
El señor Cagabronce está convencido de que todo lo que hace su Comisión de Asuntos Irrelevantes debería ser tapa de Clarín y Nación porque lo que ellos hacen es, a la patria, lo que la obra de la Madre Teresa a la humanidad.
Por eso me pidió que fuera a ver al director de la revista Telarañas, Modesto Preciado, un tipo que, aunque no pasa los cuarenta, usa en su charla diaria palabras como macanudo, extraordinario y ameritar.
Señor Cagabronce quería que lo viera porque unos días antes se habían encontrado en un congreso sobre las nuevas tendencias para la restauración de peristilos, en donde Modesto Preciado ofreció las páginas de su revista para difundir las actividades que organiza la Comisión de Asuntos Irrelevantes.
Arreglamos el encuentro por mail. Yo le tiré el primero pidiéndole algunas fechas posibles y el tipo me respondió que me esperaba el martes a las 10. Yo lo tenía libre, pero darle ok de una era entrar a la cancha en inferioridad de condiciones. Cuestión que le di algunas vueltas hasta que nos pusimos de acuerdo.
La redacción de la revista Telarañas quedaba en un edificio viejo de Viamonte al ochocientos. Para llegar al hall, que tenía menos luces que Garófalo trabajando a una sola neurona, había que atravesar una puerta de hierro y vidrio del año de la pera.
Tuve que ponerme de costado, medio inclinado, y hacer fuerza con las piernas mientras empujaba con el hombro. No se movía. Me puse la carpeta entre las rodillas para liberarme una de las manos, pero mientras seguía empujando me empezó a tirar el aductor por la fuerza que hacían las gambas para que no se cayera la carpeta. La puerta seguía sin moverse.
El que tampoco se movía era el portero, que había dejado a un costado los clasificados de Clarín y se dedicaba a mirar el espectáculo desde atrás de su pupitre, con las gambas cruzadas y las manos agarradas por atrás de la nuca.
Cuando la cosa no daba para más, el tipo se acercó de mala gana hasta la puerta y le dio media vuelta a la llave. Hay que ser hijo de puta, le mandé entre dientes mientras enfilaba para el ascensor. Me respondió con una media sonrisa que no llegué a ver pero que estoy seguro que me hizo.
Bienvenido a nuestra redacción, me dijo Modesto Preciado mientras yo tardaba menos de tres segundos en agotar con la mirada ese espacio que no tenía más de quince metros cuadrados.
Ejemplares viejos de la revista copaban la escena. En pilas de casi dos metros, revocaban las cuatro paredes de ese sucucho y obligaban a andarse en puntas de pie. Fue verlas y empezar a rascarme por las dudas, imaginando la de bichos acumulados en tantos kilos de papel.
Detrás de las revistas asomaban un par de cuadros torcidos y llegué a pispear la esquina de un almanaque de 2007, con algunos apuntes garabateados apenas visibles detrás de una capa de polvo nunca plumero.
Había una sola ventana, que daba a un enorme paredón gris sacudido por el paso del tiempo. Y encima la tenían con la persiana a medio abrir, como si el sol pegara en algún momento del día.
Modesto Preciado me presentó a una señora que andaría por los sesenta y pico. Llevaba anteojos con tira al cuello y los hacía descansar sobre la nariz, como queriendo que los cristales no se interpusieran entre esa mirada amarga y la persona que acababa de interrumpir su juego de solitario.
Me la presentó como directora del departamento comercial de la revista y la señora tuvo la delicadeza de girar noventa grados la cabeza y regalarme una sonrisa que era para ponerle marco.
Pegado a la señora y laburando codo a codo con ella, literalmente, me sonreía también un señor barbudo sacado de una tira de Quino. Calzaba polera negra con cuello alto que se escondía detrás de unas chapas onda Comitas que dejaban una aureola de caspa a la altura de los hombros.
Es el jefe de nuestro departamento de arte y diseño.
Y dale con los departamentos, pensé. Pero guardé el comentario ácido porque todavía no era hora de desenfundar.
Modesto Preciado se ubicó en el único lugar que quedaba libre y me señaló una silla que estaba pegada a la pared para sostenerse por la falta de una rueda. Contractura en la espalda me provocó mantener el equilibrio en esa silla que parecía irse a la mierda ante cada mínimo movimiento.
Vos dirás en qué puedo ayudarte.
No me lo esperaba. No tenía nada para decirle. No había nada de esa revista que me pudiera interesar. Me acerqué hasta ahí porque me lo pidió el señor Cagabronce. Y al señor Cagabronce hay que mimarlo un poco porque es uno de los que ayuda a llenar la cacerola.
Y ahí estaba yo, sin saber qué carajo responder, soportando los sorbidos ruidosos del "director del departamento de arte y diseño" que me tomaba mate a veinte centímetros, sufriendo el olor a perfume de feria que la señora se había tirado de a litros encima, y teniendo que mantener un talante más o menos simpático frente a un tipo que se sentía el padrino dándole una audiencia a un viejo conocido que necesitaba un favor.
Antes de que pudiera responderle, Modesto derrapó del todo. Agregó que hacía rato esperaba información de la Comision de Asuntos Irrelevantes, lo cual era responsabilidad mía, y hasta se animó a darme cátedra de cómo se tiene que preparar la información para hacerla más atractiva a los medios.
Fue demasiado. No pude evitar sacarme de un tirón la máscara de cretino que me diseñó el señor Cagabronce.
Le respondí que su revista no estaba recibiendo información porque no sabía ni de su existencia. Y que agradecía su preocupación, pero que no hacía falta enseñarle a caminar a quien ya compite en los cien metros llanos.
Me levanté de la silla sin darle tiempo a la réplica y le estiré la mano, pa' que apretara. No me la dejó tendida pero se le quedaron mil cosas atragantadas, entre ellas el mangazo publicitario que vi venir cuando sacó una prolija carpetita comercial.
Mientras me mandaba raudo hacia la puerta, Modesto seguía intentando meter bocado, sin éxito. No le di un metro y clausuré el encuentro diciéndole que había sido un gusto y que cuando lo consideremos relevante para la Comisión de Asuntos Irrelevantes le vamos a hacer llegar información.
Esa misma tarde el señor Cagabronce me dejó en el celular un mensaje de lo mas cariñoso. Todavía no se lo respondí.