El Beto era pura atitú



Una de mis diversiones de adolescente era lesionarme un sábado jugando al fulbo y llegar el lunes al colegio para verle le jeta al Beto.

El Beto era nuestro profesor de atletismo pero sobre todo era un enfermo de la alta competencia, la disciplina y el entrenamiento semi profesional. El tipo era velocista y había representado a Argentina en no sé qué juegos de no sé dónde y no sé cuándo. Por lo visto su performance había sido tan exitosa como la que tuvo el nadador nigeriano Eric Moussambani, el que casi se ahoga en los juegos olímpicos de Sydney porque de pedo sabía nadar. Si le hacés un google, olvidate, no lo encontrás en ninguna página deportiva. Pero el Beto era un voluntarioso, le ponía tanta garra que casi no me molestaba que calzara unos shores bulteros de esos que son medio calados a los costados. Bien, Beto, ésa es la atitú.

El tipo me había adoptado como su pollo porque me creía capaz de birlarle el record mundial de salto en alto al mismísimo Sotomayor, un cubano al que las gambas le arrancaban casi a la altura del esternón y que rebotaba como si tuviera resortes.

El Beto me tenía prohibido cualquier tipo de contacto con la redonda, por lo menos dentro de su horario y de los límites del colegio, por temor a las lesiones. Un suplicio para mí. Y la que-te-dije, que me tenía bien junado, me miraba de reojo, desafiante, provocadora. Me histeriqueaba pidiéndome a gritos una caricia de empeine y se iba con el resto de la muchachada porque el Beto me obligaba a... a no darle pelota, curiosamente.

A ver si me explico: la masa salía enfervorizada detrás de la mimosa y yo me tenía que quedar subiendo y bajando escaleras, saltando vallas con los pies juntos, repiqueteo corto, saltito por acá, rebote por allá. El Beto señalaba a los rudimentarios que levantaban polvo en el potrero del fondo y casi que se compadecía de ellos porque no habían sido tocados por la varita mágica.

Fuerza de piernas, campeón. Y acompañemos con un poco de técnica. Con eso no paramos hasta la competencia olímpica, tenés pasta de sobra.

Me decía 'campeón', el cachafaz. Y lo decía convencido. Él ya se veía en tapa de El Gráfico bajo un encabezado onda "Acá está el gran hacedor. Conozca a quien desde las sombras fue moldeando a nuestro gran campeón".

El Beto se cebó conmigo después de un semestre afiladísimo que tuve cuando recién arrancaba la secundaria. Hice record en el colegio, gané el torneo zonal y después el regional, los dos por afano. Y el Beto, rápido de reflejos, se las ingeniaba para salir en todas las fotos.

Después de esa seguidilla, el Beto se olvidó de que tenía que darle clase a treinta pibes. Para él sólo existía el campeón. Yo iba a ser su pasaporte para que, al menos como coach, entrara a la historia grande del atletismo argentino. Una especie de Franco Davin, que con la raqueta en la mano era un pecho frío más del montón pero que, ya retirado, tuvo la brillante idea de dedicarse a tomar sol en las tribunas de los mejores courts, masticar chicle a ritmo Francescoli, calzarse unas gafas de cuatro cifras dólar y hacerle gestito 'sos grosso' a Del Potro después de cada punto ganado. Porque Del Potro juego solo, a mí no me chamuyen.

Fuera de la hora de deportes, si el Beto me veía en un recreo dándole a la de trapo y media de lycra, se me acercaba por atrás y me decía 'cuidame esas piernas campeón'. Pedofilia, me gritaban los vagos. Y hasta que el Beto no desaparecía de nuestra vista, yo me ocupaba de que me viera meter el cuerpo, trabar y barrer en ese piso de cemento desparejo que obligaba a mi vieja a invertir fortunas en menda-fácil.

Cuando en los entrenamientos el Beto me veía aflojar un toque, me separaba a un costado y me daba una perorata ciento por ciento hollywodense. La vida te dio un don, tenés que honrarlo. Hay pibes que darían lo que no tienen por estar en tu lugar. Cuando uno capitaliza un don así, es capaz de trazarse metas altas y alcanzarlas. El Beto imaginaba una música de Vangelis acompañando esas palabras que a mí no me podían importar menos. Esperaba que a mí se me saltaran las lágrimas y pegara un salto para entrenar sin parar durante dos horas. Pero yo lo dejaba hablar y cuando terminaba le preguntaba si ya podía ir a jugar a la pelota. Era como una trompada directo a la mandíbula. Mortal.

El Beto era uno de los pocos seres en el mundo que odiaba los fines de semana. Porque ahí no tenía forma de poner a raya mis ganas locas de darle a la número cinco. Y yo me desquitaba en maratónicos partidos de barrio, en la canchita de atrás de casa, y terminaba siempre con alguna lesión porque el envase vino medio flojo en el nivel de calcio.

El tipo me veía venir con la gamba enyesada y al toque le tenían que recetar Prozac en sobredosis para intentar rescatarlo de la depresión profunda en la que caía. Se le ponían los ojos brillosos, la mirada perdida y no me hablaba durante días. Después le aflojaba un poco y se metía a pleno con la recuperación. Pero al tiempo venía otra lesión y de nuevo el Beto que se deprimía a morir.

Así fue durante casi toda la secundaria. Después de ese primer año nunca más conseguí otro record importante. Sí gané algún que otro torneo pero nada descollante. El Beto llegó a desearme la muerte, no tengo dudas.

No lo volví a ver. Hace un par de años me llegó el rumor de que le había puesto todas las fichas a un pibito que parecía ser la versión argenta de Ben Johnson, un pedo líquido sobre la pista. Espero que la historia le dé una segunda oportunidad al Beto, pobre, se la merece.
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Ausente sin aviso

El führer era todo lo jodido que puede ser un tipo al que lo apodan führer. Capo grosso de un estudio de primera, curtía la onda de tener a toda su tropa sometida bajo una amenaza de castigo permanente.

El führer tenía la costumbre de hacer sonar una chicharra insoportable para llamar a sus secretarias. No necesitaba usar el teléfono ni ninguna de esas estupideces de la tecnología moderna. No, a él le alcanzaba con apretar ese botoncito rojo que tenía en su escritorio para activar toda esa parafernalia de secretarias histéricas chocándose entre sí para responder el llamado, temerosas de convertirse en una víctima más de este personaje que no se ponía colorado cuando tenía que pasar el plumero si alguno no sintonizaba su frecuencia tan exótica.

Además de comandar su estudio, para esa época el führer presidía una paquetérrima asociación que agrupa a representantes de su misma especie. Colegas que capaz se detestan porque compiten unos contra otros, pero que cuando se encuentran en la sede de la asociación nunca dejan de darse un efusivo abrazo que viene con tres palmaditas en la espalda y acompañado de frases como "es un gustazo, distinguido colega, poder gozar de su prestigiosa presencia" y otras cretinadas del estilo.

La asociación lo que hace, básicamente, es organizar actividades que sirven para que sus miembros se inflen los egos unos a otros. No mucho más. En esa época, yo era el encargado de darle la máxima difusión posible a esas actividades. Ahí sí había que sacar los remos y darle con fuerza, dejate de joder. Eran actividades que, fuera de ese círculo, pueden llegar a tener un nivel de interés sólo comparable con el que puede despertar en los seguidores de Viejas Locas una charla sobre el ensayo del discurso del método de Descartes.

El führer estaba como loco con un acto barra show que estábamos organizando y que consistía en entregarles medallas a los gerontes que habían llegado a los sesenta años laburando de lo mismo sin colgar los timbos en el camino.

El führer quería estar en todos los detalles y no iba a admitir el más mínimo error. Por eso las semanas previas fueron un constante ir y venir para explicarle cien veces que todo venía de perlas.

Tal vez lo que más tiempo nos llevó fue hablar con los agasajados para invitarlos y confirmar si estaban en condiciones de recibir la distinción. Las encargadas de eso eran dos pibas a las que la adolescencia les llegó en diferido y se creían que hablaban con sus abuelos. Que por favor se fije bien de tomar todas las pastillitas a la noche. Que a la dentadura hay que darle una lavadita cada tanto. Que ese mejor amigo no va a ir al acto porque hace rato que la descose con el arpa. Cada conversación era eterna pero igual la cosa avanzaba y al final pudieron hablar con todos los que todavía conservaban la audición o con sus mujeres o con quien estaba a cargo del geriátrico donde los habían depositado. Alta emoción la de algunos viejos a los que le sobraban unas quince horas por día y para quienes ese año se partía en un antes y un después del acto.

El día del evento venía todo joya. Lleno de gente por todos lados y el führer parado en el pasillo central saludando como si fuera el rey Juan Carlos. A todos recibía con una sonrisa que le daba toda la vuelta a la cara, y cada tanto mandaba frases como "tu padre ha sido un prohombre que ha prestigiado nuestra profesión". Vieran la cara de uno de los agasajados, el Tano, que dos horas después me confesó entre copas que su padre tan prohombre se había venido de Italia para hacerle un ole a la mafia napolitana que lo quería boletear por una vendetta.

El führer dio el puntapié inicial con un discurso que en lo único que se diferenció a cualquiera de Fidel fue en que duró un toque menos. Los alcahuetes lo aplaudieron a rabiar y lo que siguió fue el momento central de la jornada, la entrega de distinciones. Y fue lo que hizo volar por el aire mi relación con el führer, a quien de alguna manera tenía calado a fuerza de devolverle cada volea venenosa con respuestas llenas de sarcasmo, mi especialidad, que le arrancaban una media sonrisa que él intentaba disimular porque no daba con su perfil.

La mecánica era sencilla: se nombraba al premiado, la gente aplaudía, el abuelo tardaba un rato en llegar al estrado, recibía la medalla, se confundía en abrazos con gente que ni reconocía, y volvía a su lugar, si es que se acordaba cuál era. En algunos casos los familiares les gritaban a los saltos para orientarle un poco la vuelta.

La cosa venía lenta pero avanzaba. Hasta que le llegó el turno a Señor Ausente. El locutor lo anunció pero de la masa sólo recibió murmullos al por mayor, ni medio aplauso. Fueron diez o quince segundos eternos. El calor lo sentí en la espalda como si me hubieran echado ácido sulfúrico. Giré la cabeza y ahí estaba el führer, rojo como la camiseta del Manchester, a punto de sumarle un capítulo más a su rica historia de by passes y pre infartos.

Fue una humorada negra del destino. De las cuatrocientas personas que estábamos presentes ese día, sólo yo y las dos adoles parlanchinas no sabíamos que a Señor Ausente, un tipo famoso que hasta había escrito libros, hacía como cinco años que sus familiares y amigos lo habían despedido cuando le tocó mudarse a un monoambiente de Recoleta.

No había forma de levantar el muerto y parecía imposible empeorar la situación. Al menos eso creí hasta que el locutor, un buena onda total que era especialista en evitar silencios incómodos, remató la cosa con una acotación de lo más oportuna: "Señor Ausente habrá tenido sus razones para no venir".

El führer enloqueció, se me acercó presuroso por atrás y me batió, en un alarido contenido, que ése era mi último día de trabajo ahí. Le respondí que el incidente era lo mejor que nos podía pasar para que el evento tuviera más prensa. Me dejó hablando solo.

Seguí laburando con él un par de años más hasta que terminó su gestión. Nos despedimos casi con lágrimas en los ojos y mi última expresión fue el deseo de que el destino nos cruzara antes de fichar para el equipo de Señor Ausente. El führer respondió con una media sonrisa rápidamente censurada.
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Es pasajera dijo Noé



No queda nadie más en la oficina. Se rajaron temprano porque le hicieron caso a Mauri, el gordito que tiene un postgrado en meteorología y que te bate la justa desde el noticiero del trece.

Estoy solo y pongo la tele al taco para tapar un poco el estrépito de las gotas XL que golpean tremendas contra los aleros de chapa que dan al pulmón de manzana. Es ensordecedor.

Hago un paneo rápido por los principales canales de noticias y me imagino la cara de felicidad de los productores de los informativos. Se están haciendo un festín con el drama de la gente que la está pariendo con esta lluvia que parece ser la última de nuestras vidas. Muestran a una mina desesperada que está meta pasar el escurridor para que no se le llene de agua la casa. Ni hablar de la flaca que llora frente a las cámaras porque le flota la pilcha por todo su negocio que ya tiene un metro de agua. O de la pobre vieja que está atrincherada en una esquina porque no tiene forma de cruzar la calle.

Las imágenes exageradamente dramáticas vienen enmarcadas con letra catástrofe y una música apocalíptica que busca poner los pelos de punta. Los noteros le meten una garra tremenda para no repetir más de dieciocho veces el mismo adjetivo calificativo cuando los hacen describir lo que está pasando. Esos sí que la reman, casi literalmente en este caso. Pero cuánto mejor la pasarían si tuvieran un diccionario de sinónimos a mano.

La dueña de una panadería, que no pudo salvar ni una bola de fraile, llora como loca, llora con una amargura que amarga de verdad, casi que no puede mantenerse en pie. Y el notero, de lo más perspicaz, va y la pregunta si se siente afectada por las lluvias. Cuando la respuesta es un llanto todavía peor, el pibe del micrófono no afloja y la consuela diciéndole que no hay que perder las esperanzas. Notero y psicólogo consejero, un genio.

Mientras me hacen eco esas palabras tan inteligentes, 'no hay que perder las esperanzas', veo lo que muestra la pantalla detrás de la panadera: un afiche gigante que anuncia a una de las hijas de Maradona como protagonista de una obra de teatro. Si la nena del Diego, que tiene menos gracia que una ameba con sobredosis de lexotanil, actúa en un teatro y, más aún, si hay gente que paga por verla actuar en un teatro, imposible entonces perder las esperanzas, cualquier cosa puede pasar.

Cambio y engancho TN. La cronista se está comiendo una cagada a pedos importante. Está entrevistando al secretario de espacios públicos y le pregunta por qué de la alcantarilla sale agua en lugar de llevársela. El tipo reacciona medio sacado y le grita que eso no es una alcantarilla, que la función no es desagotar. Que el agua que sale viene por abajo desde el arroyo Maldonado. Que él no tiene la culpa de que llueva tanto. Que debería informarse antes de preguntar. Y que se vaya a la reputísima madre que la re mil parió. Esto último ya fuera del aire.

C5N muestra a un notero que se puso su mejor jetra para cubrir el diluvio en Santa Fe y Humboldt. El agua le llega a los tobillos y el flaco parece divertido con el destino de exteriores que le tocó hoy. Le hace entrevista a un prefecto que da consejos de una genialidad que da para el asombro, absolutamente reveladores. Pide que nadie salga de su casa salvo que tenga que hacerlo, y en ese caso que sea con botas y paraguas. Tomo nota. Que se evite la circulación por autopistas y que no se usen los servicios de transporte público a menos que sea estrictamente necesario. Genial.

Vuelvo a TN. La mina sigue diciendo que sale agua de la alcantarilla en lugar de desagotar. A esta altura al funcionario no le deben dar los dedos para discar el número del canal mientras le sale espuma por la boca.

Vuelvo a C5N. El notero sigue divertido pero con una media sonrisa que ya deja ver un toque de nerviosismo. Le hacen plano entero y el agua ahora le va por las rodillas. El tipo trata de decir algo coherente mientras piensa su estrategia para pedirle a Hadad reposición de la pilcha o por lo menos reintegro de tintorería. Empresa difícil.

Vuelvo a TN. La mina ya no habla de la alcantarilla y ahora le dedica largos minutos a describir lo que muestra la pantalla: un auto con agua hasta la mitad de la puerta. La imagen no se mueve. La neurona de la notera tampoco.

Vuelvo a C5N. El notero, preso de un nerviosismo que roza la histeria, ahora está con el agua por la cintura, paradito en el mismo lugar. Se olvidó de su rol periodístico y ahora dirige la cosa. Le grita a una señora que no camine por esa parte de la vereda porque hay un pozo. Le advierte a una pendeja que tiene que cruzar por donde está la soga, que para eso la pusieron. Ni pelota la pendeja. Llega el gomón que puso la Prefectura y el flaco grita que primero las mujeres y los niños. Falta Di Caprio y My Heart will go on y estamos completos.

La lluvia ahora ya no está tan terrible, hora de volar. O de tomarse el buque, como para estar un poco más a tono con la coyuntura.

Me mando a la calle. Si se larga de nuevo ya sé qué hacer: me meto en el teatro a ver la obra de la hija del Diez y espero a que termine lo que sindudamente es un castigo de los dioses. La lluvia, obvio.
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Pepé se va y lo despedimos


Elegimos Tandil porque uno salió con que tiene un conocido que es dueño de unas cabañas y capaz que ligábamos descuento. Pero ese complejo estaba hasta la manija y terminamos cerrando con otras que nadie conocía. Una lotería.

A Pepé lo agasajamos porque se manda a mudar porque pegó laburo en una isla perdida del Caribe. No es instructor de scuba diving ni es discípulo de Steve Irwin, aquel famoso cazador de cocodrilos que la quedó atravesado por un pez raya. Tampoco va a hacer la gran David Hasselhoff, con sunga y salvavidas, rodeado de féminas que si estuvieran en Mar de Ajó tendrían a todos los pibes del pueblo ahogándose en el mar. No, Pepé la tiene atada en no sé qué cosa del mundo financiero y lo vinieron a buscar de un banco top de ese destino tan exótico. Así que ya saben: si necesitan guardar alguna moneda en un lugar seguro donde nadie pregunte demasiado, me avisan y les hago el toque.

La consigna de la escapada era una: golf. El alcohol, las picadas, la timba y el resto fueron un condimento, no mucho más que eso. No fue un golpe de azar que siete flacos hayan podido acomodar agendas para coincidir ese fin de semana. No, hubo un fino laburo de negociación conyugal porque nadie quería quedarse afuera. Pepé es grosso, Pepé convoca.

Pepé se fue con Antena, que salió equipado con un GPS que rajaba la tierra. Nos dijo que se iba por Ruta 2 hasta no sé dónde porque le parecía la mejor opción. Le respondimos que mucha suerte con los setecientos noventa y cuatro mil trescientos sesenta y ocho autos que salían para el mismo lado porque era viernes cambio de quincena.

Antena y Pepé llegaron casi dos horas antes que nosotros y se eligieron la mejor cabaña. Todavía nos dura la bronca.

A mí me tocó viajar con Sydney, que hizo gala de su destreza al volante para convertir el tránsito en una especie de tetris. Hueco que había, hueco por donde se mandaba a puro rebaje, volantazo y acelerada. Amigo como pocos de la birra, Sydney me pidió una sola cosa cuando entré a la estación de servicio a mitad de camino: un porroncito. Y el boludo que escribe, lento para la jodita, entró y preguntó nomás dónde estaba la heladera con cervezas. Miradas burlonas y risas hirientes fueron todo lo que recibí de respuesta. Faltó que me preguntaran si no quería también un fernet y un vodka con speed, como para salir un toque más entonado a la ruta.

Llegamos bien entrada la noche y no había forma de encontrar las cabañas. Ni un puto cartel que facilitara un poco las cosas. ¿Qué onda, no quieren clientes estos tipos? Después de que nos fueran a buscar a la ruta, Antena me batió que la Blackberry también tiene GPS, que por qué no lo habíamos usado. No me acuerdo bien qué le respondió Sydney pero era algo de recalcada y tenía que ver con su madre. Antena no insistió mucho.

En un tercer auto fueron Tortu y Platero, que también tenían GPS y llegaron mucho antes que nosotros. Polo viajó directo desde Pehuajó, sin GPS. También se perdió.

Las cabañas eran medio pelo pero le pusimos onda porque eran dos noches de solteros y había que estirarlas como chicle. Arrancamos con unas pizzas casi incomibles que de pedo no nos arruinaron el fin de semana. Las de Uggys eran alta cocina al lado de éstas. Nos instalamos en una especie de sum que era mucho más parecido a un comedor comunitario del movimiento Teresa Vive que a un sum.

A esas horas el único representante del complejo era un flaco que hacía las veces de sereno y de encargado de ordenar todo el quilombo que no habían querido arreglar los del turno de día. Iba de un lado a otro caminando a los saltitos, como jugando una rayuela permanente y cada vez que pasaba por el sum nos hacía sonrisita buena onda. Al final se nos instaló y se puso a doblar unas ciento cincuenta sábanas mientras nos dábamos terrible sobredosis de truco. El pibe tenía un toque de Pablito Ruiz en sus mejores épocas y otro poco de Sandro cuando hizo de Muchacho. Hubo más sonrisitas y la promesa de no cobrarnos el sum "porque la dueña no está". Si buscaba propina con esa banda de miserables, perdía el tiempo. Si quería otra cosa, bueno, no pongo las manos en el fuego por ninguno.

La jornada de golf amaneció con un sol al palo. En una feroz competencia entre GPS, mapa papel y simple intuición, terminamos haciendo unos doscientos kilómetros de más, en caravana, hasta que llegamos a los links.

Si alguno de nosotros no andaba con ganas de darle a la pelotita, de una cambió de opinión cuando vio los carritos para recorrer la cancha. Tre-men-dos. Sydney era el más entusiasmado, el tipo estaba en llamas, dispuesto a dar pelea en esa especie de biatlón que combinaba la elegancia y la concentración del golf con la adrenalina y la intrepidez del Dakar versión Tandil. Contra todos los pronósticos, el que la rompió fue el mismo Pepé, que no le hizo asco a ningún obstáculo y se la pasó subiendo y bajando lomas, mandando coleada en cada curva cerrada, haciéndole fino a los carteles que había a la salida de cada hoyo y clavando frenos antes de cada golpe. Un espectáculo.

Los coreanos miraban incrédulos. Sí, coreanos. La cancha no estaba muy cargada pero eran todos coreanos, por todas partes. Qué al pedo clonar un coreano! Después no tenés forma de demostrarlo, ya son todos iguales.

El nivel general de juego era de medio para abajo. Nosotros ya estábamos para la joda total y por eso nos pasamos acomodando la bocha antes de cada tiro. En eso estaba yo cuando uno de los coreanos que pasaban por al lado nuestro me miró feo y me gritó algo que obviamente no entendí. Ni una consonante el hijo de puta. Capaz que el pibe creyó que estaba haciendo trampa. Pensé en pasarlo por arriba con el carrito porque, si iba a ser tapa del diario local, prefería un titular onda "Joven imprudente atropella a turista oriental" a uno que diga "Joven asesinado en crimen de tinte mafioso". Sydney me convenció de que el grito no había sido para mí, que ellos se hablan siempre así. Unos boludos los coreanos.

La jornada terminó con picada en la terraza del golf, más truco a morir en el sum, casino y un poco más del Sandrito Ruiz que esperaba, creo que sin éxito, que alguien le devolviera una pared.

No pudimos convencerlo, Pepé se nos va igual. Pero sabemos que volverá... y será (con) millones.
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Hacer la fila tiene su onda



El aspecto del tipo que tengo justo adelante rompe un toque la monotonía de este programón que me inventé para un día tan soleado y pegajoso. El tipo no puede ser más parecido a Gómez Bolaños. Estás iguaaal.

Los que le pasan por al lado exprimen sus neuronas al tope y le hacen comentarios de lo más originales, del estilo 'no contaban con tu astucia' o 'es que no te tienen paciencia'. Y el tipo les devuelve una sonrisa buena onda como si fuese la primera vez que escucha algo así.

La cola arranca casi en una esquina, pega la vuelta en la otra y llega hasta el final de la cuadra, donde estoy yo. Mi razonamiento brillante antes de venirme fue que en enero están todos de vacaciones y entonces no habría casi nadie buscando su pasaporte.

Mi otro yo sale de la nada y me dice que obvio, que a quién se le ocurre que alguien puede necesitar su pasaporte en época de vacaciones, para qué, un disparate.

La lengua venenosa de mi otro yo me hace sentir más boludo todavía. La fila avanza a ritmo babosa y dudo si quedarme o picarme el champión. Pero ya estoy acá, y no sé cuándo voy a tener tiempo de volver.

Hace poco descubrí que se puede chatear desde la blackberry sin pagar una moneda extra. En realidad lo de que es gratis me lo dijo alguien poco confiable así que si alguno tiene la posta que me avise. Tanto me enganché que hasta a veces me encuentro escribiendo mientras camino y voy tropezando con postes, tachos de basura y con otra gente bastante boluda que no tiene mejor idea que escribir mientras camina.

Reviso qué contactos están en verde y elijo uno con el que siempre salen charlas que no tienen desperdicio. Me pongo a escribir y voy mechando chat con blog. Escribo sin pausa y cada tanto pispeo cómo viene la cosa. El pibe de atrás se me pone a la par y hace un comentario medio en voz alta, algo onda 'así estamos con esta burocracia'. Mi otro yo me habla al oído y me bate que el tipo lo que quiere es sacar un tema para charlar, por si no me había dado cuenta. No le doy pelota a ninguno de los dos.

Sigo escribiendo frenéticamente y el hombre de seguridad me mira con sorpresa. Intuyo que recibe como una patada en las encías que haya alguien que lo supere escribiendo mensajes de texto, justo a él, que como buen gorra la tiene atada tipeando a dos dedos.

Avanza un poco la fila pero yo me quedo clavado, como haciéndome el distraído mientras escribo, y se hace un hueco adelante. Los que tengo atrás se ponen nerviosos porque quieren avanzar lo que sea, necesitan sensación de avance, es psicológico. Hacen todo tipo de gestos, casi monerías te diría. Copáte y avanzá, loco. Mi otro yo me pregunta si chatear y escribir no son entretenimiento suficiente que además tengo que romperle los huevos a los de atrás. Entonces avanzo un poco pero al rato vuelvo a clavarme y repito la operación.

Pasan unas dos horas y llego a la esquina. Falta poco más de media cuadra todavía pero ya poder ver dónde arranca la fila me da la sensación de una proximidad que en realidad ni en pedo hay.

Sigo escribiendo pero ahora la diversión también pasa por ver las caras de orto de los que van llegando y ven hasta dónde llega la fila. 'Sí, pa, derecha, al fondo y a esperar un rato. Capaz que en unas tres horitas liquidás el asunto'.

A esta altura el chavo ya tiene ganas de ponerse a llorar. Chiva como loco y casi no puede mantenerse en pie de lo que le duelen las gambas. Entonces se sienta contra un árbol y hace toda una pantomima de que está a punto de desmayarse. Los del fondo piden que alguien llame al doctor Chapatín.

El personaje de Chespirito generó tanta simpatía que terminan compadeciéndose de él y lo mandan directo a retirar su cédula. 'Ojalá me pareciera un poco más al Enzo', pienso. 'Ojalá tuvieran algo más en común que ser dos retirados del fútbol', me acribilla mi otro yo.

Pasa otra hora más y llegamos a la puerta de un hall oscuro y caluroso donde hay unas veinte personas esperando ser atendidas. Una señora de unos cuarentipico está al borde de un ataque de nervios y estalla cuando ve que otra mina se le cuela con la vieja trapisonda de acercarse supuestamente por una consulta pero intenta retirar su pasaporte. La mujer se abalanza sobre la que se pasa de viva y le bate que más le vale hacer la cola como todos si no quiere que la emboque. Carcajadas. El tipo del mostrador vuelve con el pasaporte pero la casi sincopada le agarra la mano y le grita que ni se le ocurra dárselo. Que suélteme la mano o llamo a seguridad, que llamá a seguridad y me los cargo a los dos.

Pienso en la suerte del marido de esta sacada y llamo a mi jermu para decirle cosas lindas, por las dudas esté incubando un ataque psicótico del estilo.

Aparecen los dos de seguridad y la corren a un costado. Le ofrecen una silla y un vaso de agua pero ella grita que quiere su pasaporte. Para evitar un desconche total deciden atenderla enseguida. Desde mi lugar en la fila puedo ver al tipo del mostrador que va y viene con indisimulable nerviosismo. Más les vale tener listo su pasaporte porque acá arde Troya. No lo tienen. La mina arma un escándalo de dimensiones superlativas y se va maldiciendo a todo el mundo.

Me dan el pasaporte y me voy filtrado, chivado y cagado de hambre. Pero con buena letra para un post que alguna vez escribiré.

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Camino por Florida y discuto con mi otro yo


Me arrastro por Viamonte microcentro bajo los rayos de un febo que castiga casi de manera apocalíptica. Hablo con mi otro yo, ese pibe que completa mi esquizofrenia emocional y que me hace de frontón para pelotear temas que necesitan peloteo. No sé si es algo normal pero prefiero pensar que sí. En el fondo todos somos un poco locos, yo-lo-co-lo-co y ella-lo-qui-ta.

Le digo que qué manera de sufrir el calor y me responde que qué novedad, que quién no lo sufre. Me banco la respuesta pero le retruco que hay personas que lo sufren más que otras. Me da la razón casi despectivamente.

Doblo por Florida para el lado de Corrientes y me sumo al carril de la sombra, que tiene un metro de ancho pero congrega a unos dos mil ochocientos sesenta y cuatro peatones por cuadra. Por donde pega el sol no ves a nadie, salvo a turistas que vienen ponele de El Cairo o Miami y que si te descuidas te pelan suéter porque están un toque destemplados.

El calor tampoco parece afectar a los gitanos y hippies que despliegan toda su mercadería y se instalan en el medio de la peatonal. El calor no los afecta porque venden como locos todas esas boludeces que hacen pasar por souvenir autóctono y que los europeos abrazan como el gran recuerdo de su visita. Los espejitos de colores que trajeron hace quinientos años ahora se los llevan de vuelta. La historia te da revancha.

Me quedo mirando a uno de estos vendedores, que lleva rasta, luce casaca gastada con los colores de Jamaica y calza gorro de lana que le tapa la mitad de la cabeza. Gorro de lana, dejate de joder. El tipo me da pie para que retome el diálogo con mi otro yo.

Le digo, canchero, que el flaco ése no sufre tanto el calor, que de otra forma no se explica cómo se banca un gorro de lana negra en un día con treinta ocho grados a la sombra. Me responde que le extraña araña, que es marketing básico, que si vas a vender mercadería hippie hay que curtir onda Bob Marley o dedicarte a otra cosa. Me tiene de hijo.

A cada paso te cruzás con algún representante de la segunda profesión más repelente que hay sobre la tierra. La carta de presentación es un engominado violento y un comedor hecho a nuevo en algún consultorio medio pelo del conurbano. El ladri se me pone bien de frente y me ofrece cuero pero cuero en serio y no como los estafadores de la otra cuadra. El de al lado quiere chantarme un paseo por el delta de Tigre, y el de más allá un show de tangou bien argentinou. Venden, los pibes tienen que vender, porque son insoportables pero cada vez hay más.

Cuatro motoqueros le dan al pico de una pesi helada amuchados bajo la sombra de un cartel. Los cuatro al mismo tiempo cogotean casi ciento ochenta grados y sacan a relucir su colección de piropos bien refinados para acompañar el paso de ella barra él. De la cintura al cuello le hace partido a las Salazar, a las Luna, a las David, a las Ritó. De la cintura para abajo podría pasar por zaguero central de Atlas, de los rústicos que imponen presencia. Y de caripela... de caripela... mejor lo dejamos ahí.

Unos pasos más adelante hay un tipo que la descose, un artista. Su papel consiste en quedarse congelado durante horas, posando de tal manera que parezca una instantánea de un pibe que intenta avanzar viento en contra, con la pilcha y el paraguas que parecen que se vuelan. Un capo.

Lo que no me cierra es el grupo de ponjas que le sacan fotos como si se hubiesen encontrado con Zinedine Zidane. Y vuelvo al diálogo con mi otro yo. Para qué le sacan fotos si las fotos no tienen movimiento. Están despreciando lo más grosso que tiene esta obra de arte, que es dar esa sensación de movimiento desde la quietud más absoluta. Mi otro yo me responde que no tiene tiempo para discutir huevadas.

Me harto de Florida pero todavía me falta el show del tango, mi propio show. Lo hago cada vez que paso por ahí. Los turistas se apiñan en círculo alrededor de tres o cuatro impresentables que la van de tangueros consagrados que alguna vez compartieron cartel con el mismísimo Zorzal. El público se apiña y ocupa casi todo el ancho de la peatonal, y entonces las opciones son dar un rodeo o mandarse por el medio. Mi otro yo sabe que voy por lo segundo y me bate que soy el mismo ortiba de siempre.

Paso bien pero bien por el medio y esquivo a uno de los bailarines. Me pide que por favor por el costado porque están en pleno show del dos por cuatro. Le respondo que Florida es una peatonal no un teatro y que dos por cuatro es ocho. Lo mismo de siempre, las mismas puteadas, el mismo gesto de mi otro yo de qué infantil que sos.

Lidera el ranking, por afano, la de vendedor de nichos en el cementerio. Da para estudiarlos en un laboratorio.

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Made in Argentina


Me doy cuenta al toque porque los libros, especie celosa y buchona, te canta cuando la relación es de más de dos. Miro de reojo y ahí están, parados al lado de mi asiento, como colgados del caño y apoyando la cabeza en el antebrazo. El tren se mueve pero los dos voyeurs literarios se las ingenian para seguir la lectura a casi medio metro.

Mi libro está para devorárselo de un saque y no dejarle ni las migas. Está en inglés fácil y lo leo más que nada tipo ejercicio para no perderle el ritmo al idioma. No sé a qué altura los dos amigos se acoplaron a la lectura de lejos pero lo mismo respeto esa especie de acuerdo tácito para hacerles el aguante y bancar unos segundos antes de dar vuelta la página.

Cada tanto levanto la vista y hago que trato de ver en qué estación estamos. Los dos lectores okupas hacen gala de sus reflejos y corren la vista casi al mismo tiempo. Vuelvo la mirada al libro, la vuelven ellos.

Seguimos así un rato hasta que me canso de leer y me canso también de esas miradas que siento como un láser que va a atravesar la página. Sin mirarlos, hago un gesto con las manos como pidiendo perdón por la interrupción, guardo el libro y pelo cuaderno arte de los más grandes, que lo tengo cero ka eme.

Encaro la hoja en blanco y arranco por el título, bien grande y en imprenta mayúscula.

A BRIEF ARTICLE ABOUT ARGENTINIANS.

La reacción es automática. Los dos curiosos ahora son cuatro, y codean a un quinto que se va arrimando al fogón. Le meten tanta expectativa a la cosa que casi que le sacan chispas a la hoja. Ya tengo la atención de los cinco -tres ellos y dos ellas- y me lustro al mango la neurona que no tengo de vacaciones para sacarle todo el jugo a esta suerte de bloggerismo en vivo. Le tengo que poner garra a la traducción porque, además de que no se me cae ni un poco de pinta de yanqui, cualquier señal de spanglish me puede mandar en cana.

La primera caricia es para ellas.

Lo que más me sorprendió de este país son las mujeres.

Hago una pausa y simulo reflexión. Son treinta o cuarenta segundos en los que armo la frase mentalmente. La platea femenina se pone ansiosa. Me pongo en modo telepatía y puedo escuchar ese 'dale, gringo, qué tenés para opinar sobre nosotras'.

La mayoría de ellas son medianamente lindas, pero el encanto se pierde cuando no hacen otra cosa que tratar de demostrar que son lindas. Les encanta llamar la atención constantemente. Si fueran la mitad de espléndidas de lo que se creen estarían varios pasos adelante con respecto a las mujeres del resto del mundo.

Murmullos para adentro. Ninguna de las dos puede evitar mirarse en la ventana grande del vagón y acomodarse el pelo.

Son soberbias y envidiosas. Les gusta que les digan cosas lindas pero no aguantan el menor reproche. Las mujeres argentinas son insoportables.

Termino de escribir eso y no puedo reprimir un movimiento circular de cabeza, esos que salen cuando pinta contractura, y aprovecho para un paneo rapidísimo. De parte de ellas, otra vez el desvío inmediato de la mirada pero esta vez con un resoplido de suficiencia y de 'quién se cree que es este flaco'. Lo que viene, lo que viene, es el centro para ellos.

Los hombres argentinos son de lo más pedante que me tocó ver en las docenas de países que recorrí.

Una de las mujeres codea al pibe que está con ella onda también hay para ustedes, eh.

Los hombres argentinos son inteligentes pero no usan esa inteligencia para cosas productivas. Se creen vivos y muy lejos están de serlo, pobres.

Y no les doy tiempo para manifestar mucho esa inquietud que ya no pueden guardar.

Lo mejor que tiene este país del tercer mundo son los turistas que vienen de afuera, que generan ingresos y que son bastante menos boludos de lo que los argentinos piensan.

Ya a esta altura los flacos se salen de la vaina por mandarme a donde a muy poca gente le gusta ir. Mucho más cuando, ya levantándome para bajar, aplico la última pincelada, de lo más poética y elevada, -inmortalizada por el gran Negro de la gente- y que pongo en castellano porque cualquier traducción le robaría la esencia.

Puto el que lee.
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