Me mandaron a la putanesca


El rescate emotivo de hoy tiene que ver con un episodio en el cual la sobredosis de ironía y sarcasmo que recorre mis venas me puso al borde de morir ultimado por un italiano iracundo.

Hace casi veinte años, recién recibido, tuve la suerte de pasar dos meses en Boston, mejorando el idioma y metiendo un par de cursos sobre temas más o menos relacionados con mi profesión. El estudio fue la excusa.

En la universidad donde yo paraba había unos cuantos argentinos pero yo les huía porque la idea era mezclarme un poco con otras culturas. Suena cliché pero era posta. Por eso el grupete de argentinos me bautizó “el amargo” y a mí eso me afectó tanto como me podría influir ahora que la ciencia haya encontrado una cola de dinosaurio emplumado preservada en ámbar. A ver si me dicen algo que no sepa.

Los cursos se dictaban durante la semana y los fines de semana las opciones no eran muchas. O agarrabas alguna actividad bien nacional y popular que organizaba la universidad, como por ejemplo ir a esquiar a Vermont, o te quedabas en Boston y aprovechabas para recorrer los alrededores en modo gasolero. Ésa era la única opción que yo estaba en condiciones de considerar. Y como los sábados y domingos en la universidad sólo había dos turnos de comida, yo bajaba temprano al comedor con mi bolsito forrado de hule y lo llenaba de sándwiches casi hasta donde el cierre me lo permitía. Cuando armaba los sándwiches me sentía como quien la tiene difícil para copiarse en un examen del colegio, porque había un mozo dando vueltas y yo estaba convencido de que su función era observar con atención para evitar que los alumnos se llevaran provisiones fuera de los límites del comedor. Con el tiempo me di cuenta que era sólo yo el que llevaba adelante tan descarada estratagema.

Descartados los argentinos, decidí armar mi propio grupo, bien variopinto. Había dos brasileros, un suizo, dos mexicanas, una sueca, un alemán y yo. Solíamos movernos juntos a todos lados y yo me esforzaba especialmente de no separarme de ellos, en especial del alemán y de uno de los brasileros porque tenían la extensión de tarjeta liberada y eran grandes invitadores.

El último fin de semana antes de volverme a Argentina, el alemán, que se llamaba Hans, sugirió al grupo ir a comer a un restaurante italiano muy top que había en el casco histórico de Boston. A mí me pareció una excelente idea salvo por un detalle. Hubo un silencio levemente incómodo entre la propuesta de Hans y la respuesta del resto. El resultado de la pausa deliberada fue el esperado porque Hans, algo resignado, agregó que él invitaba a todos.

Reservamos una mesa para ocho y llegamos medio temprano. Yo me pedí un plato de fetuccini alla putanesca que costaba casi lo mismo que el acumulado de lo que me había gastado durante por lo menos la última semana. El resto del grupo también se mandó con algunos platos bien tradicionales de la cocina tana y el alemán se jugó con un tinto que rajaba la tierra.  

Todo transcurría con enorme algarabía y jolgorio, sobre todo pensando que ese muerto lo levantaba Hans. Como era mi último fin de semana allá, decidí que ése era un buen momento para armar algún numerito que despertara las risas de mi público. Necesitaba despedirme con algo fuerte. Claramente me fui de mambo.

Ya estaban casi todos los platos servidos en la mesa. Probé mis fetuccini y llamé al mozo haciendo ademanes exagerados. En un inglés que había practicado mentalmente durante algunos minutos, le solté la pregunta sin mucha vuelta:

- ¿Para el sabor de estos fetuccini falta mucho?

Quería quedar como un jocoso bárbaro frente a mis amigos pero el único que agarró la cargada fue el mozo. Desapareció de la sala sin decir nada y al toque volvió con un gordo, más tano que la muzzarella, que dejaba ver su musculosa blanca por debajo de la camisa. Era el dueño del restaurante. El gordo tampoco dijo nada. Me agarró de la capucha del buzo que yo usaba ese día, me zamarreó violento y me llevó a los empujones hasta la calle mientras me gritaba sin ponerse colorado. Entre las miles de cosas que me dijo llegué a distinguir dos: “figlio di troia” y “Testa di cazzo”. No sabía qué significaban pero más o menos me imaginaba.

Atrás mío salieron los otros siete, despavoridos, sin entender una mierda de lo que estaba pasando. A ellos también los habían rajado. El tano nos blandía la cuchilla desde adentro como tratando de convencernos de no volver a pedir explicaciones. No volvimos.


Terminamos en un McDonald’s y cada uno se pagó su combo.

Es hora de contarlo y cerrar un capítulo



Por alguna razón que no termino de descular, esta mañana me levanté convencido de que hoy es el día para confesar un hecho de mi vida que me marcó duro y que archivé en algún rincón del orgullo durante más de veinte años.

Si no hablé hasta ahora, fue porque hasta hace muy poco tiempo tenía alguna esperanza de recibir ese llamado que sería el puntapié inicial hacia la gloria. Pero hay que saber cerrar capítulos y aceptar con hidalguía que las cosas pueden no resultar como una las proyecta.

Año mil novecientos noventa. Yo promediaba la secundaria y Argentina venía de perder la final del mundial con Alemania. El fútbol ocupaba el ochenta por ciento de mi rutina y en el otro veinte metía todo lo demás: colegio, familia, amigos. En el barrio ese año me tocó ser parte de un equipo temible que hacía bailar la tarantela a quien se le pusiera adelante. Jugábamos en la canchita que había el fondo de mi casa y en la que estaba enfrente de la casa de Javier Solanet. Por algún motivo, en ese momento se me metió en la cabeza que todo aquello ya me quedaba chico y me animé a pegar un salto de competitividad. O, mejor dicho, a intentar pegar ese salto.

Con un amigo de entonces cuyo nombre no voy a revelar (tal vez espere otros veinte años para darlo a conocer), respondimos a la convocatoria que nos había hecho llegar un tercero que nos había visto jugar a los dos y que, según su experiencia, nos pronosticaba grandes chances de quedar entre los elegidos.

La prueba era en la sede que la Fuerza Aérea tiene en Vicente López, sobre Libertador, y los tipos que nos iban a evaluar venían en nombre del club Defensores de Belgrano. Había que presentarse a las nueve de la mañana pero llegamos antes de las ocho, con un frío de cagarse y un viento que te hacía caminar en cuarenta y cinco grados.

Al rato de esperar parapetados debajo de un árbol, empezó a llegar gente y unos minutos antes de las nueve éramos como sesenta pibes. El capanga del proceso de selección era un gordo que calzaba una joggineta tres tiras verde acomodada sobre la segunda prominencia de su generoso vientre, buzo gris con capucha y unos botines adidas gastados sin atar. Lo acompañaba un flaquito que tenía un corte igualito al de Hugo Lamadrid y repetía todo lo que decía y hacía su compañero. Era su eco y su sombra.

El gordo acomodó la pelota en la mitad de la cancha y tuvo que apretarla bajo la suela para que no se la llevara el viento. Cuando hizo sonar el silbato con el poco oxígeno que parecía tener, la manada se disparó en estampida hasta el círculo central de esa cancha pelada y pedregosa que había perdido el pasto por un invierno que ese año fue especialmente fulero. Que fuera la última cancha, justo al lado del río, le daba a la escena un aspecto más desolado todavía.

- ¿De qué jugás, pibe?

No me esperaba ser el primer indagado y no supe qué responderle porque yo en esa época alternaba jugando de enganche y de delantero. Incluso a veces iba de dos. El gordo resopló impaciente y con una mirada asesina pareció preguntarme qué mierda hacía ahí. Lo mismo me preguntaba yo.

- Bueno, pensálo un rato y te vuelvo a preguntar cuando termine la ronda.

Me quedé mirando el piso durante toda la ronda, pensando que no había forma de superar ese nivel de pelotudez que mostré en mi primera intervención. Mientras la ronda avanzaba, yo iba tomando nota mental de los puestos que se iban nombrando y lo que me sorprendió fue que hubiera tan pocos delanteros. Había como diez arqueros y una banda de defensores y volantes. Delanteros había tres.

- Soy delantero, maestro.

El gordo se miró con Lamadrid y después me dedicó su segunda mirada asesina del día, como preguntándose de dónde tanta confianza. Dos intervenciones, dos cagadas. Un comienzo de manual.

La prueba era muy sencilla: se armaron cuatro equipos que iban rotando y cada uno se mataba por hacer su mejor papel en partidos de dos tiempos de quince minutos. Me mandaron de nueve y mi compañero de equipo era un enano que corría como si tuviera un petardo en el culo. La tiraba larga y nadie lo podía alcanzar. El petiso hacía todo bien salvo un detalle: no la largaba ni que le pusieras una veintidós en la cabeza.

La primera bola que toqué fue después de un despeje largo de nuestro arquero que vino para mi sector. La medí en el aire y me dispuse a matarla con el pecho y habilitar a algún compañero para ir a buscar la pared. Todo eso pasaba por mi cabeza justo en el instante en que un tren de carga con doscientos vagones cargados de acero sólido me agarró de espaldas, inesperado, y me hizo tragar un metro cúbico de polvo. Semi inconsciente, me tomé mi tiempo para levantarme, imaginando que todos mis compañeros y rivales estarían formando un círculo a mi alrededor para interiorizarse sobre mi estado de salud. Pero cuando logré reacomodar mi estructura ósea y darme vuelta en el piso, no había nadie. Ni siquiera el defensor que me había pegado el viaje. El partido seguía como si yo no existiera. Me paré como pude y volví a meterme en tema. Terminó el primer tiempo y ésa fue la única bola que toqué.

En el entretiempo el gordo empezó a meter cambios y me sentí número puesto para ir al banco. Pero por alguna razón el gordo quiso darme otra oportunidad y me dejó en la cancha. La confianza del gordo me envalentonó y promediando ese segundo tiempo tuve mi chance y no la desaproveché: el diez me la filtró entrelíneas y me dejó solo frente al arquero, con la bola viboreando por los piques irregulares que ofrecía esa cancha de mierda. Cerré los ojos y le di con todo el empeine. La bocha entró a media altura, bien pegada al palo, frente a una volada increíble del arquero que hizo todo más espectacular. Lo festejé con puño apretado pero sin exagerarla.

Fue mi última jugada porque el gordo me sacó y mandó a la cancha a un orco gigante que cuando nos cruzamos el hijo de puta me echó una mirada que me hizo temblar las piernas. En esa mirada pude leer un ni-se-te-ocurra-serrucharme-el-piso. Me acomodé a un costado de la cancha, calladito y me tiré encima todo lo que tenía en el bolso para hacerle frente al frío.

En el segundo partido jugué apenas diez minutos. Mostré alguna cosita pero no pude volver a mojar. Había unos flacos que la tenían atada con tanza pero no me sentí tanto menos que ellos. El balance claramente fue bueno y no podía disimular la sonrisa cuando el gordo nos convocó a la mitad de la cancha hacia el final de la mañana. Nos agradeció la participación y nos pidió los teléfonos, a todos, y nos dijo que estuviéramos atentos porque a algunos nos llamarían para una prueba final en la sede de Defensores.

Hace un tiempito decidí que ya era hora de alejarme del teléfono.

Y hoy lo cuento porque me pintó.


Feliz 2017. 

Nos devoran los de afuera


Mientras Del Potro y Cilic se cagaban a pelotazos en ese cuarto partido para el bypass, yo yacía echado como una morsa pero atento a cada jugada con la adrenalina al mango. Hasta las ganas de mear me aguantaba.

El primer timbrazo ni lo escuché. El segundo sí pero ni en pedo estaba en mis planes levantarme en ese momento, total siempre hay alguien para abrir. Pero sonó una tercera vez y ahí ya no quedó otra que exigir los abdominales y levantarme de un salto. La puta madre que lo parió.

Adelante mío salió Toto, que siempre quiere abrir la puerta. Cada vez que sale disparado tengo que gritarle que no, que un chiquito no puede abrir la puerta porque del otro lado puede haber algún hijo de puta esperando que un chiquito le abra para entrar a afanar. No se lo digo con esas palabras pero más o menos. Esta vez no fue la excepción porque le grité y el pibe fue igual. Tardé en encontrar la llave así que lo agarré recién cuando volvía:

- Pa, hay un señor que viene a pedir algo, no le entendí nada.

- ¿Cuántas veces te dije que no tenés que salir a abrir? ¿Cuántas veces te dije que es peligroso que un chico de tu edad…?

No pude seguir con mi discurso porque el pendejo se fue corriendo, ofendido. Lo único que me faltaba, que se me ofenda un hijo cuando le bajo línea con algo tan básico como una medida de seguridad que es de manual. La puta madre.

- Amigo, ¿tendrá un poco de agua para darme?

El grito llegó desde el otro lado del portón. Un vaso de agua no se le niega a nadie pero este tipo me venía a pedir uno justo en medio del partido. La puta madre. Le dije que me bancara, medio de mala gana. Fui directo a la heladera y agarré la primera botellita que encontré. Esas botellitas tienen dueño, siempre. Mis hijos se las preparan para llevarlas al colegio y putean cuando alguien se las chorea. Ellos putean y yo le digo al resto que está muy mal agarrar una botella ajena. Pero esa regla vale siempre salvo cuando estamos jugando la final de la Davis y un infeliz me hace levantar de mi platea preferencial. Así que la agarré de una, disparé para el portón y se la pasé al tipo por el hueco que queda entre el portón y la reja.

- Mirá que ya tengo botellita, no necesito otra.

- No importa, quedatelá.

Algo más me dijo pero no le di tiempo para nada y lo dejé hablando solo. Me volví al partido dando saltos de canguro para no perderme ni medio game más y medio me sentí un hijo de puta por ni siquiera haberle abierto la puerta para por lo menos verle la jeta. Pero el remordimiento me duró lo que tardé en acomodar mi anatomía entre mullidos almohadones moldeables para seguir disfrutando de un Del Potro brutal.

Cada tanto Toto se me aparecía para ponerme cara de culo y hacerme acordar que todavía estaba ofendido. Yo miraba para otro lado y el pendejo se ponía peor porque necesitaba que alguien viera lo mal que estaba. En su mirada podía ver que algo quería decirme pero su orgullo no se lo permitía, así que sólo se limitaba a ponerme cara de culo y darle patadas a todo lo sonoro que hubiera por allí.

Después vino la tremenda definición del partido en el quinto set, el paseo de Delbonis en el último turno y la vuelta olímpica. Gran festejo gran y la imagen del sediento que desapareció por completo de mi radar. Hasta hoy, cuando me agarró mi hermano José María Pizarro apenas llegué a casa de mis viejos:

- Che, gracias por ayer. Después de tanta bicicleteada, tu botellita de agua me vino al pelo. En una de esas la próxima aprovecho para hacerte una visita, si no te jode hacerme pasar.

Un cross al orgullo


Creí que ya había cubierto mi cuota de maratón del fin de semana cuando volví de un asado a las dos de la matina, me tiré dos horas, la busqué a la nena en el centro, repartija por el barrio, me tiré dos horas más y me levanté arrastrando mi anatomía para llevar a los pibes a la fiesta del deporte en Pilar. 

Creí que lo tenía cubierto hasta que me desayuno que la competencia deportiva es algo más que depositar a mis hijos en una cancha y echarme abajo de un árbol para alentarlos desde afuera entre cebada y cebada de unos buenos matungos. 

- Allá tenés que anotarte para el cross familiar. 

Mientras me señala la mesa de inscripciones, yo miro al pendejo de reojo como tratando de adivinar si aquello va en serio o es una jodita para hacerme transpirar a cuenta. El pibe me ve tambalear en la oscilación y me asesta una piña que me da de lleno en el orgullo:

- Hasta la mamá de Pipe corre. No creo que sea tan difícil. 

Diez minutos más tarde estamos todos en la línea de salida, elongando lo que podemos, bajo un sol calcinante que parece advertirnos, sobre todo a los más senior, que no se hace cargo de lo que pueda pasar aquí. La placa de Crónica es categórica: "llega el calor bochornoso a Buenos Aires y se instala con especial ensañamiento sobre Pilar". 

Grupo variopinto de pibes, padres y madres. Muchos osados coqueteando temerariamente con la insolación. Mis hijos se me paran al lado y me miran con un estado de excitación nivel perro-que-sale-de-paseo-después-de-una-semana-guardado. No pueden creer que ahí estemos, a punto de correr juntos el cross familiar. Yo tampoco. 

La velocidad de la cuenta regresiva va a contramano de la ansiedad contenida y el malón se dispara en violenta estampida mucho antes de la señal. Nadie regula ni un poco. Mejor. En la última recta me los como crudos. El menor me sigue el ritmo durante los primeros cien metros, correteándome al lado como si fuera un cuzco feliz de la vida por poder acompañar a su dueño. Pero se encuentra con un amigo y lo pierdo de vista. Decido hacer la mía porque bajar el ritmo puede ser letal. 

Los primeros quinientos metros son una recta interminable. Los recorro al lado de dos pendejos que juegan a pegarse y picar para que el otro no se la devuelva. Van cagándose de risa y yo siento que se me acaba el aire de sólo mirarlos. Cinco lugares más adelante la veo a la mamá de Pipe y encuentro ahí mi objetivo de carrera. Acelero un poco el paso y me le pongo a la par, como quien no quiere la cosa, mirando para otro lado. Logro sacarle algunos cuerpos y el orgullo le lleva un poco de oxígeno a unos pulmones que ya empiezan a pedir el cambio. 

La carrera se corre por adentro del predio, con varias idas y vueltas delimitadas por una cinta de plástico a cada lado de la pista. Pasando el primer codo me topo con el primer obstáculo: una zanja con agua. No tiene más de un metro de ancho pero a mí se me representa como el canal de la mancha. La mido y pego el salto. Llego con lo justo pero el pie de aterrizaje sólo apoya la punta y el talón oscilante en el aire provoca un leve estiramiento del gemelo cuando baja buscando dónde apoyarse. El pinchazo es leve así que me hago el boludo y sigo. 

En el segundo codo ya quedo de frente a la multitud que espera a los corredores, allá lejísimos. Cogoteo y los veo a los pibes propios que vienen unos veinte metros detrás. Y veo también a la mamá de Pipe que viene acelerando el ritmo y ganando posiciones. Hora de apretar el paso. Le meto un par de metros por hora más rápido y siento que un gremlin se me prende a la pantorrilla y me chanta un tarascón en el gemelo con todas sus fuerzas. Después aparece otro y repite la maniobra pero en la otra gamba. La recta se me hace cuesta arriba pero quemo cartuchos metiendo un pique desquiciado para alejarme lo máximo posible de la amenaza que avanza fresquita y a los saltitos como si recién hubiera arrancado la carrera. 

Ya estoy logrando mi objetivo pero la sonrisa se me borra de una voladora al mentón. Resulta que el final de la recta no es el final de la carrera. Hay que pegar un giro de ciento ochenta grados y volver casi la misma distancia y volver a pegar un giro completo y meterle una recta más. Siento en la nuca que la amenaza se acerca peligrosamente y no puedo evitar cogotear otra vez. No la veo por ningún lado. Alivio. Los veo a los pibes propios que se acercan a buen ritmo, de la mano. La vida es bella. Sigo a buen ritmo con el aire renovado.

Curva, contra curva y recta final en una abstracción casi mística. Manos a la cara para aclarar al vista, nublada por el calor. Recibo el número con el puesto de llegada, el ochenta y ocho, y me desplomo como si un francotirador me hubiera atravesado le bocha de lado a lado. 

Lo único que llego a ver cuando vuelvo en razón es a la mamá de Pipe. No estaba cruzando la meta, volvía del kiosco. En una mano llevaba una cocucha y en la otra el número de puesto. El sesenta y lpmqlp.

El señor Patterson nos pagaba por eso


Las reuniones con el señor Patterson se hacían siempre en su oficina porque el tipo era un obsesivo del control y la rutina. Todo tenía que ser previsible y no había lugar para las sorpresas. Al señor Patterson le gustaba navegar por el medio del canal y nos pagaba por eso.

El señor Patterson era el presidente de un grupo empresario multinacional que supo ser nuestro mejor cliente, por lejos, durante muchos años. Su oficina ocupaba todo el piso veinticuatro en una de las torres Catalinas y, hubiera o no algún asunto urgente para tratar, a él lo mismo lo apasionaba hacernos madrugar cada lunes y esperarnos con jugo exprimido y medialunas.

La ceremonia era siempre la misma: llegábamos puntuales, su asistente nos buscaba en recepción -tratando de no romperse un tobillo mientras hacía equilibrio sobre unos zapatos taco aguja de veinte centímetros- y nos hacía pasar a una salita contigua con sillones de cuerina negra y una mesita ratona llena de revistas que tenían a su jefe en la tapa con la única pose que sabía hacer. Allí esperábamos los siete minutos habituales -nunca uno más nunca uno menos- sin apoyarnos en el respaldo del silloncito para no transpirar la camisa.

En el momento oportuno volvía la asistente y nos acompañaba hasta una sala de reuniones en donde tranquilamente podría haberse organizado alguna vez un desafío de fútbol cinco de consultora versus clientes. La mesa era larguísima y en cada uno de los puestos había una pantalla táctil desde donde se podía hacer una presentación que se replicaba en una tele de medio millón y medio de pulgadas que ocupaba casi toda la superficie de una de las paredes. En la pared de enfrente había una foto área gigante de una de las empresas del grupo y el resto era un enorme ventanal que nos hacía sobrevolar el Río de la Plata.

El señor Patterson se demoraba tres minutos en aparecer desde que su asistente nos dejaba solos en la sala. Nunca uno más, nunca uno menos. Hacía su ingreso triunfal con una taza de té en la mano y repetía siempre las mismas palabras de apertura: “¿no les ofrecieron nada para tomar?”. Lo siguiente era desabrocharse un botón del saco del traje de cinco cifras dólar y dejarse caer sobre su sillón.

Las reuniones con el señor Patterson siempre tenían la misma estructura. Durante los primeros veinte minutos -nunca uno más, nunca uno menos- nos contaba sobre su fin de semana jugando al polo en su campo en Areco o haciendo kitesurf en la bahía San Borombón. Nosotros seguíamos sus relatos con mucha atención y le festejábamos cada gol en el último chucker y cada voltereta arriesgada en medio de vientos racheados, como si realmente nos interesara lo que nos decía. Nuestra escucha activa simulaba un interés genuino porque, en definitiva, nos pagaba también por eso.

El señor Patterson se había hecho instalar un sistema informático que hacía morir cualquier tecnología. Apenas cruzabas la puerta de la sala reuniones, dejaba de funcionar automáticamente el celular o la computadora o lo que fuera que tuvieras encima. Nunca dijo nada sobre su ardid y tuvimos que adivinarlo una vez que otro cliente, en medio de una crisis, nos puteó en arameo porque no pudo ubicarnos durante toda una mañana. Al señor Patterson le gustaba recibir toda nuestra atención y, en definitiva, nos pagaba también por eso.

La media hora siguiente a los relatos del fin de semana la usábamos para darle un panorama político y económico general sobre el país. El señor Patterson nos miraba con ceño fruncido y sólo sonreía cuando decíamos lo que él quería escuchar. Conocíamos de memoria los mensajes que eran música para sus oídos y los teníamos estratégicamente distribuidos en la presentación. Nada dejábamos librados al azar porque, en definitiva, nos pagaba también por eso.

El módulo siguiente eran veinte minutos de monólogo del señor Patterson, nunca uno más, nunca uno menos. A la hora señalada se levantaba de su sillón y daba vueltas a la mesa siempre en sentido de las agujas del reloj. La perorata versaba sobre su visión del mercado y venía condimentaba con técnicas teatrales que no podían más de vanidosas. Y nosotros le hacíamos la segunda a cada una de sus aseveraciones porque, en definitiva, nos pagaba también por eso.


El encuentro semanal se cerraba con un repaso sobre acciones y pasos a seguir. Teníamos diez minutos -nunca uno más, nunca uno menos- para mostrar lo bueno que éramos maquillando una relación que, sin una buena fachada, se caía pedazos a la primera ventisca. El señor Patterson tomaba notas en su libreta -tapa aterciopelada roja con sus iniciales en dorado- y prometía enviar un memo que nunca llegaba. Cuando el señor Patterson cerraba la libreta y le ponía el capuchón a su Mont Blanc Silver Solitaire, sabíamos que era hora de bajar el telón de esa pantomima semanal. Sin importar que hubiera algún otro tema más para abordar, había que levantarse y formar una fila para estirarle la mano al señor Patterson y agradecerle su tiempo. 

Al señor Patterson no se le hablaba ni se le escribía hasta el lunes de la semana siguiente. Porque, en definitiva, nos pagaba también por eso.

Un pelotudo graduado con honores




No sé de qué carajo se ríe el gringo. Lo tengo sentado al lado y hace media hora que trata de seguir la charla del resto. Si en un ambiente silencioso el tipo ya entiende poco y nada de castellano, con este quilombo de música y murmullo insoportable que hay en el restaurante directamente está en pelotas. Pero el gringo se ríe con ojos achinados como quien sigue el hilo de la conversación porque no quiere incomodar. A mí me incomoda mucho.

El gringo se llama Casey y es el capo global de un área cuyo nombre completo no te entra en una tarjeta personal. Vino por un par de días en uno de esos viajes que se inventan para hacer un poco de turismo por países exóticos y de paso repasar alguna cuestión de laburo. Como cada vez que viene un peso pesado, siempre a alguno de los boludos locales le toca sacarlo a comer a algún boliche a los que ni en pedo iríamos si la tuviéramos que poner nosotros. Hoy me toca a mí. Y como no quería tener un mano a mano con el gringo, busqué desesperadamente que alguien más se sacrificara por la causa. El único que agarró viaje fue Gerardo, un pelotudo profesional que no pierde oportunidad de hacer política para avanzar algún casillero en su perversa carrera de progreso corporativo a base de humo. Lo dejé a Gerardo elegir el restaurante porque me gusta hacerle la segunda cuando se la da de especialista gourmet. Terminamos en Lola, sobre la costanera, y a último momento se sumó también Sebastián, otro pelotudo que anda al salto por un bizcocho.

El restaurante está hasta las manos y la espera se hace larga. Cuando el mozo aparece pidiendo disculpas por la demora, Gerardo se adueña totalmente de la escena y nos primerea para agarrar la carta de vinos. “El vino me lo dejan a mí”, dice mientras se saca los anteojos del bolsillo del saco. Recorre las páginas de la carta con deliberada parsimonia  y se decide por el vino más caro, total paga la corpo. El mozo asiente fuerte la elección y a los dos minutos vuelve con la botella para que Gerardo la analice con atención. Está todo ok así que sirve un fondito en la copa de Gerardo, que infla el pecho y pone en escena la pantomima de la ceremonia de cata: mira fijo la copa, la huele, la mueve en círculos, vuelve a olerla y se manda un sorbo. Mantiene el líquido por unos segundos, se lo traga y repiquetea los labios con la mirada perdida a media altura. Algunos segundos de deliberación y el fallo inapelable que cae como mazazo: “No señor, este vino no está bueno. Hacéme el favor de cambiarlo”. El mozo ensaya una tímida defensa pero Gerardo no le da margen y lo aleja con un gesto que roza lo despreciable. Mientras siento el impulso de saltar sobre la mesa para sacudirle con el empeine a la altura del mentón, el mozo apoya la botella de vino en la mesa auxiliar que hay justo detrás de Gerardo y va en busca de una segunda botella.

No hay forma de que el tema de conversación se mueva de los carriles corporativos y decido entretenerme buscando el mejor ángulo para sacarle una foto al pelado de la otra mesa que no puede ser más parecido a Bruce Willis. No es fácil porque el pelado no se queda quieto. El gringo me adivina aburrido y pregunta por mi familia y le digo que bien gracias. Fin de la conversación.

El mozo de la otra mesa pasa por al lado de la nuestra y percibe que todos tenemos nuestras copas vacías y que hay una botella en la mesa auxiliar, la que había dejado el mozo anterior. Sin preguntarle a nadie, toma la botella y le vuelve a servir a Gerardo, que nunca lo ve porque el muy hijo de puta ni siquiera se da vuelta para mirarlo a los ojos. Sin darse cuenta de que es otro mozo, Gerardo toma la copa y repite la farsa de la cata. Segundos de suspenso y el veredicto que no hace más que confirmar su condición de pelotudo graduado con honores: “Ahora sí, maestro, este sí que está bueno”.


Efecto guillotina


La reunión estaba pautada para las ocho y media, en punto. Yo no tenía ni dos días en esa empresa y Osvaldo, mi jefe, me había convocado para ponerle plazo al millón y medio de asuntos que habían quedado colgados del pincel cuando a mi antecesor se le pelaron los cables y se fue a vivir a una granja menonita en La Pampa. También convocó a Héctor, un histórico que durante los treinta años que estuvo en la empresa fue rotando por todos lados. Le decíamos superintendente porque el hijo de puta se sabía de punta a punta cualquier proceso y siempre tenía una respuesta para todo. A Héctor no le entraba una sola bala, era un inimputable que nunca iban a rajar porque para pagarle la indemnización hubieran necesitado vender acciones de la empresa.

En mi primer día de laburo, Héctor me llevó hasta la máquina de café empetrolado para darme algunas directivas informales sobre la empresa. Me dijo que lo más importante para Osvaldo era la puntualidad. El tipo era un enfermo de la puntualidad. Me contó que en la primera reunión de equipo (yo todavía no estaba en la empresa) la gente llegó quince minutos tarde y el flaco, con lágrimas en los ojos, les contó que él amaba tomar el desayuno con sus hijos pero que ese día no había podido hacerlo para poder llegar puntual a la reunión y que, por ende, cada uno de los que habían llegado tarde lo que hicieron fue cagarse en sus hijos. Así de jodido era el Osvaldo.

El día del encuentro decidí llegar a las siete y media para no estar ni cerca de cagarme en sus hijos. En la oficina no estaba ni el sereno. Me preparé el mate y me puse a leer un mail desordenado que Osvaldo me había mandado para ponerme al tanto de los asuntos pendientes. Después de leer el mail unas cuatro o cinco veces, el quilombo en mi cabeza era todavía mayor. Osvaldo manejaba la gramática y el estilo como yo la mecánica cuántica. Me fui haciendo algunas anotaciones como para no quedar en pelotas pero llegó un momento en que seguir leyendo hubiera sido más contraproducente todavía.

A eso de las ocho apareció Osvaldo y pasó por mi box. Sin sacarse el sobretodo ni largar el portafolio se señaló el reloj e hizo un movimiento de labios clarito: “ocho y media, ni un minuto después”. Todavía faltaba media hora. Al que no veía por ningún lado era a Héctor. Sus cosas estaban sobre su escritorio pero el tipo no estaba. A las ocho y diez Osvaldo volvió a pasar por mi box y me dijo que la íbamos a adelantar diez minutos porque le había surgido algo pero que no encontraba a Héctor por ningún lado. “Buscálo por todos lados, ya”, me dijo sin darme mucho margen. Héctor no estaba en su oficina, no estaba en la máquina de café, no estaba en los pasillos. Tenía que estar en el baño.

Los baños de la multinacional tienen una zona común, de lavatorios y meaderos, y una zona de compartimentos para cuando hace falta despedir algún amigo del interior. En la zona común Osvaldo no estaba pero uno de los cinco compartimentos tenía la puerta cerrada. Era una opción. Cuando me debatía entre si golpearle la puerta o no, escuché que sonaba un ringtone de Benny Hill desde adentro del cubículo. Sonó dos veces y se cortó. Volvió a sonar dos veces, se cortó. Sonó por tercera vez y se escuchó clarito: “¿Qué mierda le pasa a este viejo puto? Ya ni se puede cagar tranquilo”. Era la voz de Héctor. El teléfono volvió a sonar dos o tres veces más. “Pero la concha de su puta madre”.

La puteada de Héctor todavía rebotaba en esas paredes inmaculadas cuando se abrió la puerta principal de golpe. Era Osvaldo. Me miró y se miró el reloj. Eran las ocho y veintiuno. Mientras yo me lavaba las manos a toda velocidad, Osvaldo pegó un grito como medio desproporcionado. “Héctor, ¿estás ahí?”. Silencio. “Héctor, sé que estás ahí. En dos minutos en mi oficina” y se fue dando portazo. Héctor apareció desde el cubículo terminando de abrocharse los pantalones y con la cara casi desfigurada. Avanzó dando pasos cortos hasta el lavatorio y abrió la canilla caliente. No parecía apurado. Me lo quedé mirando un rato y le pregunté si necesitaba algo. “Gracias, estoy bien. Lo que pasa es que es la primera vez en mi vida que un jefe me obliga a aplicar la guillotina. Esto en una granja menonita no te pasa ni en pedo”.