La ventana fue de papá



El pibe estaba instaladísimo y totalmente convencido de que nadie lo movía de ahí.

Calzaba unos auriculares gigantes conectados al celular y un justin beeber al mango en cualquier momento le perforaba los tímpanos.

El pibe había agarrado la revista del avión y simulaba una lectura atenta y de lo más concentrada. El pibe no tenía ni diez años.

Me paré en seco en el pasillo y me convertí en una especie de dique para esa marea de gente que avanzaba desesperada buscando su asiento. Algo me putearon porque les hice perder esos segundos clave que te ponen en riesgo de no conseguir lugar para el bolso de mano. Es que hoy cuesta conseguir un hueco porque la gente se zarpa con los bultos que lleva arriba. Les da una paja tremenda el tramite de buscar el equipaje cuando llegan al aeropuerto y entonces mandan todo arriba.

Miré al pendejo, miré a la madre. Ninguno de los dos se dio por aludido y no me quedó otra que ser un poco más explícito.

- El pibe está en mi asiento.

La madre se apuró en decirle que se corra y que cómo se había sentado en un lugar que no era el de él. Como si hubiera sido toda idea del pendejo, cachafaz.

El pibito dudó un toque pero se animó. Y le mandó a la vieja que no se iba a levantar porque había llegado antes que el señor.

Fue como si un torrente de ácido sulfúrico me subiera hasta la cabeza en menos de cinco segundos, mientras el pendejo se daba vuelta como dándole un corte al asunto y la madre me decía con un gesto que el niño se había pronunciado.

¿Señor? ¿Señor??? El pendejo de mierda me dijo señor. Olvidate.

- La ventana es mía, así que por favor movete en este instante.

El pendejo amagó hacerla difícil pero imagino que se habrá dado cuenta de que sólo faltaba una chispa para que dos mil kilos de trinitotolueno volaran por el aire.

Ya sintiéndose derrotado, el pendejo peló una cara de orto que no le vi ni al Malevo en sus peores momentos.

La señora tardó en levantarse para liberarme el paso, como queriendo estirar el trámite para que esos segundos me resultaran incómodos por estar dejando al pibe sin el sueño del pibe. No se me movió un músculo de la cara.

Se terminó de levantar la señora y el pibe se desabrochó el cinturón echando putas y golpeando el zapato contra el piso para hacer bien visible su calentura, como si quedaran dudas.

Los que no podían avanzar por el pasillo también mostraban su descontento chistando lo más ruidoso que les salía. Un poquito de paciencia por favor.

Me senté en mi asiento y al toque me puse a mirar por la ventana.

Se sentía como un rayo en la nuca la mirada que me estaba clavando el pendejo, que se había quedado en el asiento del medio. Hacía lo imposible para que yo lo mirara pero yo seguía mirando por la ventana. Rojo de furia estaba el pendejo.

Tanta calentura tenía que no quería volver a abrocharse el cinturón. La madre le decía que se lo pusiera y el pendejo le hacia vacío mientras me miraba a mí, como desafiante, como si yo me fuera a tomar el laburo de rogarle que se lo pusiera.

El pendejo seguía haciendo el rebelde y entonces yo me desabroché el mío. Momento de desconcierto. Terminó abrochándoselo mientras yo le sonreía de reojo.

De haber sabido lo que iba a romper las pelotas durante el vuelo le habría dado el asiento ventana envuelto y con moño. Pero una vez en el baile no podía permitirme semejante derrota, así que me la banqué como un duque.

Al final le regalé el alfajor y terminamos mas o menos en buenos términos.

Pero la ventana fue de papá, de punta a punta. Vamo lo pibe.




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Fiambre en las vías es accidente personal



Cuando TBA dice accidente personal casi siempre significa que un flaco peleado con la vida se tiró abajo del tren.

Un flaco que está tan en las malas que no le da el mango para comprarse un frasco de pastillas y pegarse el raje en un acto más privado.

Un flaco que nadie conoce pero que quiere dejar huella y entonces decide joderle la vuelta a todos los que nos movemos en tren.

Llegar sobre la chicharra y encontrar un lugar vacío no es cosa de todos los días. Pero así como me senté se prendieron los altoparlantes y el botón de turno dijo que había accidente personal en San Isidro. Y que el tren no salía. Y que sorry las molestias.

Una hora sentado en un tren parado no es grave. Es igual al viaje que hago todos los días pero sin ruidos ni sacudones ni movimiento del paisaje.

No es tan grave. De última te ponés a boludear con el teléfono y podés compartir el garrón con todos los que están conectados o ponerte a garabatear un post, como ahora.

Cuando ya algunos músculos empezaban a ponerse tensos, el botón se puso de nuevo al micrófono y tuvo sus deliciosos treinta segundos de tener agarrados de las bolas a miles de pasajeros, y dijo siete veces seguidas que la formación sólo hacía la mitad del recorrido.

Festejé la noticia con puño apretado con el único objetivo de contrarrestar las puteadas de los pelotudos de siempre que salen a la calle convencidos de que hay un complot universal en su contra.

Frente al escenario de riesgo de quedarte a mitad de camino, tenés dos opciones: o te buscás de entrada otra forma de viajar o te encadenás al asiento y que sea lo que Dios quiera.

Me decidí por lo segundo y me salió como el culo.

En la primera estación se subieron las ochocientas cuarenta y siete personas que acumularon bronca durante hora y media chupando frío en el andén. Se mandaron al vagón con un nivel de desesperación como si algún ser extraño los estuviese corriendo para obligarlos a ver un partido de la selección del checho.

Como no podía ser de otra manera, en el malón había embarazadas, abuelos que no sabés si llegan vivos a la siguiente estación, pendejos que necesitan sentarse y alguno que otro arrastrando una gamba. Todos los que podían aplicar para ligar mi asiento estaban en ese vagón.

La más embarazada de todas se paró justo al lado mío. No tuve necesidad de pispear de costado para notar su presencia. Fue suficiente que una panza que parecía llevar a toda una salita de jardín me tapara de golpe toda la visión.

Le cedí amablemente el asiento mientras comentaba en voz alta que capaz estaría bueno tener a una partera cerca. No le hizo gracia.


Con la densidad humana que tenía ese metro cuadrado del vagón, no fue fácil el trámite de hacer que la señora Riganti llegara al asiento sin pasarme por encima. Tuve que hacer un movimiento de contorsión y cerrar con un saltito que me hizo perder dentro de una masa de albañiles alérgicos al jabón.

El tren iba lento. Cuando pasa algo, el tren siempre va despacio. Por las dudas, vio.

En Olivos se frenó para no volver a arrancar. Esta vez no hubo puño apretado. No daba. Todavía me quedaba patear unas quince cuadras y enganchar un bondi.

Frente a la boletería se parapetó un señor ejecutivo que llevaba sobretodo Perramus con cuello levantado, bufanda al tono, tragedia primera marca y unos pepés Guido que rajaban la tierra.

Al tipo le salió redondita la movida de dejar el bólido en casa y tomarse el tren para evitarse el estrés de manejar en el centro.

El señor arremetió a los golpes contra la persiana de una boletería que hacía rato estaba totalmente sellada. A grito pelado, el señor exigía que se le consiguiera un remis.

Desde atrás de la persiana todo lo que se escuchó fue una carcajada que se lanzó con poco disimulo.

- Y queres que te preparemos un fernét por si se demora el remis?

Más carcajadas, también de la gente que iba saliendo de la estación.

- Manga de fracasados, por algo están donde están.

Más carcajadas.

Con el numerito del señor que no daba para más, me sumé a la marea de gente que inundaban las calles laterales a la estación.

La masa caminaba mirando el suelo y echando putas como si estuviera abandonando el estadio donde su club de toda la vida acababa de descender.

En la avenida las paradas de bondi estaban imposibles. Tres o cuatro bondis nos dejaron de garpe y recién pude subirme a los veinte minutos de divertirme mirando las piruetas que hacían mis compañeros de parada para frenar alguno.

Pero me faltaban veinte guitas. Se me agujereaban los bolsillos de la cantidad de monedas que tenía, pero me faltaban veinte guitas. No hubo forma de arreglar con el fercho y me tuve que bajar a las quince cuadras.

Cincuenta y ocho mangos me salió el remis.

Los fujimoris te acribillan



Al viejito se le va la poca vida que le queda tratando de subir la valija en el maletero. Pero no la puede ni mover. Me acerco canchero y le ofrezco una mano.

Hago un movimiento brusco y casi la quedo ahí. Lo que pesa, dejate de joder. Por un momento me imagino que el viejo está llevando de contrabando los restos de su mujer todavía sin cremar y me da un cacho de idea.

Pesa como la gran puta pero ya estoy a medio camino, no puedo volver a mi asiento. Mi orgullo no resistiría un embate de esta naturaleza. Porque además del viejo hay dos minas que miran con cara de ternura al joven buena onda, yo, que se compadece del anciano y lo ayuda. A un anciano que de pedo puede dar cuatro pasos seguidos sin tambalearse pero que igual se manda a volar con un bulto que debe andar por los ochenta kilos.

Hago un segundo intento y siento que dos vértebras se me ponen de culo y me piden a gritos que largue esa valija.

No señor, hay que subirla a como dé lugar. Aprieto los dientes y a la mierda. La valija suena contra el fondo del maletero y el viejo sonríe. Las minas también, pero con un toque de sorna, como sabiendo que casi sacrifico mi movilidad para no hacer un papelón.

Medio encorvado hacia adelante, me arrastro hasta mi lugar y me tiro sobre el asiento. Viejo de mierda.

Levanto la cabeza y el geronte me sigue sonriendo. Cree que de alguna manera tiene que retribuir mi gesto y yo trato de hacer telepatía para pasarle el mensaje de que no necesito charla.
El asiento al lado mío está vacío y me preparo para desparramarme de una manera guaranga cuando el anciano se levanta y se me sienta al lado. Lo que me faltaba.

Arranca preguntando si ya conozco Peru y yo como un boludo le digo que es la primera vez que voy. Para qué.

El viejo se pone el cassette de guía turístico y me quema la cabeza hablando sin parar durante quince minutos. Y el avión todavía no sale.

No me queda otra que hacerme el dormido, pero a los cinco minutos los párpados se me empiezan a acalambrar de tanto hacer fuerza. Vuelvo a abrir los ojos y el viejo pone el lado B.

De golpe el viejo considera que es hora de volver a su asiento y pide que lo disculpe. Disculpado.

Con el viejo de vuelta en su asiento, me levanto un toque para una ultima estirada de piernas antes de despegar.

Cruzando el pasillo hay un gordo que mira nervioso a todos los que enfilan para su lugar. El tipo sufre de que le toque alguien al lado porque no hay lugar ni para un valdivieso.

Se cierran las puertas y el gordo respira aliviado. Nadie al lado. O tuvo ojete, o el otro vio de lejos cómo venia la mano y prefirió hacerse el boludo y buscar otro lugar.

Pero al gordo la sonrisa se le borra en un segundo. La azafata, la muy hija de puta, avanza por el pasillo como si fuera la princesa de Monaco, con los brazos abiertos mientras muestra a quien lo quiera ver un cinturón de seguridad XL.

La mina va directo al gordo, que enseguida se da cuenta de qué se trata, y se lo da sin disimular ni un poquito, para mandarlo bien al frente.

La mato. Me lo hace a mí y te juro que la mato, a esta forra que se pasa la mitad de su vida explicando a los pasajeros lo que tienen que hacer si por ejemplo el avión se cae al mar. Tomátelas.

Antes de volver a mi asiento miro un poco el perfil del pasaje y veo que está lleno de ponjas. Hay fujimoris por todos lados, y todos tienen su camarita en posición de disparar a cualquier cosa que se mueva.

Me siento y arrancamos. Uno de los fujimoris, el que está justo adelante mío, pela su réflex digital y, trac-trac-trac-trac, saca sin parar. El dedito queda bien firme sobre el shut y es una foto atrás de la otra.

Miro por la ventana y trato de entender para qué mierda el tipo se gasta una memoria de cuatro gigas sólo en el despegue. En fin.

El vuelo tranquilo. La llegada es otra historia.

Domingo en el puerto es para matar a alguien


Little J venía pidiendo un poco de exclusividad y por eso encaramos para el puerto de frutos un domingo. Hace años que no iba un domingo y van a pasar otros cuantos antes de que vuelva.

La excusa era ver qué onda un placard para el cuarto de los pibes, porque estamos tratando de darle alguna lógica a un reducto que parece Kosovo.

Nos fuimos a gamba porque la última vez estuve a dos minutos de cargarme a un trapito que me pedía cinco mangos atrás de una pechera que decía "Coordinador de tránsito". Sólo por calzar esa pechera se merecía dos martillazos en la cabeza.

Enfilamos para el boliche de muebles. Me atendió un denso y durante los primeros quince minutos me la pasé tirándole centros para que se avivara de que yo no era un turista de esos que se piensan que por comprar en el puerto están comprando barato. No quería ser víctima de estos inescrupulosos que te empoman con productos autóctonos que si mirás bien les encontrás la inscripción de made in China.

Por eso le hablé de dos fabricantes de Carupá que son clientes de mi suegro y que me habían recomendado ese boliche. Le hablé también de Chelo, el único que vende fruta en el puerto de frutos y de quien soy gran amigo porque más de una vez me hizo un flete. Vi colgado un banderín de Tigre y entonces le dije que aguante el matador que nos quedamos en primera.

Después de esos quince minutos en los que Little J me tiraba de la manga porque estaba hinchado las bolas se las huevadas que yo decía, el flaco me dijo que no conocía a nadie porque era de Mar del Plata y había empezado a laburar diez días antes.

Encontré finalmente el placard que a Tishei le había gustado y le pedí al flaco que me presentara al dueño del boliche, así le hacía el laburo fino para sacarle algún descuento.

El dueño era un crack. Un tipo divertido que desparramaba onda de la mejor y que conocía a mi suegro y que conocía al Chelo y que era hincha de Tigre. Bingo.

Otros quince minutos de chamullo para terminar llevándome el placard a precio turista y lrpmqlp.

Pasamos a saludar a Chelo porque lo conozco posta y Little J me miraba fulero como diciendo todo bien con Chelo pero dejémonos de joder que tengo hambre.

Había un señor que vendía empanadas que llevaba en una mega bandeja, medio haciendo equilibrio y asegurando que estaban calentitas recién saliditas del horno. No se veía ningún horno cerca porque el chabón estaba en el medio de la calle entre negocios de antigüedades, pero había que creerle. Las empanadas tenían buena pinta pero Little J no quiso saber nada.

Nos mandamos entonces a un puestito de panchos y nos atendió un flaco con la jeta que no le quedaba un solo espacio para un grano nuevo. Mirá que yo de pendejo tuve granos pero a éste parecían crecerle pornocos adentro de otros pornocos.

Little J no podía sacarle la mirada de encima y yo no sabia cómo carajo distraerlo. Al final lo conseguí acompañando el pancho con unas fritas, una coca, otro pancho y un push-pop, que vendría a ser un chupetín, de mierda pero con marketing, que roza los diez mangos. Me cago en Discovery Kids.

Little J ya parecía satisfecho pero guardaba en la manga un último reclamo, la manzana acaramelada con pochoclos.

Me vino entonces a la cabeza el simpático recuerdo de cuando fuimos de pendejos a un circo, en La Cumbre. Circo de señoras exhibiendo su celulitis atrapadas dentro de unas bikinis XS, y de leones que se alimentaban a base de perros que la pendejada llevaba a cambio de una gaseosa.

Me acordé del pibito que se paseaba por abajo de los asientos levantando los palitos que tiraban los que ya le habían entrado a la manzana acaramelada. El pibito se los llevaba al señor puestero que así como llegaban volvía a insertarlos en otra manzana. Un amor el reciclaje.

Me acordé de todo eso con un poco de idea pero se la compré lo mismo. Crea anticuerpos, diría mi cuñada Sofi.

Con el borrego bien pipón emprendí la retirada. El pibe que apareció en ese momento me hizo acordar enseguida al gordito malcriado que entró con Willy Wonka a la fábrica de chocolate. Andaría por los cinco o seis o pirulos, no más.

El pendejo quería un chocolate gigante y los papis le decían que si sumaba un golosina mas iba a dolerle la pancita.

El escándalo que armó el gordito era para darle mínimo dos días de calabozo.

No había forma de calmarlo. Estaba como poseído y gritaba como si se hubiera agarrado un huevo con el cierre.

Hasta que de golpe se calmó y cambió la estrategia en el aire.

- Les prometo que si me lo compran no les rompo más las pelotas.

Lo agarré a Little J del brazo y me rajé rápido para no sacudirle al gordito un coscorrón que habría terminado en bochorno.

El gordito me sacó casi más que las dos horas entre tanto turista. Y el desquite lo sufrió el pobre señor de las empanadas, que seguía asegurando que las empanadas estaban calentitas. Las mismas empanadas de hacía dos horas.

Le compré una sólo para demostrarle que no estaba ni calentita ni recién salidita del horno. Y se la devolví. Y medio que me puteó. Y medio que le puse cara de orto. Y medio que Little J me miró con gesto de no cazar un fulbo.

Congelé la cara de culo hasta cruzarnos con el coordinador de tránsito. Después todo bien y nos volvimos.





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Los gitanos se dejaron la Pepsi



El guardia de seguridad tiene una gorra que es un par de talles menos. Las orejas no le entran y la cabeza parece el trofeo de la champions.

El guardia es un rehén cibernético y está meta mensajear con su Nokia ultimo modelo. No levanta nunca la cabeza pero tiene radar de vigilante y me engancha llevando comida en una bolsa.

Me señala la bolsa y me hace que no con la cabeza. No saca la vista del celular.

Le digo que es para mi vieja que está famélica porque la máquina expendedora de la salita sólo vende Pepsi. Me hace puchero y dice que okey, pero que sea la última.

El botón tuvo sus cinco segundos de poder y se decidió por el indulto.

La máquina expendedora sólo vende Pepsi porque los gitanos hicieron estragos.

Los gitanos son un grano en el orto para la clínica, que ya no sabe qué hacer con estos tipos que se chorean todo lo que tienen a mano.

El modus operandi, diría el impresentable que cubre policiales en TN, es que una gitana se hace internar y la viene a visitar toda la parentela, en su mayoría señoras obesas que se esconden bajo la ropa vajilla, sábanas, almohada, toallas y si me apurás hasta el secador de pelo.

Para vaciar la máquina expendedora lo que hacen es llenar la salita de propia tropa y hacer un quilombo de novela mientras dos de ellos montan una obra de ingeniería para inclinar la máquina, meter los garfios y llevarse hasta las barritas de chocolate con pasas.

Subo dos pisos por escalera y llego a la salita donde me espera mi vieja. No hay nadie más, sacando al señor barbudo que está echado en uno de los sillones y ronca que no tiene nombre.

Está por arrancar en sony la serie que no me pierdo nunca y me dispongo a verla mientras disfruto el chegusan que le acabo de comprar a un quiosquero que se ofendió porque le pregunté si el producto es fresco. Es.

Como si estuviera sonámbulo, el señor barbudo se incorpora de golpe, camina hasta la tele que no es plasma y la pone muda.

Listo, quedamos así.

El señor barbudo vuelve a su sillón, abre una especie de bibliorato y se pone a recitar en hebreo, con los ojos medio cerrados. Le importa un carajo que mi vieja lo mire de reojo y que yo le clave una mirada magnum media medida de desconcierto y la otra media de admiración.

El señor barbudo se sienta bien derechito y se calza el sombrero que parece choreado a uno de los personajes de un cuadro de cacería. Mata la onda de las trenzas que le caen por cada lado de la cabeza y que le hacen juego con la barba XL.

Un capo el señor barbudo. Me sacaría el sombrero si tuviera. Y si tuviera sombrero querría uno igual al del señor barbudo. Las trenzas paso.

La vieja no se prende a la serie muda y yo le hago la segunda. Apagamos la tele y nos ponemos a hablar sobre cómo vamos a hacer para que el viejo baje dos cambios mientras se esté recuperando de la operación. No se nos ocurre nada.

El señor barbudo se cansa de recitar y vuelve a su posición horizontal. Tarda unos veinte segundos en activar esa máquina de ronquidos que nos obliga a subir un par de decibeles el volumen de la conversación.

Se abre la puerta del ascensor y un pibe tipo cuarenta, visiblemente impaciente, cruza la salita a los pedos y se manda directo a la puerta que comunica a terapia. Viene con envión y se da el palo porque pensaba que estaba abierta pero no.

El muchacho impaciente pregunta por un paciente a través del portero eléctrico. Terapia a esta hora ya cerró la puerta y cualquiera que quiere entrar o salir tiene que anunciarse y esperar que alguna enfermera interrumpa el solitario y lo deje pasar.

El impaciente está nervioso porque están operando a su mujer y pregunta si no hay una forma más práctica de comunicarse que no sea ese portero de mierda.

Del otro lado le responden que no se escucha bien, que por favor repita más fuerte. El tipo repite más fuerte. De vuelta que no se escucha. Al tipo le da vergüenza y no insiste. Cancheras las enfermeras.

La puerta se abre al toque y el tipo se abalanza. Pero la enfermera nos busca a nosotros. Que el viejo salió diez puntos de la operación. Y que necesita descansar. Y que ella entiende que el viejo tenga hambre después de doce horas sin meterse bocado, pero que el pebete de crudo y rúcula no es lo recomendable para un postoperatorio.

Saludamos al viejo y nos picamos el champión.
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Atravesamos la sala y dejamos atrás al señor barbudo que sigue roncando y ahora también se babea. Y al muchacho impaciente que le da a la singer como loco y acumula bronca para cuando conozca a la persona dueña de esa vocecita que lo bardeó por el portero.

Se abre la puerta del ascensor y nos cruzamos con una banda de gitanos.

Vienen por la Pepsi.

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Señor Cagabronce está feliz




Lo cultural no es para mí.

Me terminó de caer la ficha el día que me planté frente a la señorita guía del Museo del Prado y le pregunté en qué piso estaba la Gioconda.

Un tipo con ese nivel de desorientación me parece que tiene que llenar su tiempo de ocio con otra cosa. Mirá que le pongo garra, pero no hay caso.

Pienso en esto mientras me paro sobre las mismas baldosas por las que alguna vez el prócer paseó su malhumor. Estoy en la casa del prócer de la cara de culo, y no puedo evitar mimetizarme un poco.

Pero esto no es ocio. Estoy acá por laburo, que consiste en hacer que la prensa se interese por el libro que hoy presenta Señor Cagabronce, mi cliente.

El libro habla sobre las casas donde vivió el prócer, incluida la que estoy ahora. Y es todo lo entretenido que puede ser un libro que habla sobre las casas donde vivió un prócer.

Señor Cagabronce es relativamente joven pero habla como si fuera de la época del prócer. La audiencia le festeja cada frase llena de telarañas y eso para Señor Cagabronce es una caricia en el ego.

Mientras avanza la perorata, voy practicando mi propio discurso. Tendré que explicarle por qué los periodistas no comparten su idea de que este evento es el hito cultural del año. Tendré que explicarle que capaz tenían algo más importante que hacer que venir a esta especie de montaje donde un tipo habla con simulada pasión y la comunidad del prócer le devuelve la pared con un entusiasmo que roza lo cretino.

La sala está llena y estoy al borde del sofoque. La casa del prócer es intocable y por eso no pueden chantarle un aire acondicionado. Y a eso sumale el cóctel de perfumes de feria que se echaron encima todas estas señoras que juegan para el equipo de querer pertenecer.

Señor Cagabronce termina su presentación y estallamos en un aplauso sostenido. Ya era hora.

La gente se le tira encima y se saca fotos como si fuera Vargas Llosa. Señor Cagabronce infla el pecho y responde con una sonrisa como muy formal. Abrazos y besos en abundancia. Promesas de lectura que no se van a cumplir.

Los amigos incondicionales que vienen a hacerle el aguante llegan a último momento para hacer saludo de atrio.

Con un timing tremendo, entran en escena los cazadores de cócteles que se leen la sección agenda de todos los diarios y van a cuanto evento haya para llenarse el buche con algún canapé o una copita de tinto.

Señor Cagabronce quiere asegurarse que todo el mundo se lleve el libro. Nada de montar mesita con promotora y quedar a merced de algún familiar o amigo muy amigo que lo compre aún sabiendo que va directo a nivelar esa mesita que no para de moverse. Por eso regala un ejemplar a cada presente.

De golpe entro en el radar de Señor Cagabronce y se me acerca casi a los saltos. Apoya el champú en una mesa y me chanta abrazo etílico para darme las gracias como si yo hubiera tipeado el libro. Le digo al oído que esto recién empieza y que hasta el Nobel no paramos.

Señor Cagabronce está feliz. Mucho más que Riquelme. Y yo también porque en dos movimientos gano la calle y dejo ese universo que no me cabe ni medio.

Ricky nos debe la foto



Hubo paella de calamar en ese último capítulo y el matador se trepó a la b nacional después de ganar apertura y clausura en campañón de antología.

Con el pescador, el juez y evo saltamos a la cancha para dar nuestra propia vuelta olímpica y hasta nos animamos al avioncito de rambert con aterrizaje y derrape incluidos.

En el medio de los festejos asomó la figura de un Ricky Sarkany sacado al mango. En cuatro patas y actitud frenética, el tipo arrancaba un pan de pasto para llevarse de souvenir.

Ricky tenía cámara y nosotros lo mirábamos con una envidia más enferma que la enfermedad itself porque nos habíamos olvidado la nuestra.

A Ricky le sobra onda así que se sacudió la tierra de las manos, peló su mejor sonrisa y se ofreció a retratarnos.

El marco era un caramelo porque a la pinta de los modelitos sumale un fondo enrojecido a pura bengala. Bengalas de tirar para arriba, no de apuntar a la gente.

Ricky se creyó en una de sus producciones mega y nos tuvo un rato posando y exhibiendo sonrisa de acalambrarse la mandíbula mientras disparaba desde todos los ángulos.

Nos despedimos con beso y le anotamos nuestro mail en un papelito.

Ricky se perdió entre la gente y como estábamos bien para arriba nos mandamos a dar otra vuelta olímpica.

El que entró en escena al trote fue el Beto Casella. Nos pusimos a la par y lo acompañamos algunos metros mientras le gritábamos que su programa de entonces era de lo más pelotudo que había en el aire. El tipo nos sonreía y asentía en medio del quilombo que no dejaba oír una goma.

El final de la joda nos encontró tratando de mandarnos a los vestuarios para festejar con los jugadores, pero la cana andaba de cachiporra fácil así que nos fuimos a la mierda.

La película de aquel día se me vino a la cabeza cuando vi la gráfica de una mina mostrando pepés made in Ricky. Pepés que son mas feos que agarrártela con el cierre pero que no te salen menos de cinco gambas.

Se me dio también por pensar si Ricky, que vende la imagen de un tipo progre y gay friendly, fabricará o no zapatos para travestis que son horma ancha y no te bajan de un 43.

Debimos habernos imaginado que no podíamos esperar mucho de un tipo que no llega al metro sesenta y que además usa barba candado.

Ricky, copate y mandanos las fotos.