Me saqué el gordo (de encima)


Me tragué el orgullo y pretendí seguir sin darle importancia a ese gordo desagradable que tiraba cabezazos como si fuera Ivan Zamorano. No era la primera vez que alguien se me dormía en medio de una presentación. 

Éramos quince personas en una de las salas de reuniones del antiquísimo edificio sede de la Comisión de Monumentos, sobre avenida de Mayo justo a la vuelta del Cabildo. Justamente por ser parte del conjunto histórico del Cabildo, a la sede de la Comisión no se le puede hacer nada. Y no hacerle nada incluye también no poder meterle un aire acondicionado, por ejemplo, y cagarte de calor en todos los ambientes.

La Comisión de Monumentos es un antiguo cliente de la agencia donde supe laburar. Lo que hace básicamente es proteger nuestro patrimonio y para eso una vez por semana se juntan en una sala diez viejos carcamanes, de lenguaje y pose de próceres contemporáneos, para analizar quirúrgicamente todos los casos que llegan a la Comisión: pedidos para que algún edificio sea declarado monumento histórico, pedidos de autorizaciones para hacer alguna remodelación en edificios ya declarados y otras cuestiones por el estilo. Lo que hacíamos desde la agencia era tratar de darle algo de visibilidad a todo eso que hacía la Comisión. Si ustedes nunca escucharon hablar sobre lo que hace la Comisión, significa que nuestro laburo fue una cagada. No hace falta que me respondan. 

Ese día yo estaba presentando un reporte de la estrategia que, para nosotros, tenía que encarar la Comisión para que sus acciones tuvieran mayor impacto. Tarea titánica porque esta raza de próceres cree saberlo todo. Encima había cuarenta y ocho grados en esa sala sin aire acondicionado y las ventanas estaban cerradas para oscurecer el ambiente porque la presenta venía con proyección a la pared. 

No habían pasado ni diez minutos y el gordo desagradable, sentado justo a mi derecha, ya estaba meta cabecear. Mi primera reacción fue seguir sin darle bola porque cualquier distracción podía hacerme perder el hilo y decir huevadas incongruentes distintas a las que digo habitualmente. Pero cuando el gordo desagradable puso los ojos en blanco ala, se puso pálido y empezó a inclinarse para un costado, no me quedó más remedio que intervenir. Rápido de reflejos, lo atajé justo antes de que la sien le impactara con violencia contra la punta de una mesita que tenía al costado. Detrás de mí se pararon todos los carcamanes, cada uno a su ritmo, y se arremolinaron alrededor del gordo que a esa altura yacía en el piso de la sala. 

- Hacé algo, Juan Pablo, rápido! 

Si la idea del viejo era que yo le hiciera RCP a esa morsa inerte, no podía estar meando más afuera del tarro. Para que no existiera ni la más mínima chance de semejante experiencia, me levanté de un salto y agarré un vaso con agua. Lo primero que se me ocurrió fue darle para que tomara, idea chotísima porque el gordo estaba inconciente. La segunda idea, tal vez algo instintiva y precipitada, fue la que terminó dando resultado: le vacié el vaso en la jeta y el gordo reaccionó al toque abriendo los ojos como platos y resoplando por la nariz. 

Mientras el gordo de a poco se iba reincorporando, los viejos se me quedaron mirando un rato sin hablar, en la que se perfilaba como una de las escenas más bizarras de mi carrera profesional. A ver: un tipo va a darles una presentación formal sobre comunicación y a los diez minutos le está chantando un vaso de agua a un gordo que entró en colapso y que generó zozobra entre un montón de viejos próceres. Todo por dos pesos. 

Por supuesto que la presentación se cortó ahí. Después supe que la debacle del gordo había sido porque se sentó justo donde daba el aire caliente que salía del proyector. O sea, a los cuarenta y pico grados que había en esa sala calcinante, se le sumó ese caloventor circunstancial. Pobre gordo.

Se lo tomó personal


Tres de la tarde de domingo. Echado como morsa en la reposera, mi única actividad fisica consistia en tirar reveses al aire con la palma de la mano para espantarme una mosca que me zumbaba cerca de la cara y era lo único que me corría un poco del modo ameba en el que me encontraba sumido en ese momento.

Siempre tengo el celular en vibrar pero esta vez, por algún motivo perverso del destino, el aparato infernal estaba en su máximo volumen posible. El trajín de la semana me hizo perder el conocimiento y caí en una siesta casi criminal. El escenario onírico me tenía en una fiesta de disfraces con mis compañeros del colegio, que me hacían bullying porque yo estaba tomando un fernet con Manaos. Me hacían bullying por eso y porque estaba disfrazado de Winni Pooh, con una eslipeta naranja, medias blancas sin elástico y dos borcegos de diferentes colores.

El primer timbrazo fue como una alarma de incendio activada por algún compañerito vivo pasado de copas que acercó un cigarrillo al detector de humo. Nunca llegué a ver si el vivo había sido Federico Fitte o Francisco Varela.

El segundo timbrazo me volvió de un sopapo a la realidad. En la pantalla del celular decia número privado. En un día de semana no te lo atiendo ni en pedo, pero un domingo a las tres de la tarde tenía que ser un conocido. ¿Y si era por ejemplo Matias Ocampo para contarme que se había ganado el loto y que me invitaba con toda la familia una semana a Tahiti?

Apenas deslicé el dedo por la pantalla para darle ok, me di cuenta de que no lo tendría que haber atendido. La señorita telemarketer prendió el cassette furioso y trató de pasar su mensaje sin ser interrumpida. Los entrenan para eso. El noventa por ciento de la gente los manda a la recalcada cdsm y su gran desafío es que eso no suceda antes de completar el mensaje.

La señorita llamaba de Personal para ofrecerme un pase de línea a esa empresa con condiciones imbatibles. Mientras ella hablaba, yo me debatía entre estar dentro del noventa por ciento o contar hasta cien para no derrapar emocionalmente.

Me incliné por lo segundo y la dejé llegar hasta el final de su perorata autómata. Con el silencio del final, decidí abordarla desde el papel que me queda más cómodo pero que no siempre es tan efectivo:

- Señorita, le agradezco mucho su deferencia de haberme elegido para esta oportunidad histórica. Pero muy a mi pesar, debo rechazar su oferta.

Del otro lado se hizo un silencio violento, ideal para meter un último bocadito:

- Sepa entender, señorita, que no tengo margen de cambio porque mi línea es corporativa. No se lo tome como algo personal.

La última palabra la dije con un énfasis especial, no fuera cosa que la señorita pasara por alto mi genialidad humorística.

- Que tenga un buen día, señor.

Me cortó enseguida sin decirme nada más. Pero no fue difícil imaginarla tachándome del listado y escribiendo al margen: "no llamar más a este pelotudo".

Me mandaron a la putanesca


El rescate emotivo de hoy tiene que ver con un episodio en el cual la sobredosis de ironía y sarcasmo que recorre mis venas me puso al borde de morir ultimado por un italiano iracundo.

Hace casi veinte años, recién recibido, tuve la suerte de pasar dos meses en Boston, mejorando el idioma y metiendo un par de cursos sobre temas más o menos relacionados con mi profesión. El estudio fue la excusa.

En la universidad donde yo paraba había unos cuantos argentinos pero yo les huía porque la idea era mezclarme un poco con otras culturas. Suena cliché pero era posta. Por eso el grupete de argentinos me bautizó “el amargo” y a mí eso me afectó tanto como me podría influir ahora que la ciencia haya encontrado una cola de dinosaurio emplumado preservada en ámbar. A ver si me dicen algo que no sepa.

Los cursos se dictaban durante la semana y los fines de semana las opciones no eran muchas. O agarrabas alguna actividad bien nacional y popular que organizaba la universidad, como por ejemplo ir a esquiar a Vermont, o te quedabas en Boston y aprovechabas para recorrer los alrededores en modo gasolero. Ésa era la única opción que yo estaba en condiciones de considerar. Y como los sábados y domingos en la universidad sólo había dos turnos de comida, yo bajaba temprano al comedor con mi bolsito forrado de hule y lo llenaba de sándwiches casi hasta donde el cierre me lo permitía. Cuando armaba los sándwiches me sentía como quien la tiene difícil para copiarse en un examen del colegio, porque había un mozo dando vueltas y yo estaba convencido de que su función era observar con atención para evitar que los alumnos se llevaran provisiones fuera de los límites del comedor. Con el tiempo me di cuenta que era sólo yo el que llevaba adelante tan descarada estratagema.

Descartados los argentinos, decidí armar mi propio grupo, bien variopinto. Había dos brasileros, un suizo, dos mexicanas, una sueca, un alemán y yo. Solíamos movernos juntos a todos lados y yo me esforzaba especialmente de no separarme de ellos, en especial del alemán y de uno de los brasileros porque tenían la extensión de tarjeta liberada y eran grandes invitadores.

El último fin de semana antes de volverme a Argentina, el alemán, que se llamaba Hans, sugirió al grupo ir a comer a un restaurante italiano muy top que había en el casco histórico de Boston. A mí me pareció una excelente idea salvo por un detalle. Hubo un silencio levemente incómodo entre la propuesta de Hans y la respuesta del resto. El resultado de la pausa deliberada fue el esperado porque Hans, algo resignado, agregó que él invitaba a todos.

Reservamos una mesa para ocho y llegamos medio temprano. Yo me pedí un plato de fetuccini alla putanesca que costaba casi lo mismo que el acumulado de lo que me había gastado durante por lo menos la última semana. El resto del grupo también se mandó con algunos platos bien tradicionales de la cocina tana y el alemán se jugó con un tinto que rajaba la tierra.  

Todo transcurría con enorme algarabía y jolgorio, sobre todo pensando que ese muerto lo levantaba Hans. Como era mi último fin de semana allá, decidí que ése era un buen momento para armar algún numerito que despertara las risas de mi público. Necesitaba despedirme con algo fuerte. Claramente me fui de mambo.

Ya estaban casi todos los platos servidos en la mesa. Probé mis fetuccini y llamé al mozo haciendo ademanes exagerados. En un inglés que había practicado mentalmente durante algunos minutos, le solté la pregunta sin mucha vuelta:

- ¿Para el sabor de estos fetuccini falta mucho?

Quería quedar como un jocoso bárbaro frente a mis amigos pero el único que agarró la cargada fue el mozo. Desapareció de la sala sin decir nada y al toque volvió con un gordo, más tano que la muzzarella, que dejaba ver su musculosa blanca por debajo de la camisa. Era el dueño del restaurante. El gordo tampoco dijo nada. Me agarró de la capucha del buzo que yo usaba ese día, me zamarreó violento y me llevó a los empujones hasta la calle mientras me gritaba sin ponerse colorado. Entre las miles de cosas que me dijo llegué a distinguir dos: “figlio di troia” y “Testa di cazzo”. No sabía qué significaban pero más o menos me imaginaba.

Atrás mío salieron los otros siete, despavoridos, sin entender una mierda de lo que estaba pasando. A ellos también los habían rajado. El tano nos blandía la cuchilla desde adentro como tratando de convencernos de no volver a pedir explicaciones. No volvimos.


Terminamos en un McDonald’s y cada uno se pagó su combo.

Es hora de contarlo y cerrar un capítulo



Por alguna razón que no termino de descular, esta mañana me levanté convencido de que hoy es el día para confesar un hecho de mi vida que me marcó duro y que archivé en algún rincón del orgullo durante más de veinte años.

Si no hablé hasta ahora, fue porque hasta hace muy poco tiempo tenía alguna esperanza de recibir ese llamado que sería el puntapié inicial hacia la gloria. Pero hay que saber cerrar capítulos y aceptar con hidalguía que las cosas pueden no resultar como una las proyecta.

Año mil novecientos noventa. Yo promediaba la secundaria y Argentina venía de perder la final del mundial con Alemania. El fútbol ocupaba el ochenta por ciento de mi rutina y en el otro veinte metía todo lo demás: colegio, familia, amigos. En el barrio ese año me tocó ser parte de un equipo temible que hacía bailar la tarantela a quien se le pusiera adelante. Jugábamos en la canchita que había el fondo de mi casa y en la que estaba enfrente de la casa de Javier Solanet. Por algún motivo, en ese momento se me metió en la cabeza que todo aquello ya me quedaba chico y me animé a pegar un salto de competitividad. O, mejor dicho, a intentar pegar ese salto.

Con un amigo de entonces cuyo nombre no voy a revelar (tal vez espere otros veinte años para darlo a conocer), respondimos a la convocatoria que nos había hecho llegar un tercero que nos había visto jugar a los dos y que, según su experiencia, nos pronosticaba grandes chances de quedar entre los elegidos.

La prueba era en la sede que la Fuerza Aérea tiene en Vicente López, sobre Libertador, y los tipos que nos iban a evaluar venían en nombre del club Defensores de Belgrano. Había que presentarse a las nueve de la mañana pero llegamos antes de las ocho, con un frío de cagarse y un viento que te hacía caminar en cuarenta y cinco grados.

Al rato de esperar parapetados debajo de un árbol, empezó a llegar gente y unos minutos antes de las nueve éramos como sesenta pibes. El capanga del proceso de selección era un gordo que calzaba una joggineta tres tiras verde acomodada sobre la segunda prominencia de su generoso vientre, buzo gris con capucha y unos botines adidas gastados sin atar. Lo acompañaba un flaquito que tenía un corte igualito al de Hugo Lamadrid y repetía todo lo que decía y hacía su compañero. Era su eco y su sombra.

El gordo acomodó la pelota en la mitad de la cancha y tuvo que apretarla bajo la suela para que no se la llevara el viento. Cuando hizo sonar el silbato con el poco oxígeno que parecía tener, la manada se disparó en estampida hasta el círculo central de esa cancha pelada y pedregosa que había perdido el pasto por un invierno que ese año fue especialmente fulero. Que fuera la última cancha, justo al lado del río, le daba a la escena un aspecto más desolado todavía.

- ¿De qué jugás, pibe?

No me esperaba ser el primer indagado y no supe qué responderle porque yo en esa época alternaba jugando de enganche y de delantero. Incluso a veces iba de dos. El gordo resopló impaciente y con una mirada asesina pareció preguntarme qué mierda hacía ahí. Lo mismo me preguntaba yo.

- Bueno, pensálo un rato y te vuelvo a preguntar cuando termine la ronda.

Me quedé mirando el piso durante toda la ronda, pensando que no había forma de superar ese nivel de pelotudez que mostré en mi primera intervención. Mientras la ronda avanzaba, yo iba tomando nota mental de los puestos que se iban nombrando y lo que me sorprendió fue que hubiera tan pocos delanteros. Había como diez arqueros y una banda de defensores y volantes. Delanteros había tres.

- Soy delantero, maestro.

El gordo se miró con Lamadrid y después me dedicó su segunda mirada asesina del día, como preguntándose de dónde tanta confianza. Dos intervenciones, dos cagadas. Un comienzo de manual.

La prueba era muy sencilla: se armaron cuatro equipos que iban rotando y cada uno se mataba por hacer su mejor papel en partidos de dos tiempos de quince minutos. Me mandaron de nueve y mi compañero de equipo era un enano que corría como si tuviera un petardo en el culo. La tiraba larga y nadie lo podía alcanzar. El petiso hacía todo bien salvo un detalle: no la largaba ni que le pusieras una veintidós en la cabeza.

La primera bola que toqué fue después de un despeje largo de nuestro arquero que vino para mi sector. La medí en el aire y me dispuse a matarla con el pecho y habilitar a algún compañero para ir a buscar la pared. Todo eso pasaba por mi cabeza justo en el instante en que un tren de carga con doscientos vagones cargados de acero sólido me agarró de espaldas, inesperado, y me hizo tragar un metro cúbico de polvo. Semi inconsciente, me tomé mi tiempo para levantarme, imaginando que todos mis compañeros y rivales estarían formando un círculo a mi alrededor para interiorizarse sobre mi estado de salud. Pero cuando logré reacomodar mi estructura ósea y darme vuelta en el piso, no había nadie. Ni siquiera el defensor que me había pegado el viaje. El partido seguía como si yo no existiera. Me paré como pude y volví a meterme en tema. Terminó el primer tiempo y ésa fue la única bola que toqué.

En el entretiempo el gordo empezó a meter cambios y me sentí número puesto para ir al banco. Pero por alguna razón el gordo quiso darme otra oportunidad y me dejó en la cancha. La confianza del gordo me envalentonó y promediando ese segundo tiempo tuve mi chance y no la desaproveché: el diez me la filtró entrelíneas y me dejó solo frente al arquero, con la bola viboreando por los piques irregulares que ofrecía esa cancha de mierda. Cerré los ojos y le di con todo el empeine. La bocha entró a media altura, bien pegada al palo, frente a una volada increíble del arquero que hizo todo más espectacular. Lo festejé con puño apretado pero sin exagerarla.

Fue mi última jugada porque el gordo me sacó y mandó a la cancha a un orco gigante que cuando nos cruzamos el hijo de puta me echó una mirada que me hizo temblar las piernas. En esa mirada pude leer un ni-se-te-ocurra-serrucharme-el-piso. Me acomodé a un costado de la cancha, calladito y me tiré encima todo lo que tenía en el bolso para hacerle frente al frío.

En el segundo partido jugué apenas diez minutos. Mostré alguna cosita pero no pude volver a mojar. Había unos flacos que la tenían atada con tanza pero no me sentí tanto menos que ellos. El balance claramente fue bueno y no podía disimular la sonrisa cuando el gordo nos convocó a la mitad de la cancha hacia el final de la mañana. Nos agradeció la participación y nos pidió los teléfonos, a todos, y nos dijo que estuviéramos atentos porque a algunos nos llamarían para una prueba final en la sede de Defensores.

Hace un tiempito decidí que ya era hora de alejarme del teléfono.

Y hoy lo cuento porque me pintó.


Feliz 2017. 

Nos devoran los de afuera


Mientras Del Potro y Cilic se cagaban a pelotazos en ese cuarto partido para el bypass, yo yacía echado como una morsa pero atento a cada jugada con la adrenalina al mango. Hasta las ganas de mear me aguantaba.

El primer timbrazo ni lo escuché. El segundo sí pero ni en pedo estaba en mis planes levantarme en ese momento, total siempre hay alguien para abrir. Pero sonó una tercera vez y ahí ya no quedó otra que exigir los abdominales y levantarme de un salto. La puta madre que lo parió.

Adelante mío salió Toto, que siempre quiere abrir la puerta. Cada vez que sale disparado tengo que gritarle que no, que un chiquito no puede abrir la puerta porque del otro lado puede haber algún hijo de puta esperando que un chiquito le abra para entrar a afanar. No se lo digo con esas palabras pero más o menos. Esta vez no fue la excepción porque le grité y el pibe fue igual. Tardé en encontrar la llave así que lo agarré recién cuando volvía:

- Pa, hay un señor que viene a pedir algo, no le entendí nada.

- ¿Cuántas veces te dije que no tenés que salir a abrir? ¿Cuántas veces te dije que es peligroso que un chico de tu edad…?

No pude seguir con mi discurso porque el pendejo se fue corriendo, ofendido. Lo único que me faltaba, que se me ofenda un hijo cuando le bajo línea con algo tan básico como una medida de seguridad que es de manual. La puta madre.

- Amigo, ¿tendrá un poco de agua para darme?

El grito llegó desde el otro lado del portón. Un vaso de agua no se le niega a nadie pero este tipo me venía a pedir uno justo en medio del partido. La puta madre. Le dije que me bancara, medio de mala gana. Fui directo a la heladera y agarré la primera botellita que encontré. Esas botellitas tienen dueño, siempre. Mis hijos se las preparan para llevarlas al colegio y putean cuando alguien se las chorea. Ellos putean y yo le digo al resto que está muy mal agarrar una botella ajena. Pero esa regla vale siempre salvo cuando estamos jugando la final de la Davis y un infeliz me hace levantar de mi platea preferencial. Así que la agarré de una, disparé para el portón y se la pasé al tipo por el hueco que queda entre el portón y la reja.

- Mirá que ya tengo botellita, no necesito otra.

- No importa, quedatelá.

Algo más me dijo pero no le di tiempo para nada y lo dejé hablando solo. Me volví al partido dando saltos de canguro para no perderme ni medio game más y medio me sentí un hijo de puta por ni siquiera haberle abierto la puerta para por lo menos verle la jeta. Pero el remordimiento me duró lo que tardé en acomodar mi anatomía entre mullidos almohadones moldeables para seguir disfrutando de un Del Potro brutal.

Cada tanto Toto se me aparecía para ponerme cara de culo y hacerme acordar que todavía estaba ofendido. Yo miraba para otro lado y el pendejo se ponía peor porque necesitaba que alguien viera lo mal que estaba. En su mirada podía ver que algo quería decirme pero su orgullo no se lo permitía, así que sólo se limitaba a ponerme cara de culo y darle patadas a todo lo sonoro que hubiera por allí.

Después vino la tremenda definición del partido en el quinto set, el paseo de Delbonis en el último turno y la vuelta olímpica. Gran festejo gran y la imagen del sediento que desapareció por completo de mi radar. Hasta hoy, cuando me agarró mi hermano José María Pizarro apenas llegué a casa de mis viejos:

- Che, gracias por ayer. Después de tanta bicicleteada, tu botellita de agua me vino al pelo. En una de esas la próxima aprovecho para hacerte una visita, si no te jode hacerme pasar.

Un cross al orgullo


Creí que ya había cubierto mi cuota de maratón del fin de semana cuando volví de un asado a las dos de la matina, me tiré dos horas, la busqué a la nena en el centro, repartija por el barrio, me tiré dos horas más y me levanté arrastrando mi anatomía para llevar a los pibes a la fiesta del deporte en Pilar. 

Creí que lo tenía cubierto hasta que me desayuno que la competencia deportiva es algo más que depositar a mis hijos en una cancha y echarme abajo de un árbol para alentarlos desde afuera entre cebada y cebada de unos buenos matungos. 

- Allá tenés que anotarte para el cross familiar. 

Mientras me señala la mesa de inscripciones, yo miro al pendejo de reojo como tratando de adivinar si aquello va en serio o es una jodita para hacerme transpirar a cuenta. El pibe me ve tambalear en la oscilación y me asesta una piña que me da de lleno en el orgullo:

- Hasta la mamá de Pipe corre. No creo que sea tan difícil. 

Diez minutos más tarde estamos todos en la línea de salida, elongando lo que podemos, bajo un sol calcinante que parece advertirnos, sobre todo a los más senior, que no se hace cargo de lo que pueda pasar aquí. La placa de Crónica es categórica: "llega el calor bochornoso a Buenos Aires y se instala con especial ensañamiento sobre Pilar". 

Grupo variopinto de pibes, padres y madres. Muchos osados coqueteando temerariamente con la insolación. Mis hijos se me paran al lado y me miran con un estado de excitación nivel perro-que-sale-de-paseo-después-de-una-semana-guardado. No pueden creer que ahí estemos, a punto de correr juntos el cross familiar. Yo tampoco. 

La velocidad de la cuenta regresiva va a contramano de la ansiedad contenida y el malón se dispara en violenta estampida mucho antes de la señal. Nadie regula ni un poco. Mejor. En la última recta me los como crudos. El menor me sigue el ritmo durante los primeros cien metros, correteándome al lado como si fuera un cuzco feliz de la vida por poder acompañar a su dueño. Pero se encuentra con un amigo y lo pierdo de vista. Decido hacer la mía porque bajar el ritmo puede ser letal. 

Los primeros quinientos metros son una recta interminable. Los recorro al lado de dos pendejos que juegan a pegarse y picar para que el otro no se la devuelva. Van cagándose de risa y yo siento que se me acaba el aire de sólo mirarlos. Cinco lugares más adelante la veo a la mamá de Pipe y encuentro ahí mi objetivo de carrera. Acelero un poco el paso y me le pongo a la par, como quien no quiere la cosa, mirando para otro lado. Logro sacarle algunos cuerpos y el orgullo le lleva un poco de oxígeno a unos pulmones que ya empiezan a pedir el cambio. 

La carrera se corre por adentro del predio, con varias idas y vueltas delimitadas por una cinta de plástico a cada lado de la pista. Pasando el primer codo me topo con el primer obstáculo: una zanja con agua. No tiene más de un metro de ancho pero a mí se me representa como el canal de la mancha. La mido y pego el salto. Llego con lo justo pero el pie de aterrizaje sólo apoya la punta y el talón oscilante en el aire provoca un leve estiramiento del gemelo cuando baja buscando dónde apoyarse. El pinchazo es leve así que me hago el boludo y sigo. 

En el segundo codo ya quedo de frente a la multitud que espera a los corredores, allá lejísimos. Cogoteo y los veo a los pibes propios que vienen unos veinte metros detrás. Y veo también a la mamá de Pipe que viene acelerando el ritmo y ganando posiciones. Hora de apretar el paso. Le meto un par de metros por hora más rápido y siento que un gremlin se me prende a la pantorrilla y me chanta un tarascón en el gemelo con todas sus fuerzas. Después aparece otro y repite la maniobra pero en la otra gamba. La recta se me hace cuesta arriba pero quemo cartuchos metiendo un pique desquiciado para alejarme lo máximo posible de la amenaza que avanza fresquita y a los saltitos como si recién hubiera arrancado la carrera. 

Ya estoy logrando mi objetivo pero la sonrisa se me borra de una voladora al mentón. Resulta que el final de la recta no es el final de la carrera. Hay que pegar un giro de ciento ochenta grados y volver casi la misma distancia y volver a pegar un giro completo y meterle una recta más. Siento en la nuca que la amenaza se acerca peligrosamente y no puedo evitar cogotear otra vez. No la veo por ningún lado. Alivio. Los veo a los pibes propios que se acercan a buen ritmo, de la mano. La vida es bella. Sigo a buen ritmo con el aire renovado.

Curva, contra curva y recta final en una abstracción casi mística. Manos a la cara para aclarar al vista, nublada por el calor. Recibo el número con el puesto de llegada, el ochenta y ocho, y me desplomo como si un francotirador me hubiera atravesado le bocha de lado a lado. 

Lo único que llego a ver cuando vuelvo en razón es a la mamá de Pipe. No estaba cruzando la meta, volvía del kiosco. En una mano llevaba una cocucha y en la otra el número de puesto. El sesenta y lpmqlp.

El señor Patterson nos pagaba por eso


Las reuniones con el señor Patterson se hacían siempre en su oficina porque el tipo era un obsesivo del control y la rutina. Todo tenía que ser previsible y no había lugar para las sorpresas. Al señor Patterson le gustaba navegar por el medio del canal y nos pagaba por eso.

El señor Patterson era el presidente de un grupo empresario multinacional que supo ser nuestro mejor cliente, por lejos, durante muchos años. Su oficina ocupaba todo el piso veinticuatro en una de las torres Catalinas y, hubiera o no algún asunto urgente para tratar, a él lo mismo lo apasionaba hacernos madrugar cada lunes y esperarnos con jugo exprimido y medialunas.

La ceremonia era siempre la misma: llegábamos puntuales, su asistente nos buscaba en recepción -tratando de no romperse un tobillo mientras hacía equilibrio sobre unos zapatos taco aguja de veinte centímetros- y nos hacía pasar a una salita contigua con sillones de cuerina negra y una mesita ratona llena de revistas que tenían a su jefe en la tapa con la única pose que sabía hacer. Allí esperábamos los siete minutos habituales -nunca uno más nunca uno menos- sin apoyarnos en el respaldo del silloncito para no transpirar la camisa.

En el momento oportuno volvía la asistente y nos acompañaba hasta una sala de reuniones en donde tranquilamente podría haberse organizado alguna vez un desafío de fútbol cinco de consultora versus clientes. La mesa era larguísima y en cada uno de los puestos había una pantalla táctil desde donde se podía hacer una presentación que se replicaba en una tele de medio millón y medio de pulgadas que ocupaba casi toda la superficie de una de las paredes. En la pared de enfrente había una foto área gigante de una de las empresas del grupo y el resto era un enorme ventanal que nos hacía sobrevolar el Río de la Plata.

El señor Patterson se demoraba tres minutos en aparecer desde que su asistente nos dejaba solos en la sala. Nunca uno más, nunca uno menos. Hacía su ingreso triunfal con una taza de té en la mano y repetía siempre las mismas palabras de apertura: “¿no les ofrecieron nada para tomar?”. Lo siguiente era desabrocharse un botón del saco del traje de cinco cifras dólar y dejarse caer sobre su sillón.

Las reuniones con el señor Patterson siempre tenían la misma estructura. Durante los primeros veinte minutos -nunca uno más, nunca uno menos- nos contaba sobre su fin de semana jugando al polo en su campo en Areco o haciendo kitesurf en la bahía San Borombón. Nosotros seguíamos sus relatos con mucha atención y le festejábamos cada gol en el último chucker y cada voltereta arriesgada en medio de vientos racheados, como si realmente nos interesara lo que nos decía. Nuestra escucha activa simulaba un interés genuino porque, en definitiva, nos pagaba también por eso.

El señor Patterson se había hecho instalar un sistema informático que hacía morir cualquier tecnología. Apenas cruzabas la puerta de la sala reuniones, dejaba de funcionar automáticamente el celular o la computadora o lo que fuera que tuvieras encima. Nunca dijo nada sobre su ardid y tuvimos que adivinarlo una vez que otro cliente, en medio de una crisis, nos puteó en arameo porque no pudo ubicarnos durante toda una mañana. Al señor Patterson le gustaba recibir toda nuestra atención y, en definitiva, nos pagaba también por eso.

La media hora siguiente a los relatos del fin de semana la usábamos para darle un panorama político y económico general sobre el país. El señor Patterson nos miraba con ceño fruncido y sólo sonreía cuando decíamos lo que él quería escuchar. Conocíamos de memoria los mensajes que eran música para sus oídos y los teníamos estratégicamente distribuidos en la presentación. Nada dejábamos librados al azar porque, en definitiva, nos pagaba también por eso.

El módulo siguiente eran veinte minutos de monólogo del señor Patterson, nunca uno más, nunca uno menos. A la hora señalada se levantaba de su sillón y daba vueltas a la mesa siempre en sentido de las agujas del reloj. La perorata versaba sobre su visión del mercado y venía condimentaba con técnicas teatrales que no podían más de vanidosas. Y nosotros le hacíamos la segunda a cada una de sus aseveraciones porque, en definitiva, nos pagaba también por eso.


El encuentro semanal se cerraba con un repaso sobre acciones y pasos a seguir. Teníamos diez minutos -nunca uno más, nunca uno menos- para mostrar lo bueno que éramos maquillando una relación que, sin una buena fachada, se caía pedazos a la primera ventisca. El señor Patterson tomaba notas en su libreta -tapa aterciopelada roja con sus iniciales en dorado- y prometía enviar un memo que nunca llegaba. Cuando el señor Patterson cerraba la libreta y le ponía el capuchón a su Mont Blanc Silver Solitaire, sabíamos que era hora de bajar el telón de esa pantomima semanal. Sin importar que hubiera algún otro tema más para abordar, había que levantarse y formar una fila para estirarle la mano al señor Patterson y agradecerle su tiempo. 

Al señor Patterson no se le hablaba ni se le escribía hasta el lunes de la semana siguiente. Porque, en definitiva, nos pagaba también por eso.