Al líder carismático lo sigo queriendo



La pendeja lucía remera verde con un logo gigante del Municipio de Tigre. Un logo horrible que inventó Massa cuando asumió y que consiste en una cabeza de tigre de Bengala, que no tiene nada que ver con el felino que bajó por el río sobre un camalote hace una parva de años y que fue justamente lo que le dio el nombre al municipio. 

La muchachita arrastraba una pinta de puntera planera que se le veía a una cuadra. No sólo la mandaba al frente la vincha roja con la inscripción +A 2015, sino mucho más una mirada asesina y altanera que sostenía desde su metro cuarenta de altura. La arrogancia de los que se creen parte del bando ganador. El piercing que le atravesaba de lado a lado la nariz como si fuera la hija de Shaka Zulu, si bien me provocó un pequeño reflujo de acidez, nada tuvo que ver con esta primera impresión. Casi nada.

La doncella avanzaba por la misma vereda que yo pero por el lado opuesto. Yo llevaba una especie de changuito y la mina enseguida supo que íbamos al mismo lugar. Por eso apuró el paso para llegar antes y ganarme el turno. 

El almacén es de esos almacenes bien de barrio. Un poco porque son de los que entrás y te encontrás de todo, desde alpargatas con suela de yute hasta un bon o bon que reposa sobre un mostrador polvoriento y que si lo llevas mejor no le mires la fecha de vencimiento. Y otro poco por el ritmo lento y perezoso que despliegan las dos hermanas octogenarias que lo atienden. Por esto último el apuro de la señorita. Un turno puede ser la diferencia entre volver más o menos en horario y exasperarte hasta límites insospechados ante tanta parsimonia de movimientos y charlas eternas.

Como en el almacén había un solo cliente, teníamos a una de las ancianas atendiendo y a la otra echada sobre una silla de plástico abanicándose con el mismo diario que usan para envolver los huevos frescos. 

La damisela militante sonrió aliviada y satisfecha porque la movida le había salido bien. Ese segundo de ventaja fue determinante. Creo que hasta me echó una miradita de desprecio, como queriendo decir que el vivo siempre gana.

La octogenaria tomó aire y se levantó como pudo de la silla. Se sacó la transpiración de la cara con un repasador y fue a buscar un pan lactal, las papas fritas y la mayonesa que le pidió la pendeja. También le pidió queso fresco, que la señora cortó con una cuchilla gigante y estuvo un rato envolviéndolo lo más prolijo que podía con un papel blanco y chantándole cinta scotch en los bordes como si estuviera armando un paquete de regalo.

En eso estaban cuando el otro cliente terminó y me llegó el turno a mí, antes de que la pendeja terminara lo suyo.

Pedí fiambre. 

La cara de la mina manifestó una leve crispación. Por cómo venía la mano, era de cajón que ella también iba a pedir fiambre, pero el almacén tiene una sola máquina para cortarlo. La pendeja encaró a la vieja que me estaba atendiendo:

- Disculpáme. Yo llegué primera. Así que hacéme el favor y cortáme a mí primero. Después seguís con él.

En otra época más virulenta de mi vida la habría mandado a freír churros y amasar bolas de fraile junto a toda su familia y compañeros militantes. Pero los años pasan y hay que hacer algo para moderar el temperamento.

- Hacé como quieras. Si a vos te parece que te toca a vos, todo bien, dale para adelante. 

Se lo dije sin darme vuelta. No podía mirarla a los ojos. Ni a ella ni al tigre de la remera. 

La pendeja resopló satisfecha y se acercó con paso pesado hasta la cortadora de fiambre, donde la almacenera todavía manipulaba la mortadela para completar los trescientos gramos que yo le había pedido.

- Mortadela no voy a querer. Podes guardarla y poner el queso.

- El queso lo voy a poner cuando te toque a vos, m'hijita. Ahora le estoy cortando al chico y cuando termine con él te atiendo.

Una descarga de euforia me pegó tremenda sacudida y tuve que apelar a recursos extremos para aguantarme la carcajada. La caricia más grande de la señora fue lo de "chico". Y la otra fue sentir la ebullición de la pendeja, que se reseteó automáticamente porque la respuesta de la vieja ni en pedo estaba entre las esperables. Y si me apuras, te digo que hasta el tigre de la remera puso cara de orto.

En principio mi idea era pedir sólo mortadela. Pero terminé pidiendo también fiambrin, queso, paleta, jamón crudo, bondiola y salchichón. Cien gramos de cada uno, porque la demora más grande -fruto de la ecuación edad + movilidad de la señora almacenera- siempre se da en el cambio de un fiambre a otro. La pendeja era una salamandra a punto de estallar. A cada cambio de fiambre era un concierto de chistazos y resoplidos. La vieja inmutable.

Casi veinte minutos duró la joda. Terminé, pedí un par de cositas más y me rajé silbando bajo, con la mirada asesina de la pendeja clavada en la nuca, pero tranquilo como caballo de fotógrafo. Año nuevo, humor nuevo. Y al líder carismático de la muchacha en el fondo lo sigo queriendo. Por lo menos hasta que muera la LED que me regaló por estar al día con mis impuestos.

Massa tiene mi voto




Hace diecisiete años, Ronald y sus amigos me regalaron una televisión JVC 29 pulgadas. Fue en una raspadita, un mes antes del mundial. Un golazo desde todos los ángulos. Los detalles los pueden encontrar ACÁ

Año 2015, año de elecciones nacionales. Sacando a algún tapado del oficialismo, parece que la cuestión se define entre Macri, Scioli y Massa. Los tres ya se largaron a una campaña violenta y no se ponen colorados a la hora de echar mano a cualquier recurso para hacerse de un voto.

¿Qué carajo tiene que ver una cosa con otra? Te cuento.

Después de ochocientos partidos de fútbol, alguna que otra película romántica y todo el abanico infantil que forma parte del chupete electrónico que nos da el respiro diario fundamental, la JVC dijo basta y falleció dignamente. Fue muy lindo mientras duró. Costó deshacerse de ella porque el valor sentimental era fuerte. Así fue que, después de someternos a un par de técnicas de psicología por internet, con mi jermu tuvimos la fortaleza suficiente como para agarrar el enorme aparato y depositarlo en la calle. Y luego, abrazados debajo del pórtico, lo vimos marchar en el manubrio de la bicicleta del muchacho que se lo llevó apenas lo pusimos en la vereda.

Tres días después de este suceso, tocaron el timbre de casa. Señorita con tacos y exceso de revoque preguntó por el dueño de casa. Soy yo. Bien, necesito que me dé sus datos completos. Y usted quién es. Vengo de la Municipalidad de Tigre a acercarle una notificación. La puta madre, saltó otra deuda  (la puteada fue mental). No deben nada, su casa salió sorteada entre otras setenta mil y se ganó el premio que entregamos a quienes están al día con la tasa municipal. Apa.

El LED 32 pulgadas LG lo tengo que buscar en un par de semanas, en acto formal donde nos tomarán fotos recibiendo el premio, para luego subir a la página y poder mostrar que hay vecinos que son recompensados por no atrasarse con una cuota que trepa desenfrenada mes a mes.

Massa, mi ahora gran amigo: contá con mi voto. El de la patrona no te lo puedo asegurar.

Fue más fácil llegar a la luna


A principios de este año me lo juramenté. Antes de que termine 2014 vuelvo a las canchas.

Feo desgarro en el aductor, con dos recaídas, me habían obligado a una hibernación eterna que rozó el límite de lo humanamente soportable para alguien que mira al mundo con ojos más esféricos que lo normal. Y como la promesa que hizo JFK por el año 62 ("antes de que termine la década vamos a llegar a la luna"), la mía también se cumplió sobre la chicharra del plazo comprometido.

Fue con compañeros del laburo. Yo quería un picado terapéutico con nivel y exigencia sólo comparables con un tres contra tres con hijos y sobrinos. Pero en algún momento alguien decodificó mal y la cosa terminó en un desafío de mi sector contra otro. Chicanas por los pasillos durante toda la semana previa y charlas en la maquina de café intentando definir un esquema táctico de un equipo con jugadores que nunca se habían visto las caras adentro de una cancha de fútbol.

El día del desafío invertí cuatro horas en la previa, primero tratando de encontrar los botines en mi casa y después, antes de arrancar, trotando liviano y elongando todos los músculos que conozco.

La excesiva preparación, fruto de una alteración del ánimo que produce angustia ante un peligro o un eventual perjuicio (concepto comúnmente conocido como cagazo), no hizo más que generar en mi organismo algunos cambios repentinos que denotaban un estado físico tal vez no del todo alineado con el compromiso que tenía frente a mis narices. Mis compañeros me preguntaban si estaba bien y yo levantaba el pulgar mientras respiraba profundo y dosificaba la salida del aire para que no fuera tan evidente que en ese momento habría dado mi reino por un pulmotor.

Nuestro equipo no tenía un arquero natural. Cuando hicimos la rondita previa, todos se autodefinieron como "defensores aguerridos" o "rústicos voluntariosos". Un golpe duro a cualquier aspiración de ganarle a unos flacos que en ese momento entrenaban en el otro arco deslizándose en el aire como gacelas y tirando algunos lujos como si fueran jugadores de la play.

Me ofrecí entonces para ir al arco. De arranque nadie se opuso, pero cuando en dos llegadas me hicieron dos goles sin que llegara siquiera a tocar la pelota, muy gentilmente me preguntaron si no quería mejor correr un poco y dejarle el puesto a alguien con manos.

Cuestión que me mandaron arriba porque logré que creyeran que la momia que tenían antes sus ojos, alguna vez fue goleador de un torneo. En el primer tiempo toqué la bola cinco veces y una fue gol. Promedio más que suficiente. En el segundo tiempo la cosa se puso peluda. Las gambas ya casi no respondían y en un momento dos pitufos se me prendieron a las pantorrillas y ya no corrí más.

Como no teníamos suplentes, tuve que volver al arco. Para mis compañeros era eso o jugar con uno menos. Después de meditarlo un rato, decidieron darme una oportunidad y me tiraron de vuelta los guantes. Lo mal que hicieron, porque en esos cinco minutos finales me clavaron dos pepas y lo que era una derrota digna (tipo Los Pumas en casi todos sus partidos), terminó siendo un 6 a 2 abajo que en los libros de estadísticas es un muerto difícil de levantar.

La euforia por no resentirme del desgarro era lo único que, literalmente, me mantenía en pie. De todas formas la sentencia final la tiró el encargado de las encomiendas. Un viejo lobo futbolero con pinta de entrenador eterno del ascenso, que había visto todo el partido desde atrás del alambrado. El tipo me cruzó al día siguiente y me invitó a acercarme haciéndome el típico gestito con el dedo índice. El viejo miró para los dos lados, como si me estuviera por revelar algo que nadie podía escuchar, y me dijo bien pausado:

- Vos tenes algo del Bichi Fuertes HOY...

Remarcó con tanta vehemencia la palabra HOY, que no escuché nada más de lo que dijo.

Siempre le tuve cariño al Bichi Fuertes. Un gran tipo afuera de la cancha y un oportunista del gol cuando jugaba. Y eso fue hace unos cuantos años.

Feliz año nuevo para todos!

El WhatsApp no es para cualquiera



Tips elementales para no morir subyugado por esta tecnología del orto


Okey, le doy la derecha al que dijo que whatsApp es una de las innovaciones tecnológicas más trascendentales desde que se inventó un control remoto que viene con abridor de cerveza y un dedo con punta para rascarse.

Pero eso no nos exime de manejarnos con prudencia y seguir algunos lineamientos básicos, que hoy traduzco en estos siete tips elementales, fundamentales y esenciales para que esta tecnología del orto no termine subyugándonos por completo. Tomen nota.   

1. Escribir palabras abreviadas o cambiando letras es de adolescente. O sea, si sos uno de los que vio en directo el gol de Maradroga a los ingleses mientras te bajabas una kesbun, entonces ya NO tenés edad para usarlas. Es como la veterana que se hace el mismo peinado que su hija y en la fiesta de quince bailan juntas la macarena como si nadie se diera cuenta de que entre las dos hay por lo menos siete mundiales de diferencia. Usá lenguaje adulto. Hacéme y hacéte ese favor.

2. Manejáte con mesura a la hora de meterte en un grupo. Si tu hijo va a clases de karate no hace falta que te sumes al grupo de padres. ¿De qué carajo van a chatear?, ¿de que si pagás la cuota en término el profe te hace descuento en la tintorería?, ¿de la filosofía de Bruce Lee de buscar el no camino como camino y la no limitación como limitación? En serio, huíle a los armadores de grupos compulsivos si no querés caer en algún tipo de trastorno psicosocial.

3. Las preguntas generales al grupo SÓLO se responden cuando agregan valor. Si por ejemplo una integrante del grupo de madres de hijas que hacen gimnasia rítmica pregunta a las otras setenta y cuatro madres si alguna encontró el gel que su hija olvidó en el salón de ensayos, no es necesario, repito NO. ES. NECESARIO. que las setenta y cuatro contesten "yo no". El silencio es suficiente.

4. El entusiasmo por pasar un video o foto o comentario jocoso puede ser un atentado contra tu estabilidad laboral o familiar o conyugal. Contá hasta treinta y fijáte bien a quién se lo estás mandando. Si tenés un grupo con ex compañeros de celda, aseguráte de buscarle un nombre bien representativo y fácilmente identificable porque cualquier mínima confusión puede ser letal. Mandar a tus suegros un video de tu último viaje “de pesca” con esos amigos, en donde lo más inocente que hicieron fue enhebrarse a un pato silvestre, puede generarte un quilombo del que no te va a salvar ni Caruso Lombardi.

5. No tengas a tu jefe en WhatsApp. No sólo para evitar que te tenga agarrado de los huevos las veinticuatro horas del día sino también para achicar al máximo las chances de algún desliz que puede salirte caro. Cuando por ejemplo querés mandarle a tus compañeros de laburo un chat diciendo algo como “che, ¿vieron cómo se vino hoy el chancho enjabonado?” y en lugar de mandarlo a ese grupo se lo mandás a tu jefe, conocido justamente como chancho enjabonado.

6. El respondedor con delay debe ser desterrado de cualquier grupo. No hay que tenerle piedad al tipo que te sigue una conversación que terminó hace como cinco temas. Escarnio público a esta clase de especímenes que vienen con menos timing que Mauro Laspada con ligamentos cruzados. Y el mismo trato para el flaco que te manda una foto acariciando una marmota de vientre amarillo en el Parque Nacional Yosemite o ensayando una cabriola en los Alpes austriacos mientras vos tratás de terminar un informe para tu jefe mirando por la ventana un paredón con la pintura saltada.

7. Si sos un macho que se precia, nunca pero nunca pero nunca never ever escribas palabras como okis, holis o similares. Tampoco uses emoticones salvo que estés en pleno revoque fino para levantarte a esa mina que se pasa de sensible. Pero si no, no. Nunca. Conductas como éstas son comparables o incluso peores que tararear una de Cristian Castro en el bondi o calzarse una musculosa negra adentro del nevado y recorrer la avenida Pueyrredón acomodándote el jopo mientras te mirás en una vidriera cada cinco pasos que das.

Así que ya saben, amigos y amigas. Mesura, prudencia, cordura. El WhatsApp no es para cualquiera.