Con Ottavis en el Bernabeu


Hay clásico de Madrid en semifinales de Champions. Y, como cada vez que juegan, no puedo no acordarme de mi primera vez en el Bernabéu, justamente para ver el mismo clásico, hace siete años. Ganó el merengue con baile. En el Aleti jugaba Agüero y en el Madrid ya estaba Ronaldo. Pero la nota no estuvo en el partido sino en la experiencia insólita que me tocó vivir en los pasillos de uno de los estadios más imponentes del mundo.

Yo estaba en Madrid por laburo. Antes de viajar le había escrito un mail a un íntimo amigo de mi hermano, que laburaba en una multinacional con sede en esa ciudad. Le escribí para pedirle dos cosas. Primero, que me armara una reunión con la directora de comunicación de esa empresa para destrabar un asunto clave para el futuro de nuestra agencia. Y segundo, que me consiguiera una entrada para ver el clásico. Le aclaré también que si sólo podía cumplirme uno de los dos deseos, que se olvidara de la reunión.

El amigo de mi hermano me pidió expresamente que no diga su nombre porque no quiere llegar mañana a su oficina y encontrarse cientos de pedidos para ir a la cancha. O para armar reuniones. A los efectos del cuento, el pibe se llama Juan.

Juan me tuvo hasta último momento con los huevos de moño porque hasta el día anterior al partido no sabía si alguien de su empresa iba a usar el palco que tenían en el estadio del Real Madrid. Un palco, sí. No era la chance para una entrada sin numerar en una tribuna con tablones de madera o gradas de cemento que a los cinco minutos te dejan el culo como si te hubiera inyectado una pedidural. No, señores, la empresa tenía un palco en el Santiago Bernabéu.

El partido era el sábado a la noche y el mail de Juan me entró el viernes a eso de las cuatro de la tarde. En ese momento yo estaba reunido con el presidente de uno de los clientes que teníamos en España. Había que resolver un quilombo y por alguna razón inentendible me habían elegido a mí para pilotear el asunto. El mail de Juan era muy escueto:

"Tengo el pase. Vení a buscarlo antes de las cinco porque me estoy yendo a Turquía hasta el lunes. Te espero".

Terminé de leer el mail y la excitación me hizo perder todo tipo de sentido del espacio y el tiempo. El presidente me hablaba y yo sólo pensaba cómo mierda rajar de ahí para llegar en menos de una hora hasta la oficina de Juan, que quedaba en las afueras de Madrid y no había un transporte directo. La solución que encontré, algo tosca y primitiva, fue pedirle por mail a un amigo que me llamara al celular. Tuve que prometerle una camiseta del Real Madrid para convencerlo porque el miserable no quería gastar en una llamada de larga distancia. A los tres minutos entró el llamado y fruncí la cara mientras el presidente me auscultaba con la mirada como tratando de adivinar de dónde tanta preocupación repentina. La llamada duró veinte segundos pero yo seguía con el celular en la oreja porque todavía no sabía qué mierda decirle al presidente. Hasta que hubo un momento en que tuve que hacerle frente:

- Usted me va a disculpar, señor Sánchez Ruiz, pero tengo que ausentarme por un rato. Me llamó mi primo porque me traje su llave y no puede entrar al departamento. Justo estoy parando estos días ahí. Le doy la llave y vuelvo. Espero sepa disculparme pero es un asunto de fuerza mayor.

Ni lo miré cuando salí de su oficina. Agarré el bolso y rajé que no me daban las piernas. Metro, combinación, trote sostenido bajo una llovizna molesta y pique virulento las últimas dos cuadras. Juan me esperaba en la recepción de un imponente edificio corporativo con el impermeable puesto y la valija lista para rajarse a Turquía. Agarré el sobre con una solemnidad absurda y lo besé. Primero al sobre y después a Juan. Sólo dos cosas me dijo antes de subirse a su taxi. Que empilchara con camisa blanca, saco y zapatos. Y que si alguno me preguntaba algo, que dijera que trabajaba en el BBVA. Y se fue.

El partido arrancaba a las ocho de la noche y ésa sería mi única actividad productiva del sábado. Me levanté a eso de las once, caminé por el barrio para bajar un poco la ansiedad y me compré un pedazo de jamón serrano en el boliche de un vasco cerrado que no quiso venderme galletitas de agua porque el jamón serrano se come con pan, siempre. Después volví al departamento, me comí todo el jamón casi sin respirar, metí casi dos litros de agua al buche para desempastar los circuitos y me tiré a dormir la siesta con la previa del clásico puesta en la tele de fondo.

El departamento estaba en el corazón del barrio Chamberí, a unas veinte cuadras del estadio, y me hice todo el trayecto caminando. Llegué dos horas antes. Le di un rodeo completo tipo vuelta olímpica, como para identificar la puerta de ingreso, y me senté en un cordón a mirar a la gente que iba y venía muy tranquila. Algunos cantaban tímidos y otros empinaban su cerveza gritando por el Madrid. Todos eran felices. Éramos felices.

En la puerta de ingreso a la zona de palcos me atendió una promotora muy atenta y me hizo subir por el ascensor hasta el tercer piso del estadio. Aproveché el espejo del ascensor y me acomodé del cuello de la camisa y el saco con hombreras. Ni en mi civil había empilchado tan elegante.

Mi palco estaba justo de frente saliendo del ascensor. Para llegar atravesé un hall y sobre mi derecha pude ver un grupete de gente sacándose fotos junto a una vitrina. Era la orejona, la copa de la Champions. Me acerqué sin poder disimular mi entusiasmo casi infantil y pedí a un pibe que me retratara. En esa época todavía se usaba la cámara de fotos. Yo tenía una que me había comprado en un shopping el mismo día que llegué a Madrid. Con esa fiebre enfermiza por comprar barato, me cebé con un combo de camarita más memoria más estuche. Y esa misma noche, cuando llegué al departamento se me ocurrió hacer la conversión. Me habían abrochado fulero.

En la puerta del palco, otra amable señorita me pidió el saco, lo colgó en un placard de caoba pulido al mango y me acompañó hasta mi asiento. Durante los cuarenta minutos que pasaron hasta que arrancó el partido, la señorita me ofreció tragos, variedades de jamón serrano y otros bocaditos que estaban para chuparse los dedos hasta los hombros. No podía parar. Se vaciaba el vaso, me lo volvían a llenar. Se hacía algún hueco en el plato de delicias, me lo ponían al mango de nuevo. Fue un desafío a mi organismo, que respondió relativamente bien.

El palco se fue completando de a poco hasta que se ocuparon todos los asientos. Al lado mío se sentó un gordito que me llamó la atención porque calzaba una remera blanca de Kevingston. Me llamó la atención por dos razones: primero, porque no es una marca que se vea en otros países; y segundo, porque la inscripción de la remera no se condecía del todo con la percha: “una estampida de facha”. No soy bueno para describir gente así que les voy a decir una sola cosa para que puedan hacerse una idea del sex appeal del muchachito: José Ottavis.

Ottavis fue la primera persona del palco que quiso entablar algún tipo de conversación conmigo, más allá de los agradecimientos de rigor que había dirigido a la señorita moza a cargo del feedlot premium. Lo primero que me preguntó Ottavis fue de parte de quién había ido al palco. Me acordé de la advertencia de Juan y respondí, muy seguro, que trabajaba en el BBVA y estaba en Madrid por un workshop.

- Joder, hombre, que no puedo creer mi suerte. Hace unos meses estuve en la sede de vuestro banco en Buenos Aires, para ofrecerles una consultoría en sistemas. Los tíos se mostraron muy entusiasmados con mi propuesta pero, coños, desde entonces nadie responde mis llamados y mis mails. Como si los hubiera tragado la mismísima tierra. Pero tú ahora me vas a ser de gran ayuda. A mí el fútbol no me interesa pero yo sabía que hoy tenía que venir. Yo sabía.

Pero la concha de mi madre. Me acuerdo que lo dije casi en voz alta. Tendría que haberle hecho las cuatro señas que me aprendí en el tren el día que me amenazó un sordomudo por no querer darle una moneda y terminé comprándole diez flyers con las señas. El mismo sordomudo que años después me encontré en un bondi vendiendo a los gritos alfajores Terrabusi vencidos. Si le hacía creer a Ottavis que era sordo la cosa terminaba ahí. Pero no, soy un campeón metiéndome en quilombos que yo mismo me compro. La puta madre que lo parió.

Ottavis me pidió una tarjeta personal y le dije que no había llevado. Me pidió un número de celular y le dije que lo tenía en el saco y que no me lo acordaba porque era un celular muleto que usaba en Madrid. Después me lo das, me apuró. Sí, sí, obvio.

Durante todo ese primer tiempo nunca paré de lastrar. La señorita seguía trayendo manjares indescriptibles y yo no le hacía asco a ninguno. El denso de Ottavis me hablaba sin parar de los proyectos que tenía pensado para desarrollar en Buenos Aires y cada vez que me preguntaba algo o se quedaba esperando alguna acotación mía, yo me excusaba porque tenía la boca llena.

Se acababa el primer tiempo y el Madrid ya ganaba dos a cero con baile. En esa época todavía no estaba el Cholo y el Aleti deambulaba siempre de mitad de tabla para abajo, nunca era protagonista y no había forma de que ganara el clásico de visitante. En un momento de tiqui-tiqui que las gradas celebraban como si estuvieran en un teatro, el atrevido de Ronaldo hizo un pase con la espalda, innecesario. A partir de ese minuto Godín, férreo defensor uruguayo y emblema del equipo colchonero, lo persiguió por toda la cancha con el único objetivo de hacerle saber que el lujo había estado de más. Logró cruzarse con él recién cinco minutos después de la fantasía, de modo que la bronca había ido en aumento y el uruguayo era una caldera a punto de estallar. Lo agarró sobre el banderín del córner, en una jugada intrascendente, y le metió terrible planchazo a la altura del muslo que festejé parándome de un salto y lanzando una carcajada sonora. La gente se me quedó mirando pero el árbitro me salvó de tener que dar explicaciones cuando hizo sonar el silbato y señaló el final del primer tiempo. Todo el mundo se levantó de su asiento y desapareció. El palco quedó vacío.

Me fui atrás de la masa y llegué hasta uno de los anillos internos del estadio. Unas veinte mesas se habían dispuesto tipo casamiento y la gente pasaba a servirse su ración. Un lujo todo. Mi preocupación no era que ya casi no tenía lugar en mi organismo para alojar alguna de esas exquisiteces por todo lo que había lastrado durante el primer tiempo. Lo que realmente me desvelaba era volver a cruzarme con Ottavis.

Me decidí por un pollo al curry con papas a la mostaza y me aposté pegado a una columna. De ahí pude verlo a Ottavis que cogoteaba como loco. El hijo de puta me estaba buscando. Di un paso para atrás y me quedé justo detrás de la columna para desaparecer de su radar. Me comí el pollo en cuatro bocados y de ahí directo al baño que había unos metros más allá del ingreso a nuestro palco. Mármoles de carrara por todos lados, pisos relucientes y un violento aroma a quirófano. Como faltaban todavía unos minutos para el segundo tiempo y me habían dado una revista con la historia del Real Madrid, me metí en uno de los cubículos y me senté sobre la tabla a disfrutar de la lectura. Apenas cerré la puerta del cubículo, sentí que alguien entraba al baño y reconocí la voz, ya inconfundible, del hijo de puta de Ottavis:

- Juan Pablo, ¿estás por aquí?

Pongamos el freno de mano y tratemos de dimensionar la gravedad de la situación. Era mi primera vez en el estadio Bernabéu. Siempre había soñado con mirar fútbol, del bueno en serio, desde las gradas de ese mítico estadio que pisaron los mejores jugadores del mundo. Y en lugar de estar disfrutando de todo eso, me la estaba pasando jugando al gato y al ratón con ese petiso conchudo.

Por supuesto que no respondí a los llamados de Ottavis. Incluso me quedé unos minutos más y volví al palco cuando ya iba casi un cuarto de hora del segundo tiempo. Me fijé dónde estaba sentado el dolor de huevos y me fui a la otra punta. Pero el muy hijo de puta se levantó y se me sentó al lado. La concha de su madre. Ottavis se pasó todo lo que quedaba del segundo tiempo tirándome nombres de los tipos con los que había estado en Buenos Aires y yo respondiendo que me sonaban pero que no tenía trato directo con ellos.

No llegué al final del partido. Como esos plateístas amargos que se borran de la cancha unos minutos antes para no comerse el quilombo de la salida en masa, me fui en puntas de pie y le pedí a la moza que me alcanzara el saco. La moza se demoró unos minutos tratando de convencer a un pelado para que dejara de chupar porque ya no se podía mantener en pie. Esos minutos fueron letales. Ottavis adivinó mi maniobra y se me vino al humo.

- Tu número de móvil.

El tono imperativo del gordito no daba margen para ensayar algún tipo de evasiva. Saqué el celular del bolsillo del saco y no pude hacerme el boludo: el número, bien visible, estaba pegado sobre la funda. Ottavis empezó a anotar número por número pero dejó de mirar cuando faltaban los últimos dos dígitos. Vi mi oportunidad y no dudé. Guardé el aparato en el bolsillo y le canté los dígitos invertidos. Ottavis dudó pero terminó confiando.

Bajé a los saltos los tres pisos por las escaleras y cuando llegué a la calle levanté los brazos y caí con las rodillas en tierra. Había cumplido mi sueño de pisar el Santiago Bernabéu y, mucho más importante todavía, me había sacado de encima al gordito que parecía haberse propuesto ensuciarme el programa.

Ojalá la aventura hubiera terminado ahí. A los pocos días sonó el celular y atendí:

- Coños, hombre, que me costó encontrarte.

No lo dejé seguir hablando. Le corté. Apagué el celular. Lo desarmé. El chip fue a un tacho de basura. La batería a otro. Y, según las pericias, el celular murió de veinte voleas con el empeine.

Un momento Rexona


Ya pasaron ocho años. No sé mucho de derecho pero calculo que el asunto ya prescribió.

Mi hermana, mi cuñado y sus princesas vivían en Ushuaia y con la patrona caímos de visita con la tropa a pleno. Casi un mes de prestados en una cabaña del carajo, al borde del canal de Beagle, gracias a la generosidad inagotable de mi padrino. Vacaciones con mayúsculas, o sea VACACIONES.

Llegamos los primeros días de diciembre y pasamos Navidad y Año Nuevo allá. Hicimos todos los paseos que se podían hacer, incluso más de una vez cada uno, y prácticamente no nos quedó nada por conocer. El lugar es indescriptible, un paraíso.

La cabaña estaba pegada a la de mi hermana y eran idénticas. En la planta baja tenía dos cuartos, dos baños y un living/comedor/cocina bastante amplio y, balconeando sobre el living, había un entrepiso de madera con un par de sillones y la tele.

Apenas aterrizados, mi mujer y mi hermana salieron a hacer compras y yo me quedé con todos los críos porque mi cuñado se había ido a laburar. Me senté en la mesa del comedor a trabajar un rato en la computadora mientras los gurises veían una película en el entrepiso. Todo iba joya hasta que el menor, que para esa época tenía apenas nueve meses, se despertó de su siesta mañanera y pidió a gritos la mamadera desde la cuna que había en uno de los cuartos. Me levanté de mi lugar, le calenté un poco de leche y lo acosté sobre la alfombra del entrepiso, cerquita de sus hermanos, con la cabeza medio levantada con un almohadón para que pudiera entrarle a la mema bien cómodo. Con un poco de suerte, el enano se dormía otra vez tomando su leche y me dejaba meter un rato más de laburo descontracturado.

Lo que yo no sabía hasta ese momento era que el pendejo ya no era el típico muñeco de trapo que se quedaba quieto donde lo pusieras. No señor.

De vuelta en la mesa del comedor, me puse a boludear en las redes sociales mientras el resto seguía abrochado electrónicamente a esa peli de Disney que ahora no recuerdo. Todos enganchados, menos el menor. Fue una décima de segundo. Enfocado en la pantalla, tal vez mirando por enésima vez alguna genialidad de Messi, con la mirada periférica pude percibir al bulto cayendo al vacío desde el entrepiso como una bolsa de papas. El bulto rebotó en el sillón y terminó desparramado por el piso.

El bulto era mi hijo menor. El tipito había aprendido a rodar de costado, parece que era su gracia. Y así fue, rodando tipo tirabuzón, hasta la baranda de contención que daba al living. La baranda era de troncos rústicos pero dejaba un hueco en la parte inferior. Un hueco angosto pero no tanto como para evitar que pasara de largo un bebe de nueve meses rodando como tirabuzón.

Decí que el Barbas es grande y que los ángeles guardianes de toda la familia se pusieron de acuerdo para laburar juntos en esto. El pibito voló esos tres o cuatro metros y cayó justo sobre el sillón. Diez centímetros para un lado, se habría dado contra el borde de piedra de la chimenea. Diez centímetros para el otro, caía afuera del sillón, directamente sobre el piso de losa. El llanto desconsolado del pendejo fue música para mis oídos porque era una buena señal. El llanto nervioso de la flaca, que había sido testigo, fue un sopapo al alma. Durante unos diez segundos, ningún músculo de mi cuerpo respondió a las indicaciones poco precisas que le tiraba mi cabeza. Finalmente me acerqué, lo levanté, lo abracé fuerte y lo acompañé un rato en el llanto.

Cuando la madre llegó de hacer las compras, no supe por dónde arrancar el cuento. Sólo le acerqué al pibito para que lo alzara y lo abrazara ella también. Y después, sí, le conté. Pero no me acuerdo ni qué le dije ni cómo reaccionó.


Fue un momento Rexona.

Cien por ciento sangre irlandesa


Tanto refresco de lindos recuerdos que van apareciendo me hizo acordar de una anécdota que viví con Johnny una de las tantas veces que los O´Reilly me llevaron al CASI. Me llevaban casi todos los sábados y nos clavábamos pre-intermedia, intermedia y primera con Jorge, Tomas, Michael, Johnny y algún primo más que anduviera colgado. En el falcon cataforesis siempre había lugar.

Mi vieja, chocha de poder prescindir de mi intensa presencia al menos por un rato, me entregaba con moño porque Jorge Jose O Reilly me pasaba a buscar al mediodía y no me devolvía hasta la noche.

Ese sábado llegamos temprano pero cayeron soretes de punta y suspendieron pre-intermedia e intermedia para cuidar el pasto de la cancha. Con dos o tres horas ociosas por delante, Johnny me llevó a dar una vuelta por el barrio. También estaba el Colo Walker.

La actividad básicamente fue buscar autos en buen estado, preferentemente de alta gama, y llevarnos de suvenir alguna pieza ornamentaria. La estrella del Mercedes Benz era la más preciada pero la malaria de ese día hizo que termináramos conformándonos con chapitas de Regatta o de Súper Spazio.

Johnny y el Colo tenían una habilidad tremenda para arrancar la insignia y con dos movimientos ya la tenían metida en el bolsillo. Yo en cambio era un poco más novato y el trámite era un toque más largo.

Cuando a Johnny y al Colo ya no le daban las manos para cargar chapitas, me señalaron un Renault 11 inmaculado estacionado sobre una de las calles laterales del club, creo que era Labardén. La insignia, que traía un lustrado a franela violento, estaba más fija de lo que yo creía. El resultado fue una maniobra tosca y ruidosa que terminó con el dueño del auto, un orco de dos metros y medio, parado en la vereda a escasos pasos de donde yo estaba y con una mirada asesina que casi me hace mear encima.

Lo siguiente que escuché fue la voz de Johnny, hablándole al orco con una seguridad aplastante:

- ¿Sabés cuál es tu problema? Que si te la agarrás con él, el que te va a pegar soy yo, no él.

Así me tenía conceptuado Johnny. No confiaba mucho en mis dotes pugilísticas. Y así fue nomás: apenas el orco dio un paso hacia mi atormentada humanidad, primero Johnny y después el Colo se le fueron al humo y le dieron para: tener, guardar, atesorar, coleccionar, almacenar, repartir, redistribuir, vender, permutar y regalar.

Cuando el orco, al borde de un colapso nervioso, se guardó en su casa que no le daban las gambas, Johnny me encaró y se me puso cara a cara. No fue una amenaza, no hizo falta. Pero el mensaje fue clarito:

- De esto, ni una palabra a nadie.

Y cumplí la promesa a rajatabla. Hasta hoy.

Un redescubrimiento impagable


Llegué cuarenta minutos antes de la hora pautada para la reunión porque soy un enfermo de la puntualidad y porque no podía correr el riesgo de llegar tarde a ese primer encuentro con mi cliente. Porque no era un cliente cualquiera. 

Estacioné el auto a media cuadra y aproveché ese changüí de tiempo para repasar la presentación, punto por punto. También soy un enfermo de eso y lo hago siempre. La sangre materna me corre virulenta por las venas y no se cansa de recordarme que la timidez y la introversión son casi un mandato. Por eso no improviso y pienso casi cada palabra que voy a decir cuando me toca hablar en público. Aquella vez no fue la excepción. 

Me bajé del auto con mi carpetita en mano y encaré la recepción de esa oficina poco convencional que se parecía más a un parador de playa que a la sede de una empresa desarrolladora de la que empezaba a hablar el mundo. Toqué el timbre y me abrieron enseguida. La recepcionista me atendió muy amablemente y me hizo sentar en unos silloncitos de mimbre con el respaldo a noventa grados, ideales para que mi ansiedad derivara rápidamente en una molestia aguda en el nervio ciático.

En la recepción había un desfile de caras extrañas que pasaban y me saludaban como si me conocieran. Claramente yo les resultaba familiar. Y no se equivocaban. La espera no fue larga pero sí suficiente como para que me bajara medio bidón del dispenser de agua helada que te servías en vasitos que eran más chiquitos que los de hacer buches en el dentista.

A la hora señalada, la recepcionista me hizo pasar por el pasillo vidriado hasta la sala de reuniones. Ahí me esperaban los socios de la compañía y mi entonces jefe en la consultora, que había llegado antes y ya lo habían hecho pasar. 

Mi presentación estuvo relativamente bien. O al menos se portaron bien conmigo y evitaron exponerme con alguna pregunta complicada. Mi jefe cerró el encuentro tirando sobre la mesa que todos en la consultora estábamos muy entusiasmados de trabajar con ellos y que esperábamos estar a la altura. Uno de ellos, que hasta entonces sólo se había dedicado a mirarme con atención, habló por primera vez para responderle a mi jefe con esa sobriedad tan característica, mientras me señalaba con la cabeza:

- Lo tienen a mi ahijado. Nada puede ir mal. 

Al margen de lo laboral, lo que empezó ese día fue un espectacular período de redescubrir a mi padrino. De confirmar las virtudes de un tipo íntegro, generoso, alegre y más bueno que Lassie atado con cuarenta grados de fiebre. Un tipo que tiene una capacidad increíble y única de estar pensando siempre en cómo ayudar a los demás. 

Agradezco al Barbas este redescubrimiento y lamento no poder volver el tiempo atrás para tener más momentos con él. Para pedirle consejo, para hablar de la vida y de los sueños, para encender mi grabadora emocional y guardarme para siempre el testimonio de un tipo que las pasó todas y respondió siempre con actitud positiva y esperanzadora, sin abandonar nunca sus ideales. 


Un orgullo ser tu ahijado. Y aunque no haya sido yo el que te eligió, volvería a elegirte mil veces. Abrazo infinito.  

Me saqué el gordo (de encima)


Me tragué el orgullo y pretendí seguir sin darle importancia a ese gordo desagradable que tiraba cabezazos como si fuera Ivan Zamorano. No era la primera vez que alguien se me dormía en medio de una presentación. 

Éramos quince personas en una de las salas de reuniones del antiquísimo edificio sede de la Comisión de Monumentos, sobre avenida de Mayo justo a la vuelta del Cabildo. Justamente por ser parte del conjunto histórico del Cabildo, a la sede de la Comisión no se le puede hacer nada. Y no hacerle nada incluye también no poder meterle un aire acondicionado, por ejemplo, y cagarte de calor en todos los ambientes.

La Comisión de Monumentos es un antiguo cliente de la agencia donde supe laburar. Lo que hace básicamente es proteger nuestro patrimonio y para eso una vez por semana se juntan en una sala diez viejos carcamanes, de lenguaje y pose de próceres contemporáneos, para analizar quirúrgicamente todos los casos que llegan a la Comisión: pedidos para que algún edificio sea declarado monumento histórico, pedidos de autorizaciones para hacer alguna remodelación en edificios ya declarados y otras cuestiones por el estilo. Lo que hacíamos desde la agencia era tratar de darle algo de visibilidad a todo eso que hacía la Comisión. Si ustedes nunca escucharon hablar sobre lo que hace la Comisión, significa que nuestro laburo fue una cagada. No hace falta que me respondan. 

Ese día yo estaba presentando un reporte de la estrategia que, para nosotros, tenía que encarar la Comisión para que sus acciones tuvieran mayor impacto. Tarea titánica porque esta raza de próceres cree saberlo todo. Encima había cuarenta y ocho grados en esa sala sin aire acondicionado y las ventanas estaban cerradas para oscurecer el ambiente porque la presenta venía con proyección a la pared. 

No habían pasado ni diez minutos y el gordo desagradable, sentado justo a mi derecha, ya estaba meta cabecear. Mi primera reacción fue seguir sin darle bola porque cualquier distracción podía hacerme perder el hilo y decir huevadas incongruentes distintas a las que digo habitualmente. Pero cuando el gordo desagradable puso los ojos en blanco ala, se puso pálido y empezó a inclinarse para un costado, no me quedó más remedio que intervenir. Rápido de reflejos, lo atajé justo antes de que la sien le impactara con violencia contra la punta de una mesita que tenía al costado. Detrás de mí se pararon todos los carcamanes, cada uno a su ritmo, y se arremolinaron alrededor del gordo que a esa altura yacía en el piso de la sala. 

- Hacé algo, Juan Pablo, rápido! 

Si la idea del viejo era que yo le hiciera RCP a esa morsa inerte, no podía estar meando más afuera del tarro. Para que no existiera ni la más mínima chance de semejante experiencia, me levanté de un salto y agarré un vaso con agua. Lo primero que se me ocurrió fue darle para que tomara, idea chotísima porque el gordo estaba inconciente. La segunda idea, tal vez algo instintiva y precipitada, fue la que terminó dando resultado: le vacié el vaso en la jeta y el gordo reaccionó al toque abriendo los ojos como platos y resoplando por la nariz. 

Mientras el gordo de a poco se iba reincorporando, los viejos se me quedaron mirando un rato sin hablar, en la que se perfilaba como una de las escenas más bizarras de mi carrera profesional. A ver: un tipo va a darles una presentación formal sobre comunicación y a los diez minutos le está chantando un vaso de agua a un gordo que entró en colapso y que generó zozobra entre un montón de viejos próceres. Todo por dos pesos. 

Por supuesto que la presentación se cortó ahí. Después supe que la debacle del gordo había sido porque se sentó justo donde daba el aire caliente que salía del proyector. O sea, a los cuarenta y pico grados que había en esa sala calcinante, se le sumó ese caloventor circunstancial. Pobre gordo.

Se lo tomó personal


Tres de la tarde de domingo. Echado como morsa en la reposera, mi única actividad fisica consistia en tirar reveses al aire con la palma de la mano para espantarme una mosca que me zumbaba cerca de la cara y era lo único que me corría un poco del modo ameba en el que me encontraba sumido en ese momento.

Siempre tengo el celular en vibrar pero esta vez, por algún motivo perverso del destino, el aparato infernal estaba en su máximo volumen posible. El trajín de la semana me hizo perder el conocimiento y caí en una siesta casi criminal. El escenario onírico me tenía en una fiesta de disfraces con mis compañeros del colegio, que me hacían bullying porque yo estaba tomando un fernet con Manaos. Me hacían bullying por eso y porque estaba disfrazado de Winni Pooh, con una eslipeta naranja, medias blancas sin elástico y dos borcegos de diferentes colores.

El primer timbrazo fue como una alarma de incendio activada por algún compañerito vivo pasado de copas que acercó un cigarrillo al detector de humo. Nunca llegué a ver si el vivo había sido Federico Fitte o Francisco Varela.

El segundo timbrazo me volvió de un sopapo a la realidad. En la pantalla del celular decia número privado. En un día de semana no te lo atiendo ni en pedo, pero un domingo a las tres de la tarde tenía que ser un conocido. ¿Y si era por ejemplo Matias Ocampo para contarme que se había ganado el loto y que me invitaba con toda la familia una semana a Tahiti?

Apenas deslicé el dedo por la pantalla para darle ok, me di cuenta de que no lo tendría que haber atendido. La señorita telemarketer prendió el cassette furioso y trató de pasar su mensaje sin ser interrumpida. Los entrenan para eso. El noventa por ciento de la gente los manda a la recalcada cdsm y su gran desafío es que eso no suceda antes de completar el mensaje.

La señorita llamaba de Personal para ofrecerme un pase de línea a esa empresa con condiciones imbatibles. Mientras ella hablaba, yo me debatía entre estar dentro del noventa por ciento o contar hasta cien para no derrapar emocionalmente.

Me incliné por lo segundo y la dejé llegar hasta el final de su perorata autómata. Con el silencio del final, decidí abordarla desde el papel que me queda más cómodo pero que no siempre es tan efectivo:

- Señorita, le agradezco mucho su deferencia de haberme elegido para esta oportunidad histórica. Pero muy a mi pesar, debo rechazar su oferta.

Del otro lado se hizo un silencio violento, ideal para meter un último bocadito:

- Sepa entender, señorita, que no tengo margen de cambio porque mi línea es corporativa. No se lo tome como algo personal.

La última palabra la dije con un énfasis especial, no fuera cosa que la señorita pasara por alto mi genialidad humorística.

- Que tenga un buen día, señor.

Me cortó enseguida sin decirme nada más. Pero no fue difícil imaginarla tachándome del listado y escribiendo al margen: "no llamar más a este pelotudo".

Me mandaron a la putanesca


El rescate emotivo de hoy tiene que ver con un episodio en el cual la sobredosis de ironía y sarcasmo que recorre mis venas me puso al borde de morir ultimado por un italiano iracundo.

Hace casi veinte años, recién recibido, tuve la suerte de pasar dos meses en Boston, mejorando el idioma y metiendo un par de cursos sobre temas más o menos relacionados con mi profesión. El estudio fue la excusa.

En la universidad donde yo paraba había unos cuantos argentinos pero yo les huía porque la idea era mezclarme un poco con otras culturas. Suena cliché pero era posta. Por eso el grupete de argentinos me bautizó “el amargo” y a mí eso me afectó tanto como me podría influir ahora que la ciencia haya encontrado una cola de dinosaurio emplumado preservada en ámbar. A ver si me dicen algo que no sepa.

Los cursos se dictaban durante la semana y los fines de semana las opciones no eran muchas. O agarrabas alguna actividad bien nacional y popular que organizaba la universidad, como por ejemplo ir a esquiar a Vermont, o te quedabas en Boston y aprovechabas para recorrer los alrededores en modo gasolero. Ésa era la única opción que yo estaba en condiciones de considerar. Y como los sábados y domingos en la universidad sólo había dos turnos de comida, yo bajaba temprano al comedor con mi bolsito forrado de hule y lo llenaba de sándwiches casi hasta donde el cierre me lo permitía. Cuando armaba los sándwiches me sentía como quien la tiene difícil para copiarse en un examen del colegio, porque había un mozo dando vueltas y yo estaba convencido de que su función era observar con atención para evitar que los alumnos se llevaran provisiones fuera de los límites del comedor. Con el tiempo me di cuenta que era sólo yo el que llevaba adelante tan descarada estratagema.

Descartados los argentinos, decidí armar mi propio grupo, bien variopinto. Había dos brasileros, un suizo, dos mexicanas, una sueca, un alemán y yo. Solíamos movernos juntos a todos lados y yo me esforzaba especialmente de no separarme de ellos, en especial del alemán y de uno de los brasileros porque tenían la extensión de tarjeta liberada y eran grandes invitadores.

El último fin de semana antes de volverme a Argentina, el alemán, que se llamaba Hans, sugirió al grupo ir a comer a un restaurante italiano muy top que había en el casco histórico de Boston. A mí me pareció una excelente idea salvo por un detalle. Hubo un silencio levemente incómodo entre la propuesta de Hans y la respuesta del resto. El resultado de la pausa deliberada fue el esperado porque Hans, algo resignado, agregó que él invitaba a todos.

Reservamos una mesa para ocho y llegamos medio temprano. Yo me pedí un plato de fetuccini alla putanesca que costaba casi lo mismo que el acumulado de lo que me había gastado durante por lo menos la última semana. El resto del grupo también se mandó con algunos platos bien tradicionales de la cocina tana y el alemán se jugó con un tinto que rajaba la tierra.  

Todo transcurría con enorme algarabía y jolgorio, sobre todo pensando que ese muerto lo levantaba Hans. Como era mi último fin de semana allá, decidí que ése era un buen momento para armar algún numerito que despertara las risas de mi público. Necesitaba despedirme con algo fuerte. Claramente me fui de mambo.

Ya estaban casi todos los platos servidos en la mesa. Probé mis fetuccini y llamé al mozo haciendo ademanes exagerados. En un inglés que había practicado mentalmente durante algunos minutos, le solté la pregunta sin mucha vuelta:

- ¿Para el sabor de estos fetuccini falta mucho?

Quería quedar como un jocoso bárbaro frente a mis amigos pero el único que agarró la cargada fue el mozo. Desapareció de la sala sin decir nada y al toque volvió con un gordo, más tano que la muzzarella, que dejaba ver su musculosa blanca por debajo de la camisa. Era el dueño del restaurante. El gordo tampoco dijo nada. Me agarró de la capucha del buzo que yo usaba ese día, me zamarreó violento y me llevó a los empujones hasta la calle mientras me gritaba sin ponerse colorado. Entre las miles de cosas que me dijo llegué a distinguir dos: “figlio di troia” y “Testa di cazzo”. No sabía qué significaban pero más o menos me imaginaba.

Atrás mío salieron los otros siete, despavoridos, sin entender una mierda de lo que estaba pasando. A ellos también los habían rajado. El tano nos blandía la cuchilla desde adentro como tratando de convencernos de no volver a pedir explicaciones. No volvimos.


Terminamos en un McDonald’s y cada uno se pagó su combo.