Concentramos a lo Romario


Roma tiene su Coliseo, Paris su Torre Eiffel, Londres su Big Ben.

Polvorines tiene su Viccenza, un bolique que la rompe toda y que no es patrimonio de la humanidad por esas cosas de la injusticia universal.

No hay que morirse sin conocer Viccenza, dijo un reconocido referente de la cultura vernácula. Por eso no me quedó otra que darle para adelante cuando el team propuso que el bolique fuera testigo de nuestros festejos por haber zafado del descenso.

La movida arranca con viaje en remis hasta la zona en cuestión. El remisero parece ser de los que les gusta prender la radio. La propia.

El tipo me habla sin parar desde troncos de talar hasta el cruce de la 197 con la boulogne sur mer. Sólo toma un poco de aire cuando necesita hacerme una pregunta. Una boludez. Pero no me da tiempo a responder porque empieza a sonar Arjona y pone la radio al taco. Hay interferencias y se escucha como el culo pero al remisero meloso no le importa y tararea que el escote en su espalda llegaba justo a la gloria.

El tipo juna Polvorines porque vive ahí y se ofende porque le pregunto si conoce Viccenza. Vos preguntá si conocen a Tuqui y después hablamos.

Hago escala en lo de Jota. Me encuentro con la muchachada dando el mismo espectáculo que dieron en cada uno de los partidos que jugaron desde que se quedaron sin su enganche goleador. Dando lástima.

En la mesa de dos por tres y medio no entra un solo cadáver más. Salvo alcohol de quemar no falta nada. Me dicen que recién están entrando en calor y les respondo que el cuadro se parece a un partido ya perdido por goleada. A Nolo no le causa gracia y sigue con su numerito de mini equilibrista en donde son protagonistas una botella, dos tenedores y un monda quebrado. De todo por dos pesos.

MKT está en llamas. Saca un cuento detrás de otro y entretiene a la tropa con actuaciones grotescas. Tanta energía le pone que termina consumiéndose todo el crédito del escabio. Uno menos para Viccenza.

Durante las casi dos horas en las que el hincha de Racing intenta hacerle sombra a Nolo tratando de sacar el corcho de adentro de una botella, los demás se pisan para hablar sobre las mejores jugadas del torneo. De un torneo que no jugué por la lesión que terminó en cuchillo y me alejó de las canchas. Los relatos se repiten y hasta se mezclan con situaciones de campeonatos anteriores.

Si no los conociera pensaría que están hablando del Milan de Gullit y Van Basten. Pero tengo claro que lo de inflar un poco la cosa es parte del folclore. A falta de un programa que repita las jugadas desde todos los ángulos, la posta es dejar volar la imaginación y agrandar la trucha para sentirnos un poco profetas de la caprichosa.

El alcohol corre que da calambre y los cuentos son cada vez más fantasiosos. Sólo me sale pensar cuánto tiempo tardaríamos en colgar los timbos si alguna vez pudiéramos vernos jugando al fulbo por TV. Jogo cero bonito.

Se hace la hora y nos mandamos en masa a Viccenza.

La cuadra está hasta las manos. Campo Indoamericano un poroto. De Soldati a Polvorines sin escalas.

El gordo chimichurri custodia la puerta y se maneja con muecas. Vos si, vos también, vos si, vos también... con tal de facturar un par de morlacos dejan pasar a cualquiera. Hasta el patrón Bermudez podría pasar sin llamar la atención.

No piden identificación pero sí te hacen levantar brazos y separar gambas. Le toca al gordo Chimichurri y a la bolsa de anabólicos que lo acompaña meter mano y palpar de armas. La pinta de facineroso no entra entre los elementos prohibidos.

Chiqui es nuestro anfitrión y nos hace la visita guiada. Chiqui anda por los dos metros, es nuestro nueve goleador y ya tiene domicilio en Viccenza. Todos le chantan beso y el tipo se mueve como pez en el agua. Un pez gordo en todos los sentidos.

Chiqui se aleja unos metros y copamos la parada. Tratamos de jugarla de local pero nos escanean con una intensidad que se siente en la piel y nos calan enseguida. Nuestro lateral izquierdo tiene tres pelos castaño claro y el contraste es un escándalo.

Entonados con el escabio que trajimos puesto, mandamos baile con pies juntitos, brazos doblados en noventa grados para adelante y palmas abiertas hacia abajo. Improvisamos pasito y nos movemos al ritmo del chiquichic-chiquichic que propone el bolique como única variedad musical.

Entre el show de luces llama la atención un punto rojo que cada tanto baila sobre la cabeza de alguno de nosotros. Demasiado speed con vodka me trae la imagen de un pequeño buraco en la frente y un hilo de sangre que baja suave por entre lo ojos. Chiqui aparece en escena y nos explica que las estrictas normas de sana convivencia del bolique prohiben levantar el trago mas allá de la altura del hombro y que hay un símil Gordo Chimichurri apostado en cada esquina. La primera avisa con el láser. La segunda te saca de las pestañas.

La muchachada baila como poseída. Saco el celular para retratar el momento y el saco de anabólicos no tarde ni quince segundos en palmearme la espalda. Nada de fotos papi. Chiqui se me acerca por el costado y me grita en el oído. Detrás de esa bocanada con niveles etílicos para nada despreciables, llego a entender que me está diciendo que no le dé pelota. Pretende que haga de cuenta que el grueso que ahora me hace marca personal en realidad no está ahí.

Guardo el celular en el fondo del bolsillo y no lo vuelvo a sacar. Chiqui saca el suyo y dispara como loco. El grueso lo mira jodido y se cagan de risa. Entre gorilas se entienden.

Sigue la joda y ahora el capitán se nueve frenético por toda la pista. Manos detrás de la nuca y codos en alto aleteando sin pausa. No le tenemos mucha fe porque está cada vez mas cerca del partido homenaje, pero el tipo se las arregla para flexionar rodillas y avanzar en cuclillas de acá para allá y viceversa. Un mostro.

El Negro Figura, otro abonado al bolique, saca a relucir su peinado techo a dos aguas y también se adueña de la escena. Se encara todo lo que le pasa por al lado y tenemos que agarrarlo entre cuatro porque no hay forma de que el novio de la flaca no se le venga al humo. Zafamos por el momento.

El clima se pone denso en todo sentido y decidimos que mejor picarnos el champion. Son casi las cinco de la matina y Chiqui quiere que salga torneo de pool. Cuesta encontrar la salida y el pibe pretende que le emboquemos a la pelotita. Ni en pedo.

Al lado nuestro, el Negro Figura sigue buscando que algún novio celoso le llene la cara de dedos pero se asegura que valga la pena. También se queda.

No, pa, ya no estamos para estos trotes.

Las crónicas de Mameluco: la verificación


Maté dos pájaros de un tiro. Aprovechando que tenía que hacer la verificación del auto para venderlo, me mandé con anotador y lápiz para cubrir este trámite que todos pintan como un verdadero dolor de ganglios. El grabador digital y la cámara ídem no pude llevarlos porque me los afanaron en la marcha contra la inseguridad.

Caí a eso de las nueve de la matina y la fila de autos daba toda la vuelta a la manzana. En materia de parque automotor tenías de todo: naves de no creer, otros que ni fu ni fa y más de uno de esos que se arrastran pidiendo a gritos un tiro en el cigüeñal y que se publican como mecánica joya nunca taxi. Entre estos últimos está el mío.

Soy Mameluco, un tipo de contactos. Por eso llegué sabiendo que no había que darle bola a la fila y que tenía que preguntar por el oficial Luna. El uniformado me iba a evitar la espera a cambio de un veinte bien dobladito.

Luna me atendió con una cara de orto que le llegaba a las rodillas. Le dije que venía a hacer la verificación mientras le guiñeaba un ojo de manera aparatosa. Me mandó a hacer la fila como todo el mundo.

Las casi tres horas de espera que me esperaban me animaron a buscar algunos testimonios.

El primero en hablar fue un tipo de unos cincuenta que amablemente bajó unos cinco centímetros el vidrio de su Audi A4. "Estoy desconsolado. Hace quince minutos que tendría que haber empezado mi clase de scuba diving y acá me ves, esperando que la burocracia corrupta se digne mirar si el numerito del motor coincide con el que figura en la cédula verde. Y encima mezclado con autos de todo tipo, un horror. Debería haber un vip para gente como nosotros".

El dialogo se interrumpió porque apareció un empleado de la dependencia policial con una manguera y una especie de taladro de punta cuadrada. El empleado le informó al señor del Audi que por ochenta pesitos le hacía el grabado del número de chapa en los vidrios.

El tipo se bajó de un salto, aterrado de que el flaco le hiciera cagar el auto con esa cosa.

"Pero jefe, los cristales ya están grabados".

"Sí, papi, pero cambió la legislación. Ahora hay una ley que obliga a que los grabados sean arenados. Los que se hicieron con químicos, como es su caso, no corren más".

"Pero por qué no te vas a la recalcada de tu madre".

Lo dijo con la mirada, no hizo falta que la frase saliera de esa boca de dientes apretados. Aparte le hubiera salido carísimo porque sobraban milicos con cantiporras que buscaban costillas.

El hombre se seguía quejando y entonces el empleado policial sacó a relucir toda su diplomacia de tipo que juega en primera: "si querés me podes hablar toda la mañana y yo te voy a responder con fundamentos".

Le dijo también que si quería hacer el grabado en otro lado que ningún problema, pero que se cuidara de que fuera con el método homologado por ley. El hombre del Audi se tuvo que bajar los lienzos y bancarse que le hicieran el grabado "oficial" que escondió al auto detrás en una gran nube de polvo.

Un par de lugares más atrás había un gacel ochenta y nueve, boliche móvil donde sonaba al taco la última entrega de Don Omar. El gesto del vago que lo manejaba era de absoluta resignación y desconsuelo.

El oficial le gritaba sobre la musica una y otra vez: "papi, qué querés que le haga. Volkswagen va con ve corta, tenes que llenar el formulario de nuevo". Preferí que mejor no hacerle nota por falta de garantías.

A la que sí encaré fue a una mina de unos treinta que insultaba en todos los idiomas. Se había fumado una cola de tres horas y el verificador le decía que tenía que lavar el motor y volver en otro momento porque no se podía leer el número de chasis.

"Son unos inútiles, me hacen perder el tiempo como si no tuviese nada que hacer".

"Señora, si no quiere perder más tiempo haga más rápido lo que yo le digo así terminamos antes el trámite".

La señora estaba en llamas. Se me acercó y me dijo en secreto que tenía una automática debajo del asiento y que en cualquier momento abría fuego contra toda esa manga de burócratas inútiles. Decidí buscar otro testimonio.

Volví a mi bólido. Como lo había dejado apagado y sin nadie adentro, cuatro o cinco autos me habían esquivado y pasaron a estar adelante mío. En una hora no habia avanzado ni medio metro.

¿Qué somos, todos vivos? Sin dudarlo enfilé derecho para uno de los colados, un corsita verde con los vidrios polara. Ahí nomás le grité que le daba treinta segundos para correrse y dejarme pasar.

Se lo dije antes de que bajara el vidrio. Error. El cristal iba bajando lentamente y lo que aparecía del otro lado era la interminable cabeza de una especie de Kanghai el Mongol que refunfuñaba y me preguntaba qué carajo quería.

Sólo atiné a pedirle fuego para un faso que no tenía. Segundos después me di cuenta de que no me creyó.

El horco estaba doblado tipo tríptico adentro del auto, pero enseguida se incorporó y se me puso enfrente. Mi vista quedó a la altura de una hebilla copada con las iniciales del chabón: TM.

Lo último que escuché antes de perder el conocimiento fue lo que dijo una señorita que iba del lado del acompañante: "al fin aparece alguien para desquitarse de estas dos horas de espera".

Desperté al rato en una especie de camilla dentro de una salita del destacamento. Me acompañaban dos policías que habían querido intervenir y también cobraron. Ni rastros del horco.

Cuando me vieron levantarme me devolvieron los pedazos de dos caninos y un premolar que habían metido prolijamente en una bolsita y me despidieron: "Su auto no pasaba la verificación ni que la hubiera hecho Andrea Bocelli. Pero dice Luna que un desparramo como el de hoy no se ve todos los días y nos mandó a aprobar el tramite lo mismo".

El veinte me lo aceptaron igual.
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Mameluco la va de periodista (II)


La que agarró la batuta fue una señora de unos cuarentilargos que mostraba una seguridad como que demasiado apabullante para el gusto de Mameluco, que se movía en puntas de pie.

La mujer se presentó como la responsable de llevar la voz de los indios a la comunidad. Dijo sentirse uno de ellos y capaz que hasta lo parecía si no fuera por dos faros turquesas que rajaban la tierra y un apellido que la ponía mucho más cerca de los Balcanes que del Río Reconquista.

El sol ya no pegaba de frente y pintó fogón, como todas las tardes de los últimos ciento cuarenta y ocho días. Le hicieron un hueco a Mameluco y les chiflaron a los que habían estado tomando sol, que se calzaron unos atuendos de cotillón que remataban con terribles llantas tres tiras de La Salada, especial para la ocasión. El mate con hierbas daba vueltas y los daba vuelta.

Mientras la mujer no paraba de hablar sobre la irresponsabilidad de los empresarios y la falta de reacción de las autoridades que deberían tomar cartas en el asunto, Mameluco la escuchaba con atención y asentía con la cabeza onda cuánta injusticia. Cada tanto pispeaba la cara de esos personajes que se parecían más a un elenco de dobles que andan al salto por un bizcocho que a un grupo minoritario que busca reivindicar los derechos de sus ancestros.

Pegado a Mameluco, un flaco que se debatía entre el mate y una damajuana sin etiqueta no le sacaba la vista de encima.

Cuando se le acabó el speech, la señora croatoba lo invitó a Mameluco a embarcarse en una lancha que los llevaría a ver in situ los restos de un cementerio indígena que estaba siendo arrasado por un empresario de la zona. Los indios quieren que el empresario done las tierras para levantar allí un museo de restos arqueológicos y el tipo, que ya tiene los huevos al plato de tanta toldería, contragolpeó con un proyecto para hacerle un monumento a Julio Argentino Roca y su campaña del desierto. En eso están.

La chata, las típicas del delta, en uno de los costados llevaba la inscripción Ahora Somos Nueve. Mameluco sólo entendió el significado cuando el pibe le explicó -con índice y pulgar levantados girando de un lado a otro- que no habían podido usar el nombre querandíes por cuestiones de propiedad intelectual.

Antes de que Mameluco se subiera a la chata, se le acercó el mestizo de la damajuana con una idem vacía y se le puso a cinco centímetros de la cara. En una oleada etílica que casi lo voltea, le susurró al oído que si le conseguía otra de ésas iba a escuchar la historia secreta del acampe y de todos sus personajes.

A Mameluco le brillaban los ojos. Se subió a la lancha con la croatoba y con el dueño, que cada dos minutos le tiraba indirectas para que de onda lo mencionara en la nota porque de verdad que cualquier aparición, por mínima que fuera, le vendría al pelo para darle un empujoncito a su incipiente negocio de turismo arqueológico.

Los navegantes avanzaron un par de kilómetros por el canal. La mujer, con lagrimas en lo ojos, repetía lo mucho que le dolía en el alma que los vecinos ya no pudieran disfrutar de esos espacios verdes porque los empresarios, además de no respetar la memoria cultural, se habían adueñado de esas tierras a partir de oscuras negociaciones con el poder de turno. Mientras, el timonel hacía lo imposible para esquivar los pañales y botellas de plástico que pintaban la superficie del canal. Mameluco solo estaba pensando en volver, pen-san-doen-volveee-que-gánas-de-volvéer... para poder sacarle data al mestizo antes de que el escabio acabara con él.

Llegaron a una especie de islote con pajonales inmensos y les costó un huevo encontrar un lugar para bajarse. Cuando finalmente lo hicieron, el dueño de la chata se sacó la gorra y se dobló en noventa grados para decir unas plegarias en un dialecto que Mameluco no entendía. Le sonaba jeringoso pero no estaba seguro. La croatoba también se puso en onda contemplativa y le explicó que aquello era un acto de reparación por las agresiones que sufrían los restos mortales de quienes habían habitado la zona.

Después de la ceremonia, la anfitriona encabezó la recorrida por el islote buscando restos de huesos removidos y dispersados. Cuando ya se dieron cuenta de que no iban a encontrar ni un huesito dulce, el dueño de la chata dijo que sorry, que se había equivocado de islote. Ya se había hecho de noche y entonces le batió a Mameluco que si necesitaba fotos de huesos podía entrar a wwww.ahorasomosnueve.com.ar y bajarlas de ahí, que le daba una foto gratis por cada cliente que le consiguiera para hacer el paseo arqueológico.

Ya de regreso al campamento, Mameluco fue a la carpa proveeduría y compró una damajuana para el mestizo. Lo encontró un poco alejado del resto y lo encaró libretita en mano.

El mestizo no esperó ni un segundo y arrancó diciéndole a Mameluco que tenía que desconfiar un poco de los fines nobles que persigue la A.A.D.L.H.Q.S.P.A.H.D.P.P.Q.S.D.Q.S.Q.S. D.A.I.Q.M.M.C.Y.P.Q.S.E.A.M.P.E.D.V.M.Q.E.D.L.E.Q.S.P.E.L.G. (Asociación Amigos De Los Huesos Que Se Parecen A Huesos De Perro Pero Que Si Decís Que Son De Ancestros Indígenas Queda Mucho Mas Cool Y Capaz Que Salis En Algún Medio Porque Ese Discurso Vende Mas Que El De Los Empresarios Que Solo Piensan En La Guita). Que no confíe tanto porque hay indicios de que estaría integrada por personajes no del todo comprometidos con la causa.

Mameluco no se perdía detalle y anotaba todo. Estaba como loco. Le preguntó qué razones lo habían empujado a él a ser parte de la movida y le respondió que no todos los días vienen unos señores generosos que te ofrecen arreglarte la casa, conectarte el agua caliente y regalarte un par de entradas para ir a ver a Piola Vago. Y que él había sido elegido porque el perfil le cerraba diez puntos.

Mameluco le pidió alguna precisión sobre esos señores generosos pero no tuvo respuesta porque el mestizo se quedó dormido. Igual estaba en llamas. Se fue del campamento sabiendo que estaba ahí de cerrar una nota que tenía destino de tapa. Un golazo.

Pasaron unos cuantos días pero Mameluco aún conserva las esperanzas de que algún otro medio publique su nota. Si el director de la revista la cajoneó y nunca más le atendió el celular tendrá sus razones. Mameluco cree en el periodismo independiente. De nada sirve dejarse llevar por los rumores que hablan de una visita amistosa de los señores generosos a la redacción de la revista.

Mameluco sabe que no le faltará oportunidad para demostrar lo que vale.

Mameluco la va de periodista


Mameluco está de vuelta. Lo deportaron por haber sido el autor intelectual de una trifulca que arrojó el escalofriante resultado de catorce griegos empalados, ocho barras argentinos con mordeduras y un hincha de Platense envuelto en un escándalo amoroso que involucraba a uno de los milicos sudafricanos que se metieron a separar.

El proceso que le siguieron para darle el raje fue una boludez al lado de todo lo que vivió en esos treinta días, los últimos veinte en el hospital.

Antes de depositarlo en el aeropuerto, las autoridades le preguntaron si quería buscar sus pertenencias pero prefirió que no. M’Busaka lo quería de vuelta en la posada para que fuera su mano derecha en un nuevo emprendimiento que el morocho estaba por parir: lucha de eunucos en el barro. Había hecho la convocatoria por Internet y en dos días ya tenía sesenta inscriptos, entre ellos un conocido personaje televisivo que ahora es jurado en un impresentable programa -supuestamente de entretenimiento- que de una manera inexplicable se mantiene en el aire hace bocha de años. Pum para abajo.

Mameluco no tenía ni doce horas de aterrizado en nuestro país y ya se había puesto en campaña para conseguirse una changa que le permitiera empezar a levantar el rojo carmesí que tenía en la cuenta bancaria. Antes tuvo que recurrir a un diseñador amigo que a puro Photoshop le armó algunas fotos donde aparecía en la cancha, envuelto en banderas y alentando a la selección. Porque no tenía ninguna chance de que su mujer le creyera esa sarta de barbaridades que había vivido en Sudáfrica. Las fotos terminaron amorosamente enmarcadas sobre la chimenea de su casa hipotecada.

Después de su experiencia en Sudáfrica, Mameluco terminó tomándole el gustito a esto de ser una especie de colaborador periodístico y se embaló como loco. Por eso no dudó un segundo cuando de una conocida revista le ofrecieron un laburito que no pudo rechazar.

Al día siguiente de su llegada al país, Mameluco salió bien temprano de su casa, tratando de no hacer el menor ruido. Así y todo su hijo lo interceptó a mitad de camino y le preguntó qué onda el souvenir que prometió traerle de Sudáfrica. Mameluco le respondió que estaba en la valija que se había extraviado y que tuviera un poco de paciencia.

Mientras caminaba a la estación del tren, pensaba de qué carajo se iba a disfrazar cuando su hijo le reclamara otra vez por su souvenir. La solución apareció ya estando él arriba del tren cuando vio aparecer un vendedor ambulante por la puerta del vagón. El tipo ofrecía unas jabulani imitación medio pelo pero bastante bien de pinta. Si a los jugadores profesionales la original les parecía chota, no había razón para que su hijo sospechara algo si le caía con una de éstas.

El detalle era que Mameluco no tenía una moneda. Había que pensar rápido. El vendedor hizo la rutina de siempre, que consiste en caminar todo el vagón dejando la bola a la ida para levantarla a la vuelta. Cuando el pibe estaba en la otra punta del vagón, Mameluco aprisionó bien el esférico con las dos gambas y le chantó la punta de la birome. En diez segundos la había desinflado por completo y se la guardó en la mochila. Cuando volvió el vendedor, Mameluco lo saludó con sonrisita y un ademán buena onda con la cabeza. El tipo se le quedó parado al lado por unos instantes, desconfiado, pero Mameluco se puso a silbar la Marsellesa mientras miraba por la ventana.

Mameluco llegó a la estación y se sentó en un banco a esperar porque le habían dicho que un remis lo iba a levantar para llevarlo al destino. En eso estaba cuando se puso a mirar la cartelera que tenia enfrente, las típicas donde todo el mundo pega afiches y papelitos tipo clasificados de barrio, todos encimados. Le llamó la atención uno que aparecía desde el fondo, un toque tapado por otros y en donde llegó a leer: busco perra de catorce años, cariñosa, blanquita, recompensaré. Hay cada pervertido, pensó.

Le dio un poco de calor cuando vio aparecer a un gordo de saco arremangado con un cartel gigante que tenía escrito su nombre. Mameluco lo saludó rápido y le dijo que ya podía guardar el cartel. Se fueron raudos hacia el auto y Mameluco no tuvo que darle ninguna indicación para que lo llevara a la zona se conflicto. Tampoco tuvo que rogarle para que le diera charla. Mameluco le tiró un poco de la lengua para conocer su opinión sobre el asunto que lo llevaba hacia allí y el tipo se despachó de lo lindo. Que los empresarios son todos iguales, que no tienen vergüenza, que con tal de hacerse unos mangos son capaces de arrasar lugares históricos de gran significación para la gente que habita el lugar desde tiempos inmemoriales.

La perorata del remisero duró unos cuarenta minutos. El viaje quince. Mameluco se lo fumó tranqui y hasta con cierto entusiasmo porque lo consideraba una fuente confiable. Ahora, cuando el flaco arrancó con que aquel sitio sagrado había sido habitado por los comanches, Mameluco empezó a dudar. Y cuando vio los restos del Rocinante Rosado en tetra que agonizaban junto al embrague, ahí sí pensó que quizá no era tan buena idea tomarlo como fuente confiable.

Llegaron al acampe y el remisero se saludó con beso con los tres o cuatro que le salieron al encuentro mientras se golpeaba el pecho con puño apretado onda los banco a muerte.

Aquello era una suerte de toldería bastante decente. Había un grupo de personas tomando sol a la vera de una laguna, untándose unos a otros con hawaiian tropic y leyendo números viejos de la Condorito. Otros cebaban mate y fumaban sustancias que a Mameluco no le eran extrañas pero que tampoco eran de su consumo diario.

Mameluco sentía que estaba a las puertas de una nota periodística del carajo. Una nota que lo iba a poner en carrera para llegar a codearse con los morales solá, los grondona y por qué no los graña. Mameluco se meó de sólo pensarlo.

To be continued

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Mameluco en fuego cruzado


En el fondo, muy en el fondo, Mameluco se sentía feliz. Hacía una semana que no hablaba con su mujer y los pibes, se había perdido los dos partidos de la selección, y en la posada M’Busaka lo tenía bailando la tarantela para ganarse las dos comidas diarias y una especie de cama que disfrutaba cinco horas al día.

Igual se sentía feliz. Sabía que aquella era una experiencia que ni en pedo volvería a vivir, sobre todo porque su cuerpo no lo soportaría. Lo exótico lo atraía, por eso se sentía feliz.

Dos días después del partido contra Corea, Mameluco estaba meta pasar el plumero en la sala común de la posada mientras los griegos, que habían llegado para el partido contra Argentina, miraban un noticiero donde pasaban un informe sobre los peligrosos barras argentinos. Mameluco reconoció en la pantalla al negro Fiorucci, de la barra de Tigre, cuando le tocó cobrar como loco después del partido que le ganaron a Chicago cuando lo mandaron al descenso.

Uno de los griegos se reía y gesticulaba onda qué miedito me dan estos muchachos. Otro llegó a decir que pagaría una fortuna por tener cinco minutos mano a mano con un barra argentino.

Los griegos al toque se dieron cuenta de que Mameluco le estaba prestando demasiada atención a la conversación y a las imágenes que salían de la mini tevé. Se le acercaron y le preguntaron de dónde era porque ser tan blanco entre tanto morochaje llamaba un poco la atención. Le hablaban en inglés aunque no hacía falta porque Mameluco sabía algo de griego. Lo había aprendido de un tío suyo que vivía en Grecia y que cada tanto viajaba a Argentina hasta que descubrieron que se dedicaba a la trata de blancas. Estuvo en Caseros hasta que la hicieron volar por el aire, con el tío adentro según algunas versiones.

Cuestión que los Sorba se le pusieron todos alrededor en actitud demasiado amenazante para su gusto. Mameluco dijo que era uruguayo y que aguante Forlán, la rambla y el porongo. Sobre esto último tuvo que hacer algunas aclaraciones, porque los griegos empezaban a entusiasmarse.

Como nos lo veía del todo convencidos se apuró a ofrecerles algo de lo que se arrepintió en el segundo siguiente a decirlo.

Los griegos se miraron entre ellos y no hubo uno solo que le hiciera asco a la idea. Eran como treinta y los ponía de la nuca el solo pensar en la posibilidad de cruzarse con los barras argentinos en la escuela donde se alojaban. Vamos a ver si estos argentinos son tan machos como se venden.

M’Busaka llegó a la ultima parte de la charla y enseguida se prendió a la idea. Les dijo que aquello seria una suerte de Safari, casi tan riesgoso como el otro, y que Mameluco los acompañaría a cambio de cincuenta dólares por pera. Agarraron todos.

La escuela estaba en el centro de Pretoria. Hasta allá fue el grupete de griegos enardecidos que se habían fumado hasta el potus que M’Busaka le había encomendado especialmente a Mameluco. Se habían pintado la cara pero no de color esperanza. Los pibes iban a la guerra y venían tan empastados que habían perdido noción de tiempo, lugar y peligro. Y ahí estaba Mameluco a la cabeza.

No fue difícil encontrar la escuela. De los balcones colgaban decenas de trapos que Mameluco alguna vez había visto cuando fue a la cancha. Aguante Mataderos. Barrio Infico es de Tigre. Borracho y sabalero. Al palo por Dálmine. Si muero que sea de lepra. De la cuna al cajón.

Lo que le faltaba. A Mameluco alguna vez ya le había tocado correr cuando la hinchada de enfrente los triplicaba en cantidad. Pero ahora no se enfrentaba a una hinchada. Ahora tenía que vérselas con una especie de selección de hinchadas. Los más hijos de puta de cada una habían formado una suerte de asociación y estaban todos ahí.

Mameluco iba abrigado al mango porque abajo de todo traía la celeste y blanca, por si las dudas tenía que pelarla. Corrió ese riesgo porque entre que se lo empomaran los griegos o esos animales elegía lo primero.

A medida que se iban acercando a la entrada, Mameluco fue aminorando la marcha para no quedar al frente del pelotón, hasta perderse entre los últimos. Pero cuando un gordo gigante alérgico al jabón se les puso enfrente y les cortó el paso, los griegos lo buscaron a Mameluco y le pidieron que le dijera que si tenían tantos huevos como dicen que los esperaban en el patio del edificio abandonado que había en la otra cuadra. Mameluco estaba que se meaba.

El gordo lo miraba fijo y le hacía gestito de qué mierda quieren estos payasos. Mameluco le batió que eran un grupo de griegos que admiraban la pasión y la entrega que tiene el hincha argentino y que por eso les gustaría hacer algunas fotos, todos juntos, en el edificio abandonado.

El gordo infló el pecho y dijo que ma-vale-fiera-todo-piola. Se fue para adentro y al rato volvió peinado y con el mejor buzo tres tiras que tenía, uno verde aceituna que no le cerraba del todo. Detrás de él venían unos personajes que escapan a cualquier intento de descripción. Traían trapos y bombo, revoleaban camisetas y el que no salta es un inglés.

Los griegos se sorprendieron por la tranquilidad de los muchachos que estaban a un par de minutos de meterse en una trifulca que ni te cuento. Pero igual los siguieron de atrás silbando bajo y sacándole lustre a los nudillos.

Llegaron al predio abandonado y los barras, que eran unos treinta, se pusieron todos para la foto, con una sonrisa general que no sumaba cuatro dentaduras completas. Los helénicos se les fueron al humo y casi no les dieron tiempo de reaccionar. Se armó tremenda goma general, volaban piñas desesperadas, patadas y algún que otro cadenazo. Cada tanto se asomaba el barra gordo y preguntaba que dónde estaba la cámara.

En medio de la confusión hubo dos barras de Cambaceres que le cayeron encima a Mameluco, que se apuró por levantarse la pilcha para mostrar que tenía la camiseta argentina.

Ete encima nos bardea mostrando nuestros colores.

Fue lo último que recuerda Mameluco. Despertó a los tres días en un hospital de Pretoria y le dolían todos los huesos. Compartía habitación con tres morochazos que metían miedo y con otros dos griegos que tampoco se acordaban cómo había terminado la joda.

Al fondo de la habitación había una tevé que al lado de la que había en la posada parecía un elecedé cuarenta pulgadas. Y encima era color. Y pudo ver la repetición de la victoria argentina sobre Grecia.



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Mameluco de safari


Al día siguiente del partido contra Nigeria, Mameluco tuvo que bajar la cabeza y llamar a su jermu para manguearle un giro porque estaba en rojo furioso. Se comió una buena cagada a pedos pero consiguió que su suegro, un buena onda al que no le importó que alguna vez Mameluco se hubiera llevado a su hija en orsay por un fin de semana, le depositara unos mangos para tirar unos días.

Pero tenía que pensar en algo porque no era suficiente. Cuando pasaron los tres días que había garpado por la posada antes de salir, M’Busaka se compadeció y le bancó la estadía. Le dio pensión completa a cambio de barrer, limpiar, cocinar, lavar, planchar y un par de cositas más. En la media hora que tenía libre por día, Mameluco veía el resumen de la fecha del mundial en la tevé siete pulgadas.

Se venía el partido contra Corea y Mameluco no sabía qué carajo hacer. Tenía su entrada y pensó seriamente en venderla para hacerse de unos mangos más. Pero como ya se había perdido el primero prefirió guardarla y en todo caso después vemos. Se lo planteó a M’Busaka y el grone aceptó a regañadientes darle ese día libre, pero a cambio debía hacerle de asistente en el safari que tenía organizado para el día anterior al partido de Argentina. Su acompañante habitual no podía esa vez porque todavía tenía el muñón en hielo mientras seguían abriendo cocodrilos para ver si encontraban su mano.

Además de la posada, M’Busaka tiene este mini emprendimiento que consiste en llevar turistas al parque nacional para ver de cerca todos los animales salvajes que ofrece el lugar. Animales salvajes pero de los que van al frente, no como en el zoo de Luján que te dejan entrar en la jaula de los leones y los podés acariciar y hasta hacerles un nudo con alambre de púas en las bolas que no se van a mover de lo dopado que están.

El target de gente que lleva M’Busaka es la que gusta del turismo aventura pero aventura posta. Los mismos que vienen a nuestro país y piden hacer un tour por la isla maciel o compartir paravalancha con la guardia imperial, después se anotan en el safari de M’Busaka para intentar sentir más adrenalina. Algunos lo logran.

Justamente por no ser parte del circuito turístico, el itinerario del safari no es, digamos, lo convencional. No, la joda arranca ingresando al parque por una zona que en teoría está vedada a cualquier presencia turística porque está habitada por una tribu de caníbales que no te dejan ni el caracú. Pero M’Busaka, viejo zorro, se los metió en el bolsillo trayéndoles agua potable, medicamentos y tirándoles cada tanto algún turista para calmar un poco la ansiedad.

Antes de salir, los convidados al safari se juntaron en el galpón que M’Busaka tiene al fondo de la posada y los hicieron meterse en la caja de una chata destartalada que había allí. El morocho les dijo que permanecieran acostados debajo de una lona verde que los cubría por completo, sin moverse, sin hablar, sin hacer el mínimo ruido. Nadie tenía que saber que en esos seis metros cuadrados había quince personas.

Durante las dos horas que marcharon con destino incierto y saltando como locos, Mameluco intentó por todos los medios desenterrar su nariz del sobaco del francés que tenía al lado. No pudo.

Cuando finalmente sacaron la lona que los cubría, Mameluco y el resto de los turistas se encontraron a la entrada de un poblado perdido en el medio de la nada más absoluta. M’Busaka les pidió que por ninguna razón salieran de la chata y se fue. Mameluco recorrió el lugar un poco con la mirada y casi le da un infarto cuando vio a un grupo de morochos que calzaban la camiseta argentina. Uno de ellos, totalmente sacado, gritaba vaaaaaaaaaamos argentina vaaamosss, con una pasión como desproporcionada. Otro se acercó a la chata y mostraba su billetera con la foto de dos nenas, que no eran lo que se llama modelos de calendario. Hasta ese día Mameluco creía que Lesotho era un invento de coca cola.

Al rato volvió M’Busaka y dijo que ya podían bajarse y pasear un rato. Mientras los turistas hacían migas con las morochas, M’Busaka le pegó una revisada a la chata porque venia haciendo un tracatrac-tracatrac que no le gustaba ni medio. Preguntó por un mecánico y lo mandaron al único que había en ese lugar, M’Buhía. Al final se tuvo que arreglar solo porque M’Buhía solamente atendía Volvo.

Cuando retomaron el safari, el ruido era peor pero M’Busaka mostraba su sonrisa gigante y decía que estaba todo okey, que no había de qué preocuparse y que se prepararan para el tramo de los leones. Mameluco preguntó si la chata no debiera tener alguna malla metálica protectora o algo similar. M’Busaka agrandó todavía más su sonrisa.

A los pocos kilómetros tuvieron que parar porque el ruidito inofensivo se transformó en una correa rota y la chata dijo basta pa. El poblado había quedado unos quince kilómetros atrás y no se veía más que una llanura inmensa y una loma un poco más allá. M’Busaka se paró encima del techo de la chata para ver si veía algún movimiento. Enfocó un toque a través del polvo que volaba y no dejaba ver bien y pudo divisar uno de esos bondis que hacen safaris top, que venía a los pedos y haciendo slalom. También llegó a ver cuando derrapaba, daba dos trompos y volcaba sobre el costado del camino.

M’Busaka se bajó del techo y dijo que necesitaba dos valientes para caminar esos dos o tres kilómetros que los separaban del bondi accidentado y ver qué había pasado.

Dos boludos querrás decir, llego a balbucear Mameluco.

M’Busaka interpretó su intervención como ofrecimiento y antes de que Mameluco pudiera meter bocado le tiró un rifle y un machete, por las dudas. Un turco que venia con ellos y que estaba más loco que la mierda también se sumó.

Tardaron casi una hora en llegar porque M’Busaka cada tanto se paraba en seco y les hacia dar un rodeo para evitar a las serpientes. El turco flasheó con una que se acercaba intimidante directo a donde estaban ellos. Le impresiono el tamaño, lo negra que era y como se movía. Mameluco le mando que si tenía pensado quedarse en la posada que mejor aprendiera a defenderse de esa especie porque son letales.

Cuando los del bondi los vieron acercarse se creyeron salvados y gritaban de alegría. Mameluco no tardó en reconocer al que parecía manejar al grupo. Era el chino Garcé. Tenía razón el diego cuando dijo que el chino era líder y que por eso lo había llevado al mundial. Al lado de él había uno con terrible cara de gil, cachetes colorados y sonrisa nerviosa. Era Fernando Niembro, otro que estaba de regalo en el mundial.

A Mameluco enseguida le llamo la atención un pibe que lloraba como un nene en un rincón del bondi dado vuelta. Era Leo Di Caprio, que no podía disimular el cagazo padre que le producía la situación.

Niembro se había instalado bien pegadito a Di Caprio y le tiraba onda. Hacia comentarios pelotudos como por ejemplo que al lado de todo lo que tuvo que bancarse Leo en Diamantes de Sangre, aquello tenía que parecerle una huevada. También llegó a preguntar a todos los que estaban allí si sabían cuánta carne necesita comer un león para completar su dieta diaria. Comentarios no muy diferentes a los que tenemos que soportar en todas sus transmisiones, donde tira datos que no le importan a nadie y hace chistes que sólo entienden los que trabajan con él. Un pelotudo que está palo y palo con Cristian Garófalo, lo cual es mucho decir.

M’Busaka fue a ver al chofer que permanecía en la misma posición que quedó con el vuelco. Parece que se había agarrado un pedo de novela porque uno de los turistas le había convidado de su petaca y el morocho nunca antes había probado el alcohol. El tipo seguía diciendo que tuvo que hacer esa maniobra brusca porque se le había atravesado una manada de búfalos entre los que aseguraba haber visto al Ogro Fabbiani.
M'Busaka sacó la correa del bondi y se le metió en la campera. Dijo que ya no la iban a necesitar.

En un momento Di Caprio dejó de llorar y se acercó a Mameluco. Sacó la chequera y ofreció cincuenta lucas verdes si lo dejaba ocupar su lugar en la chata. M’Busaka lo trompeó a Mameluco con la mirada, manoteó el cheque y se alejó con el turco y Leo.

Mameluco se la bancó bastante bien los dos días que permanecieron todos encerrados en el bondi para que no se los devoraran las fieras. Lo único que rompió la monotonía de la escena fue un jeep que apareció presuroso para buscarlo a Niembro porque tenía que ir a relatar el partido contra Corea. A Garófalo lo dejaron porque se había hecho una encuesta en tyc sports preguntando a la audiencia si valía la pena hacer un operativo para salvarlo y los resultados digamos que no lo favorecieron.

Finalmente M'Busaka volvió con la chata para buscar a Mameluco porque la posada ya era una cosa insufrible y necesitaba una buena limpieza. La goleada contra Corea ya era historia y Mameluco no tuvo tiempo ni para ver la repetición. La entrada que nunca vendió se la metió bien en el (biiip) y puso todas las fichas en el último partido de la primera fase, contra Grecia.

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Mameluco viene con delay


M'Busaka es un morocho muy morocho con cara de bueno. Es el dueño de la posada donde todavía fica Mameluco, donde fica de garrón desde que se cumplió la semana que garpó por adelantado.

El día que Mameluco llegó arrastrándose después de caminar desde el aeropuerto, M'Busaka lo esperó en la puerta de la posada porque no había ningún cartel ni numeración que la identificara. M'Busaka prefería el bajo perfil porque su boliche venía flojo de papeles y durante el mundial los inspectores se pusieron especialmente rompe huevos.

Mameluco llegó de noche y ahí se encontró con una sonrisa blanca gigante flotando en el aire y moviéndose para los dos lados. Al resto de M'Busaka sólo pudo verlo cuando el morocho se le fue encima y casi lo ahoga con ese abrazo que pretendía ser cariñoso. Con un par de palmaditas en la espalda le preguntaba a los gritos que cómo estaba la familia. Le decía sobrino y no lo soltó hasta que cruzaron la puerta de la posada. Eran igualitos, capaz que pasaba por sobrino.

Una vez que M'Busaka se aseguró de que ya ningún botón lo viera en orsay recibiendo huéspedes, llevó a Mameluco hasta su habitación. Recorrieron unos pasillos tan oscuros como la gente que se le cruzaba y le echaba miradas magnum, y llegaron hasta una sala común que estaba llena de morochos embanderados con los colores de Nigeria frente a una tevé siete pulgadas blanco y negro.

Siguieron un poco más y M'Busaka le señaló su habitación. Mameluco entró y se encontró con cuatro cuchetas de tres camas cada una. Es que la promo venía con habitación compartida. En el centro de ese habitáculo que no tenía más de diez metros cuadrados, cinco posesos practicaban un ritual que consistía en clavarle agujas a un muñeco gordo, petiso, barba zorrino, brazos cruzados y mentón hacia arriba. Llevaba la diez de Argentina y la tenía adentro (a la aguja). Mameluco saludó tímido y quiso pasar desapercibido, pero fue imposible. Los nigerianos le hablaron con señas y lo invitaron a sumarse a la ronda. No le dieron mucha opción y ahí estaba Mameluco pinchando y maldiciendo al diego.

Según M'Busaka le contó más tarde a Mameluco, los nigerianos habían llegado para ver a su selección pero los engramparon con entradas falsas y tuvieron que quedarse a verlo en la posada. Los restos no comestibles del gitano que se las vendió fueron repatriados ese mismo día.

Mameluco decidió archivar la camiseta argentina y se calzó la de Platense, el club de sus amores. Total, si fuera del gran Buenos Aires nadie conoce al calamar, qué mierda se iban a dar cuenta los morochos de que era un club argentino. Les dijo que eran los colores del campeón uruguayo, que tenía ciento por ciento sangre charrúa.

Los grone terminaron su ritual y se fueron todos a la sala común. Mameluco le había pifiado fulero cuando cambió la hora y creyó que tenía tiempo de sobra para desensillar y pegarse un buen baño. Lo último lo dejó para otro momento porque no había agua caliente y porque además el jabón usado estaba que parecía un chimpancé. Pero sí se tiró un rato en la cucheta más alta y sólo se despertó a las dos horas cuando se prendió de golpe la boca de ventilación que le pasaba a diez centímetros de la cara.

Cuando salía de su habitación, Mameluco se cruzó con los morochos que se paseaban con el muñeco prendido fuego.

(Qué feo sonó esta frase).

Los oscuros andaban con una cara de orto que no se podía creer. Mameluco empezaba a preguntarles si podía serles útil en algo pero justo apareció M'Busaka que desde atrás de una puerta le hizo gestito de acercate. Con mano tapando la boca le dijo muy despacio que serles útil en ese momento sólo podía significar una cosa y que no se lo recomendaba. Que mejor no hacer migas con ellos en ese momento porque la derrota contra Argentina les había pegado duro y estaban intratables. Pero si todavía no jugaron. Sí, ya terminó. Dale pa no me jodas.

Ya habían jugado posta.

Mameluco corrió a la sala común y la encontró vacía. Había restos de gallinas, maíz y algunas velas consumidas. Creyó ver también la yema rebanada de un dedo pero no podía asegurarlo.

La tevé blanco y negro seguía prendida. Estaban pasando el resumen del partido comentado por alguien que hablaba un idioma totalmente desconocido para Mameluco. Llegó, sí, a interpretar algunas frases porque los gestos del comentarista eran alevosos. Era nigeriano y no le daba la lengua para putear más.

Mameluco no sabía si cortarse un huevo por haberse perdido el partido o si encerrarse en un ropero para pegar un par de gritos por el debut con triunfo.

Cuando Mameluco ya iba por la septuagésima tercera vez que veía la palomita del gringo y las celebraciones poco estéticas del diego, se cortó la luz en toda la posada y el pobre quedó en medio de las tinieblas de la sala común.

Salió a tientas y avanzó por el pasillo agarrándose de las paredes. Los nigerianos podían estar parados allí y él nunca los iba a ver. Cuando pudo llegar a su habitación y abrió la puerta, el olor le fue directo como trompada al mentón y lo dejó tambaleante. Ahí estaban los once rúnmeits que le habían tocado en gracia. Su cama era la única libre. Once respiraciones palpitantes, once torsos descubiertos y hediondos, once nigerianos que le iban a hacer compañía copada durante su estadía en la posada de M'Busaka.

Fin de la primera jornada de Mameluco en tierras sudafricanas. Sorry el delay, pero Mameluco escribe los informes en una remington que M'Busaka le presta a cambio de darles una repasadita diaria a los dos baños que comparten los sesenta huéspedes. Los escribe en la máquina de escribir y los manda por fax. Veremos con qué nos viene la próxima.

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