Soy mucho más que una pegada bonita


Si no fuera porque a las ocho de la matina ya me habían amenazado de muerte, si no fuera por ese detalle menor, te diría que la de hoy fue una mañana normal.

Venía de una gloriosa noche de fulbo después de casi un año de verlo de afuera y de pensar si este puto deporte es lo mío ahora que me acerco peligrosamente a los cuarenta.

La noche del regreso me puso bien pum para arriba. Venía demorando la vuelta de cagón nomás, por no saber si la rodilla iba a estar a la altura. Por lo menos a la altura de la otra rodilla.

Volver a pisar una cancha fue una sensación casi tan fuerte como el tufo que me agarró desprevenido cuando abrí el bolso y me encontré las mismas medias, las mismas vendas y la camiseta todavía húmeda que fueron testigos de aquella fatídica tarde del crac.

Venía de esa noche gloriosa y veía un arco en todos los ángulos de noventa grados que había en ese furgón.

Y entonces la vi. La botellita de plástico vacía de yogurísimo estaba en inmejorable posición para que le diera de lleno con el empeine.

No había nadie en el vagón, pero ese principio de éxtasis que me había poseído casi por completo me traía miles de hinchas con las gargantas enrojecidas de tanto cantar.

Fruncí la frente y enfoqué el ángulo superior derecho de esa especie de murito cuadrado que se levanta junto a la puerta de ingreso al vagón.

Volví a mirar la botellita, la medí y me perfilé. Tomé unos pasos de carrera y me acordé del zapatazo del apache contra los mexicanos.

Lo calcé justo a media altura. El envase plástico dibujó una hermosa parábola en el aire y se elevó medio metro por encima de aquel arco imaginario.

Dos cosas descubrí segundos después del impacto. Que la botellita no estaba vacía del todo y que yo no estaba solo en el vagón.

- La concha de tu madre, gato, te vi'a matá.

Lo que apareció de atrás del murito fue una mezcla perfecta entre el patrón Bermúdez, la hiena Barrios y ricky Fort. El tipo estada sentado justo atrás del murito, fuera de mi vista.

El resto de yogur que me envolvía el zapato derecho no era nada al lado de la estela que le quedó a esa especie de orco que se paró de un salto y me echó una mirada el hijo de puta que me hizo temblar las rodillas. La buena buena y la no tanto.

Antes de santiguarme y pedirle al Barbas que cuide de mi familia, pensé en el pelotudo que no se terminó el yogur. Con los nervios del momento se me ocurrió que ahí tenía otro interesante argumento para convencer a mis hijos de por qué siempre hay que terminarse el postre.

Miré para atrás y posta que no había nadie. No quedaban ni los hinchas.

El Barbas escuchó mis súplicas. En el instante en que al orco se le habían dibujado en la cara unas ganas locas de hacerme un enema de botellita, se abrieron las puertas del vagón.

Ahí nomas saqué a relucir los vestigios de lo que alguna vez fue una cintura prodigiosa. En un quiebre casi imperceptible más una finta de antología, logré hacerle un ole al orco y me perdí en el andén de la estación que no era la mía.

Cintura prodigiosa, fuera de joda. Soy mucho más que una pegada bonita.
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Salir sin desayuno me da acidez


El pelado habla por celular a los gritos. Gesticula como loco mechando sonrisa de costado con levante repentino de una sola ceja.

El pelado es pelado de los que se pasan cif y franela diaria.

El pasaje, que no tiene un huevo que hacer en este viaje de cincuenta minutos, de golpe se encuentra con algo que le sacude un poco la modorra. A los tipos los distrae que el pelado se zarpe con un par de decibeles de más porque se sale un toque del molde.

Divertirse por esto es casi tan patético como el que disfruta cuando ve que un gordo, apurando el paso, arrastra la buzarda durante cincuenta metros para agarrar el tren y el chancho hijo de una gran puta le cierra las puertas en la jeta. Y al pobre gordo no le queda aire ni para putear. Y a la gente eso le divierte.

El pelado grita y la gilada empieza a murmurar y a señalarlo con la cabeza. Ninguno se conoce con el de al lado pero el numerito en vivo del dolape los hace compinches por un rato.

En la gilada hay uno que me mira con gesto de gracia, esperando que yo le haga la segunda con alguna media sonrisita o similar.

Justo a mí, que de pedo socializo con la gente que conozco. Imagináte qué chance puede tener este pibe con quien no tengo más en común que ser parte del proletariado que viaja en tren.

Y sumále que hoy tengo acidez.

Y sumále que el tipo trae puesta una remera que dice giocatore. Si ya era de perdedor usarla cuando estaba de moda, calzársela ahora directamente es colgarse el cartel de pelotudo.

Sin despeinarme, en lugar de devolverle el gestito elijo pelar mi mejor cara de orto y lo hago rebotar como si se diera de lleno contra un scania doble acoplado.

El pelado sigue con su show. Me la juego que soy el único que lo reconoció. Es un ex juez federal al que le armaron una causa y lo cagaron como desde arriba de un poste. Falló un par de veces contra el gobierno y se lo cepillaron de dorapa.

El tipo es inocente. Tiene que ser inocente. Si no no se entiende qué carajo hace arriba de un tren después de haberse levantado los cuatro palos que dicen que se llevó en aquel famoso festival de coimas.

El pelado corta pero sigue gesticulando. Es como si se le hubiera cortado de golpe la conexión y le hubieran quedado en la bandeja de salida algunos gestos que se despacharon unos segundos más tarde.

Sigue gesticulando. Este muchacho no está bien.

Guarda el celular pero lo desenfunda al toque y se clava otra conversación para la gilada. Al pobre le agarró un ataque de melancolía y busca recrear aquellas noches en que se hacía dueño del programa de Grondona y metía seiscientas palabras por minuto para tratar de explicar el código civil en un solo bloque. Esta vez la audiencia es más modesta. Y pelotuda.

Que corte y se baje, por el amor de Dios. Y que lo sigan todos estos pelotudos que se siguen riendo.

Todavía falta un trecho para llegar y no hay un solo asiento libre, pero la cosa no da para más. Me levanto tocando bocina y les hago mirada magnum antes de cambiarme de vagón. Al pelado y a toda la gilada.

Manga de pelotudos.
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China ataca Kamchatka

La señora abuela estaba desconsolada y a punto de echar espuma por la boca.

Le dijo al oriental que lo iba a agarrar de las solapas y que lo iba a samarrear para todos lados.

La señora abuela no podía concebir su almuerzo de sábado sin su tinto de siempre. De los chinos podía esperar una leche vencida, una mozzarella con hongos del tamaño de una cebolla o que le cobren la cucharita de plástico para el yogur. Pero jamás que la dejen sin su vinito.

Me están cortando las piernas, parecía decir con una mirada entre triste y enfurecida.

Es que el súper chino se cuadró enseguida cuando los muchachos de la muni cayeron en sus autos importantes con vidrios oscuros y dejaron una ordenanza que prohibía la venta de alcohol ese día.

Nada de material etílico porque había show musical en el playón de la estación de Tigre. Esta vez le tocaba a Fito Páez sumarse a la campaña "hagamos fulbito para la tribuna", encarada por el intendente que tiene como deporte nacional sacar a relucir el comedor que se hizo a nuevo con la guita de los jubilados y subirse las medias para las fotos de prensa.

La última vez había estado Nonpalidece y parece que los seguidores de los Marleys argentos se habían llevado hasta el alcohol de quemar y armaron un desparramo de novela.

El amarillo dueño del súper miraba el número que había montado la abuela y no podía reprimir esa sonrisita oriental que la hacen de los nervios pero que suena a burla.

La abuela se sacó del todo y le gritó que iba a terminar como los chinos que aparecen en los noticieros después de un ataque mafioso. Que no se iba a ir del local hasta que la dejaran comprar su vino.

El chino no se fue al mazo y también levantó la voz. Todo lo que se le entendió fue algo como "vino no, vino no, multa pol vendel, mas de veinte mil pesos".

La abuela no escuchaba, literalmente. Y en una reflexión filosófica sólo para entendidos, vociferaba que el almuerzo del sábado sin vino ya no podía ser su almuerzo del sábado.

La cosa se ponía cada vez más interesante porque ninguno cedía ni diez centímetros, pero pensé en la flaca, que me había acompañado y miraba con los ojos mas abiertos que de costumbre, lo que no es poco.

Pagamos y nos fuimos.

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Me dejaron a gamba


Quince días, a lo sumo un mes.

Arrancaba octubre y la vecina se tenía fe para que el permiso saliera rápido. Tishei y yo también. Y la tropa ni te cuento.

No había forma de evitar el trámite porque la pobre mujer era viuda y estaba en el medio del baile de la sucesión y todo ese rollo. Y para vender el auto necesitaba el permiso del juez de menores porque tenía pibitos menores de edad.

Pasaron los primeros quince días. Nada.

Fines de octubre y llegó la hora de rajarme para España por laburo. El panorama para Tishei era un espectáculo. A gamba y con la tropa sumida en la efervescencia que le causaban mi ausencia zarpada y los avatares del cambio de movilidad, que por el momento era inmovilidad.

Volví al mes. Ni la sombra del permiso. Al toque aparecieron los primeros síntomas de la urticaria porque los-quince-días-a-lo-sumo-un-mes ya habían sido dos meses con días que parecían durar entre treinta y treinta y cinco horas.

Los fondos se reían a carcajadas desde algún rincón de su escondite. Me provocaban sin miramientos y más de una vez pensé en hacerlos volar por el aire transformándolos en unas vacaciones primera división. La mesura ganó la pulseada solamente cuando el buena onda de Jota nos sumó a la lista de elite que disfrutaría de la mansión alquilada en la aldea andina.

Todavía había chances de cerrar algo a tiempo como para no dejar pasar esta oportunidad, pero sabíamos que la feria judicial estaba a tiro de piedra y no había lugar para ningún paso en falso. Si el permiso no salía, había que esperar a febrero.

La noticia fue como untarse aloe vera sobre una picadura de abejorro. La vecina dueña del auto mostró su sonrisa por primera vez en todo el proceso y convocó a conferencia de prensa para informar que el permiso había sido concedido. Y que al día siguiente teníamos cita en el registro automotor para abrochar la transferencia. Vamos vamos los pibes.

A primerísima primera hora rumbeamos en masa para el registro. La vecina cargaba con un bibliorato que rebalsaba de fotocopias, documentos judiciales, certificados y otras yerbas. La acompañaban sus dos hijos mayores que tenían que chantar su firma para dar conformidad a la venta. De nuestro lado fuimos Tishei y yo que nos salíamos de la vaina para darle un corte al asunto.

Esperamos nuestro turno con la tranquilidad de que ya estábamos a metros de la bandera a cuadros. Sólo un despiste podía dejarnos fuera de la carrera.

Interesantes duplas las que se arman en el registro entre vendedor y comprador. Los dos felices. El vendedor porque finalmente logra sacarse de encima ese muerto que ya se convirtió en una máquina tragamonedas. Y el comprador porque cree que ese muerto es en realidad un igual-a-cero que no le va a traer ningún problema.

El despiste llegó con forma de empleada pública. La señora, después de revisar las toneladas de papeleta, se bajó un toque las gafas de lectura para no perderse ni un detalle de la metamorfosis que sufrirían nuestras caras. Que lo lamentaba pero que a uno de los oficios le faltaba el número de DNI de los herederos y que no había forma de seguir con el trámite.

La vecina me decía por lo bajo que unos meses antes ella había vendido su otro auto con la misma documentación. Me lo decía a mí porque no quería hacerle frente a la señora que parece disfrutar dando malas noticias.

No me quedó otra que acercarme al mostrador con cara de malo. Le indiqué amablemente a la señora que ya se había hecho una operación con esa misma documentación y que tenía forma de comprobarlo si revisaba los archivos.

Pensé que me boxeaba. La mina perdió la poca compostura de la que gozaba y me tuvo larguísimos segundos contra las cuerdas. Me repetía en todos los dialectos que ella era la directora del registro, que sabía perfectamente cómo hacer su trabajo y que no necesitaba revisar nada.

Perdido por perdido, le canté la falta. Que por lo visto había cosas que escapaban a su estricto control y que a lo mejor le convendría rever los procedimientos.

Abandonamos el registro antes de que la señora llamara a seguridad. Con las manos vacías pero con esa satisfacción berreta que produce sostener una discusión caliente sabiendo que no lleva a ningún lado.

Entre los últimos gritos de la señora creímos escuchar que ya no había manera de concretar la operación antes de la feria. Parece que el oficio tenía que volver al juzgado, debían rehacerse los testimonios, o algo así, y luego volver al registro, donde la señora seguramente nos recibiría con los brazos abiertos.

Como todo eso no entraba en los pocos días que quedaban, salimos en busca de otra alternativa. Pero ésa es otra historia, todavía más bizarra, que en cualquier momento cuelgo del blog. Paciencia.

Concentramos a lo Romario


Roma tiene su Coliseo, Paris su Torre Eiffel, Londres su Big Ben.

Polvorines tiene su Viccenza, un bolique que la rompe toda y que no es patrimonio de la humanidad por esas cosas de la injusticia universal.

No hay que morirse sin conocer Viccenza, dijo un reconocido referente de la cultura vernácula. Por eso no me quedó otra que darle para adelante cuando el team propuso que el bolique fuera testigo de nuestros festejos por haber zafado del descenso.

La movida arranca con viaje en remis hasta la zona en cuestión. El remisero parece ser de los que les gusta prender la radio. La propia.

El tipo me habla sin parar desde troncos de talar hasta el cruce de la 197 con la boulogne sur mer. Sólo toma un poco de aire cuando necesita hacerme una pregunta. Una boludez. Pero no me da tiempo a responder porque empieza a sonar Arjona y pone la radio al taco. Hay interferencias y se escucha como el culo pero al remisero meloso no le importa y tararea que el escote en su espalda llegaba justo a la gloria.

El tipo juna Polvorines porque vive ahí y se ofende porque le pregunto si conoce Viccenza. Vos preguntá si conocen a Tuqui y después hablamos.

Hago escala en lo de Jota. Me encuentro con la muchachada dando el mismo espectáculo que dieron en cada uno de los partidos que jugaron desde que se quedaron sin su enganche goleador. Dando lástima.

En la mesa de dos por tres y medio no entra un solo cadáver más. Salvo alcohol de quemar no falta nada. Me dicen que recién están entrando en calor y les respondo que el cuadro se parece a un partido ya perdido por goleada. A Nolo no le causa gracia y sigue con su numerito de mini equilibrista en donde son protagonistas una botella, dos tenedores y un monda quebrado. De todo por dos pesos.

MKT está en llamas. Saca un cuento detrás de otro y entretiene a la tropa con actuaciones grotescas. Tanta energía le pone que termina consumiéndose todo el crédito del escabio. Uno menos para Viccenza.

Durante las casi dos horas en las que el hincha de Racing intenta hacerle sombra a Nolo tratando de sacar el corcho de adentro de una botella, los demás se pisan para hablar sobre las mejores jugadas del torneo. De un torneo que no jugué por la lesión que terminó en cuchillo y me alejó de las canchas. Los relatos se repiten y hasta se mezclan con situaciones de campeonatos anteriores.

Si no los conociera pensaría que están hablando del Milan de Gullit y Van Basten. Pero tengo claro que lo de inflar un poco la cosa es parte del folclore. A falta de un programa que repita las jugadas desde todos los ángulos, la posta es dejar volar la imaginación y agrandar la trucha para sentirnos un poco profetas de la caprichosa.

El alcohol corre que da calambre y los cuentos son cada vez más fantasiosos. Sólo me sale pensar cuánto tiempo tardaríamos en colgar los timbos si alguna vez pudiéramos vernos jugando al fulbo por TV. Jogo cero bonito.

Se hace la hora y nos mandamos en masa a Viccenza.

La cuadra está hasta las manos. Campo Indoamericano un poroto. De Soldati a Polvorines sin escalas.

El gordo chimichurri custodia la puerta y se maneja con muecas. Vos si, vos también, vos si, vos también... con tal de facturar un par de morlacos dejan pasar a cualquiera. Hasta el patrón Bermudez podría pasar sin llamar la atención.

No piden identificación pero sí te hacen levantar brazos y separar gambas. Le toca al gordo Chimichurri y a la bolsa de anabólicos que lo acompaña meter mano y palpar de armas. La pinta de facineroso no entra entre los elementos prohibidos.

Chiqui es nuestro anfitrión y nos hace la visita guiada. Chiqui anda por los dos metros, es nuestro nueve goleador y ya tiene domicilio en Viccenza. Todos le chantan beso y el tipo se mueve como pez en el agua. Un pez gordo en todos los sentidos.

Chiqui se aleja unos metros y copamos la parada. Tratamos de jugarla de local pero nos escanean con una intensidad que se siente en la piel y nos calan enseguida. Nuestro lateral izquierdo tiene tres pelos castaño claro y el contraste es un escándalo.

Entonados con el escabio que trajimos puesto, mandamos baile con pies juntitos, brazos doblados en noventa grados para adelante y palmas abiertas hacia abajo. Improvisamos pasito y nos movemos al ritmo del chiquichic-chiquichic que propone el bolique como única variedad musical.

Entre el show de luces llama la atención un punto rojo que cada tanto baila sobre la cabeza de alguno de nosotros. Demasiado speed con vodka me trae la imagen de un pequeño buraco en la frente y un hilo de sangre que baja suave por entre lo ojos. Chiqui aparece en escena y nos explica que las estrictas normas de sana convivencia del bolique prohiben levantar el trago mas allá de la altura del hombro y que hay un símil Gordo Chimichurri apostado en cada esquina. La primera avisa con el láser. La segunda te saca de las pestañas.

La muchachada baila como poseída. Saco el celular para retratar el momento y el saco de anabólicos no tarde ni quince segundos en palmearme la espalda. Nada de fotos papi. Chiqui se me acerca por el costado y me grita en el oído. Detrás de esa bocanada con niveles etílicos para nada despreciables, llego a entender que me está diciendo que no le dé pelota. Pretende que haga de cuenta que el grueso que ahora me hace marca personal en realidad no está ahí.

Guardo el celular en el fondo del bolsillo y no lo vuelvo a sacar. Chiqui saca el suyo y dispara como loco. El grueso lo mira jodido y se cagan de risa. Entre gorilas se entienden.

Sigue la joda y ahora el capitán se nueve frenético por toda la pista. Manos detrás de la nuca y codos en alto aleteando sin pausa. No le tenemos mucha fe porque está cada vez mas cerca del partido homenaje, pero el tipo se las arregla para flexionar rodillas y avanzar en cuclillas de acá para allá y viceversa. Un mostro.

El Negro Figura, otro abonado al bolique, saca a relucir su peinado techo a dos aguas y también se adueña de la escena. Se encara todo lo que le pasa por al lado y tenemos que agarrarlo entre cuatro porque no hay forma de que el novio de la flaca no se le venga al humo. Zafamos por el momento.

El clima se pone denso en todo sentido y decidimos que mejor picarnos el champion. Son casi las cinco de la matina y Chiqui quiere que salga torneo de pool. Cuesta encontrar la salida y el pibe pretende que le emboquemos a la pelotita. Ni en pedo.

Al lado nuestro, el Negro Figura sigue buscando que algún novio celoso le llene la cara de dedos pero se asegura que valga la pena. También se queda.

No, pa, ya no estamos para estos trotes.

Las crónicas de Mameluco: la verificación


Maté dos pájaros de un tiro. Aprovechando que tenía que hacer la verificación del auto para venderlo, me mandé con anotador y lápiz para cubrir este trámite que todos pintan como un verdadero dolor de ganglios. El grabador digital y la cámara ídem no pude llevarlos porque me los afanaron en la marcha contra la inseguridad.

Caí a eso de las nueve de la matina y la fila de autos daba toda la vuelta a la manzana. En materia de parque automotor tenías de todo: naves de no creer, otros que ni fu ni fa y más de uno de esos que se arrastran pidiendo a gritos un tiro en el cigüeñal y que se publican como mecánica joya nunca taxi. Entre estos últimos está el mío.

Soy Mameluco, un tipo de contactos. Por eso llegué sabiendo que no había que darle bola a la fila y que tenía que preguntar por el oficial Luna. El uniformado me iba a evitar la espera a cambio de un veinte bien dobladito.

Luna me atendió con una cara de orto que le llegaba a las rodillas. Le dije que venía a hacer la verificación mientras le guiñeaba un ojo de manera aparatosa. Me mandó a hacer la fila como todo el mundo.

Las casi tres horas de espera que me esperaban me animaron a buscar algunos testimonios.

El primero en hablar fue un tipo de unos cincuenta que amablemente bajó unos cinco centímetros el vidrio de su Audi A4. "Estoy desconsolado. Hace quince minutos que tendría que haber empezado mi clase de scuba diving y acá me ves, esperando que la burocracia corrupta se digne mirar si el numerito del motor coincide con el que figura en la cédula verde. Y encima mezclado con autos de todo tipo, un horror. Debería haber un vip para gente como nosotros".

El dialogo se interrumpió porque apareció un empleado de la dependencia policial con una manguera y una especie de taladro de punta cuadrada. El empleado le informó al señor del Audi que por ochenta pesitos le hacía el grabado del número de chapa en los vidrios.

El tipo se bajó de un salto, aterrado de que el flaco le hiciera cagar el auto con esa cosa.

"Pero jefe, los cristales ya están grabados".

"Sí, papi, pero cambió la legislación. Ahora hay una ley que obliga a que los grabados sean arenados. Los que se hicieron con químicos, como es su caso, no corren más".

"Pero por qué no te vas a la recalcada de tu madre".

Lo dijo con la mirada, no hizo falta que la frase saliera de esa boca de dientes apretados. Aparte le hubiera salido carísimo porque sobraban milicos con cantiporras que buscaban costillas.

El hombre se seguía quejando y entonces el empleado policial sacó a relucir toda su diplomacia de tipo que juega en primera: "si querés me podes hablar toda la mañana y yo te voy a responder con fundamentos".

Le dijo también que si quería hacer el grabado en otro lado que ningún problema, pero que se cuidara de que fuera con el método homologado por ley. El hombre del Audi se tuvo que bajar los lienzos y bancarse que le hicieran el grabado "oficial" que escondió al auto detrás en una gran nube de polvo.

Un par de lugares más atrás había un gacel ochenta y nueve, boliche móvil donde sonaba al taco la última entrega de Don Omar. El gesto del vago que lo manejaba era de absoluta resignación y desconsuelo.

El oficial le gritaba sobre la musica una y otra vez: "papi, qué querés que le haga. Volkswagen va con ve corta, tenes que llenar el formulario de nuevo". Preferí que mejor no hacerle nota por falta de garantías.

A la que sí encaré fue a una mina de unos treinta que insultaba en todos los idiomas. Se había fumado una cola de tres horas y el verificador le decía que tenía que lavar el motor y volver en otro momento porque no se podía leer el número de chasis.

"Son unos inútiles, me hacen perder el tiempo como si no tuviese nada que hacer".

"Señora, si no quiere perder más tiempo haga más rápido lo que yo le digo así terminamos antes el trámite".

La señora estaba en llamas. Se me acercó y me dijo en secreto que tenía una automática debajo del asiento y que en cualquier momento abría fuego contra toda esa manga de burócratas inútiles. Decidí buscar otro testimonio.

Volví a mi bólido. Como lo había dejado apagado y sin nadie adentro, cuatro o cinco autos me habían esquivado y pasaron a estar adelante mío. En una hora no habia avanzado ni medio metro.

¿Qué somos, todos vivos? Sin dudarlo enfilé derecho para uno de los colados, un corsita verde con los vidrios polara. Ahí nomás le grité que le daba treinta segundos para correrse y dejarme pasar.

Se lo dije antes de que bajara el vidrio. Error. El cristal iba bajando lentamente y lo que aparecía del otro lado era la interminable cabeza de una especie de Kanghai el Mongol que refunfuñaba y me preguntaba qué carajo quería.

Sólo atiné a pedirle fuego para un faso que no tenía. Segundos después me di cuenta de que no me creyó.

El horco estaba doblado tipo tríptico adentro del auto, pero enseguida se incorporó y se me puso enfrente. Mi vista quedó a la altura de una hebilla copada con las iniciales del chabón: TM.

Lo último que escuché antes de perder el conocimiento fue lo que dijo una señorita que iba del lado del acompañante: "al fin aparece alguien para desquitarse de estas dos horas de espera".

Desperté al rato en una especie de camilla dentro de una salita del destacamento. Me acompañaban dos policías que habían querido intervenir y también cobraron. Ni rastros del horco.

Cuando me vieron levantarme me devolvieron los pedazos de dos caninos y un premolar que habían metido prolijamente en una bolsita y me despidieron: "Su auto no pasaba la verificación ni que la hubiera hecho Andrea Bocelli. Pero dice Luna que un desparramo como el de hoy no se ve todos los días y nos mandó a aprobar el tramite lo mismo".

El veinte me lo aceptaron igual.
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Mameluco la va de periodista (II)


La que agarró la batuta fue una señora de unos cuarentilargos que mostraba una seguridad como que demasiado apabullante para el gusto de Mameluco, que se movía en puntas de pie.

La mujer se presentó como la responsable de llevar la voz de los indios a la comunidad. Dijo sentirse uno de ellos y capaz que hasta lo parecía si no fuera por dos faros turquesas que rajaban la tierra y un apellido que la ponía mucho más cerca de los Balcanes que del Río Reconquista.

El sol ya no pegaba de frente y pintó fogón, como todas las tardes de los últimos ciento cuarenta y ocho días. Le hicieron un hueco a Mameluco y les chiflaron a los que habían estado tomando sol, que se calzaron unos atuendos de cotillón que remataban con terribles llantas tres tiras de La Salada, especial para la ocasión. El mate con hierbas daba vueltas y los daba vuelta.

Mientras la mujer no paraba de hablar sobre la irresponsabilidad de los empresarios y la falta de reacción de las autoridades que deberían tomar cartas en el asunto, Mameluco la escuchaba con atención y asentía con la cabeza onda cuánta injusticia. Cada tanto pispeaba la cara de esos personajes que se parecían más a un elenco de dobles que andan al salto por un bizcocho que a un grupo minoritario que busca reivindicar los derechos de sus ancestros.

Pegado a Mameluco, un flaco que se debatía entre el mate y una damajuana sin etiqueta no le sacaba la vista de encima.

Cuando se le acabó el speech, la señora croatoba lo invitó a Mameluco a embarcarse en una lancha que los llevaría a ver in situ los restos de un cementerio indígena que estaba siendo arrasado por un empresario de la zona. Los indios quieren que el empresario done las tierras para levantar allí un museo de restos arqueológicos y el tipo, que ya tiene los huevos al plato de tanta toldería, contragolpeó con un proyecto para hacerle un monumento a Julio Argentino Roca y su campaña del desierto. En eso están.

La chata, las típicas del delta, en uno de los costados llevaba la inscripción Ahora Somos Nueve. Mameluco sólo entendió el significado cuando el pibe le explicó -con índice y pulgar levantados girando de un lado a otro- que no habían podido usar el nombre querandíes por cuestiones de propiedad intelectual.

Antes de que Mameluco se subiera a la chata, se le acercó el mestizo de la damajuana con una idem vacía y se le puso a cinco centímetros de la cara. En una oleada etílica que casi lo voltea, le susurró al oído que si le conseguía otra de ésas iba a escuchar la historia secreta del acampe y de todos sus personajes.

A Mameluco le brillaban los ojos. Se subió a la lancha con la croatoba y con el dueño, que cada dos minutos le tiraba indirectas para que de onda lo mencionara en la nota porque de verdad que cualquier aparición, por mínima que fuera, le vendría al pelo para darle un empujoncito a su incipiente negocio de turismo arqueológico.

Los navegantes avanzaron un par de kilómetros por el canal. La mujer, con lagrimas en lo ojos, repetía lo mucho que le dolía en el alma que los vecinos ya no pudieran disfrutar de esos espacios verdes porque los empresarios, además de no respetar la memoria cultural, se habían adueñado de esas tierras a partir de oscuras negociaciones con el poder de turno. Mientras, el timonel hacía lo imposible para esquivar los pañales y botellas de plástico que pintaban la superficie del canal. Mameluco solo estaba pensando en volver, pen-san-doen-volveee-que-gánas-de-volvéer... para poder sacarle data al mestizo antes de que el escabio acabara con él.

Llegaron a una especie de islote con pajonales inmensos y les costó un huevo encontrar un lugar para bajarse. Cuando finalmente lo hicieron, el dueño de la chata se sacó la gorra y se dobló en noventa grados para decir unas plegarias en un dialecto que Mameluco no entendía. Le sonaba jeringoso pero no estaba seguro. La croatoba también se puso en onda contemplativa y le explicó que aquello era un acto de reparación por las agresiones que sufrían los restos mortales de quienes habían habitado la zona.

Después de la ceremonia, la anfitriona encabezó la recorrida por el islote buscando restos de huesos removidos y dispersados. Cuando ya se dieron cuenta de que no iban a encontrar ni un huesito dulce, el dueño de la chata dijo que sorry, que se había equivocado de islote. Ya se había hecho de noche y entonces le batió a Mameluco que si necesitaba fotos de huesos podía entrar a wwww.ahorasomosnueve.com.ar y bajarlas de ahí, que le daba una foto gratis por cada cliente que le consiguiera para hacer el paseo arqueológico.

Ya de regreso al campamento, Mameluco fue a la carpa proveeduría y compró una damajuana para el mestizo. Lo encontró un poco alejado del resto y lo encaró libretita en mano.

El mestizo no esperó ni un segundo y arrancó diciéndole a Mameluco que tenía que desconfiar un poco de los fines nobles que persigue la A.A.D.L.H.Q.S.P.A.H.D.P.P.Q.S.D.Q.S.Q.S. D.A.I.Q.M.M.C.Y.P.Q.S.E.A.M.P.E.D.V.M.Q.E.D.L.E.Q.S.P.E.L.G. (Asociación Amigos De Los Huesos Que Se Parecen A Huesos De Perro Pero Que Si Decís Que Son De Ancestros Indígenas Queda Mucho Mas Cool Y Capaz Que Salis En Algún Medio Porque Ese Discurso Vende Mas Que El De Los Empresarios Que Solo Piensan En La Guita). Que no confíe tanto porque hay indicios de que estaría integrada por personajes no del todo comprometidos con la causa.

Mameluco no se perdía detalle y anotaba todo. Estaba como loco. Le preguntó qué razones lo habían empujado a él a ser parte de la movida y le respondió que no todos los días vienen unos señores generosos que te ofrecen arreglarte la casa, conectarte el agua caliente y regalarte un par de entradas para ir a ver a Piola Vago. Y que él había sido elegido porque el perfil le cerraba diez puntos.

Mameluco le pidió alguna precisión sobre esos señores generosos pero no tuvo respuesta porque el mestizo se quedó dormido. Igual estaba en llamas. Se fue del campamento sabiendo que estaba ahí de cerrar una nota que tenía destino de tapa. Un golazo.

Pasaron unos cuantos días pero Mameluco aún conserva las esperanzas de que algún otro medio publique su nota. Si el director de la revista la cajoneó y nunca más le atendió el celular tendrá sus razones. Mameluco cree en el periodismo independiente. De nada sirve dejarse llevar por los rumores que hablan de una visita amistosa de los señores generosos a la redacción de la revista.

Mameluco sabe que no le faltará oportunidad para demostrar lo que vale.