La pantomima del Señor Caverna


Señor Caverna no sabía cómo pedirme perdón. Cabeza gacha, mirada al piso y discurso armado. Que era conciente de que me había cagado como de arriba de un poste, pero que había estado muy bajoneado, con medicación incluida, que su mujer no le hablaba, que su vida era una calamidad.

Y yo respondiéndole que, a esa altura, sus cuestiones personales me importaban tanto como el resultado de la regata quinientas millas del Río de la Plata, categoría optimist timoneles. En otro momento de mi vida lo habría hecho pasar a tomar un café para escucharlo y darle un toque de contención. Aunque en realidad no estoy seguro de si ese otro momento de mi vida alguna vez existió.

Señor Caverna quería que lo invitara a pasar pero yo no le abrí el portón y terminamos hablando de globito, uno de cada lado del cerco, porque quería hacerle sentir el rigor.

Señor Caverna hablaba bajo, pausado, con silencios inteligentes. Quería hacer el papel de víctima pero yo nunca lo dejé porque le hablaba fuerte y le hacía cambiar el tono. Dos vecinos se asomaron para preguntar si estaba todo okey. Con Señor Caverna nada podía estar okey.

A ver si nos entendemos: a señor Caverna no le agarró un ataque de culpa, ni en pedo. Estaba ahí porque, un par de días antes, yo le había hecho llegar una amable carta diciéndole, palabras más palabras menos, que si no me terminaba el laburo le iba a meter una demanda y me iba a ocupar de que nunca más en su puta vida volviera a trabajar. Delirios de grandeza y poder los míos, pero con resultados a la vista: no le dieron las gambas para venir a llorarnos la carta.

Meterse en una obra es cosa seria, che. Lo nuestro fue reciclar una casa que ya no podía disimular sus ochenta primaveras y pedía a los gritos una cirugía general urgente.

La tarea le fue encomendada a Señor Caverna, que al tiempo demostró ser tan cirujano como un estudiante de medicina que anda a los tumbos por el cebecé.

De movida parecía un relojito. Se la pasaba boqueando y batiendo tecnicismos que sonaban de lo más profetas. Nosotros, obvio, nos tragábamos la píldora porque ni puta idea teníamos sobre el tema.

La primera luz se nos prendió cuando Señor Caverna se cayó con la cuadrilla de laburo que nos había vendido como si fuera la que usaron los chilenos para levantar el unicenter. El team arrancaba con un veterano que portaba una sonrisa extra large que me acalambraba la mandíbula de sólo mirarlo, de esos que no se sabe cómo carajo se las arreglan los días que no tienen motivo para sonreír. Y terminaba con una especie de versión gris de Chuck Norris, que en lugar de tirar patadas se dedicaba a cebar mate y levantarse a las empleadas domésticas de la cuadra. De laburo ni hablar.

Le insinuamos al Señor Caverna que, laburando al ritmo de ese dúo dinámico, el calamar iba a clasificarse para la Libertadores antes de que nos entregaran la casa. Y Señor Caverna encontró una solución de lo más inteligente. Contrató a dos ene ene que tocaron el timbre pidiendo laburo. A la final resultó que sus únicos antecedentes en el rubro habían sido pico y pala en el penal de Olmos. Los tumberos se dedicaron a escabiar tres cuartas partes del día, se choreaban bolsas de cal y cemento para venderlas en otra obra, y terminaron apretando al Señor Caverna para obligarlo a pagarles doble indemnización -a pesar de que se rajaron por las suyas- con fierro en el cinturón y al grito de dos gambas o te quemo.

Señor Caverna sabía tener una chata más o menos decente, que había comprado con el acumulado de dos años de laburo. La tuvo hasta que se la chorearon justo el día en que la tenía cargada con seis gambas en materiales, herramientas nuestras y hasta un portón de chapa listo para colocar. No tuvo mejor idea que intentar recuperarla en la villa donde se habían metido los cacos. Lo recibieron con una paliza de colección que le dejó la cara hecha un buñuelo.

Señor Caverna, que no tenía asegurada la chata, acusó depresión y desapareció. Pero desapreció en serio. El veterano le ponía onda pero hacía una cagada detrás de la otra. Sobre todo porque Chuck seguía ejerciendo de macho latino y le huía a cualquier actividad física fuera de eso.

La obra marchaba a ritmo babosa. Ya había pasado tres veces el plazo prometido y ahí lo teníamos aquerenciado a Chuck, que ya figuraba en guía con nuestra dirección. No estuve lejos de hacer la de mi amigo que tenía su obra demorada unos dos añitos: cayó con dos bidones de nafta y le dijo al constructor que tenía quince minutos para dejar el obrador antes de que lo prendiera fuego. Lo prendió fuego y nunca aclaró si fue con o sin constructor adentro.


Señor Caverna seguía ahí, del otro lado del cerco. Me prometió, me aseguró, me repitió que vendría el lunes a primera hora.

No apareció el lunes y pasó un tiempito más sin aparecer, pero todavía le juego unas fichas. Me pareció verlo, pero de verdad, con ganas de redimirse. Va a venir. Así tenga que esperar otras treinta y ocho mil doscientas cuarenta y seis horas, no le pierdo la fe.

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Calavera no chilla


La discusión va tomando temperatura. El repositor le explica que la promo dice claramente que la oferta es hasta agotar stock. La señora clienta le responde que lo que se está agotando es su paciencia, que no hay forma de que se hayan terminado los acolchados a menos de una hora de haber abierto. El repositor tiene puesto el cassette y deja claro que no le pagan por razonar, así que repite la misma frase unas tres o cuatro veces.

La clienta, que ya no tiene forma de levantar ese piña-va piña-viene de la lengua, deja caer su piel de señora bien y le dedica una frase que mejor no pongo porque hay gente que curte onda inadi dando vueltas por el blog. Y no son gente fácil.

Me fumo todo este peloteo contra el frontón mientras espero que se libere el muchacho. Necesito preguntarle por qué carajo donde un día están los enlatados, al mes encontrás los productos de belleza que la consumidora promedio cree que sirven posta porque lo dice una señorita linda en la tele. O sea, venís dos o tres veces, te aprendés dónde está cada cosa y, tomá, te cambian todo de lugar.

Amago encararlo pero la verdad que no quiero escuchar el lado B del cassette, así que nada, lo dejo ir y me quedo parado frente al plasma viendo las diez repeticiones del gol de Pasculi a Uruguay en el ochenta y seis. Pienso qué será de la vida de Pedro Pablo y de golpe me acuerdo que hace unos días me pareció verlo en la zona de San Fernando atendiendo un boliche de empanadas regionales. Casi seguro que era.

Pelo la listita de lo que tengo que comprar. La listita está buena para no tener que dar vueltas al pedo por todo el súper. Pero como tengo todo anotado sin ningún criterio lógico, voy a terminar dando vueltas al pedo lo mismo.

Arranco por góndola de criaturas. La patrona me pidió óleo y algodón, pero a mí me van las toallitas. Porque a la hora de los bifes, óleo más algodón es demasiado trámite.

Lo que gastás si tenés un pibe es una cosa de locos. Pero lo que te parece una torta termina siendo un vuelto al lado de lo que te cuesta el pibe más crecidito. Y cuando son más de uno ni te cuento. Decí que son muy borregos para entender, pero no estaría mal hacer un arreglo para que esa inversión tenga algún tipo de retorno cuando nos metan en un geriátrico. De mínima, que no nos toque uno de ésos en donde te encierran en un sótano y te dan para desayunar una pastillita que te deja como piña de Tyson.

En la punta de la góndola me encuentro con uno que anda en situación más o menos como la mía. Maniobra con dos carros y uno lo tiene lleno de pañales. Si es porque están de oferta voy a aprovechar para stockearme. Pero no: después de encontrar los precios -que para variar están corridos de lugar por obra y gracia de un remarcador disléxico- veo que no, que no están en oferta. O sea que el flaco de verdad usa todo eso.

Paso haciendo un par de fintas para esquivar los dos carros pero no puedo evitar impactar en el segundo. Le pido perdón con una mueca y me hago el buena onda:

Tené cuidado cuando salgas porque con lo salado que es todo eso sos número puesto para un asalto de salidera supermercaria.

La intervención me sale como el culo porque no le hace gracia. Ni una media sonrisa, nada. En cambio, no se qué carajo me ve pero termino siendo una especie de válvula de escape.

Aprovechá la vida porque cuando llegan los hijos la cosa da una vuelta en el aire. Los hijos son lindos pero te chupan toda la energía, física, psíquica y económica. Te obligan a hacer mucho sacrificio y terminan afectando la estabilidad emocional de la pareja.

No, che, este muchacho necesita ayuda profesional. Estoy a punto de decirle que su consejo me llega once años tarde pero prefiero desaparecer silbando bajo y dejarlo con su mujer, que acaba de aparecer en escena con unos trillizos que lloran a tres voces. Su mujer quiere saber cómo es eso de la falta de estabilidad emocional.

Sigo caminando las góndolas y pasando al lado de productos que termino de cargar en la cuarta o quinta pasada por falta de timing. Al rato el tráfico de carros se pone jodido. Me topo con una vieja que deja su carro en el medio del pasillo, mientras se baja un toque las gafas y lee la fecha de envasado de las aceitunas negras que finalmente no va a llevar. Paciencia.

Me cruzo otra congestión en zona fiambres. Cola de diez o doce personas esperando su galletita con porción miserable de bondiola. Hace un rato que desayunaron pero como esto es gratis hay que entrarle igual.

Cuando creo que ya tengo todo, me pongo a repasar la listita. Pero no tengo birome para ir tachando así que el chequeo lo hago una vez, dos veces, tres veces. Tengo todo, incluidos los caprichos que no están en la canasta básica y que provocan la ira de la patrona a la que siempre se le exige afinar el lápiz a la hora de gastar.

No quiero caer en el clásico de que me toca la caja más lenta, pero es así. Siempre es así. Es como cuando el auto te deja de garpe y pide taller: siempre va a ser con el tanque lleno. Y el mecánico, muy amigo de la manguerita, te deja lo necesario para llegar a la estación de servicio más cercana. Antes de eso te bate con cara de velorio que tuvo que cambiarle un repuesto que yo no sabía ni de su existencia pero que nos hizo ahorrar unos cuantos mangos porque él los consigue más baratos. Sarpullido me sale, mirá.

Posta que el trámite en la caja se está demorando. Lo que me molesta no es tanto el tiempo que puedo perder sino la reacción de los que están en la fila. Empiezan a chistarle a la cajera como si la cajera se divirtiera haciendo esperar a la gente, dejáte de joder. Entre todos éstos hay un fierita que se divierte, que se la toma con soda, o sin soda porque así pega más pega más.

Mami, a ver si nos apuramos que se me vence el yogur.

Las carcajadas son contagiosas, de verdad. Hasta la cajera, albina por decisión, esboza una media sonrisa que le hacer olvidar el mal trago del cliente anterior, que se acordó de todo su árbol genealógico porque no le pasaba la tarjeta. Después de todo lo que se morfó adentro, al gordo desagradable lo tendrían que haber pasado por el escáner para mandarlo en cana.

Mi turno llega después de que ya me leí entera la revista que edita el supermercado, que es todo lo interesante que puede serlo una revista que edita un supermercado. Me la dejaron ver de onda, porque encima la cobran.

En el estacionamiento tengo que frenar dos veces antes de llegar al auto. Primero, para correr la cadena que en general ponen en el lugar para embarazadas para que nadie se meta. Un cráneo el de la idea, porque si hay algo que a una embarazada le cuesta hacer, entre otras sesenta y ocho cosas, es bajar y subir del auto.

La segunda parada la hago porque escucho que de un auto salen los gritos de una enajenada que le está cantando las cuarenta a un pobre chabón que no hace más que bajar la cabeza. En el asiento trasero lloran los trillizos.

Calavera no chilla diría mi vieja.

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El subte apesta a cualquier hora


En el primer intento hago agua porque voy directo a la boca donde todos suben. Hasta la escalera sube. El aire sauna también. Miro como quien no quiere la cosa y veo que la de bajar está a casi una cuadra y además hay que cruzar la avenida para llegar. No hay forma de embocarle de una, ni para entrar ni para salir.

No es hora pico porque en hora pico no te piso un subte. Pero lo mismo está hasta las manos.

En el hall hay un James Brown versión cono sur que la rompe toda. El subte está lleno de tipos como éste, tipos a los que les picó el bicho de la música en el lugar y en el momento equivocados. Talento ninguneado por autómatas que prefieren poner el ipod al taco y lesionarse los oídos con Daddy Yankee o Don Omar, altos poetas.

Bajo al andén por la escalera mecánica. Y voy parado, porque para eso es mecánica: yo me quedo quieto y la escalera me lleva. El que esté apurado que salga con tiempo. El que quiera hacer ejercicio que suba por la fija. O que se anote en Megathlon si le da el cuero para gatillar tres gambas mes pagando semestre adelantado sabiendo que se abandona a las dos semanas. Pero no hay caso, el control remoto de la masa viene sin pause.

Permiso, señor, permiso. Libere el lado izquierdo por favor.

La pendeja ésta se cree que estamos en la Panamericana, dejáte de joder. Pero lo que en realidad me duele más es el señor en medio de la frase. Me quedo quieto porque, lo dijo Don Rodrigo, mi honra está en juego y de aquí no me muevo. Me chistan pero a ver si me entendés: no me voy a mover.

Llegamos al andén pero nos hacen esperar al segundo tren porque tienen prioridad los señores piqueteros de pasaje subsidiado. Hoy toca bardo en lugar y causa a confirmar.

Mientras espero, me acerco al quiosco de revistas y me sumo a los consumidores de tapas. Lo que llama la atención, obvio, son todos esos retratos femeninos en primer plano y en posiciones de lo más espontáneas. En la otra punta sobresale un titular en letra casi catástrofe, en amarillo violento sobre fondo negro. Es la revista Barcelona, que en nueve de cada diez números pela una tapa que es para aplaudir de pie.

Por una de esas casualidades, la puerta se abre justo donde estoy parado. Sigo la lógica de primero dejar salir y después mandarse, pero la presión del ganado me arrastra para adentro y me llueven las puteadas de los que buscan la salida. De golpe entiendo lo mal que la pasan los pobres flacos de atención al cliente de cualquier empresa cuando tienen que fumarse reclamos por cagadas que hacen los de atrás.

La masa es impenetrable en todos lados menos en el subte. Parece al tope pero sigue subiendo gente y la presión es cada vez mayor. Suelto el bolso y me llevo la mano a la cabeza porque se me posó un mosquito y la verdad que no llego a ver si es un aedes aegypti o el de siempre. Ahora que la prensa dejó de ocuparse de la gripe A y le vuelve a dar bola al dengue, le tengo más cagazo al mosquito que al emo que me está estornudando encima. Liquidado el mosquito, trato de llevar el brazo a su posición original pero un obeso se me pega como chicle y su buzarda queda en medio del recorrido. Así que tengo que dejar el brazo ahí arriba, como si estuviese haciendo el saludo militar.

Al que tengo en frente lo conozco de algun lado pero no puedo sacarlo. Si fuera treinta centímetros más bajo diría que fue el muchachito de los resortes que le ganó en el salto al más lungo de nuestro equipo y nos clavó un testazo increíble. La cosa se aclara cuando se vacía un toque el vagón y el pobre pibe puede volver a apoyar los pies en el piso. Era.

Estoy parado a un paso de la puerta así que puedo ver de cerca a los dos tipos que acaban de subir. Hay algo que no me cierra porque el clima es sofocante y los dos calzan impermeable largo. Cierro los ojos y me imagino la tapa del Diario Popular: terroristas suicidas hacen volar un subte en pleno viaje. Entre los restos encuentran una blackberry llena de relatos de literatura barata.

Se paran en los dos extremos del vagón y se abren el impermeable al mismo tiempo. Pum. Lo que aparece no es una carga de explosivos sino un par de ridículos disfraces de payaso. Si los payasos siempre dieron pena, no sé cómo definir a éstos. El numerito es para un dos choris sobre diez y nadie les da pelota, como si no estuvieran. Nadie salvo uno que le quiere poner un poco de onda respondiendo un par de preguntas muy boludas y termina sudando tinta china porque lo agarran de punto hasta el final del show.

Me bajo una estación antes porque el subte se volvió a llenar y me falta el aire.

Me bajo una estación antes porque el duo de falsos abdules arranca con otra improvisación y soy número puesto para hacer el ridículo.

Me bajo una estación antes porque el gordo me dejó una aureola en mi camisa de reuniones y hay que ventilar.

Pico y no pico. El subte apesta a cualquier hora.


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Nos están matando


Me bajo del tren con paso acelerado. Se me hizo tarde en el laburo y sólo quiero llegar a casa porque me está esperando la tropa.

Salgo de la estación y me sale al cruce una manifestación que me corta el paso. No son una guarangada de gente pero suman, y por eso hay cámaras.

La masa pide justicia para el pibe que fusilaron a sangre fría por el pancho y la coca. Sus amigos lo lloran, sus familiares están desconsolados. Los vecinos se arrimaron con pancartas y hacen un abrazo simbólico que consiste en agarrarse de las manos y armar un gran círculo. Silencio total, no vuela una mosca y a mí me corre un frío violento por la espalda.

Me meto entre la gente porque tengo que cruzar, no me queda otra. Pero me freno y me sumo. La señora que tengo al lado me ofrece la mano. Amago hacerle un ole pero en dos segundos me convence con la mirada. Le doy la mano. La señora andará por los sesenta y pico, y es madre, porque tiene mirada de madre, de eso no tengo dudas. La señora llora, pero llora para adentro, con una mezcla de bronca, resignación, tristeza. Nos están matando, me dice entre dientes.

Nos están matando. Parece una frase cliché, es una frase cliché. Pero escuchada en ese contexto de tanta sensibilidad, me lleva a hacer un toque de empatía con quienes se ven obligados a cambiar los planes de un día para otro. Hoy, en este momento, el chico asesinado tendría que estar volviendo de la facultad o poniéndose los cortos para darle a la redonda con los amigos que ahora lo están llorando. En cambio, está guardado adentro de un estuche de plástico y su familia no sabe cómo carajo se las va a arreglar para salir adelante.

Termina el larguísimo minuto de silencio pero la señora no me suelta. La madre que hace pocas horas vio morir a su hijo sin poder hacer nada, ahora enfrenta a las cámaras. Dice que si los asesinos salen libres ella se va a ocupar de poner las cosas en su lugar con sus propias manos. Su hija, ahora hija única, parece no entender bien lo que pasó. Parece, porque cuando agarra el micrófono se manda un discurso que me hace temblar las piernas.

Hay un personaje parecido a José Larralde que le grita a las cámaras que él paga sus impuestos y que va a ir a la municipalidad a exigir que alguien dé la cara. Grita como fuera de contexto y rompe ese clima de velorio comunitario. Algunos lo torean y lo alejan del lugar.

Yo sigo en formato reflexivo. Al pibe lo mataron, eso es dato. Que los medios agranden es anécdota. El pobre está en una bolsa y sólo va a salir de ahí para que lo metan cinco metros bajo tierra. Pienso lo mucho que nos cuesta poner la bocha bajo la suela y ser concientes de que esto le puede pasar a cualquiera. A cualquiera. Imposible blindarse contra tanta locura. Esta familia tiene perro, alarma, portón automático y no sé cuántas otras medidas de seguridad.

Sigue hablando la hermana y por un momento la conozco. Está hablando sobre lo mucho que va a extrañar a su hermano, que por un momento es mi amigo. A cualquiera.

La señora a mi lado parece una estatua. Me aprieta firme la mano cuando la gente se anima a un canto por el que ya no está. La lágrima rebelde le sale con los tapones de punta y la pobre mujer me pregunta si tengo hijos. Sí. Me pide que no termine mi día sin abrazarlos. Que los abrace por mí y en nombre de una madre que nunca más, nunca más en su vida, va a volver a abrazar a su hijo.

La saludo con un nivel de afecto poco común en mí, me salió así. No le pregunto porque no da, pero me queda la sensación de que esta película de terror ya la tuvo a ella de protagonista alguna vez. Me voy con la angustia de no saberlo posta.
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Hoy sale Gladiador


Los veo venir y se me aparece la escena de Gladiador donde arrastran a los pobres carne-de-león, encadenados, en fila y pura resignación.

Qué buena está Gladiador. Se la compré trucha a quien se hace llamar el Jack Sparrow del devedé, y la vi como quince veces. Mi mujer no entiende por qué tanto fanatismo, por qué eso de engancharme hasta cuando la agarro empezada por cable. No entiende que es emocionante, que es alta motivación. Hasta la usó el cuerpo técnico del Barca -antes de la final de la Champions- para motivar a sus jugadores, como si no fuera suficiente incentivo el numerito de seis cifras euro que les depositan todos los meses en la Banelco. Y pensar que yo pago por jugar, y nadie grita ni aplaude mis goles.

Los veo venir y no sé por dónde seguir caminando, porque ocupan toda la vereda. Puedo ensayar el paso-contra-paso de bajar a la calle y al toque subir de vuelta, pero prefiero evitar el riesgo de que me despeine el espejo de algún bondi de esos que pasan haciéndole fino a la vereda. El Barbas es grosso, si no no se entiende cómo es que las vidrieras y los semáforos no están decorados con restos de masa encefálica de los que se le animan a la calle para ganarle al tráfico de vereda.

Me freno para ver qué onda. No hay por dónde avanzar así que me meto en una joyería. Me atiende Alfred, el mayordomo de Bruno Díaz, con una formalidad fuera de lo común. Cuando le cuento que ando buscando una alianza, el amigo arranca con una encendida perorata sobre lo trascendental que es para una pareja formalizar su unión a través de algo tan intenso y sagrado como el matrimonio. Y que el anillo es simbólico. Y que lo más importante es que la llama no se apague nunca. Y que lo que me espera es una vida llena de satisfacciones. Un divino el viejo, sólo le falta decir que la pollera va cinco dedos debajo de la rodilla y que la interné está llena de degenerados.

Gracias abuelo, pero hace más de diez años que ya estoy en este baile. Sólo quiero reponer la alianza que dos pendejos mal paridos hijos de una gran puta le chorearon a mi mujer.

Error. Ni el tono ni el vocabulario le caben al anciano Alfred, que acusa el golpe con una tos semi tuberculosa. Me acerca una silla, me dice que espere y se va para el fondo del larguísimo local. Sigue la tos por allá por el fondo.

Lo que sigue es una secuencia que no dura más de cinco minutos. Timbre, el socio clon del abuelo que abre y un nuevo cliente que hace una especie de entrada triunfal con pasitos acelerados y dejando caer el saco para que abuelo-clon lo levante. El tipo lleva un anillo brillante cero distinción y un rolex que raja la tierra. La pilcha no está nada mal, pero el perfume lo manda en cana: o funcionario ex chofer-sindicalista o dueño de una bailanta con timba clandestina.

El hombre se arremanga la camisa para que el tremendo orologio quede más visible aún y habla alto, medio seseando. El trámite es renovar el rolex porque siente que el actual ya no le da esa distinción que un hombre de su clase necesita. Abuelo-clon le da la razón y le muestra la colección en una vitrina inmaculada. Me siento en un sketch de Gasalla.

Este impresentable está haciendo fulbito para la tribuna, no hay forma de que se lleve alguno de esos relojes que no bajan de las diez lucas dólar. En eso pienso cuando elige uno de doce lucas y lo paga con tarjeta. Me pone mirada para-vos-nene y sale con los mismos aires de la entrada. Trato de no pensar cuántos yogures de litro sancor de durazno me alcanzarían con esa guita. Unos quince mil.

Vuelve Alfred y me pide disculpas por la demora. Le respondo que todo bien, que igual no fui yo el que se perdió una venta de doce lucas verdes. Otro ataque de tos. Traigan un vaso de agua que se nos va. Clon me muestra la variedad de alianzas y la más barata es cuatro veces lo que tengo pensado gastar. Antes de irme hago un poco de show. Miro, pregunto, comento y aseguro que paso más tarde. Mentira.

Salgo en dirección a Liberty Street y de nuevo la jauría. Catorce perros, todos juntos, sin bozal. Los veo venir y me pregunto cómo carajo hace el paseador para que no se caguen a tarascazos entre ellos. Los paseadores tiene ese don. Ése, y el de hacerles creer a las dueñas que sus perros salen a correr y descargar energías y no a pasarse la hora atados a un alambre mientras los paseadores fuman y ceban mate.

Compro la alianza en negocio gris de Liberty Street y le pego un llamado a mi mujer. Hoy hacemos morfi frente a la tele. Hoy sale Gladiador.
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Con olor a revancha


La situación era lo más parecido a lo que seguramente habrán sido los días previos al diluvio universal.

Nuestro Noé era una suerte de lo que hoy la crueldad adolescente llama nerd. Creo que en esa época no existía la palabra nerd, quizá porque casi nadie tenía computadora. Cuestión que este flaco era nuestro Noé y el resto de sus compañeros de carpa veníamos a ser los animales que supuestamente se iban a salvar.

El cielo no podía estar más celeste. Y en esa zona de sierras (sieyas, porque era en Córdoba) el cielo era más celeste todavía, casi azul. Estaba, ponéle, prístino. Sí, prístino suena bien, siempre me gustó esta palabra pero no tenía dónde usarla. O sea, si venís de afuera y alguien te pregunta qué onda el clima vos no le respondés joya, cielo prístino. Pero acá calza perfecto. Cielo prístino entonces.

Con un cielo así, tan prístino, no tenía sentido lo que estábamos haciendo. Pero, no me pregunten por qué, había algo que nos hacía bancar a muerte a nuestro Noé, que había pronosticado soretes de punta para esa misma noche. Aunque hubiera cielo prístino.

La cosa fue que toda la pendejada se divertía tirándole cuchillos a una iguana que encontramos muerta. Sí, muerta, nosotros no la matamos, tengo testigos. Al bicho lo colgaron de un árbol, sostenido con alambres, y la joda era atravesarle la piel que era más dura que la mierda. Por supuesto que nadie pudo. Bueno, todo el mundo andaba en eso menos nosotros, que chivábamos como locos cavando una canaleta gigante alrededor de la carpa, levantando los bordes con ramas y reforzando el sobretecho con lo que tuviéramos a mano.

Igual que en la historia bíblica, todos se nos cagaban de risa, con ganas, pero nosotros nos golpeábamos el pecho con puño apretado y señalábamos a nuestro Noé. Ya van a ver.

En los campamentos donde no pasan muchas cosas, la clave es coparse con algo que sirva para llenar el tiempo. Así que nos obsesionamos con el operativo impermeabilizante, y de tan metidos en la cosa se nos pasó la hora del almuerzo. Ahí nomás largamos todo y rajamos para la zona del morfi.

Nos recibió una batalla campal. Los cachos de polenta, incomible, volaban onda proyectiles contundentes por un cielo todavía prístino. El cachafaz que había intentado cocinarla no tenía ni puta idea de cómo se hacía, pero se ofreció porque era eso o salir a buscar leña.

El coordinador principal del campamento, el que en teoría tenía que calmar los ánimos y poner un poco de orden, estaba en primera línea del frente de batalla meta revolear esas especies de cascotes que se desarmaban en el aire. Digamos que le sobraba polenta.

Cuando se calmó un poco la cosa, todavía quedaba la difícil misión de calmar a las fieras famélicas que querían saquear la carpa despensa. A uno de los coordinadores se le ocurrió cocinar un revuelto gramajo para los treinta. Usó cincuenta huevos en una mega sartén que sosteníamos entre cuatro, y le metimos jamón, fritas de paquete, queso y algún que otro garzo made in algunos de los graciosos que nunca faltan. Tremendo almuerzo.

Lo que viene, lo que viene, nos dijo el coordinador, es el desafío de los sobrevivientes. El asunto consistía en llevarnos en la caja de una camioneta, tapados por una lona, hasta algún punto en el medio de las sierras. Ahí nos dejaban, en grupos de a cuatro, con una botellita de agua, una lata de paté cerrada y una brújula que nadie sabía usar. La joda era volver al campamento antes del anochecer, mientras los coordinadores se pegaban una siesta criminal sin pendejos rompiendo las guindas alrededor. Programón.

Antes de salir, los de las otras carpas les rogaban a los coordinadores que suspendieran la actividad. Decían que era muy peligroso salir con un clima tan fulero como ése. Otra vez las risas socarronas bajo un cielo... prístino.

Salimos poco después de la una y a eso de las siete y media ya estábamos de vuelta. Ni una puta nube. Todos se concentraron en la gastada para los boludos que se habían pasado toda la mañana haciéndole caso a un desquiciado que se las daba de Dennis Quaid en El día después de mañana.

Fueron cinco minutos, a lo sumo diez. El cielo se puso negro negrísimo, el viento volaba carpas armadas como el culo y las copas de los árboles se movían al ritmo de los truenos y relámpagos que le daban más dramatismo a la cosa. Y no tardaron en aparecer unas especies de gotas asesinas que golpeaban sin piedad. Fue todo tan rápido que no hubo tiempo de disfrutar la cara de pánico de los que corrían desesperados sin saber qué hacer.

Nuestro Noé andaba más ancho que el mismísimo Peucelle. Su profecía ya era una realidad y se sabía respetado por toda la gilada, incluido eu.

La tormenta perfecta no aflojaba, las corridas afuera se multiplicaban y nosotros no hacíamos más que disfrutar nuestra revancha. Hasta que pasó lo impensado.

La primera señal fue un sutil aroma que logró romper la buena onda que había en la carpa. Silencio de tensión. Treinta segundos fueron suficientes para que el hedor se hiciera insoportable. Un pedito podrá ser divertido, como dice mi hijo Little J, pero aquello superaba el umbral de lo tolerable. Lluvia o cámara de gas, ésa era la cuestión.

Fui el primero en disparar. No tuve ni tiempo de buscar la campera, y a los dos metros ya estaba mojado como si me hubiera caído en un arroyo. Me metí, al pedo, debajo de un árbol y al toque me siguieron los demás. Todos menos el gurú de la meteorología, que decidió quedarse en la carpa por razones obvias.

Así concluyó la simpática historia del tipo que supo predecir los soretes de punta pero no pudo controlar los propios. Un capo.
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Crónica de un final no anunciado


Serían algo así como las dos de la mañana y Sancho dormía como una morsa en su casa cuando escuchó ruidos que venían de la planta baja. Fue a ver qué onda y se encontró con dos mini chorros que se paseaban sin preocuparse mucho por ser silenciosos.

Uno estaba prendido al celular meta mandar mensajes y fue el otro el que lo vio aparecer.

Nada de hacerte el loco porque te quemamo, te metemo bala, ¿dónde tán lo billete?

Sancho todavía andaba medio dormido pero tenía claro que su caso iba directo al noticiero de Crónica. Y lo que menos quería era que las imágenes lo mostraran desfilando con las gambas para adelante y en una bolsa plástica negra con cierre. Por eso optó por quedarse en el molde. Al menos hasta que viera cómo venía la mano.

Cuando los inimputables le preguntaron si había alguien más en la casa, Sancho agradeció que su mujer lo hubiera dejado de garpe para irse con el profesor de pilates y que ya no viviera con él. Porque con sus ataques de histeria, la joda habría terminado con bala para ella, por insufrible, y bala para él, por haberse casado con ella.

Tampoco estaban sus dos hijos, así que se las tenía que arreglar solo con estos dos reos que todavía no habían cambiado la voz y ya salían de caño.

Sancho no podía creer su mala suerte. En su casa nunca había un mango salvo ese fin de semana porque había cobrado de la compañía de seguros un siniestro ocurrido dos años antes. Y era una guita importante que guardaba en un cajón bastante a la vista.

Primero pensó que alguien lo había botoneado y que los pibitos venían con ese dato. En ese caso no se iban a ir hasta que les hubiera entregado billete sobre billete. Pero no parecían estar al tanto, ni de eso ni de muchas otras cosas. Estaban como en formato semi alfa.

El dueño de casa era cinturón negro en karate, pero la cosa venía despareja porque los caquitos, que empezaban a impacientarse, andaban bien calzados y le apuntaban a la cabeza.

Copáte con algo para comé, viejo choto, hace bocha que no comemo nada.

Lo de "viejo" fue mucho más grave que lo de "choto". Lo agarraron a Sancho por el lado que menos les convenía. Y Sancho, que se mataba a ejercicios para intentar mantenerse hecho un pibe, se olvidó del juego conservador y mandó a todos sus jugadores al ataque.

¿Pero qué se creen, pendejos, que esto es un restorán? Dejensé de romper los huevos y liquidemos el asunto, que me quiero ir a dormir porque mañana tengo que laburar.

La diatriba los descolocó, así que se animó a subirles la apuesta. Les propuso amablemente que se fueran como habían llegado, a cambio de que él no les diera una tunda.

Los pibes chorros se miraron. Había algo en la propuesta que no les cerraba.

En eso estaban cuando escucharon ruidos de llaves en la puerta principal. El que parecía más canchero corrió escaleras abajo y el otro se quedó con Sancho, temblando como loco. Sancho aprovechó la confusión y se le fue al humo. El pibito le gatilló dos veces pero el tiro no salió. Sancho enseguida entendió que el cartelito de fiambre ya lo tenía colgado, así que en un par de movimientos certeros lo desarmó. Lo desarmó en todo sentido, porque primero le sacó el fierro y al toque le regaló una paliza de colección que lo dejó casi inconciente.

Sancho se asomó por una ventana y vio que el que acababa de llegar era uno de los hijos, mucho más polvorita que él y capaz de hacer cualquier locura. Por eso agarró el fierro lo más rápido que pudo y se mandó para abajo. Antes de llegar, escuchó un disparo que lo paralizó y al toque un portazo y corridas. Nada bueno podía estar pasando.

Les debo el final porque el tipo que contaba la historia se bajó antes que yo. Si lo vuelvo a ver por el tren le pido que me diga cómo terminó la cosa.
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