Más boludo que supersticioso

Raro ver un domingo a la tarde a una cuadrilla de pintores pegándole una lavada de cara al banco.

Raro porque es domingo y raro porque la verdad que la pintura que ya tiene no está nada mal. Si fuera mi casa, tranquilamente la hago que tire un par de años más, pero para un banco que atiende como el culo a sus clientes, la imagen es todo lo que le queda. Una buena fachada es fundamental.

Los artistas de la brocha gorda se despliegan por todo el frente del edificio y la única opción que tengo para entrar al cajero es pasando por debajo de la escalera de uno de ellos. Y sí, vamos para adelante. El muchacho de la escalera -que calza un mameluco que pide cambio a los gritos- me mira espantado y casi que no le dan las gambas para bajar de a cuatro los escalones. Con la mirada parece decirme que no va a ser cómplice de mi desgracia.

En general no soy supersticioso. Pero me da cosa no seguir, de mínima, los tres o cuatro principios básicos que pregonan los que se animan a manejar la moto con una sola mano para tocarse el izquierdo cuando se les cruza un gato negro. Por eso dudo un poco antes de mandarme. Y sí, de sólo verlo al pibe tan convencido de sus creencias, me hago el guapo para incomodarlo y demostrarle que tampoco hay que ser tan extremista. Así que paso como si nada.

Un supersticioso diría que llevarme la marca de pintura fresca en la mano es consecuencia inmediata de ese acto de rebeldía. O es de boludo, andá a saber.

Con la mano que me queda limpia meto el plástico en el cajero y miro de reojo. A través del vidrio lleno de polvo, el pintor me observa con cuidado. Lejos de estar planeando un golpe de salidera bancaria, el pibe está más bien horrorizado por mi desparpajo para desafiar al destino. No sé, capaz que está esperando que la máquina me deje frito con una descarga eléctrica o algo así. Me da un escalofrío jodido, no puedo evitarlo. Por eso no me parece tan grave que el aparato me tire un mensaje de saldo cero. Hubiera jurado que algo tenía pero no es nada de otro mundo que funcionen mal estas máquinas que en teoría reemplazan al hombre para lograr mayor eficiencia.

Salgo del banco y paso de vuelta por debajo de la escalera. Menos por menos, más. El pintor se aleja unos metros moviendo la cabeza onda ahora sí que estás en el horno.

El día está diez puntos y Tigre está lleno de turistas, de esos que se instalan en un metro cuadrado de parque y la pasan bomba. Aire puro para cargar las baterías necesarias para soportar la vuelta a casa, compartiendo ruta con los otros sesenta y dos mil ochocientos paseantes que tuvieron la misma idea.

Mientras esquivo domingueros me parece ver algo que no me copa del todo. Lo que me faltaba: que se me cruce un gato negro. Bueno, casi negro, porque en realidad es tirando a gris topo. Pero en el fondo yo sé que es pelambre negro desgastado por los años de uso. Como para no dejarme dudas, el gato se para justo frente a mí. Me siento en una película de Mel Gibson, viendo asomar y esconderse la cara del pintor por detrás de la gente que hace del parque un enorme hormiguero. Me niego al gesto obsceno que ahuyenta la mufa. Demasiada gente, mucho borrego.

Cruzo el parque y se me acerca un cuzco de lo más patotero. No lo dejo ni llegar al tercer ladrido y lo calzo de lleno con el empeine para no darle la menor oportunidad. Sale disparado con la cola entre las gambas y me arrepiento. Me arrepiento primero, porque el pobre llora desconsolado y, segundo, porque esta historia va directo al blog y le temo a la crítica despiadada de los fanáticos defensores de los animales. Pero si no le pego me muerde, de una.

Llego a las vías y no sé qué hacer. Capaz que se me engancha un cordón en algún lado justo antes de que pase el tren o piso el tercer rail, el que está electrificado. Otra vez la cara del pintor, esta vez en las personas que saludan desde alguno de los dos trenes que dejo pasar. Sindudamente, el puente peatonal es la mejor opción, así que vuelvo un par de cuadras e intento cruzar por ahí. Subo de a uno los escalones, tranqui, no vaya a ser que me encuentre con uno flojo y a la mierda. En uno de los descansos hay dos pendejos prendidos a un tetra y me hacen gesto de te equivocaste. Si fuera un día normal no les doy ni la hora y sigo de largo, pero no es un día normal. Así que vuelvo sobre mis pasos.

Bajo y camino hasta la estación para no tener que cruzar las vías. Otra vez a los saltitos entre lonas, mates, reposeras y puestos de falsos hippies. La cumbia se mezcla con el estruendo que hacen los que le dan sin asco a las tumbadoras. Sobran los padres que, con pretensiones de salvación segura, no les dan respiro a sus futuros delpotros o messis y los hacen practicar casi hasta el desmayo.

Camino a través del playón donde cientos de personas demuestran lo malo que uno puede llegar a ser arriba de un par de rollers. Dos me pasan rozando y de pedo no me dejan dando trompos. Temo por mi integridad física, porque no es un día normal, y por eso decido que mejor va a ser bordear el playón, aunque el camino a casa termine siendo más largo. Ya casi llegando, pierdo algunos minutos más mirando varias veces hacia ambos lados de un cruce que, históricamente, tiene un promedio de uno coma dos autos por hora.

Ya en casa, le cuento el periplo a mi mujer y me dice que estoy loco. Mirá qué novedad. Para demostrarle que los planetas se alinearon contra mí, prendo la computadora y entro al sitio web del banco que, extrañamente, no se cuelga. Miro el saldo.

Definitivamente, soy más boludo que supersticioso.

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No tan feliz-feliz en mi día


Pasaron veintidós años pero qué difícil se hace borrar esa cara, ese gesto de esto no me puede estar pasando a mí.

La adolescencia es entrarle de volea a la puerta y llevarse la vida de atropellada. Es buscar en cada paso el componente rebelde, hiriente, provocador.

En mi clase no era lo que los gringos llaman popular. Ni cerca. Soy y siempre fui un tipo reservado, un pura sangre materna. Si te pagaran por cada sonrisa o cada palabra te morirías de hambre, me dice siempre mi mujer. Dicen que soy aburrido.

El que se guarda para adentro, cada tanto tiene que tirar una bombita para decir acá estoy. Pero hay bombas y bombas.

Era el día de mi cumpleaños número trece. Un numerito el trece. Estaba como afilado y andaba con ganas de hacer algo diferente, quería ser tapa de diario.

En esa época me movía de acá para allá con el Bocho, un buena onda con quien me había metido en una especie de carrera para ver quién hacía la cagada más importante. Veníamos palo y palo.

Los que trabajan de preocupar a padres de hijos inquietos dicen que hay pibes que son muy inteligentes y por eso se aburren en clase y por eso hacen quilombo. Yo compartía con este grupo sólo la última parte de la ecuación. Lo mío no tenía nombre científico.

Teníamos en el colegio una maestra de inglés que era diez puntos. Le sobraba onda y había logrado lo que pocos pueden hacer con un grupete de adolescentes, ser una más. Y a nosotros nos costaba uno y medio asimilar que hubiera una popular del otro lado del mostrador.

El golpe no fue planeado, para nada. Recreo largo, libertad para deambular por las clases, el Bocho y yo juntos con un par de tizas en la mano en frente del pizarrón. No había internet en esa época así que no sé de dónde sabíamos tantas expresiones que son una patada en las encías para quien las recibe.

Unos pocos minutos fueron suficientes. El repertorio de frases no aptas se desplegaba frente a nosotros y nos dolía de sólo mirarlas de reojo.

Bueno, como momento de alta adrenalina ya está, listo, ahora borremos esto que vamos en cana.

No encontramos un puto borrador ni en esa clase ni en el resto del piso.

Volvimos para borrar con la mano pero algún vivo, más vivo que nosotros, había trabado la puerta. No pudimos entrar.

De haber imaginado las consecuencias, habría roto el vidrio con la cabeza y borrado el pizarrón con la lengua. Pero dormimos, apareció la destinataria de nuestras caricias escritas y todo se desbarrancó.

La pobre estalló en llanto y se fue arrastrada por un mar de lágrimas. El que apareció enseguida fue el maestro de lengua que se las daba de una mezcla de Sherlock Holmes y Horatio el de CSI Miami. De pedo no se puso a levantar huellas digitales.

Nadie se mueva, nadie toque nada. La mueca de la letra eme es muy particular. Todos escriban palabras que empiecen con esa letra. Creo tener indicios de quién fue.

Qué manera de decir huevadas. Pero por las dudas me cuidé de no volver a hacer la mueca. Y la escribí con la zurda.

Pet Detective se quedó un rato como estudiando la escena del crimen. Miraba todo con atención y cada tanto nos echaba a todos una mirada calibre treinta y ocho. Se fue con una de las patillas de los anteojos en la boca, onda oficial de la CIA meditabundo.

Cuando llegué a casa me esperaba la torta de cumpleaños, que ese día tuvo un gustito especial. No pude pasar ni los confites.

Los días siguientes tuvieron un poco más de show de Proyecto Sherlock, que ya hablaba de autor intelectual y autor material y comentaba sus hipótesis. Frío, frío. La teacher no apareció por el resto de la semana.

La cosa era que si no abríamos la boca no tenían forma de saber quién había sido. Pero la mina era más buena que Jacinta Pichimahuida y ni en pedo se merecía eso.

Cuestión que finalmente bajamos la saviola, cantamos y pedimos perdón. Nos rajaron a los dos.

La joda terminó con un verano a full estudiando inglés para entrar a otro colegio. Sí, justo inglés, como si el destino se hubiera aliado con la teacher ofendida.

Final abierto a piacere del lector.

Uno, terminé en el colegio nuevo que estaba más o menos. Al toque me convertí en popular porque no tardaron en enterarse de que me habían expulsado del otro, y yo me encargué de inflar un poco la cosa.

Dos, me echaron también del colegio nuevo y pasé a un reformatorio donde me reencontré con el Bocho y le fajamos catorce puñaladas al tutor que nos dijo que no éramos populares. Escribo mi blog desde la cárcel porque las cárceles vienen con wifi.

Tres, me dieron la probation y me quedé en el colegio de siempre. El director me chantó un cuadernillo de caligrafía de seiscientas páginas para que hiciera buena letra durante toda la secundaria.

Elige tu propia aventura. La mía no.


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Mercaderes de bajo vuelo


Para mi abuelo, el british tea era sagrado. Podía tomarlo con cuarenta grados de calor y disfrutarlo como si estuviera escapándole al frío en algún gélido rincón de Ushuaia. Aunque de inglés no tenía ni la sombra, no había nada que pudiera hacerlo desistir de su infusión, que acompañaba siempre con tostadas y mermelada de naranja. Nunca una gaseosa cola, que para él era jugo de peine.

También eran sagrados los encuentros en su casa todos los domingos. Y cuando se hacían las cinco de la tarde, al viejo se le iluminaba la cara y exhibía una sonrisa que casi le daba toda la vuelta a la cabeza.

Así se dejaba ver siempre, salvo aquel día, poco tiempo antes de que el Barbas le comprara el pase. Estábamos en su casa y nos aprestábamos a compartir con él la ceremonia de cada domingo. Pero la sonrisa se había borrado y en su lugar había aparecido un gesto que era mezcla de preocupación y tristeza. Y nos contó.

Mi abuelo era un fanático incurable de los pájaros. Fanático de los que se conocen todas las especies, costumbres y etimología de las nombres. El tipo te reconocía cualquier animalito con alas y te tiraba la ficha técnica con detalles que no encontrás en wikipedia.

Tan apasionado era que se mandó a construir una pajarera gigante, de ésas que tienen forma de campana y que les podés meter pajaritos a lo loco. La tenía llena y cada mañana los plumíferos le regalaban un concierto de cantos fenomenal que lo hacía encarar el día con el ánimo por las nubes.

El bajón del viejo llegó porque un día les fue a dar de comer y se encontró a un par que estaban hinchados como una pelota de tenis y con las gambas duras para arriba. Y al día siguiente otros dos.

Con ese panorama poco alentador, llamó a un veterinario que le sugirió avanzar con una autopsia. Así como leés. Una autopsia. A un pajarito.

El viejo contaba todo esto en una mesa donde éramos entre quince y veinte personas. Cuando llegó a la parte de la disección fue muy difícil mantener el gesto adusto de sólo imaginar al plumífero acostado sobre una camilla y al forense rodeado de instrumentistas quirúrgicos analizando el cuerpecito frío del occiso.

Casi todos pudimos contenernos. Uno de mis hermanos no. Sin medir el impacto que pudiera tener su comentario, el pibe mandó que mucho más barato que contratar a un veterinario era comprarse más pajaritos.

Al abuelo no le dio un paro cardíaco porque tenía el bobo más fuerte que una piedra. Pero se hizo un silencio bastante incómodo y no me quedó otra que meter un bocado:

- Bueno, seguí, ¿cuál fue el resultado de la autopsia?, ¿de qué murieron los pobrecitos?

- De estrés.

Hasta ahí llegó nuestro esfuerzo por acompañarlo en el dolor. No hubo carcajadas groseras pero igual al abuelo le dolió en el alma que lo tomáramos en joda.

Para romper esa atmósfera que se cortaba con tijera, me la jugué y le ofrecí al viejo llevarlo a un bolichito que vende todo tipo de animales. Especialmente pájaros. Y especialmente si están en peligro de extinción.

Mi abuelo agarró viaje y a los dos días nos arrimamos hasta una especie de antro que despedía un olor violento y exhibía una increíble colección de aves, serpientes, ratas, iguanas, lagartijas, tortugas. De todo.

Había clientes que pedían por especies que yo ni sabía que existían. Y los dueños del local a casi nada respondían que no. Si el bicho no estaba en stock, prometían conseguirlo.

El viejo estaba como pibe en juguetería. Me hacía acordar a un sobrino mío que se divertía como loco cuando su madre lo subía a los autitos del shopping, pero que un día fue con la tía y descubrió que si le metés moneda hasta se mueven y hacen ruido. Mismo nivel de excitación.

Después de un par de vueltas, lo acompañé hasta la góndola de los pájaros. No podía creer que vendieran cardenales y se anotó con algunos. Pero lo que más le llamó la atención fue la oferta de un set de canarios machos cantores que se vendían a un precio irrisorio.

Nos fuimos de la tienda con los cardenales, los canarios machos cantores y algunos ejemplares más que compró para redondear la cifra. El tipo estaba feliz y se la pasaba comentando lo increíble de haber conseguido tan buena mercadería a tan bajo precio.

A los pocos días, de visita en su casa, lo noté un poco desanimado y me comentó que los canarios machos cantores no largaban ni medio acorde. Le sugerí que les diera tiempo hasta que se acostumbraran a su nuevo hogar y eso pareció tranquilizarlo.

Pasó el tiempo y no se volvió a tocar el tema. Hasta el día que llamó a casa y pidió por mí.

- ¿Te acordás de los canarios machos cantores? Acaban de poner huevos...

Para un culebrón


Señora Teja no es lo que se llama una fana de los curanderos, manosantas, sanadores. Ni ahí. Y en público capaz te dice que no son más que una manga de chantas que se aprovechan de los desesperados.

Bueno, en este caso ella vendría a ser una desesperada que no tuvo más remedio que ir a ver a uno de estos aprovechadores.

Es que la culebrilla la tenía de malas, pero de malas en serio. Le ardía como si le hubieran tirado alcohol después de apoyarle una plancha al mango.

Por eso ese día aflojó y le hizo caso a una vecina que hacía tiempo le venía insistiendo para que fuera a ver al Pai Oscar.

Señora Teja dijo en su casa que tenía cosas que hacer y se despidió. Que no la esperen a almorzar. Ni su marido estaba al tanto de la movida.

Antes de salir garabateó en un planito las instrucciones que le dio la vecina, que no sabía el nombre de ninguna calle y siempre había ido a este lugar manejando referencias muy vagas.

Tardó una hora y media en encontrar la casa. Antes había tenido que preguntar unas ocho veces porque ya no estaba más estacionado en la puerta el falcon gris sin cataforesis que recordaba la vecina.

Señora Teja estuvo varios minutos revoleando la gamba para un costado para sacarse de encima a una jauría de cuzcos afónicos que anunciaban nueva cliente. Señora Teja pensaba que lo único que le faltaba era que una de esas ratas ladradoras le dejara otra herida para curar.

Sepa usted disculpar la demora, es que mi asistente hoy está de licencia.

El curandero era una versión beta del padre Miguel, el cura que ídem en el cementerio de la Chacarita invocando a su madre muerta.

La recibió con un kimono de feria de garage que le bailaba por todos lados y un engominado violento sobre pelambre de lavado mensual. Las sandalias raídas le hacían juego con una cicatriz de pelea callejera que le adornaba un costado de la cara.

Capaz que el chamán podría estar viviendo en cómodo chalet, pero parte del show es mostrarse un toque espartano y desprendido de lo material. Esa onda es clave.

Entraron por una puerta angosta corriendo las cintas de colores onda almacén de barrio, y enseguida Señora Teja se encontró sola en un espacio bastante amplio, piolamente ambientado para dar esa sensación de estoy un par de escalones por encima del resto de los mortales.

El olor y el humo de los sahumerios eran una cosa de locos. Visibilidad reducida diría Mauri en el noticiero de la mañana del trece.

Señora Teja dijo ya estoy, así que vamos a liquidar el asunto. Le contó de la culebrilla y el Pai procedió.

Levantó la tapa de una especie de fuente que había en un rincón de la habitación y agarró al azar uno de los sapos que nadaban desesperados para huir de las garras del verdugo.

Pai Oscar, casi te diría que disfrutándolo, agarró a uno por las patas y lo apoyó sobre el sarpullido marca cañón que traía Señora Teja.

Recitó unas plegarias que Señora Teja nunca entendió, y la dejó sola diciéndole que en pocos minutos el batracio absorbería el veneno y la culebrilla desaparecería.

Señora Teja empezó a preguntarse si terminar allí había sido una decisión inteligente. Estaba ahí recostada sobre una mesa que en cualquier momento se venía abajo, con un sapo que la miraba fijo como queriéndole decir en un rato paso a mejor vida sólo para aliviarte un poco el dolor.

Cada cinco minutos se asomaba el Pai para ver qué onda el sapo. Porque según el ritual, se tenía que cagar muriendo por absorber el veneno.

Pero no fue el caso. El Pai entró y salió unas siete veces. El sapo estaba a las risas y la culebrilla seguía en el mismo lugar, incluso más irritada porque Señora Teja empezaba a impacientarse pero en serio.

Pasemos a la segunda fase porque esa culebrilla carga con demasiada energía negativa.

El Pai desapareció y volvió con un jarro de tinta china y una pluma gigante como de avestruz. Señora Teja alzó una ceja y amagó levantarse.

Pero en dos segundos el Pai había desparramado el líquido y había escrito sobre la zona afectada unas palabras que Señora Teja no pudo identificar.

Al toque agarró un recipiente con agua y empezó a mover como loco tres ramitas mientras rezaba a los gritos con ese tono que le ponen para que todo parezca más paranormal.

Yo iba por un caminito, me encontré con un santo, me preguntó qué tenía y yo dije que culebrilla, que con qué se curaría. El santo me respondió que con agua de la fuente y rama de Señora Teja.

Ni siquiera rimaba.

El Pai empezó a incomodarse porque Señora Teja ya no disimulaba su cara de pocos amigos. Hizo un esfuerzo importante para mostrarse calmo pero la realidad es que quería acabar con todo eso de una vez por todas.

Terminó la segunda fase y nada.

Transpiraba. El Pai transpiraba como loco. Señora Teja largó un grito algo contenido cuando intentó limpiarse la tinta con un trapo viejo que el Pai le había dado. El sarpullido ardía más que cuando entró.

Pai tomó un cuaderno que tenía sobre una repisa y se puso a escribir a las apuradas. Dobló el papel y se lo entregó a Señora Teja, que asegura haber visto al sapo guineándole un ojo mientras abandonaba el lugar.

La letra del Pai era lo único que podía asemejarlo a un profesional de la medicina. Pero con algo de esfuerzo Señora Teja lo descifró.

Lisalgil en cápsulas, una por día durante una semana, si sigue con molestias consultar al médico.
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Con los pulgares en guardia



Padrino se mete algo en la cabeza y no hay con qué darle. Le mete, le mete y no para. Al sueño del campito propio lo traía entre ceja y ceja desde hacía muchos años.

Buscaba algo tranqui, nada de zarparse con un cincuenta mil hectáreas o repartirse una provincia con el yanqui que -según los mismos que creen que el área cincuenta y uno está llena de extraterrestres- se está llevando toda el agua dulce de nuestro país.

No, lo de Padrino era otra cosa. Quería una chacrita para poder disfrutar con la familia.

El trámite no fue fácil porque se tenían que alinear los planetas. Y un día se alinearon.

Padrino estaba como loco con el sueño realizado. Había que laburar bastante pero la primera piedra ya estaba. Y quiso compartirlo.

Fin de semana largo, disparó para la costa con mujer, hijos, yernos y nietos. El campo estaba cerca de allí.

Tan verde estaba el asunto que en el lugar no había más que un puestito para los caseros recién instalados y un mega galpón abandonado. Durmieron en otro lado.

Padrino se despertó temprano y les pasó las opciones para ese día: visitar el campo o visitar el campo.

Doce adultos y quince menores partieron raudos hacia la tierra prometida, donde los esperaban seis caballos que Padrino había alquilado para darles un pantallazo de lo que será el lugar dentro de unos años.

Los pibitos estaban en su salsa. Iban, venían, saltaban, corrían. Padrino los miraba y sonreía orgulloso. No veía la hora de que todo estuviera acomodado y listo para disfrutar a pleno de su nueva conquista.

Empezó a caer el sol y hubo que pegar la vuelta para llegar con luz a la casa donde paraban.

En uno de los autos, la hija de Laprima contaba todo lo que había hecho. Cada cinco palabras metía un me-pica-mucho, pero no le prestaron mayor atención porque era algo normal después de un día entero en un lugar tan agreste.

La cosa empezó a cambiar cuando llegaron y vieron las ronchas que llevaba en medio cuerpo. Tuvo que pedir prestado el caladryl a su hermana, que a los dos minutos volvió desesperada a recuperarlo. Sus hijos estaban igual. Y los hijos de los otros. Y ellos. Casi todos.

A tono con el famoso refrán, el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, al día siguiente estaban todos de vuelta en el campo. Hubo algunos que prefirieron quedarse en el auto.

Si la noche anterior había sido movidita, la segunda directamente fue un caos.

Seis letras explicaban las escenas de pánico, histeria, corridas: p-u-l-g-a-s.

La pulga es un bicho doblemente bicho porque se pasa de viva. Ataca y se esconde. Y no la encontrás, posta que no las encontrás a las hijas de pulgas. Se meten en cualquier recoveco de la pilcha y no las ves más. Hasta que vuelven a atacar.

Todos los brotados terminaron embadurnados con caladryl de pies a cabeza. La ropa contaminada fue a parar a bolsitas aisladas. Y la familia a pleno pegó la vuelta para Buenos Aires creyendo que la batalla estaba ganada. Me Río de Janeiro.

Los que andaban desorientados eran los más enanos. Cuando les dijeron que iban a estar en un campo, esperaban encontrarse con vacas, chanchos, ovejas, gallinas, caballos. Pero de lo único que se terminó hablando fue de pulgas y ellos la única que conocían la está rompiendo en el Barca.
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Ni hablar de la sorpresa de la maestra cuando le pidió a uno de ellos que dibujara su fin de semana largo y el pibito garabateó una especie de guerra entre pulgas que avanzaban de a miles y humanos que con una mano se rascaban y con la otra trataban de aplastarlas. Laburo para la psicopedagoga.

Lo de Pequeño Albino fue mundial. Batió que nada de ponerle al campo el nombre de algún antepasado para honrarlo, no señor. El campo se va a llamar Las Pulgas y no se discute más.

Laprima llegó a su casa y fue directo a abrir las valijas para buscar las bolsitas supuestamente selladas. Pero lo que se encontró fue un show de fuegos artificiales pero las cañitas voladoras eran pulgas. Cientos.

El alarido que pegó se confundió con el sonido del teléfono. Su hermana llamaba al borde de un ataque de nervios porque las pulgas casi que habían usurpado su casa. Laprima averiguó con el resto y estaban casi todos en la misma. El teléfono sonaba una y otra vez y se repetían diálogos que rozaban con la insania.

Laprima llamó a un fumigador. Lo primero que le dijo el profesional al toque de escuchar el estado de situación fue, palabras más palabras menos, estás en el horno. Alto motivador.

Además de explicarle en detalle lo extremadamente complejo que es combatir a la pulga, le dijo que se olvide de esperarlo porque tenía laburo como para un mes. Con el asunto del dengue la gente está paranoica y casi que nos paga por mosquito derribado.

Y como para alentarla un poco más le dijo que en ese mes cada pulga seguramente pondría cuarenta huevos y la familia pulga crecería cuarenta veces.

Para que Laprima no lo fuera a buscar con la nueve milímetros, el amigazo le dio algunas instrucciones de lo que debía hacer. Las indicaciones enseguida fueron sumándose a las que todos los demás tiraban sobre la mesa porque a la hora de opinar sobran los expertos por todos lados. El google ardía casi tanto como las ronchas.

Así, en un mismo día les habían dicho que desplegaran toda la ropa en el jardín y les pusieran agua. Que la metan en el microondas que no queda una sola pulga viva. Que en realidad es al pedo meterlas en el microondas. Que dejen flotando la pilcha en la bañadera y que hagan una cacería de pulgas una por una, con las uñas. Que lo que necesitaban era la compasión del Barbas porque la pulga es jodida y puede vivir dos años en las penumbras. Que había que traer un perro para que se las lleve puestas.

La histeria hizo que cada uno fuera convirtiendo su casa en una tienda de campaña. Pilcha desparramada por todas partes. Prendas incineradas en el microondas. Criaturas y no tan criaturas circulando de cuerpo gentil porque la picazón no les dejaba calzarse nada. Paranoicos revisando cada prenda dispuestos a dejar la piel por asesinar a cada pulga, de ser posible con tortura previa para escarmiento de las miles de rebeldes que pululaban por ahí.

Además de eliminar a las pulgas, había un temita no menor a resolver: tratar a los brotados.

Si bien en las guardias aseguraron que nunca habían visto nada igual, no les dieron demasiada bolilla. Los médicos parecían querer decirles algo así como que las pulgas no tienen prensa. Mosquitos y porcinos sí, pulgas no. Tráenos una pandemia provocada por pulgas y vemos.

La paranoia duró un tiempito. Por las noches, una pulga gigante le daba un toque kafkiano a las pesadillas de Pistola Pet que, de día, intentaba destruir con sus uñas las manchitas de su piso de cerámicos.

Pero el tiempo curó las heridas. Y las ronchas. Y los principios de ataques de epilepsia. Hoy el campo de Padrino empieza a ser una realidad y toda su familia piensa de qué manera puede ayudar a terminar de darle forma.

Un predecible habría rematado el relato con algo onda los primeros muebles para el campo se consiguieron en un mercado de pulgas.

Soy previsible, así que lo firmo.
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Cazado al azar


Pibe introvertido y buena onda. Si lo mirás bien, vas a ver una cruza de Piojo López y Mr Bean.

Recién llegado de su dieciocho-habitantes-más-que-un-pueblo para estudiar en Buenos Aires, el flaco se salía de la vaina por conocer la gran ciudad y todos sus encantos.

Por eso agarró viaje al toque cuando lo invitamos a la cancha a ver a la selección, que jugaba contra Colombia un partido chivo en la carrera por ir al mundial.

El pibe flasheó de movida. Le pareció de lo más pintoresco fumarse cuatro horas de cola para conseguir una entrada, popular porque el presupuesto no daba para más que eso.

El día del partido llegamos dos horas antes y cantamos que Brasil no va al mundial, que vamo a dar la vuelta como en el ochenta y seis, que el que no salta es un inglés y todas esas huevadas que por un rato nos hacen delirar y nos ponen la piel de pollo. Nos emocionan como si estuviésemos viendo al sargento Cabral atravesado para salvar al prócer que presta su nombre a la calle principal de todos los pueblos del país.

El pibe no se perdía detalle, seguía todo con el ojos en formato asombro y festejaba como un púber las ocurrencias que tenían los campeones de la improvisación, esos que cuando están afilados te garpan tres cuartas partes de la entrada.

Se había venido con el kit completo: camiseta, gorro, vincha, trompeta, papelitos en bolsita. Estaba como pibe con chiche nuevo.

A la hora y media de hacer tiempo ya estábamos todos con los huevos al plato, porque encima hacía frío. En el cemento del monumental siempre hace frío cuando juega la selección.

Pero él seguía en llamas, ya se sentía uno más y miraba con los humos ahí arriba como si la cancha fuera su habitat natural. Saltaba, puteaba, arengaba. Ni en pedo se imaginaba lo que vino después.

Dos gorras de la federal se abalanzaron sobre el grupito donde estábamos y lo levantaron de la capucha al pobre pibe que quedó un instante suspendido en el aire revoleando las gambas.

La cara se le transformó en un segundo y volvió a ser ese pollo mojado de los primeros días de la facultad. No le dieron tiempo a nada.

Lo arrastraron por entre la gente y se lo llevaron directo al patrullero. En el camino la gente empezó con el que no salta es un botón y puteaba a los uniformados. Nosotros intentamos seguirlo pero el cabo Luna según la chapita, milico perdedor ya desde el nombre, puso la voz lo mas grave que le salió y nos batió que mejor borrense que siguen ustedes.

De las setenta mil personas que había en la cancha, no había una sola más buena onda e inofensiva que este pibe. Pongo las pestañas en el fuego. No daba el perfil ni para un psicópata americano versión criolla.

Volvimos a la tribuna porque no había mucho que hacer. Además ya estaba arrancando el partido y nuestra compasión por el muchacho tenía un límite. No nos habíamos bancado cuatro horas de cola -e invertido el equivalente a tres entradas para ver a Fabio Posca- para hacerle de tutores al flaco éste.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Cada gol una puñalada. Cuando ya estaba consumado el baile de antología que nos pegaron el muchacho de la melena y su ballet, recién ahí nos pusimos a pensar qué habría sido de este pobre pajuerano, que todavía no conocía el cabildo y ya había caído en cana.

No sabíamos por dónde empezar a buscarlo. Preguntamos, nos dijeron mal, fuimos, vinimos, que esto, que lo otro. En un momento nos dimos cuenta de que ninguno de nosotros tenía documentos y mucho menos alguna experiencia en sacar amigos de las comisarías.

Al final nos fuimos a buscar al viejo de uno de los que estábamos ahí. Y nos acompañó a la cincuenta y uno.

Ahí estaba el pibe, con una cara de orto desde acá hasta allá. Nos recibió con una mueca desganada onda me dejaron en banda.

Tuvo la mala leche de ser uno de los que agarran siempre por rutina para justificar el choreo que es el operativo policial.

Lo habían levantado al voleo pero en los pelpas le pusieron actitudes agresivas contra la parcialidad visitante y cánticos ofensivos. Insólito lo primero porque no nos cruzamos con un solo cafetero de nuestro lado, insólito lo segundo porque lo que es putear putear, quién no putea, dejate de joder.

El pobre flaco se reía pero como nervioso. No tenía fasos porque los amigos que se había hecho en la celda se los habían fumado todos. Menos mal que tenía fasos.

Le chantó beso y gestito chau-fierita a cada uno y desaparecimos.
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Avatares en el tren


Le ponés onda, tenés billete

El trío andaba con todas las ganas de ser un grupo de música diferente.

La mina del charango la descosía a puro carnavalito, buen ritmo, diez puntos la armónica.

Buena onda que el pasaje no pusiera esa cara de orto que suele poner cuando uno de éstos rompe el silencio y ya no se puede seguir leyendo el libro, hojeando el diario o escribiendo para el blog.

Hasta ahí más o menos lo de siempre. Buena música pero no parecía ser más que un grupo del montón que se pasea por los trenes buscando la moneda salvadora. Y la clave es pegar onda con la gente, como sea, porque si hay amor hay billete.

Y el idilio arrancó cuando los otros dos pelaron máscara de los pauer reinyers y se animaron a un baile cruza de malambo con reguetón. Después se pasearon por los pasillos sacudiendo los brazos y moviéndose onduladamente como un par de primates al salto por una galleta.

La escena parecía sacada de cha-cha-cha, pero terminó el número y todo el mundo se puso. Hubo amor.

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Mejor cada cual a lo suyo

Es un clásico. De golpe ves que todos los que están sentados parecen desmayarse como si les hubieran disparado un somnífero violento. Y al toque aparece una embarazada o alguien que aplica para un lugar.

Fue un helado de dulce de leche para la infaltable y auto proclamada defensora del pueblo, que a grito poco disimulado preguntó si no había algún caballero dispuesto a darle el asiento a la señora algo mayor que acababa de subir al tren.

No hubo ninguno de esos que se mandan al frente solos pegando un saltito acompañado de un no-la-había-visto-por-supuesto-señora-siéntese. De esos que pierden su asiento y se bancan que le agradezcan a otro y que encima les pongan cara de hacéte-el-boludo-vos.

Pero esta vez hubo sólo silencio. Silencio atroz versión Ahumada. Y nadie se movió.

La defensora, mucho más cerca de una Diana Conti que de una Stolbizer, no iba a perder esa cruzada, de ninguna manera. Así que encaró al que tenía más cerca y sin mucha vuelta le pegó un sacudón.

¿No te da vergüenza seguir ahí sentado mientras esta pobre anciana a duras penas puede mantenerse en pie? Por gente como vos estamos como estamos. Ya no existe el respeto ni la consideración. Ver-güen-za.

Había dos salidas. O le fajaba treinta y cuatro puñaladas como en el tango, o bajaba la cabeza, cedía y se fumaba la humillación. Pero el flaco agarró por otro camino.

Disculpe señora, ¿nos conocemos de algún lado?, ¿de dónde tanta confianza?

La movió de su guión. Y no le dio tiempo para reaccionar.

No le voy a dar el asiento a la señora porque considero que no lo necesita. Ahora, si la señora realmente lo necesita, porque tiene alguna complicación que nosotros no podemos ver, entonces sin necesidad de gestores puede ir a la punta del vagón donde hay lugares reservados.

Silencio atroz interrumpido por alguna carcajada socarrona. La defensora al mazo y cada cual a lo suyo.

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El feo durmiente

Prima Ro siempre me dice nene esas cosas sólo te pasan a vos. Puede ser.

Venía de la facultad, tarde, y me bajé en la estación de San Fernando. Tenía que cruzar la vía y no soy de los que corren por el andén chocando gente para ganarle al paso del tren. Así que esperé que terminara de pasar. Mejor hubiera corrido.

El pedazo de durmiente -sí, un pedazo de durmiente- salió despedido desde una de las ventanillas y me dio de lleno en la gamba.

Fueron dos, tres segundos de repasar mentalmente si algo tan insólito podía estar pasando. Un dolor de la gran puta me decía que sí.

Lo más loco de la situación fue que nadie vio nada, salvo la octogenaria que estaba pegada a mí y que mandó un gritito cuando lo sintió pasar tan cerca. Faltó poco para que la tuvieran que levantar con espátula.

Al principio la gente ni bola. Tuve que agarrarme de la baranda porque la gamba me temblaba como loca. Cuando me levanté el lompa ahí sí se me acercaron algunos, que me miraban con ceño fruncido y haciendo la ese para adentro. Dos flacos me levantaron y me llevaron hasta un banco.

Busqué testigos porque ya me relamía, de mínima, con un pase para viajar forfrí todo el año. Mirá que sos miserable me dice siempre Nick. Sí, puede ser.

La ambulancia llegó con todo el show de luces y sonidos y yo no sabía dónde carajo meterme.

En el hospital me dijeron fisura y me pusieron férula. Tardé en contar lo que me había pasado, preferí algo así como que los habilidosos del balonpié corremos siempre estos riesgos, quedaba más chic. Mirá que sos careta me dice siempre mi mujer. Sí, puede ser.

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