que había que planearlo como si uno se estuviera yendo de vacaciones. Malos caminos y autos más lentos.

En el momento de llevárselo, la pensó dos veces porque el pendejo era demasiado pendejo, pero se mandó igual.

Al principio estaba todo diez puntos, el pibito flasheado con la nueva experiencia y viviendo todo como una aventura.

Pero a la hora de bajar los decibeles la cosa empezó a ponerse densa y pasó lo que no podía pasar.

Cuestión que señor Yiel tuvo que cargarlo de nuevo en el auto y enfilar de vuelta al centro. Bajón.

Al principio del viaje eran sólo sollozos. Mano, mano, mano, repetía el borrego.

Obvio, el petiso extrañaba y necesitaba un toque de contención. Señor Yiel le dio la mano y el pibito lloró un ratito más hasta que se quedó dormido.

Llegaron al centro y señor Yiel dio la vuelta para abrirle la puerta y bajarlo alzado. No quería despertarlo.

Lo que lo despertó fue la puteada lastimosa que largó señor Yiel cuando vio esos cinco deditos, como albóndigas a esa altura, que habían quedado del otro lado de la puerta.

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Los pibitos habían tenido un cumpleaños bastante movido, a todo trapo. De esos festejos que meten una actividad detrás de la otra y sin parar un segundo.

Cuando sus viejos los fueron a buscar, se les anexó un primo que había quedado colgado y terminó cayéndose a dormir a su casa.

Se fueron directo al sobre porque además de correr, saltar, chocar y romper, habían morfado para el campeonato mundial. El turno cena quedó eliminado por decreto.

Se quedaron hueveando un rato, típico de la edad, cada uno en su cama. Pero el dueño de casa ya quería bajarle la persiana al día y enfiló para el cuarto del borregaje.

Y ahí se lo encontró al ajeno, leyendo sentado sobre la cama sin desarmar. Cuando lo invitó a sumarse a la oración de la noche, el pibito bajó un toque el libro y en un segundo le cambió todos los planes.

En mi casa se reza después de comer.
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Vemos y sentimos la comunidad


Después de salirme de la ruta y meterme entre esas callejuelas de tierra, siento como si me estuviese transportando en el tiempo hacia otras épocas. Épocas de remera estirada, bermudas y alpargatas con respiradero. Épocas de desaparecer al alba y volver tarde, bien tarde, listo para el baño casi quirúrgico y comida de quedarse dormido sobre la mesa.

Un mercadito de ramos generales, tipo dispensario de pueblo, es una de las pocas referencias que nos dieron para llegar.

Avanzamos esquivando pozos entre eucaliptos gigantes que bordean prolijamente la calle. Un viejo de cuento que monta una bici ídem, nos pasa haciendo fino por el costado derecho del auto y hace un movimiento como demasiado arriesgado, todo para saludarnos con mano bien levantada y boina al viento. Sabe a dónde vamos.

Derecho dos cuadras, una a la izquierda y otras dos a la derecha. El cartel de bienvenida es más bien chico y, como el sol ya se está metiendo, me cuesta ver bien lo que dice. Así que bajo la ventanilla y el aire fresco, que entra como piña, me avisa que estamos ante algo grosso, de verdad. Algo fuera de lo común nos espera ahí adentro.

Mi hermana Hayluz se va a vivir a Brasil. Lo contó hace algunos días en reunión familiar y el murmullo fue inevitable.

Hayluz forma parte de una comunidad que se desvive por dar una mano a adictos que ya no quieren serlo. Una comunidad que propone un estilo de vida simple y familiar a través de redescubrir la oración, el trabajo, la amistad, la fe. Pero a Hayluz no le resulta fácil explicar cómo labura la comunidad. Hay que verlo, hay que sentirlo, nos dice. Por eso estamos acá.

Cruzamos la tranquera y avanzamos muy despacio porque tenemos miedo de romper algo. Porque hay armonía, sobra armonía. Se respira sencillez pero sobre todo armonía, que no sabemos de dónde viene.

Nos reciben el Tano y el Carioca. Los dos son pura simpatía. Los dos se ríen con la boca bien abierta, como si la alegría o la jocosidad pudieran medirse en milímetros cúbicos. Los dos tienen motivos de sobra para revolear tanta buena onda, porque los dos tuvieron un pasado complicado y hoy la vida les guinea un ojo con dedo pulgar para arriba.

Carioca nos muestra los animales que tiene la comunidad y el galpón gigante que están levantando con sus propias manos. Acá siempre se labura, nos dice en un portuñol gracioso. Y si no hay nada que hacer, hacemos un pozo grande y después lo tapamos. Se ríe, pero lo dice en serio.

Tano y Carioca son dos de las casi cuarenta afortunados que la vieron a tiempo e intentan enterrar ese mal paso que dieron. Y lo hacen ellos, porque la comunidad son ellos. La comunidad depende de ellos. Cada uno es tutor del que tiene al lado. El éxito depende del éxito propio pero también del éxito del que está al lado. Y siempre con el Barbas de testigo y a tiro.

Llama la atención la prolijidad, mucha prolijidad por todos lados. Pero prolijidad de quien se mata por lograrla, no una prolijidad por abundancia.

Una construcción blanca y grande -de un estilo que no podría definir- rompe con tanto verde que hay alrededor. Está como salida de contexto. Nos sentimos en medio del campo, como si estuviésemos dentro de una granja amish. Pero es otra cosa, claramente.

Tano y Carioca nos hacen pasar a una capilla, de pisos de madera y decoración austera, que destila una especie de atmósfera de recogimiento obligado.

Uno a uno van apareciendo los miembros de la comunidad, que nos saludan con sonrisa y cejas levantadas, como si fuese un reencuentro y no un vernos por primera vez. Se ubican en sus lugares después de sacarse los zapatos y dejarlos junto a la puerta. El último que entra es el cura que va a celebrar la misa.

Cuando arranca la ceremonia, la conexión es evidente, se palpita. Nosotros, los que la jugamos de visitante, estamos pero no estamos. Los tipos le agradecen al Barbas, bailan. Ellos se mueven y nosotros nos movilizamos. La cosa tiene mucho de coreografía pero también mucho de espontáneo, de natural, de agradecimiento genuino. Cada uno sabe que el esfuerzo es personal pero también que necesita una mano grande de arriba.

El cura abre el juego y cada uno dice su plegaria del día, lo que pinte. Yo voy con un delay de segundos, como en diferido, porque hago foco en el que termina de hablar y trato de imaginarme su vida pasada, lo que habrá repercutido su traspié en su familia. ¿Tendrá familia? Hoy sí tiene una, porque esto parece tener todo lo que necesita una familia.

Termina la ceremonia y nos invitan a cenar. Sale una pizza casera impresionante, preparada desde cero por ellos mismos. Son ellos los que cocinan, los que ponen la mesa, los que la levantan, los que lavan. Son ellos los que se procuran la comida, los que se matan por ganársela.

En frente la tengo sentada a Hayluz, que me sonríe y parece querer desentrañar en qué estamos pensando. Ella ahora está ahí porque es una ocasión de visita. Ella está ahí porque se siente parte de esta comunidad y cree necesario estar en contacto con ella. Ahora se va a Brasil para unirse a un grupo de misioneros y misioneras que quieren abrir misiones para los meninhos da rua, los chicos de la calle. Hayluz está convencida de que es mucho más lo que recibe que lo que da. Hayluz está radiante.

La comida se interrumpe dos veces. En la primera, un tipo petiso, morrudo, tonada paragua, se separa de una de las cuatro mesas grandes y nos explica lo que va a hacer. Busca un cuaderno y nos lee una especie de reporte personal de todo lo que hizo en el día, lo que le salió bien, lo que hubiera preferido hacer distinto. Datos y sensaciones mezclados, mucho desorden, repeticiones, pequeñas confesiones. Silencio profundo del resto que agradece cuando termina.

La segunda pausa es casi al final de la comida. Como si fueran topos que se asoman y se esconden, uno a uno se van parando en su lugar y haciendo un rapidísimo balance de su día, no más de diez palabras cada uno. Piel de gallina.

La sensación es difícil de describir. Una especie de admiración, de que vale mucho más un levantarse después de una caída importante que mantenerse en pie. O mejor dicho, mantenerse en pie después de haberse levantado de una caída importante.

Ya es tarde cuando nos vamos y salimos en silencio. Mientras caminamos hasta el auto, lo único que se escucha en esta noche cerrada es el zumbido del viento que sacude levemente las hojas de los árboles. Hasta que un coro de voces, casi imperceptible, se acerca hasta donde estamos y pasa de largo como si no estuviéramos. Tano y Carioca encabezan el grupo. Le están dedicando al Barbas sus últimos minutos del día.

Estamos a oscuras pero la sonrisa, amplia, de Hayluz es imposible de no ver. Hayluz se prepara para otra experiencia fuerte y nosotros la bancamos a muerte.
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El shopping es lugar de paso



Todavía ni llegué al estacionamiento pero ya me voy haciendo el bocho y me imagino escenarios posibles. Tengo todo: bolsa original, ticket de cambio, todas las etiquetas puestas, y la pilcha casi tan bien doblada como vino. El papel de envolver no lo pude poner igual porque es imposible.

El cambio de regalo es una fija. Si a nosotros en general nos cuesta un huevo elegir los propios, mucho más difícil es que le dé en el clavo alguien que tiene que elegir para nosotros. Si yo tengo que regalarle algo a mi tía le pifio seguro, porque ¿qué somos, mi tía?

Cruzo las puertas corredizas y lo primero que me pregunto es qué carajo le ve la gente a meterse en un shopping sabiendo que no se va a comprar nada. Qué tiene de copado ir chocándose con otros que ya llegaron de mal humor y que se ponen de peor humor porque los pasillos están hasta la manija y la cosa se convierte en quién pone el hombro más fuerte. Qué tiene de programón caerse con los pendejos que no paran de hacer quilombo y encima manguean todo lo que se les pone delante.

En eso estoy pensando cuando un grito agudo, de falsa emoción, casi que me perfora los tímpanos. Son dos antiguas amigas que por lo visto se reencuentran después de pila de años.

Las minas se saludan onda efusiva. Se saludan y se escanean mutuamente con un paneo vertical que arranca por los zapatos y termina en el peinado. Hablan cordial, recuerdan viejos tiempos, se preguntan por amigos en común, se ponderan entre ellas. Todo de la lengua para afuera, porque internamente se están matando en una mezcla de envidia, indiferencia y ninguneo. Combinan devolución de sonrisa con miradita sobre el hombro. No les puede interesar menos lo que dice la otra. Se despiden prometiéndose un café que nunca van a concretar porque van a pasar otros muchos años sin verse y ninguna lo va a lamentar.

Me dan ganas de biorsi. De lo primero, porque al dos en un shopping no me le animo ni arrastrando un cuadro jodido de gastroenterocolitis. Le dejo un par de monedas al encargado de limpiar porque lo admiro y lo compadezco al mismo tiempo. La baranda es una cosa de locos, ¿será posible que la gente se inspire en un shopping? En un shopping, dejate de joder.

De uno de los cubículos sale un flaco de unos cuarentilargos con un pibito de cuatro o cinco. El pibito lleva gorrito muy prolijo y tiene cara de susto. Y el que te dije, que maneja presupuesto aparte para comprarse quilombos por donde quiera que vaya, se acuerda del powerpoint del martes.

Me le pongo en frente y lo miro fijo al pendejo.

Hola, ¿éste es tu papá?

En el momento que termino de preguntarle semejante pelotudez, me doy cuenta de que no pueden ser más parecidos. Son iguales. Qué boludo, pordió.

El borrego mira a su padre con cara de ¿este no es el tío, no? El padre mide arriba de dos metros y me clava una mirada que me hace imaginar lo que habrá sentido Apolo Creed cuando Ivan Drago lo tenía contra las cuerdas.

Trato de explicarle que justo hace unos días recibí uno de esos correos que hacen terrorismo dándole manija a mitos urbanos siniestros, como el del flaco que se levantó a una mina y amaneció en una bañadera repleta de hielo y con una cicatriz que le daba toda la vuelta porque le habían choreado un par de órganos. Le reconozco que creí que le había puesto ese gorro porque lo había pelado o teñido para llevárselo, cruzarlo por Misiones y venderlo en Brasil.

Al flaco le da pena tenerme ahí diciendo tantas boludeces y le pone un poco de onda.

Pasame el dato que en cualquier momento lo vendo directamente yo.

El alma vuelve al cuerpo pero igual no me olvido de los cuatro o cinco fowarderos compulsivos que dedican tres cuartas partes de su día al Apocalipsis etéreo. Van directo a correo no deseado, ni hablar.

El negocio me cambia la pilcha sin chistar. Una desilusión grande, porque vine con ganas de pelearme con alguien, de armar un escándalo de dimensiones superlativas. Pelearme con la palabra, mi fuerte. La palabra precisa, pero sin sonrisa perfecta. Yendo a las manos no, porque el falso secuestrador me hubiera dado una paliza para el campeonato. El vendedor también.

El patio de comidas está lleno de prisioneros. Prisioneros porque es una especie de campo de concentración, diría Protervo, donde los reos deambulan con sus bandejas, buscan su morfi, y después tienen pavada de desafío: encontrar un puto lugar donde sentarse.

Hay boliches malos, pero malos en serio, que te dan porciones categoría cumpleaños infantil, te cobran los cubiertos, la coca viene aguada y el morfi, bueno, lo dejamos ahí. Lo dejamos ahí, sobre la mesa, porque es incomible. Y estos boliches subsisten porque existen muchos JPP que buscan su ración donde la fila sea más corta. En el ene hache de San Martín y Tres Sargentos, por diez mangos más, se come de puta madre. Un despropósito.

Me voy del patio de comidas tan rápido como puedo porque el patio es para morfar y rajar. Nada de sobremesa.

Mirá que ya no hay muchas cosas que me llamen la atención, pero hay algo que sí. Digo, el tumulto en un local que exhibe cartel gigante de "sale". ¿Sale qué?, ¿sale con fritas?, ¿sale como trompada? Y la gente, pordió, se abalanza sobre las prendas, se la tironean, hacen cola para el probador. Y todo porque hay un cartel que dice “sale”. No se fijan en el precio, no tienen con qué compararlo. No hay oferta, hay sensación de oferta. Y la gente entra como por un tubo.

Me voy del shopping tan rápido como puedo porque el shopping es para comprar o cambiar. Nada de diversión.
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Sólo para entendidos


Las vacaciones terminaban y el balance no podía ser mejor. Diez días de arriba en una cabaña con vista al lago y a la cima del volcán, y unos pocos días en una posada que ni punto de comparación tenía con la otra pero que también tuvo un gustito especial porque el dueño era un amigo que, cerveza va cerveza viene entre recuerdos de vivencias compartidas, terminó casi regalándonos la estadía.

Habíamos ido con la familia a pleno, que en ese momento la completaban mi mujer, dos criaturas del vientre materno para este lado y otra que esperaba su turno. Eran las vacaciones perfectas. Eran.

No fue la inseguridad ni la sensación de inseguridad la que nos regaló una anécdota para contar. Fue el auto traidor, que decidió pasar a mejor vida cuando recién habíamos hecho los primeros cien kilómetros de la vuelta a casa. Así, sin decir agua va, le dio un toque nihilista a nuestras vidas dejándonos en medio de la nada más absoluta.

Mañana gélida en la ruta y sin señal de celular. Las alternativas no eran muchas. Una, me iba yo a buscar ayuda y dejaba a la embarazada y a la crianza en ese lugar desolado; descartada. Dos, nos íbamos todos pero entonces a la vuelta ya no habría nada que remolcar. Tres, que se fueran ellas y yo me quedaba esperando en la ruta; también arriesgado, pero no había otra.

Cruzamos al sentido contrario y fuimos estudiando el panorama. Primer candidato, torino tuneado, vidrios bajos y cuatro personas meta golpetear la parte de afuera de la puerta al ritmo de una cumbia que era una afrenta a la memoria de Gilda. Pase nomás. Siguiente, un carromato viejo de esos que ya no pagan patente, comandado por una septuagenaria que circulaba con el volante a seis centímetros de la cara. Menos, se nos iba a vencer el seguro antes de que la mujer llegara a la civilización.

La tercera es la vencida, posta. Matrimonio joven, buena onda, se compadecieron y cargaron al resto de mi familia. Muy gambas los flacos, pero no llegaron a entender del todo la situación: como dos tórtolos no pasaron los cincuenta kilómetros por hora porque era la primera vez que iban por ese lugar y todo les llamaba la atención. Hasta paraban para sacarse fotos. Unos capos.

No era de noche cuando llegaron a la estación de servicio pero por ahí andaba la cosa. Mi mujer agradeció, se bajó de un salto y entró al mini shop mientras miraba de reojo a la mujer que salía. Era la septuagenaria.

Intentó comunicarse con la compañía de seguros pero no tuvo suerte: una vocecita de lo más simpática le decía que debía esperar. Y ella esperaba, hasta que se cortaba la comunicación. Una, dos, tres veces. Terminó contratando remolque de otra empresa.

A todo esto, un Grisham tan atrapante como insulso hacía lo suyo para amenizar mi espera. El tránsito no era lo que se llama fluido y hacía un frío importante. Era pura desolación, nada de nada, pasaban uno coma dos autos por hora más o menos. Dejaba el libro, salía del auto, estiraba las piernas, le tiraba piedras a un palo donde imaginaba al mecánico que me había hecho el último arreglo y de vuelta al auto, de vuelta Grisham.

Habían volado casi doscientas páginas más cuando paró un auto detrás del mío. Bajó un flaco desconocido de unos cuarenta y me llamó por mi nombre. Ahí nomás pensé que me había llegado la hora de afinar el arpa. Que me había quedado dormido, pasó un Scania doble acoplado a más de ciento cuarenta y me agarró de lleno. El flaco era bastante parecido a la parca, un poco más feo. Estaba en el horno.

No sé si habré pensado todo eso en voz alta, pero me pareció escucharle decir el tipo algo como que el frío me debió haber afectado un poco. Al toque me miró y me dijo que mi mujer, con quien se había encontrado en la estación de servicio, le había pedido que me avisara que el remolque estaba en camino. No llegué a decirle ni gracias porque salió arando.

La espera se había puesto tan pero tan insoportable que la llegada del remolque me encontró leyendo el manual de instrucciones del auto y jugando a aprenderme las partes del motor. El flaquito no medía más de metro sesenta y caminaba como Billy the Kid mientras se acercaba al auto. Abrió la tapa. Miraba el motor como quien acaba de encontrar un cadáver en el río. Meneaba la cabeza de un lado a otro y demoraba el diagnóstico como esperando que el clímax fuera el adecuado. Estaba por agarrarlo del cuello.

- Está muerto.

Siguió una especie de reflujo y tuve que cerrar la boca para que no saliera la espuma.

- No me digas, pero vos sos un genio.

Le seguí la corriente y le pregunté cuán muerto estaba. Me respondió que absolutamente muerto. Un gurú el enano.

Fue para poner en un marquito la cara de las niñas cuando vieron cómo subían el auto en el camión remolque. Nos costó bastante explicarles que estaba... muerto, absolutamente muerto.

Llegamos al taller de un mecánico que parecía doctorado al lado del otro. Nos dijo que el arreglo nos costaría tres cuartos de fortuna y demoraría una semanita.

El combo del chiste incluyó pasar la noche en un hotel de cuarta, comprar los pasajes más caros para la vuelta porque no había otros, pagar el remolque y, sobre todo, poner cara de feliz cumpleaños como si estuviera todo diez puntos. Pensaba que la situación no podía empeorar, ni en pedo. Hasta que nos avivamos de que el chupete de mi hija había quedado en el auto.

No viene al caso detallar lo que fue viajar con una borrega que lloró catorce de dieciocho horas. Ni tampoco sobre lo cerca que estuve de armar un desparramo con los que le chistaban para que se callara.

En uno de los pocos momentos de no-llanto, en los que sólo se escuchaba algún ronquido y los retumbes de algún ipod al taco, le escuchamos decir, entre sollozos: - se rompió la vaca, se rompió la vaca.

Lo que nos faltaba, que se nos traume la pendeja por ver un accidente.

Nos asomamos por la ventanilla y lo que se alejaba era un camión cargado de vacas con destino al matadero.

Analogía sólo para entendidos.
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