La magia es lo último que se pierde


Los pibes me hicieron acordar de los fulbitos tremendos que nos jugábamos en el patio del colegio. Pelota de trapo o, en el mejor de los casos, la de cuero que traía el hijo del señor poderoso a cambio de que lo dejáramos jugar en cualquier lado que no fuera al arco.

Era un día de sol rabioso pero con temperatura ideal para despuntar el vicio. Los pibes se la jugaban como si fuera la final del mundial, se tiraban a barrer por el piso de cemento, se puteaban, se daban indicaciones como si los otros no estuvieran cumpliendo con la táctica del dt.

Yo estaba lejos todavía pero, sí o sí, tenía que atravesar esa cancha improvisada en medio del playón de la estación. Miraba cada jugada y me imaginaba entre todo ese piberío tirando algún lujo y despertando algún “mucho, nene, muchoooo”.

En un despeje desesperado del marcador central, la caprichosa llegó hasta mis pies y la apreté bajo la suela en un movimiento rápido y armonioso. Levanté la vista y le entré con tres dedos para dejarla exactamente donde estaba el flaco que me la pedía, que me levantó el pulgar un poco sorprendido con tanta precisión.

Seguí avanzando con el pecho inflado hasta que me topé con la línea de cal imaginaria que marcaba el límite de la cancha. Me paré unos segundos porque para mirar fútbol, del que sea, uno siempre tiene tiempo.

Había un flaquito con vincha tipo el Ogro Fabbiani. Ma-mita, la tenía atada con tanza el pendejo. Firulete para acá, firulete para allá, lo tenía alquilado a un gordito que se comió tres caños en una misma jugada. Un gentleman el gordito, que no pegó una sola murra durante el tiempo que yo estuve mirando.

La bola de golpe vino para mi lado pero me pasó a cuatro metros, así que no pude repetir la fantasía. Pero fue suficiente para que los doce pibes que estaban jugando me vieran ahí parado, mirando, perdiendo el tiempo.

El cuatro estaba por hacer el lateral pero lo frenó el que parecía ser el capitán:

- Laucha, bancá que pase el señor.

Esa sola frase fue suficiente para que se me cayeran todos los años del calendario. Señor, señor. Ya te voy a agarrar, pendejo de mierda, a ver si te volvés a hacer el vivo, pensé.

- Si no estuviera con zapatos, entro y les pinto la cara a todos.

Fue una carcajada seca, no muy fuerte pero sí violenta.

Atravesé la cancha tratando de mirar a los ojos a cada uno, como preguntando de qué mierda se ríen, y me alejé lo suficientemente despacio como para que la pausa fuera marcada.

Ya me preparé las championes Puma para mañana, que tengo que volver a pasar.

Ya van a ver. La magia es lo último que se pierde, mucho después que la esperanza.
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Lo del espejito no fue tratando de estacionar


Mis viejos se están enterando ahora. Nunca una palabra, ni a ellos ni a nadie. Por las dudas aviso que pasaron más de veinte años, ya prescribió.

Para la época en que yo cursaba cuarto año del colegio, en casa paraba un primo, el Mono, que la vieja casi que había adoptado porque era su ahijado y su familia vivía en Tres Arroyos.

El Mono es un tipo callado pero gamba de los bien gamba, siempre listo para dar una mano. De más pendejos andábamos siempre en yunta y no dejábamos cagada por hacer. Pero ahora el Mono paraba en casa porque iba a la facultad y le había pintado una onda mas seria.

Antes de eso, el Mono había vivido casi siempre en el campo y aprendió a manejar autos antes de subirse a una bici. El pibe todavía no había cambiado la voz y sus viejos ya lo mandaban al pueblo a hacer las compras. El Mono le chantaba un par de almohadones al asiento de la renoleta y era el tipo más feliz del mundo.

Con tantas horas de vuelo, para esos tiempos en que estaba en casa el Mono era un capo del volante. Y para devolver gentilezas por el techo y la comida, le hacia de chofer a la vieja. Hacía las compras, llevaba, buscaba, traía, dejaba. Todo, en una Combi Volkswagen blanca que teníamos esos años y que rajaba la tierra, un fierrazo.

Yo lo acompañaba bastante y la verdad que me rompía los huevos no saber manejar, así que un día le pedí que me enseñara. Yo andaba por los 16 y todavía me faltaba un año para poder sacar el registro.

Al principio el Mono me sacó cagando porque no era su auto, pero lo convencí.

Nos fuimos a la pista de tierra que hay al costado de la Panamericana, a la altura del puente Uruguay, y me tiró la posta sobre lo básico.

A la semana ya más o menos me defendía y la verdad que a la tercera vueltita a la pista de tierra quería ponerle un poco más de pimienta a la cosa.

De ahí saltamos a las calles tranquis de Beccar, que en esa época eran diez veces más tranquis que ahora. Todo al pelo.

Cuando vi que ya estaba para un poco más, un día me mandé por Diego Palma, que no era el quilombo que es ahora pero ya tenía un tránsito importante.

Las primeras cuatro cuadras las hice a veinte, atrás de un camioncito que repartía verduras. Hasta que me hinché los huevos, hice rebaja y me mandé a pasarlo.

Del otro lado venía un sierra pero estaba lejos. Lo que yo no sabía era que adelante del camioncito iba un súper Europa que también parecía no entrarle la tercera. No me quedó otra que pasarlo también.

"Lo paso fácil" me acuerdo que pensé justo antes de que el Mono me puteara bien fuerte para decirme que hay que terminar de pasar el auto antes de volver al carril.

El súper Europa tuvo que subirse un toque a la banquina y pegó tres saltitos antes de volver a acomodarse.

No había sido para tanto así que seguimos como si nada. Hasta que sentimos un golpe en el techo y vimos pasar al Súper Europa con el acompañante asomado por la ventana hasta la cintura y con el dedo en la sien, puteándonos en cinco idiomas.

Frente al espectáculo, no tuve mejor idea que bajar cuatro falanges y dejar la del medio bien arriba. Error.

Los muchachos empezaron a frenarme el auto a escasos centímetros de la trompa de la Combi, sin saber, pobres, que la inexperiencia al volante del que-te-dije podía terminar en un desastre.

- Doblá a la derecha en la que viene y corréte.

Fue todo lo que me dijo el Mono, que a esa altura quería pasarme por la maquina de picar carne.

Se hizo cargo del volante y salimos levantando polvo por todas esas calles de tierra que se conocía de memoria.

Hicimos unas quince cuadras dando vueltas hasta sentirnos seguros de que los flacos no vendrían a buscar la vendetta.

En eso estábamos cuando de la nada el Súper Europa nos cruzó por atrás con una destreza admirable. Ya no había nada más que hacer así que nos quedamos piola en el auto, pensando cómo carajo íbamos a pedir disculpas.

El que manejaba se vino, sacado, hasta donde yo estaba y le chantó una trompada el espejito, que voló en mil pedazos.

El otro tipo se fue hasta donde estaba el Mono, pero antes se ocupó de levantarse la camisa y mostrar el fierro que le brillaba como si lo hubiera lustrado dos horas seguidas.

A todo esto, en el asiento trasero del Súper Europa venían las mujeres de los flacos con tres o cuatro pendejos que miraban casi sonrientes y divertidos, como si sus viejos se dedicaran a apretar gente todos los días de su vida. Capaz que era así.

Con la mano ensangrentada, el tipo me arrancó del auto y me puso cara contra el vidrio haciéndome una especia de doble Nelson que me dejó inmovilizado. Se me prendió a un mechón de la nuca y, sin dejar de putearme, me sacudía la cabeza contra el vidrio, que por suerte resistió el embate de semejante elemento contundente.

Pensé que la quedábamos ahí y me preocupaba sobre todo la imagen que los viejos podían guardar de nosotros. Por eso rogaba el cielo que mi vieja no encontrara los cinco paquetes vacíos de jamón que me había choreado ese día. Bueno, otra confesión.

A través de la ventanilla lo veía al Mono, que no le quedaba ni un solo pigmento en la piel. Después supe que había sentido el frío del fierro apoyado en la espalda.

Cuando los tipos nos vieron al borde del colapso, decidieron que ya nos habían apretado lo suficiente y se fueron sin decir nada más.

Tardamos unos veinte minutos en volver a subirnos a la Combi. Parecíamos Michael Jackson y John Travolta de lo que nos temblaban las piernas. Nos volvimos a casa y acá no ha pasado nada.

Vieja, ya sabés: lo del espejito no fue intentando estacionar.


Me busca Cagabronce


El señor Cagabronce está convencido de que todo lo que hace su Comisión de Asuntos Irrelevantes debería ser tapa de Clarín y Nación porque lo que ellos hacen es, a la patria, lo que la obra de la Madre Teresa a la humanidad.

Por eso me pidió que fuera a ver al director de la revista Telarañas, Modesto Preciado, un tipo que, aunque no pasa los cuarenta, usa en su charla diaria palabras como macanudo, extraordinario y ameritar.

Señor Cagabronce quería que lo viera porque unos días antes se habían encontrado en un congreso sobre las nuevas tendencias para la restauración de peristilos, en donde Modesto Preciado ofreció las páginas de su revista para difundir las actividades que organiza la Comisión de Asuntos Irrelevantes.

Arreglamos el encuentro por mail. Yo le tiré el primero pidiéndole algunas fechas posibles y el tipo me respondió que me esperaba el martes a las 10. Yo lo tenía libre, pero darle ok de una era entrar a la cancha en inferioridad de condiciones. Cuestión que le di algunas vueltas hasta que nos pusimos de acuerdo.

La redacción de la revista Telarañas quedaba en un edificio viejo de Viamonte al ochocientos. Para llegar al hall, que tenía menos luces que Garófalo trabajando a una sola neurona, había que atravesar una puerta de hierro y vidrio del año de la pera.

Tuve que ponerme de costado, medio inclinado, y hacer fuerza con las piernas mientras empujaba con el hombro. No se movía. Me puse la carpeta entre las rodillas para liberarme una de las manos, pero mientras seguía empujando me empezó a tirar el aductor por la fuerza que hacían las gambas para que no se cayera la carpeta. La puerta seguía sin moverse.

El que tampoco se movía era el portero, que había dejado a un costado los clasificados de Clarín y se dedicaba a mirar el espectáculo desde atrás de su pupitre, con las gambas cruzadas y las manos agarradas por atrás de la nuca.

Cuando la cosa no daba para más, el tipo se acercó de mala gana hasta la puerta y le dio media vuelta a la llave. Hay que ser hijo de puta, le mandé entre dientes mientras enfilaba para el ascensor. Me respondió con una media sonrisa que no llegué a ver pero que estoy seguro que me hizo.

Bienvenido a nuestra redacción, me dijo Modesto Preciado mientras yo tardaba menos de tres segundos en agotar con la mirada ese espacio que no tenía más de quince metros cuadrados.

Ejemplares viejos de la revista copaban la escena. En pilas de casi dos metros, revocaban las cuatro paredes de ese sucucho y obligaban a andarse en puntas de pie. Fue verlas y empezar a rascarme por las dudas, imaginando la de bichos acumulados en tantos kilos de papel.

Detrás de las revistas asomaban un par de cuadros torcidos y llegué a pispear la esquina de un almanaque de 2007, con algunos apuntes garabateados apenas visibles detrás de una capa de polvo nunca plumero.

Había una sola ventana, que daba a un enorme paredón gris sacudido por el paso del tiempo. Y encima la tenían con la persiana a medio abrir, como si el sol pegara en algún momento del día.

Modesto Preciado me presentó a una señora que andaría por los sesenta y pico. Llevaba anteojos con tira al cuello y los hacía descansar sobre la nariz, como queriendo que los cristales no se interpusieran entre esa mirada amarga y la persona que acababa de interrumpir su juego de solitario.

Me la presentó como directora del departamento comercial de la revista y la señora tuvo la delicadeza de girar noventa grados la cabeza y regalarme una sonrisa que era para ponerle marco.

Pegado a la señora y laburando codo a codo con ella, literalmente, me sonreía también un señor barbudo sacado de una tira de Quino. Calzaba polera negra con cuello alto que se escondía detrás de unas chapas onda Comitas que dejaban una aureola de caspa a la altura de los hombros.

Es el jefe de nuestro departamento de arte y diseño.

Y dale con los departamentos, pensé. Pero guardé el comentario ácido porque todavía no era hora de desenfundar.

Modesto Preciado se ubicó en el único lugar que quedaba libre y me señaló una silla que estaba pegada a la pared para sostenerse por la falta de una rueda. Contractura en la espalda me provocó mantener el equilibrio en esa silla que parecía irse a la mierda ante cada mínimo movimiento.

Vos dirás en qué puedo ayudarte.

No me lo esperaba. No tenía nada para decirle. No había nada de esa revista que me pudiera interesar. Me acerqué hasta ahí porque me lo pidió el señor Cagabronce. Y al señor Cagabronce hay que mimarlo un poco porque es uno de los que ayuda a llenar la cacerola.

Y ahí estaba yo, sin saber qué carajo responder, soportando los sorbidos ruidosos del "director del departamento de arte y diseño" que me tomaba mate a veinte centímetros, sufriendo el olor a perfume de feria que la señora se había tirado de a litros encima, y teniendo que mantener un talante más o menos simpático frente a un tipo que se sentía el padrino dándole una audiencia a un viejo conocido que necesitaba un favor.

Antes de que pudiera responderle, Modesto derrapó del todo. Agregó que hacía rato esperaba información de la Comision de Asuntos Irrelevantes, lo cual era responsabilidad mía, y hasta se animó a darme cátedra de cómo se tiene que preparar la información para hacerla más atractiva a los medios.

Fue demasiado. No pude evitar sacarme de un tirón la máscara de cretino que me diseñó el señor Cagabronce.

Le respondí que su revista no estaba recibiendo información porque no sabía ni de su existencia. Y que agradecía su preocupación, pero que no hacía falta enseñarle a caminar a quien ya compite en los cien metros llanos.

Me levanté de la silla sin darle tiempo a la réplica y le estiré la mano, pa' que apretara. No me la dejó tendida pero se le quedaron mil cosas atragantadas, entre ellas el mangazo publicitario que vi venir cuando sacó una prolija carpetita comercial.

Mientras me mandaba raudo hacia la puerta, Modesto seguía intentando meter bocado, sin éxito. No le di un metro y clausuré el encuentro diciéndole que había sido un gusto y que cuando lo consideremos relevante para la Comisión de Asuntos Irrelevantes le vamos a hacer llegar información.

Esa misma tarde el señor Cagabronce me dejó en el celular un mensaje de lo mas cariñoso. Todavía no se lo respondí.


Necesito saber

Jürgen alguna vez fue mi mejor amigo.

Los fines de semana andábamos como culo y calzón por el barrio y siempre encontrábamos alguna cagada que superara en emoción a la anterior.

Jürgen iba a un colegio alemán, como toda su familia, y yo me lo imaginaba marchando con sus compañeritos todos juntos, sincronizados, prolijos y con el brazo derecho extendido mientras saludaban a la autoridad.

El colegio alemán era famoso en el barrio porque se había mandado un complejo deportivo de la hostia, pero con una pista de atletismo que en lugar de los cuatrocientos metros reglamentarios tenía trescientos sesenta. Los miserables no querían tener una pista oficial para no tener que prestarla.

Jürgen me enseñaba puteadas en alemán. No le copaba mucho pero yo le insistía, y al final le arrancaba una de sus cuatro sonrisas anuales cuando me hacía una galleta en la lengua tratando de repetirlas.

Como íbamos a colegios distintos, exprimíamos al mango ese rato que nos quedaba libre después de tomar el té. Porque antes se podía jugar los días de semana. Antes había formas mucho más espontáneas de desarrollar la creatividad. Antes no hacía falta llegar del colegio con la lengua afuera, tomar el té a los pedos y ponerse a estudiar como un marciano hasta la hora de pegarnos el baño, comer tempranito y pedir pista para terminar en el sobre mucho antes del horario de protección al menor. Antes se llegaba del colegio y se revoleaba la mochila apenas se atravesaba la puerta. Era revolear la mochila, picar algo y desaparecer hasta la noche sin que nuestros viejos se preocuparan.

Mi barrio no era nada de otro mundo. Calles de tierra -o asfaltadas medio pelo-, mucha bicicleta y una calma chicha que la mayoría de las veces nos obligaba a explorar extramuros para ver qué onda.

En mi barrio cada dos casas tenias un baldío, que era nuestro lugar. Ahí improvisábamos las pistas de bici-cross, nos bajábamos las galletitas choreadas de alguna despensa o simplemente nos escondíamos. En general nos escondíamos después de hacerle alguna cagada al viejo amargo de la otra cuadra, como una forma de devolverle esa cara de culo que siempre nos ponía por las dudas.

Jürgen era de carácter más bien jodido. Era el típico alemán, cara de perro malo. Alguna que otra vez nos agarramos a piñas porque yo le decía que todos los alemanes eran nazis y que su viejo era igualito a Goebbels. Una animalada. Parece que la joda le llegó al viejo porque una vez me mandó a decir por mi hermana que no tenía ni idea lo que estaba diciendo. No tenía.

Jürgen fue mi mejor amigo hasta que un día dejó de ser mi mejor amigo.

Día de semana a la noche, yo estaba comiendo en casa con mi familia a pleno y sonó el timbre. Rarísimo.

Se levantó mi viejo y cuando abrió la puerta fue como si hubieran puesto de golpe una grabación del mismísimo Führer arengando a la tropa. Desde la mesa no se veía la puerta pero los gritos se escuchaban clarito.

Volvió mi viejo y le hizo un gesto a mi vieja para que lo acompañara a la puerta. De vuelta los alaridos del Führer, que duraron un par de minutos mas y se apagaron de golpe.

Se cerró la puerta como demasiado violento para mi gusto y los viejos volvieron al comedor. Me miraron fijo e hicieron un gesto inequívoco que sólo podía significar discurso para el que te dije. Me llevaron para un costado y mis hermanos se quedaron mirandose unos a otros, mucho más intrigados que preocupados.

Parece que a Jürgen le había desaparecido un jueguito electrónico, y la Gestapo local decidió ponerme a la cabeza de la lista de sospechosos. Me acuerdo perfecto del jueguito, era el mítico western bar, y me acuerdo también que yo se lo envidiaba como loco. Por eso la sospecha.

Esa noche mis viejos le bajaron un poco los humos al falso Goebbels pero igual me metieron en el escritorio, puerta cerrada, y arrancaron con el interrogatorio. Detector de mentiras no había, pero en realidad no me querían hacer confesar sino más bien que les tirara una pista que le pudiera servir al Führer en su aventura de jugar a hacer inteligencia.

Jürgen tenía dos hermanos bastante mas grandes que él. Y si mi amigo daba el perfil de chico malo, los hermanos directamente te hacían mear en los pantalones. Ni a ellos ni al viejo los veía seguido, ni siquiera cuando estaba en su casa. Eran como fantasmas porque siempre se las ingeniaban para perderse en algún cuarto o en el tercer piso de esa casa que yo veía gigante y llena de misterios.

Una sola vez yo había subido al tercer piso y me encontré a toda la familia manipulando unos frascos de plástico transparentes con un líquido medio amarillento. Fue la segunda vez que le escuché al viejo decirme algo distinto a hola o chau. La otra había sido cuando le colgué un trapo de Argentina después de la final del mundial de México.

Claramente había sido una mala idea mandarme al tercer piso. Aunque después mi vieja me contó que los tipos tenían un negocio familiar de productos para los piojos, a mí siempre me quedó la idea de que andaban en algo raro.

A partir de la desaparición del jueguito electrónico, el viejo y los hermanos de Jürgen se embarcaron en una cruzada de acoso psicológico hacia el que te dije. Los tipos me querían hacer confesar a como dé lugar.

Uno de los hermanos una vez me acompañó las cuatro cuadras que yo hacía siempre hasta la parada del bondi, medio metro atrás mío, y me susurraba que iba a ir en cana, que el cura de la parroquia no me iba a perdonar nunca y que era un hipócrita porque llevaba colgada una cruz como si fuera una buena persona. Yo me tomé el bondi y él se volvió a su casa.

Si el objetivo era hacerme sentir culpable, la estrategia estaba funcionando. Llegó un momento que estuve a punto de mandarles una carta confesando el crimen con tal de que la cortaran con ese mecanismo perverso de desgaste psicológico.

Durante casi seis meses, toda mi logística giraba alrededor de un único objetivo: que la Gestapo no se cruzara en mi camino. Salía de mi casa en horarios siempre distintos, daba vueltas de más y procuraba siempre estar acompañado. Si no me quedaba otra que pasar frente a la casa de Jürgen, entonces avanzaba a paso firme y mirando el piso, sin poder evitar sentir como una puñalada en la espalda la mirada del viejo de Jürgen, que parecía estar congelado atrás de la ventana del tercer piso midiendo cada uno de mis pasos.

La cosa se ponía cada vez mas densa hasta que un día la hostilidad se cortó de golpe. No hubo más presión psicológica de los hermanos y la imagen del viejo se borró de la ventana. Hasta la vieja de Jürgen, que tenía menos sonrisa que Biasatti, se animó a dedicarme un saludo con movimiento de cabeza.

No entendía un carajo, algo me había perdido. El desconcierto fue total. Hasta que la hermana de Jürgen, que se llevaba con mis hermanas, vino con el cuento de que habían descubierto que la señora que limpiaba su casa era amiga de lo ajeno. Y que entre zapatos, ropa y guita, le habían descubierto el jueguito electrónico.

La Gestapo, fiel a un estilo, nunca lo reconoció públicamente. Más de una vez me lo crucé a Jürgen pero el que miraba para otro lado era él. Más de una vez me los crucé a los hermanos y ni la hora.

Nunca un mea culpa, loco, no pedía demasiado. Nunca una palabra de arrepentimiento. Pero sobre todo, nunca una explicación. Y yo necesitaba saber, creo que todavía necesito saber.

No pierdo la esperanza de que algún día Jürgen afloje y me cuente. La intriga me mata. De verdad necesito saber qué carajo metían en esos frasquitos.

La ventana fue de papá



El pibe estaba instaladísimo y totalmente convencido de que nadie lo movía de ahí.

Calzaba unos auriculares gigantes conectados al celular y un justin beeber al mango en cualquier momento le perforaba los tímpanos.

El pibe había agarrado la revista del avión y simulaba una lectura atenta y de lo más concentrada. El pibe no tenía ni diez años.

Me paré en seco en el pasillo y me convertí en una especie de dique para esa marea de gente que avanzaba desesperada buscando su asiento. Algo me putearon porque les hice perder esos segundos clave que te ponen en riesgo de no conseguir lugar para el bolso de mano. Es que hoy cuesta conseguir un hueco porque la gente se zarpa con los bultos que lleva arriba. Les da una paja tremenda el tramite de buscar el equipaje cuando llegan al aeropuerto y entonces mandan todo arriba.

Miré al pendejo, miré a la madre. Ninguno de los dos se dio por aludido y no me quedó otra que ser un poco más explícito.

- El pibe está en mi asiento.

La madre se apuró en decirle que se corra y que cómo se había sentado en un lugar que no era el de él. Como si hubiera sido toda idea del pendejo, cachafaz.

El pibito dudó un toque pero se animó. Y le mandó a la vieja que no se iba a levantar porque había llegado antes que el señor.

Fue como si un torrente de ácido sulfúrico me subiera hasta la cabeza en menos de cinco segundos, mientras el pendejo se daba vuelta como dándole un corte al asunto y la madre me decía con un gesto que el niño se había pronunciado.

¿Señor? ¿Señor??? El pendejo de mierda me dijo señor. Olvidate.

- La ventana es mía, así que por favor movete en este instante.

El pendejo amagó hacerla difícil pero imagino que se habrá dado cuenta de que sólo faltaba una chispa para que dos mil kilos de trinitotolueno volaran por el aire.

Ya sintiéndose derrotado, el pendejo peló una cara de orto que no le vi ni al Malevo en sus peores momentos.

La señora tardó en levantarse para liberarme el paso, como queriendo estirar el trámite para que esos segundos me resultaran incómodos por estar dejando al pibe sin el sueño del pibe. No se me movió un músculo de la cara.

Se terminó de levantar la señora y el pibe se desabrochó el cinturón echando putas y golpeando el zapato contra el piso para hacer bien visible su calentura, como si quedaran dudas.

Los que no podían avanzar por el pasillo también mostraban su descontento chistando lo más ruidoso que les salía. Un poquito de paciencia por favor.

Me senté en mi asiento y al toque me puse a mirar por la ventana.

Se sentía como un rayo en la nuca la mirada que me estaba clavando el pendejo, que se había quedado en el asiento del medio. Hacía lo imposible para que yo lo mirara pero yo seguía mirando por la ventana. Rojo de furia estaba el pendejo.

Tanta calentura tenía que no quería volver a abrocharse el cinturón. La madre le decía que se lo pusiera y el pendejo le hacia vacío mientras me miraba a mí, como desafiante, como si yo me fuera a tomar el laburo de rogarle que se lo pusiera.

El pendejo seguía haciendo el rebelde y entonces yo me desabroché el mío. Momento de desconcierto. Terminó abrochándoselo mientras yo le sonreía de reojo.

De haber sabido lo que iba a romper las pelotas durante el vuelo le habría dado el asiento ventana envuelto y con moño. Pero una vez en el baile no podía permitirme semejante derrota, así que me la banqué como un duque.

Al final le regalé el alfajor y terminamos mas o menos en buenos términos.

Pero la ventana fue de papá, de punta a punta. Vamo lo pibe.




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Fiambre en las vías es accidente personal



Cuando TBA dice accidente personal casi siempre significa que un flaco peleado con la vida se tiró abajo del tren.

Un flaco que está tan en las malas que no le da el mango para comprarse un frasco de pastillas y pegarse el raje en un acto más privado.

Un flaco que nadie conoce pero que quiere dejar huella y entonces decide joderle la vuelta a todos los que nos movemos en tren.

Llegar sobre la chicharra y encontrar un lugar vacío no es cosa de todos los días. Pero así como me senté se prendieron los altoparlantes y el botón de turno dijo que había accidente personal en San Isidro. Y que el tren no salía. Y que sorry las molestias.

Una hora sentado en un tren parado no es grave. Es igual al viaje que hago todos los días pero sin ruidos ni sacudones ni movimiento del paisaje.

No es tan grave. De última te ponés a boludear con el teléfono y podés compartir el garrón con todos los que están conectados o ponerte a garabatear un post, como ahora.

Cuando ya algunos músculos empezaban a ponerse tensos, el botón se puso de nuevo al micrófono y tuvo sus deliciosos treinta segundos de tener agarrados de las bolas a miles de pasajeros, y dijo siete veces seguidas que la formación sólo hacía la mitad del recorrido.

Festejé la noticia con puño apretado con el único objetivo de contrarrestar las puteadas de los pelotudos de siempre que salen a la calle convencidos de que hay un complot universal en su contra.

Frente al escenario de riesgo de quedarte a mitad de camino, tenés dos opciones: o te buscás de entrada otra forma de viajar o te encadenás al asiento y que sea lo que Dios quiera.

Me decidí por lo segundo y me salió como el culo.

En la primera estación se subieron las ochocientas cuarenta y siete personas que acumularon bronca durante hora y media chupando frío en el andén. Se mandaron al vagón con un nivel de desesperación como si algún ser extraño los estuviese corriendo para obligarlos a ver un partido de la selección del checho.

Como no podía ser de otra manera, en el malón había embarazadas, abuelos que no sabés si llegan vivos a la siguiente estación, pendejos que necesitan sentarse y alguno que otro arrastrando una gamba. Todos los que podían aplicar para ligar mi asiento estaban en ese vagón.

La más embarazada de todas se paró justo al lado mío. No tuve necesidad de pispear de costado para notar su presencia. Fue suficiente que una panza que parecía llevar a toda una salita de jardín me tapara de golpe toda la visión.

Le cedí amablemente el asiento mientras comentaba en voz alta que capaz estaría bueno tener a una partera cerca. No le hizo gracia.


Con la densidad humana que tenía ese metro cuadrado del vagón, no fue fácil el trámite de hacer que la señora Riganti llegara al asiento sin pasarme por encima. Tuve que hacer un movimiento de contorsión y cerrar con un saltito que me hizo perder dentro de una masa de albañiles alérgicos al jabón.

El tren iba lento. Cuando pasa algo, el tren siempre va despacio. Por las dudas, vio.

En Olivos se frenó para no volver a arrancar. Esta vez no hubo puño apretado. No daba. Todavía me quedaba patear unas quince cuadras y enganchar un bondi.

Frente a la boletería se parapetó un señor ejecutivo que llevaba sobretodo Perramus con cuello levantado, bufanda al tono, tragedia primera marca y unos pepés Guido que rajaban la tierra.

Al tipo le salió redondita la movida de dejar el bólido en casa y tomarse el tren para evitarse el estrés de manejar en el centro.

El señor arremetió a los golpes contra la persiana de una boletería que hacía rato estaba totalmente sellada. A grito pelado, el señor exigía que se le consiguiera un remis.

Desde atrás de la persiana todo lo que se escuchó fue una carcajada que se lanzó con poco disimulo.

- Y queres que te preparemos un fernét por si se demora el remis?

Más carcajadas, también de la gente que iba saliendo de la estación.

- Manga de fracasados, por algo están donde están.

Más carcajadas.

Con el numerito del señor que no daba para más, me sumé a la marea de gente que inundaban las calles laterales a la estación.

La masa caminaba mirando el suelo y echando putas como si estuviera abandonando el estadio donde su club de toda la vida acababa de descender.

En la avenida las paradas de bondi estaban imposibles. Tres o cuatro bondis nos dejaron de garpe y recién pude subirme a los veinte minutos de divertirme mirando las piruetas que hacían mis compañeros de parada para frenar alguno.

Pero me faltaban veinte guitas. Se me agujereaban los bolsillos de la cantidad de monedas que tenía, pero me faltaban veinte guitas. No hubo forma de arreglar con el fercho y me tuve que bajar a las quince cuadras.

Cincuenta y ocho mangos me salió el remis.

Los fujimoris te acribillan



Al viejito se le va la poca vida que le queda tratando de subir la valija en el maletero. Pero no la puede ni mover. Me acerco canchero y le ofrezco una mano.

Hago un movimiento brusco y casi la quedo ahí. Lo que pesa, dejate de joder. Por un momento me imagino que el viejo está llevando de contrabando los restos de su mujer todavía sin cremar y me da un cacho de idea.

Pesa como la gran puta pero ya estoy a medio camino, no puedo volver a mi asiento. Mi orgullo no resistiría un embate de esta naturaleza. Porque además del viejo hay dos minas que miran con cara de ternura al joven buena onda, yo, que se compadece del anciano y lo ayuda. A un anciano que de pedo puede dar cuatro pasos seguidos sin tambalearse pero que igual se manda a volar con un bulto que debe andar por los ochenta kilos.

Hago un segundo intento y siento que dos vértebras se me ponen de culo y me piden a gritos que largue esa valija.

No señor, hay que subirla a como dé lugar. Aprieto los dientes y a la mierda. La valija suena contra el fondo del maletero y el viejo sonríe. Las minas también, pero con un toque de sorna, como sabiendo que casi sacrifico mi movilidad para no hacer un papelón.

Medio encorvado hacia adelante, me arrastro hasta mi lugar y me tiro sobre el asiento. Viejo de mierda.

Levanto la cabeza y el geronte me sigue sonriendo. Cree que de alguna manera tiene que retribuir mi gesto y yo trato de hacer telepatía para pasarle el mensaje de que no necesito charla.
El asiento al lado mío está vacío y me preparo para desparramarme de una manera guaranga cuando el anciano se levanta y se me sienta al lado. Lo que me faltaba.

Arranca preguntando si ya conozco Peru y yo como un boludo le digo que es la primera vez que voy. Para qué.

El viejo se pone el cassette de guía turístico y me quema la cabeza hablando sin parar durante quince minutos. Y el avión todavía no sale.

No me queda otra que hacerme el dormido, pero a los cinco minutos los párpados se me empiezan a acalambrar de tanto hacer fuerza. Vuelvo a abrir los ojos y el viejo pone el lado B.

De golpe el viejo considera que es hora de volver a su asiento y pide que lo disculpe. Disculpado.

Con el viejo de vuelta en su asiento, me levanto un toque para una ultima estirada de piernas antes de despegar.

Cruzando el pasillo hay un gordo que mira nervioso a todos los que enfilan para su lugar. El tipo sufre de que le toque alguien al lado porque no hay lugar ni para un valdivieso.

Se cierran las puertas y el gordo respira aliviado. Nadie al lado. O tuvo ojete, o el otro vio de lejos cómo venia la mano y prefirió hacerse el boludo y buscar otro lugar.

Pero al gordo la sonrisa se le borra en un segundo. La azafata, la muy hija de puta, avanza por el pasillo como si fuera la princesa de Monaco, con los brazos abiertos mientras muestra a quien lo quiera ver un cinturón de seguridad XL.

La mina va directo al gordo, que enseguida se da cuenta de qué se trata, y se lo da sin disimular ni un poquito, para mandarlo bien al frente.

La mato. Me lo hace a mí y te juro que la mato, a esta forra que se pasa la mitad de su vida explicando a los pasajeros lo que tienen que hacer si por ejemplo el avión se cae al mar. Tomátelas.

Antes de volver a mi asiento miro un poco el perfil del pasaje y veo que está lleno de ponjas. Hay fujimoris por todos lados, y todos tienen su camarita en posición de disparar a cualquier cosa que se mueva.

Me siento y arrancamos. Uno de los fujimoris, el que está justo adelante mío, pela su réflex digital y, trac-trac-trac-trac, saca sin parar. El dedito queda bien firme sobre el shut y es una foto atrás de la otra.

Miro por la ventana y trato de entender para qué mierda el tipo se gasta una memoria de cuatro gigas sólo en el despegue. En fin.

El vuelo tranquilo. La llegada es otra historia.