
Domingo de fútbol, a pleno. Es época de fútbol sólo los domingos y todos los partidos a la misma hora. Época de pasarse la semana esperando el espectáculo por excelencia. Época, también, de cachiporra fácil y de vigilante que no se va al mazo. La televisión todavía no manda, las cámaras registran poco, no hay nada ni parecido a la super motion. El gran hermano sólo existe en la imaginación de algún trasnochado.
Los clásicos de barrio son programa obligado después de un mediodía familiar a pura pasta, bien casera, regada con un tinto en damajuana que obliga al repiqueteo de labio contra labio para ganarle a la acidez.
Almorzamos temprano y salimos con tiempo. Los bondis, que van hasta la manija, son una especie de corazón palpitante que bombea al ritmo de las palmas y de las clásicas cornetas sólo aptas para pulmones medio pelo para arriba. El chofer también se cree parte de la cosa y se suma a la joda a bocinazo poco disimulado.
La pasión salpica cada rincón. Banderas desplegadas en los balcones y puestitos improvisados para vender gorro, vincha y trapo. Los cordones de la calle se convierten en punto de reunión para entrarle al chori y al paty que salen como trompada, igual que la coca en botella de vidrio transparente con letras blancas.
Hoy la jugamos de visitantes contra los capos del oeste, el gallito. Hacia allá vamos con la banda del matador, capo y dueño de la zona norte. Dos equipos, dos rivales acérrimos y entrañables, dos contendientes que garantizan palos y piedras al por mayor.
El enfrentamiento se huele en el aire. Sabemos que damos vuelta la esquina y hay que arremangarse sin dudar. Y es así, nomás: dos minutos más tarde nos trenzamos en una trifulca que tiene de todo un poco. Es pelea leal, según tácticas casi militares para atacar, emboscar y replegarse con algún trapo como trofeo de guerra. Violencia a pleno pero con códigos, porque todavía hay códigos.
Un par de cuetazos al aire y el sonido insoportable de las sirenas son suficientes para dispersarnos. Cada cual a lo suyo, como si no hubiera pasado nada.
La tribuna visitante, puro tablón, desborda locura y pasión. Se imponen los cánticos pegadizos y contagiosos, de esos que van a perdurar durante varias generaciones. No entra un alfiler, estamos todos hombro contra hombro y sintiendo a pleno los efectos que el calor provoca en el de al lado. La ceremonia de los papelitos es sagrada. Diarios, ejemplares viejos de la Goles o El Gráfico, papeles de oficina. Todo suma para que recibir al equipo sea todo lo espectacular que se pueda.
José María Muñoz le mete garra desde la radio de peluquería que tiene el que está justo delante de mí. El gordo García Blanco también se anota para repasar las formaciones de los equipos y para recordarnos qué otros partidos se están jugando en simultáneo. La transmisión se hace eco de un juego que acaba de arrancar y que mezcla timba y olfato futbolero, el Prode. Hay clima de fiesta.
Estamos cerca del alambrado, ahí nomás de la cancha, ideal para hacer sentir la presión. Ideal también para terminar con un cuadriculado facial cuando haya alguna avalancha, tan normal en un estadio así y con tanta gente apiñada.
El partido es malo, decididamente malo. Termina el primer tiempo con un amargo cero a cero pero, claramente, la fiesta se vive en las tribunas. La batalla que hace un rato fue cuerpo a cuerpo ahora es verbal. Los cánticos van y vienen, se tapan unos a otros.
Por un momento retiramos la atención de la tribuna de enfrente y nos enfocamos en un cana que está a unos pocos metros. El tipo no puede mantenerse en pie del escabio que lleva y no tiene mejor idea que sacar su arma y apuntarle a una pelota que le pasa cerca. Insólito. Las risas de todos nosotros no se hacen esperar. Lo agarramos al cana de punto y le dedicamos unos minutos de nuestra furia burlona, como para variar un poco.
El milico no se banca la provocación y ahora nos apunta a nosotros. Este tipo está de la gorra, literalmente. A ver cómo se ríen ahora, manga de inútiles. Los gritos se multiplican y la joda termina con el milico tirando bala directamente hacia la masa compacta de quienes mirábamos atónitos. Una locura. En el medio del desbande, el negro Zamora -hincha referente del matador- cae de lleno sobre el tablón que rápidamente se tiñe todo de sangre. La hecatombe.
Los milicos se meten en la tribuna para intentar calmar a las fieras enardecidas que quieren venganza ya. La batalla es cuerpo a cuerpo y vale todo. La cana pegó primero y de manera desleal, por eso vale todo.
“Y pegue, y pegue, y pegue Tigre pegue…”
El aliento viene de enfrente, de la gente del gallito, que rápidamente se da cuenta de lo que está pasando y se une en el sentimiento. Los mismos con los que hace un rato nos dimos de lo lindo, esos mismos ahora se ponen de nuestro lado.
El segundo tiempo ni arranca. Imposible seguir así. Con el partido suspendido, salimos disparados de la tribuna directo hacia la zona de vestuarios, porque allí se llevaron al milico sacado. Con todo lo que tenemos a tiro buscamos hacer justicia por mano propia. Cuando vemos llegar también a la barra rival, la primera reacción fue ponernos en guardia y prepararnos para otra goma general. Pero los flacos no vienen a pelearnos, vienen a sumarse. La cosa termina con las dos barras arrasando con todo lo que está a su paso.
Al agresor lo llevan directamente a la comisaría porque había serio riesgo de linchamiento. Hacia allá vamos nosotros también, las dos hinchadas, compartiendo los camiones en los que la barra del matador se llegó hasta Morón. Después de varios intentos por tomar la comisaría, la desesperada represión policial logra disuadirnos y nos hace abandonar el lugar a fuerza de gases y balas de goma.
Nos vamos todos juntos, todos amigos.
Tan amigos como estos dos amigos entrañables que ahora tengo en frente, que saltan juntos y gritan por el mismo equipo. Uno con la remera del gallito, el otro con la del matador. Unidos como hermanos por una pasión inexplicable. La misma pasión que es inspiradora del enorme mural que muestra a un gallo y a un tigre confundidos en un abrazo. La misma pasión que me transportó más de treinta años en el tiempo para ser testigo de lujo de cómo empezó el idilio.
El fútbol tiene estas cosas.
Los clásicos de barrio son programa obligado después de un mediodía familiar a pura pasta, bien casera, regada con un tinto en damajuana que obliga al repiqueteo de labio contra labio para ganarle a la acidez.
Almorzamos temprano y salimos con tiempo. Los bondis, que van hasta la manija, son una especie de corazón palpitante que bombea al ritmo de las palmas y de las clásicas cornetas sólo aptas para pulmones medio pelo para arriba. El chofer también se cree parte de la cosa y se suma a la joda a bocinazo poco disimulado.
La pasión salpica cada rincón. Banderas desplegadas en los balcones y puestitos improvisados para vender gorro, vincha y trapo. Los cordones de la calle se convierten en punto de reunión para entrarle al chori y al paty que salen como trompada, igual que la coca en botella de vidrio transparente con letras blancas.
Hoy la jugamos de visitantes contra los capos del oeste, el gallito. Hacia allá vamos con la banda del matador, capo y dueño de la zona norte. Dos equipos, dos rivales acérrimos y entrañables, dos contendientes que garantizan palos y piedras al por mayor.
El enfrentamiento se huele en el aire. Sabemos que damos vuelta la esquina y hay que arremangarse sin dudar. Y es así, nomás: dos minutos más tarde nos trenzamos en una trifulca que tiene de todo un poco. Es pelea leal, según tácticas casi militares para atacar, emboscar y replegarse con algún trapo como trofeo de guerra. Violencia a pleno pero con códigos, porque todavía hay códigos.
Un par de cuetazos al aire y el sonido insoportable de las sirenas son suficientes para dispersarnos. Cada cual a lo suyo, como si no hubiera pasado nada.
La tribuna visitante, puro tablón, desborda locura y pasión. Se imponen los cánticos pegadizos y contagiosos, de esos que van a perdurar durante varias generaciones. No entra un alfiler, estamos todos hombro contra hombro y sintiendo a pleno los efectos que el calor provoca en el de al lado. La ceremonia de los papelitos es sagrada. Diarios, ejemplares viejos de la Goles o El Gráfico, papeles de oficina. Todo suma para que recibir al equipo sea todo lo espectacular que se pueda.
José María Muñoz le mete garra desde la radio de peluquería que tiene el que está justo delante de mí. El gordo García Blanco también se anota para repasar las formaciones de los equipos y para recordarnos qué otros partidos se están jugando en simultáneo. La transmisión se hace eco de un juego que acaba de arrancar y que mezcla timba y olfato futbolero, el Prode. Hay clima de fiesta.
Estamos cerca del alambrado, ahí nomás de la cancha, ideal para hacer sentir la presión. Ideal también para terminar con un cuadriculado facial cuando haya alguna avalancha, tan normal en un estadio así y con tanta gente apiñada.
El partido es malo, decididamente malo. Termina el primer tiempo con un amargo cero a cero pero, claramente, la fiesta se vive en las tribunas. La batalla que hace un rato fue cuerpo a cuerpo ahora es verbal. Los cánticos van y vienen, se tapan unos a otros.
Por un momento retiramos la atención de la tribuna de enfrente y nos enfocamos en un cana que está a unos pocos metros. El tipo no puede mantenerse en pie del escabio que lleva y no tiene mejor idea que sacar su arma y apuntarle a una pelota que le pasa cerca. Insólito. Las risas de todos nosotros no se hacen esperar. Lo agarramos al cana de punto y le dedicamos unos minutos de nuestra furia burlona, como para variar un poco.
El milico no se banca la provocación y ahora nos apunta a nosotros. Este tipo está de la gorra, literalmente. A ver cómo se ríen ahora, manga de inútiles. Los gritos se multiplican y la joda termina con el milico tirando bala directamente hacia la masa compacta de quienes mirábamos atónitos. Una locura. En el medio del desbande, el negro Zamora -hincha referente del matador- cae de lleno sobre el tablón que rápidamente se tiñe todo de sangre. La hecatombe.
Los milicos se meten en la tribuna para intentar calmar a las fieras enardecidas que quieren venganza ya. La batalla es cuerpo a cuerpo y vale todo. La cana pegó primero y de manera desleal, por eso vale todo.
“Y pegue, y pegue, y pegue Tigre pegue…”
El aliento viene de enfrente, de la gente del gallito, que rápidamente se da cuenta de lo que está pasando y se une en el sentimiento. Los mismos con los que hace un rato nos dimos de lo lindo, esos mismos ahora se ponen de nuestro lado.
El segundo tiempo ni arranca. Imposible seguir así. Con el partido suspendido, salimos disparados de la tribuna directo hacia la zona de vestuarios, porque allí se llevaron al milico sacado. Con todo lo que tenemos a tiro buscamos hacer justicia por mano propia. Cuando vemos llegar también a la barra rival, la primera reacción fue ponernos en guardia y prepararnos para otra goma general. Pero los flacos no vienen a pelearnos, vienen a sumarse. La cosa termina con las dos barras arrasando con todo lo que está a su paso.
Al agresor lo llevan directamente a la comisaría porque había serio riesgo de linchamiento. Hacia allá vamos nosotros también, las dos hinchadas, compartiendo los camiones en los que la barra del matador se llegó hasta Morón. Después de varios intentos por tomar la comisaría, la desesperada represión policial logra disuadirnos y nos hace abandonar el lugar a fuerza de gases y balas de goma.
Nos vamos todos juntos, todos amigos.
Tan amigos como estos dos amigos entrañables que ahora tengo en frente, que saltan juntos y gritan por el mismo equipo. Uno con la remera del gallito, el otro con la del matador. Unidos como hermanos por una pasión inexplicable. La misma pasión que es inspiradora del enorme mural que muestra a un gallo y a un tigre confundidos en un abrazo. La misma pasión que me transportó más de treinta años en el tiempo para ser testigo de lujo de cómo empezó el idilio.
El fútbol tiene estas cosas.
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